Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 23 El muro de los ecos
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23 El muro de los ecos

Karath descendió entre la niebla del Tercer Umbral.

Sus alas negras cortaron el aire gris antes de plegarse con un golpe pesado.

El dragón tocó tierra sobre una llanura de piedra quebrada.

Fragmentos de murallas asomaban entre la bruma, torcidos, cubiertos por capas de polvo antiguo.

Nadie vivía allí. Nadie debería haber vivido nunca.

Edoz deslizó una pierna por el costado del dragón y cayó al suelo con facilidad. El brazo se soltó con suavidad de la piel de la bestia. Sus botas brillaron un instante bajo la luz lechosa del Umbral. El manto negro se acomodó sobre sus hombros mientras observaba el lugar.

El soldado bajó con cautela. Llevaba la lanza en ambas manos, su escudo a la espalda y al cuello el talismán de Azhor, el Dios Emperador, que brillaba por momentos bajo la niebla.

Karath cerró los ojos. Parecía dormir.

Edoz estiró los brazos y caminó hacia una pared derruida.

La piedra estaba cubierta de grietas largas, como cicatrices.

—Es un buen lugar para descansar —murmuró.

El soldado no entendió las palabras. Aun así, apoyó la lanza contra el muro y observó los alrededores con cautela.

Edoz se agachó.

Entre los huesos del suelo encontró un fragmento largo de fémur blanquecino. Lo levantó y lo probó sobre la piedra. La punta dejó una línea gris y Edoz sonrió. El soldado frunció el ceño.

Edoz empezó a dibujar.

La primera línea nació rápida. Después vino otra. La forma surgió en pocos trazos: era un cuerpo delgado, tenía un arco hecho de huesos humanos y el rostro cubierto por una máscara blanca. Era el cazador de almas. El soldado dio un paso hacia el muro.

Reconoció la figura al instante.

—Xhazk… —murmuró.

Edoz inclinó la cabeza.

—Sí, el mismo.

Continuó.

El hueso raspó la piedra otra vez.

Las líneas cambiaron. Aparecieron alas enormes. Escamas oscuras. Ojos plateados.

Karath.

El dragón abrió un ojo detrás de ellos. Edoz trazó los cuernos y las garras, plateadas, con sumo cuidado.

El soldado miró el dibujo y luego al dragón real. Después, otra vez al dibujo. Frunció el ceño.

Edoz levantó el hueso cómo si lo hiciera con un pincel.

—Quieto —dijo al dragón sin mirar atrás.

Karath no se movió, pero no porque se lo pidiera Edoz.

El soldado soltó una breve risa por la nariz, parecía haberle entendido.

Edoz terminó el dibujo y dio un paso atrás para observarlo por completo.

El dragón estaba allí. Exacto. Con sus escamas negras.

Los ojos plateados y la curva de las alas.

Tras tanto tiempo sin dibujar, parecía que no había perdido la habilidad.

Recordó cuando dibujaba a sus víctimas en la Torre Roja, después de haber hecho su trabajo.

Lo echaba de menos, pero era algo que en otro contexto tenía sentido para él, inmortalizar el dolor y de algún modo exteriorizarlo.

Sin embargo, ahora mismo no tendría el mismo efecto.

Mientras Edoz estaba abstraído en el pasado, el soldado tocó la pared con la punta de los dedos y la piedra vibró débilmente.

Edoz ya dibujaba otra cosa. Esta vez, las líneas surgieron con más lentitud. El cuerpo cosido de recuerdos apareció poco a poco sobre la pared. Múltiples brazos distintos. Rostros atrapados bajo la piel. Costuras negras cruzando la carne.

El cosido.

Cuando Edoz terminó el último rostro, el muro tembló de forma muy leve, casi imperceptible.

El soldado retiró la mano.

—¿Azhor? —susurró.

Edoz giró el hueso entre los dedos.

—No te preocupes —explicó Edoz mientras señalaba los dibujos—. Solo son recuerdos. No molestarán a tu Dios Emperador, Azhor.

