22 El octavo emisario
Alrededor de las hogueras, el murmullo del campamento sonaba distinto desde que habían salido del bosque.
El viento corría libre entre los carros y arrastraba olor a humo.
Ya no se oían tantos rezos junto al fuego.
Ahora la gente hablaba en voz baja, miraba hacia el sur y callaba cuando pasaba un guardia.
Rayhem extendió el mapa sobre una tabla apoyada entre dos cajas de suministros. Las esquinas estaban sujetas con piedras para que el viento no lo arrancara. A su lado, Azniel se arrodilló con la pluma preparada y un pequeño tintero colgado del cinturón.
—Acércate, Jarben —dijo Rayhem sin levantar la vista—. Esto te interesa.
El sepulturero dejó el cuenco de caldo junto a una rueda y se aproximó despacio. La luz del fuego le marcó las ojeras hundidas y aquella piel demasiado blanca para un hombre vivo, pero no para un albino.
—Si esto va de política, prefiero otro golpe en la cabeza.
Shuraz soltó una risita mientras aparecía desde la oscuridad. Llevaba la coraza puesta y aún tenía barro seco en las botas.
—Eso puede arreglarse.
Jarben le lanzó una mirada cansada.
—Con esa cara, seguro que lo disfrutarías.
Rayhem esbozó media sonrisa y apoyó un dedo sobre el mapa.
—Esto decidirá si comemos dentro de un mes o si terminamos colgados en alguna muralla.
Aquello apagó las bromas.
Anara llegó junto al fuego con Bela atada a pocos pasos. La bestia resopló y bajó la cabeza hacia las brasas. Detrás de ella, dos sanadores empujaban el carro de Belbarozh. El príncipe parecía más delgado cada noche. Tenía una manta sobre las piernas y el rostro cubierto de sudor frío.
—Habla, embajador —dijo mientras tosía en el puño—. Antes de que me muera.
Rayhem asintió.
—Al comienzo del camino enviamos ocho emisarios en ocho direcciones distintas, en busca de posibles alianzas para nuestro pueblo.
Azniel empezó a escribir sin apartar la vista del pergamino.
Rayhem señaló el norte en el mapa.
—Jersia.
Jarben apoyó ambas manos sobre las rodillas.
—El emisario murió. Edoz lo confirmó antes de… caer.
Shuraz clavó una rama en el fuego.
—El rey Rozar II nos tolera porque aún le somos útiles. El día que dejemos de serlo, nos venderá al mejor postor.
—Aun así, seguimos vivos gracias a ellos —replicó Rayhem—. No olvides eso.
Shuraz no contestó.
—Apunta: alianza frágil —murmuró Rayhem.
La pluma raspó el pergamino.
El dedo descendió un poco sobre el mapa.
—Alonia.
Shuraz escupió al suelo.
—Nuestros antiguos esclavistas.
—Ahora son perros con collar jersa —añadió Jarben—. Y los perros hambrientos muerden a cualquiera.
Anara observó el fuego unos segundos antes de hablar.
—El odio tarda mucho en morir. Nosotros deberíamos saberlo mejor que nadie.
Shuraz la miró de reojo.
—También sabemos usarlo.
Belbarozh soltó una risa.
—Eso explica por qué seguimos respirando.
Rayhem continuó.
—Las Islas Zaregas.
Jarben resopló.
—Sabios encerrados en guerras inútiles. Cada isla tiene un rey, cada rey cree tener razón y todos terminan degollándose por lo mismo.
—Entonces, son iguales que nosotros —dijo Shuraz.
—No —corrigió Jarben—. Nosotros aún podemos empeorar.
Azniel levantó la vista un instante antes de volver a escribir.
Rayhem señaló otro punto.
—Sorgonia.
El silencio duró más.
—Viejo reino —dijo Jarben—. Viejas rutas. Viejos secretos. Si alguien conoce caminos olvidados, son ellos.
—Y si alguien sabe vender información por oro, también —gruñó Shuraz.
Rayhem deslizó el dedo hacia el este.
—Senicia.
El nombre pesó alrededor del fuego.
Anara tensó la mandíbula.
—Nos ofrecieron trigo.
—Y cadenas —añadió Shuraz.
Belbarozh levantó la cabeza despacio.
—No olvidéis al consejero de Kudram. Ese hombre susurraba al oído del rey igual que una serpiente bajo una manta.
Rayhem asintió.
—No iremos allí.
Anara miró el mapa.
—No pienso entregar el éxodo a otro reino vestido de amigo.
El dedo avanzó otra vez.
—Gigasul.
Hasta Shuraz guardó silencio un instante.
Jarben respiró hondo.
—El granero de Mundo Antiguo… y mucho más que eso. Sus sacerdotes guardan conocimiento antiguo. Muy antiguo.
—Pan y fe —murmuró Anara—. Dos formas distintas de arrodillar a un hombre.
Belbarozh dejó escapar una tos seca.
—O de mantenerlo vivo.
Rayhem movió el dedo hacia el oeste.
—Arresia.
La hoguera crujió.
—Otro emisario muerto —dijo Jarben.
Shuraz negó con la cabeza.
—Lo único que hemos encontrado aquí son pantanos, monstruos y traidores.
—Los arreshim no son iguales que los humanos arresios —corrigió Anara.
—Pues sangran igual —replicó Shuraz.
Belbarozh sonrió cansado.
—Menos mal que tú no llevas negociaciones, comandante.