El gigasulo no entendió las palabras, pero sí su tono tranquilizador. Sus ojos seguían el muro, no podía apartarlos de él.

Los tres dibujos parecían más profundos que la piedra.

Karath dejó escapar un gruñido y Edoz se volvió hacia el dragón.

—¿Qué pasa? —le preguntó, inclinando la cabeza hacia Karath—. ¿No te gusta tu retrato?

El dragón olfateó el aire, se le tensó el cuello y giró la cabeza despacio hacia la niebla que los rodeaba.

El soldado siguió la mirada de Karath y agarró bien la lanza. El talismán azul sobre su pecho comenzó a emitir un brillo tenue, pulsante, como si respondiera al movimiento invisible.

Edoz dio un paso atrás y recorrió el muro con la vista. Los dibujos seguían allí, quietos, exactos, pero de pronto, algo cambió.

Una línea del cosido tembló, onduló como si tuviera vida.

Edoz sostuvo el hueso frente a sí y sus dedos se tensaron.

—Mira… —susurró—, parece que en este mundo, los dibujos alteran los objetos.

El movimiento era lento, casi imperceptible, pero lo suficiente para que pareciera que el muro se alteraba de algún modo. Parecía que los seres dibujados sobre la piedra, de alguna manera, despertaban algo en su memoria petrificada, si eso era posible.

Jarben empujó la puerta de la lona del carro de Edoz. El aire cargado olía a cerrado. Todo estaba desordenado, el caos típico de Edoz, y a simple vista no parecía haber nada de valor.

—Debió de traer algo de Jersia —murmuró, avanzando con cuidado y sin pisar nada—. Tal vez información de su viaje.

Se acercó al escritorio. Entre papeles doblados y frascos vacíos, un cuaderno atrapó su mirada. La tapa negra estaba cubierta de polvo, pero un brillo plateado asomaba por los bordes de las páginas.

Lo abrió. Las hojas estaban llenas de dibujos.

Animales que no existían, híbridos imposibles, cuerpos retorcidos con detalles que parecían moverse bajo la luz.

Los primeros estaban dibujados con carbón y tinta negra y eran reconocibles de los viajes que habían hecho juntos, pero, según avanzaban las hojas los trazos de tinta, ahora plateada, recorrían músculos, alas, costuras y ojos que parecían mirar hacia él.

Había dibujos de un inquietante arquero enmascarado, un ser hecho de pedazos cosidos y un dragón.

—¿Y esto? —susurró, tocando un trazo—. Parece mágico…

Entonces, un brazo del monstruo cosido se dibujó solo en la página, con los ojos grabados en la piel, que seguían cada movimiento de Jarben.

Saltó hacia atrás y un escalofrío recorrió su espalda.

La tinta parecía dibujar mientras alguien, o algo, observaba desde otro lugar.

De repente, un murmullo suave llenó el carro. Jarben se giró: había sombras que se arrastraban por los huecos, cambiaban de forma a cada parpadeo. Cada vez que la tinta plateada trazaba un nuevo hilo, una sombra extraña se alargaba por el suelo.

—No estoy loco —susurró, tocándose nerviosamente el mechón violeta de su pelo—. Esto es real.

Una pequeña criatura surgió entre las patas de la mesa: un fragmento de sombra con ojos que brillaban de un color plateado.

Jarben retrocedió, y al mirar de nuevo el cuaderno, vio que otro trazo acababa de aparecer: la criatura estaba dibujada con precisión, como si el cuaderno la hubiera creado en ese momento.

El aire vibró mientras un susurro casi imperceptible recorrió el lugar.

Jarben dejó caer el cuaderno, y al tocar el suelo, otra sombra se deslizó, replicando los movimientos de un trazo recién hecho.

Cada línea de Edoz tenía efecto, un movimiento en la tinta dibujada en el Tercer Umbral provocaba un eco en el mundo real, que era lo que veía el sepulturero.

Los dibujos del cosido se multiplicaban.

Cada rostro, cada brazo y pierna añadidos se sentían como memorias que pedían ser completadas.

Un pequeño grito se escuchó detrás de un baúl: otra criatura se materializó, apenas visible, con un fragmento de los rasgos del cosido que Edoz había dibujado esa misma noche en el Tercer Umbral.

Jarben respiró hondo, recogió el cuaderno del suelo y lo sostuvo con fuerza, abierto de par en par. Las sombras bailaban a su alrededor, y cada trazo plateado parecía latir. Los susurros crecían. Algo en el cuaderno estaba vivo.

—¿Que está pasando? —murmuró—. Esto no son solo dibujos.

Un golpe seco sacudió la tienda y un pequeño destello de luz plateada se reflejó sobre Jarben, que vio cómo un rostro cosido aparecía en la página por primera vez completo.

El albino entendió que cada línea que aparecía en el cuaderno, cada criatura y recuerdo de Edoz, podía manifestarse fuera de la tinta. Que ese bestiario no era solo arte: era un puente, una advertencia y un arma descontrolada.

Sostuvo el cuaderno con firmeza. Fuera, el viento levantó polvo. Los murmullos crecían, pero el eco de los dibujos permanecía. Edoz, desde el Tercer Umbral, seguía dibujando y el mundo real lo percibía, aunque Jarben no sabía que era por eso.

El sepulturero respiró hondo y cerró el cuaderno. La tinta plateada se apagó en un instante. Sin perder tiempo, salió corriendo hacia el exterior y bajó del carro atropelladamente. Allí, entre la niebla y el viento del campamento, levantó el cuaderno sobre una hoguera encendida y lo arrojó al fuego.

El cuaderno cayó entre las llamas y, de inmediato, gritos y luces plateadas surgieron de la hoguera y otros respondieron desde dentro del carro y por el campamento.

Varios soldados que se encontraban de guardia apuntaron a la hoguera con sus armas, retrocediendo aterrados mientras las sombras danzaban y el aire temblaba.

—¡Tranquilos! —gritó Jarben—. El fuego purifica.

El fuego consumió cada hoja, cada trazo, hasta que los gritos se apagaron y solo quedaron brasas humeantes. Los soldados respiraron aliviados, pero el eco de lo que habían visto permaneció en sus mentes.

En el Tercer Umbral, los trazos de los dibujos de Edoz también se incendiaron. Cada imagen de las criaturas empezó a arder en el muro. Los gritos de agonía se mezclaron con el crujir de la roca antigua.

Edoz retrocedió, sorprendido. No comprendía lo que estaba sucediendo.

Miró el muro y vio cómo las llamas devoraban cada línea.

Se puso en alerta con la espada en guardia.

Su brazo demoníaco tembló ligeramente. Sus ojos recorrieron la niebla y por primera vez sintió que el arte podía matar, que el trazo podía trascender los límites de la tinta y alterar la realidad.

—¿Solo esta? ¿O también la del mundo real? —se preguntó—. No más dibujos —susurró después, mientras su voz se perdía en la bruma—. Aquí no.

El soldado alzó la lanza y apuntó al muro en llamas. El talismán azul sobre su pecho brilló un instante.

Edoz levantó la mano.

—Baja eso.

El gigasulo lo miró un segundo y luego obedeció.

Las figuras ardían sobre la piedra. No era un fuego normal. Las líneas del dibujo se consumían despacio, alguien parecía haber cubierto la pared con brea.

Ambos observaron el muro.

Volvió la calma, pesada y solemne, mientras la bruma del Tercer Umbral cubría las ruinas de los restos de sus imágenes incendiadas.

Edoz entrecerró los ojos.

—Creo que esto es una advertencia.

El soldado no entendió, pero permaneció a su lado.

Los dos contemplaron el muro hasta que el último trazo del bestiario se convirtió en ceniza y volvió la calma al Tercer Umbral.