Shuraz abrió las manos.
—Por eso aún seguimos vivos.
Una ráfaga de viento agitó las lonas cercanas. El fuego se inclinó y pequeñas chispas salieron hacia la oscuridad.
Rayhem dejó el dedo quieto sobre el sur del mapa.
—Queda el octavo emisario.
Azniel alzó la pluma.
—Hasta ahora no sabíamos nada de él —dijo Jarben.
Todos levantaron la vista.
Rayhem señaló una marca reciente sobre el pergamino. La tinta aún estaba fresca.
—Exploradores de avanzada lo vieron hace dos noches.
Shuraz dio un paso al frente.
—¿Dónde?
—Al sur.
Jarben entrecerró los ojos.
—Entonces, ha sobrevivido.
—O lo han dejado vivir —gruñó Shuraz.
Belbarozh apoyó ambas manos sobre el borde del carro.
—Hablad claro.
Rayhem respiró hondo.
—Si ese hombre ha cruzado tierras nómadas y ha regresado, significa que no nos esperan con lanzas.
—O sí —replicó Shuraz—. Y viene a avisarnos de que ese no es el camino.
El silencio volvió a caer.
Rayhem golpeó el mapa con dos dedos.
—Da igual. Es el único camino que aún no nos ha escupido sangre a la cara.
Anara avanzó hasta el fuego. La luz naranja le cruzó los ojos.
—Iremos al sur. Bordearemos Senicia y buscaremos a los nómadas.
—Antes de que ellos nos encuentren —dijo Shuraz.
Rayhem miró a Azniel.
—Recoge todo lo que sepamos. Rutas, nombres, historias, clanes.
—No tenemos casi nada —admitió el escriba.
Jarben se inclinó hacia el mapa.
—Pues pregunta a los viejos. A los comerciantes. A los exploradores. Siempre hay alguien que oyó una historia junto a un fuego.
Rayhem sonrió vagamente.
—Cuánto te gustan las historias, rostro pálido.
Jarben alzó el cuenco frío.
—Las historias mantienen vivos a los pueblos cuando ya no tienen murallas.
El fuego lanzó una chispa que murió en el aire.
Anara apoyó la mano sobre el sur del mapa.
—No buscamos un hogar entre los nómadas. Solo un paso seguro hasta la Costa Perdida.
Azniel escribió una última línea.
—Destino: Costa Perdida.
Nadie habló después de eso. Todos siguieron mirando el sur del pergamino mientras el viento arrastraba arena entre las ruedas de los carros.
La hoguera se redujo a brasas rojizas. El murmullo del campamento llegó más apagado y lejano.
Entonces Anara habló otra vez.
—Sairah se llevó a Edoz con los Sin Dios.
Shuraz removió las brasas con la rama.
—Hizo bien. Si algunos hubieran visto ese capullo negro, habrían pedido aceite y antorchas para quemar esa cosa.
—No es una cosa —dijo Anara—. Es Edoz.
Shuraz levantó la vista hacia ella.
—¿Estás segura de eso?
La pregunta quedó suspendida sobre el fuego.
Rayhem apoyó los codos en las rodillas.
—Sigue vivo.
No sonó convencido.
Jarben lo observó de reojo.
—Has visto algo.
Rayhem tardó unos segundos en responder.
—Intenté buscarlo.
Shuraz frunció el ceño.
—¿Entraste?
El embajador clavó la mirada en las brasas.
—Lo intenté.
Anara contuvo el aire.
—El Tercer Umbral…
El viento sopló entre los carros y Bela levantó la cabeza con inquietud.
—Ese lugar no es para hombres —murmuró Jarben.
Rayhem negó despacio.
—No debería existir.
Shuraz cruzó los brazos.
—Pero Anara volvió de allí.
El rostro del embajador se endureció.
—Porque no estuve solo aquella vez.
Un recuerdo cruzó sus ojos.
—El brujo de los Sin Dios —susurró Anara.
Rayhem asintió.
—Él abrió el camino. Yo apenas conseguí no perderme.
Belbarozh cerró los ojos un instante.
—Entonces, buscadlo.
—Está muerto —respondió Rayhem—. O perdido en el Bosque Sagrado. Para ese lugar, ambas cosas significan lo mismo.
Shuraz clavó otra vez la rama entre las brasas.
—Pues entra tú solo.
Rayhem soltó una risa seca.
—Hablas del Tercer Umbral igual que hablarías de cruzar un río. —Levantó la vista hacia el comandante—. Ese lugar rompe a los hombres. No hay arriba ni abajo. No hay tiempo. Las cosas que viven allí ni siquiera deberían tener nombre.
El fuego crujió.
Anara dio un paso hacia él.
—¿Va a despertar?
Rayhem se quedó pensativo, mientras las brasas iluminaban el cansancio de su rostro.
—No lo sé.
Aquello dolió más que cualquier otra respuesta.
Jarben observó la oscuridad más allá de las tiendas.
—Algo trajo Edoz desde Jersia. Algo que no entendemos.
Shuraz apretó la mandíbula.
—Siempre trae problemas.
—Y aun así, siempre vuelve —dijo Anara.
El viento terminó de apagar las brasas y la noche se cerró alrededor del consejo.
No muy lejos de allí, en el campamento de los Sin Dios, algo golpeó desde dentro del capullo negro. Una vez, luego otra, el sonido no pareció humano, pero era Edoz.