Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 21 La moneda y el anillo
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21 La moneda y el anillo

El amanecer abrió el cielo sobre el Mar de las Voces con una luz gris y enferma que apenas lograba atravesar la bruma.

No había calor en ella. El Desgarrador avanzaba despacio, con las velas tensas.

El casco cortaba el agua negra con una suavidad antinatural.

Bajo las tablas, las voces seguían allí, escondidas entre crujidos y golpes sordos, pero aquella mañana sonaban lejanas.

El mar había decidido guardar silencio… al menos por un rato.

Rurik fregaba la cubierta de rodillas cerca del palo mayor.

El trapo áspero chirriaba contra la madera húmeda mientras el muchacho tarareaba una vieja canción senicia entre dientes.

Tenía el pelo castaño revuelto por el viento salado y unos ojos verdes demasiado vivos para aquel barco.

Delgado, fibroso y aún torpe en ciertos movimientos, llevaba colgada al cuello una moneda vieja sujeta por un cordel gastado.

Nunca se la quitaba. Admiraba al capitán Gorham con la devoción de quien todavía cree que los monstruos pueden convertirse en héroes.

—Tenía ojos negros y hablaba con los muertos… —canturreó mientras empujaba el agua sucia entre las tablas—. Y ningún hombre volvía siendo el mismo…

Alzó la cabeza un instante, por si alguien fuera a corregirle la letra, pero nadie dijo nada. Sonrió y siguió a lo suyo.

Harok dormía junto a unos barriles vacíos. Selvis revisaba cuentas bajo una lona. Nairé observaba el horizonte desde popa con los brazos cruzados.

Rurik sonrió para sí y siguió fregando.

A unos pasos, Gorham descansaba sobre la borda con los antebrazos apoyados en la madera húmeda.

La bruma perlaba su barba y las cicatrices de sus muñecas asomaban bajo las mangas oscuras.

Las runas marcadas sobre su piel latían con un brillo tenue, apenas visible, respondiendo a algo que solo él parecía escuchar.

El capitán no apartaba la vista del horizonte. Miraba aquella línea gris donde el cielo y el mar se confundían hasta parecer una sola cosa.

Rurik lo observó de reojo.

—Capitán —lo llamó tras dudar un instante—. Hoy el mar está raro.

Gorham tardó en responder.

—Está callado —murmuró—. No es lo mismo.

Rurik frunció el ceño. Quiso preguntar qué diferencia había, pero el barco dio entonces un bandazo suave.

La cubeta volcó, el agua sucia corrió por cubierta y el cordel del cuello de Rurik se rompió de golpe.

La moneda rebotó entre las tablas, giró sobre sí misma y rodó hasta detenerse contra una bota negra.

El muchacho alzó la cabeza sobresaltado.

—¡Eh!

Gorham ya se había agachado. Recogió la moneda despacio y la sostuvo entre dos dedos curtidos. El metal estaba desgastado por años de sal, pero el grabado aún sobrevivía: un barco antiguo con la proa alzada sobre una espiral de olas.

El capitán no dijo nada al principio y la giró una y otra vez.

—¿De dónde has sacado esto, grumete? —preguntó sin levantar la vista.

Rurik se puso en pie de inmediato. Se secó las manos en los pantalones y se acercó nervioso.

—Era de mi padre, señor —dijo con orgullo—. Mi madre decía que se la dio la capitana Aish cuando volvió vivo de un viaje del que nadie debía regresar.

El viento pareció apagarse alrededor de ellos.

Gorham alzó lentamente los ojos hacia el muchacho. Después volvió a mirar la moneda; la espiral y el barco.

—Claro —murmuró.

Rurik dio un paso más.

—¿La conoció? —preguntó con brillo en los ojos—. A la capitana Aish. Dicen que ahora vive lejos de toda costa. Que habla con los muertos y que solo encuentran su isla quienes tienen cuentas pendientes bajo el agua.

—La mitad de los marineros cuentan historias cuando beben —rio Gorham.

Le tendió la moneda, pero sus dedos tardaron en soltarla. Durante un segundo ambos la sostuvieron al mismo tiempo.

—Digamos que fui uno de sus perros y navegué bajo su bandera —dijo al fin—. Antes de tener mi propio collar.

Los ojos de Rurik se abrieron de golpe.

—Entonces, ¿conoció a mi padre?

La pregunta golpeó más fuerte que el viento, y durante un instante, Gorham dejó de ver la cubierta del Desgarrador.

El viento del presente desapareció y volvió a sentir aquella lluvia de hace tanto tiempo golpeándole la cara.

La noche del barco maldito.

El mar rugía alrededor del casco negro mientras las olas levantaban espuma gris bajo los relámpagos. No tenía nombre pintado en la popa, tampoco llevaba bandera. Solo tenía cadenas oxidadas colgando de los mástiles vacíos y faroles apagados que se balanceaban sin fuego dentro.

El barco muerto avanzaba solo.

Gorham aún recordaba el olor a agua estancada y a madera podrida. Y a algo peor atrapado bajo las tablas, un hedor dulce y enfermo que se pegaba a la garganta.

La capitana Aish observaba el navío desde la cubierta de su propio barco. La lluvia resbalaba por el ala ancha de su sombrero negro y por el abrigo oscuro que llevaba cerrado hasta el cuello. Tenía una mano apoyada en la empuñadura de la espada y la otra sobre la borda.

No apartaba los ojos del barco maldito.

—Nadie bajará a esa bodega —ordenó.

Su voz no necesitó fuerza para imponerse al temporal. La tripulación guardó silencio. Incluso el mar parecía escucharla.

—Hundimos el barco y nos marchamos —continuó Aish—. No toquéis nada, no abráis nada y no escuchéis nada.

Knarf el Negro soltó una risa cerca de Gorham.

Entonces aún era joven, ancho de hombros y rápido con el cuchillo. Llevaba la barba mojada pegada a la mandíbula y unos ojos pequeños que nunca dejaban de calcular el valor de todo cuanto miraban.

—Si ese cascarón sigue flotando —murmuró Knarf—, algo valioso tendrá dentro.

Gorham recordó haberlo mirado de reojo.

—La capitana ha hablado.

—La capitana no llena mis bolsillos.

Knarf sonrió, enseñó sus dientes amarillentos y levantó una lámpara robada de un gancho cercano.

Aish lo vio; claro que lo vio. Sus ojos se clavaron en él desde el otro extremo de la cubierta.

—No bajes ahí.

Knarf asintió, esperó tres segundos y luego saltó al barco maldito.

Las tablas crujieron bajo su peso. El casco respondió con un gemido largo y profundo. Gorham todavía recordaba aquel sonido. No parecía madera. Parecía algo vivo que había despertado bajo el agua.

Knarf avanzó hacia la escotilla principal mientras la tormenta rugía encima de ellos.

—¡Knarf! —gritó uno de los marineros.

El hombre levantó una mano sin girarse. Después desapareció escaleras abajo con la lámpara temblorosa entre los dedos.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Solo llovía sobre el mar mientras las cadenas golpeaban los mástiles vacíos.

Entonces llegó el primer grito. No sonó humano. Subió desde las entrañas del barco con un eco roto que hizo callar a todos de golpe.

Otro grito atravesó la tormenta y luego algo golpeó desde dentro del casco.

¡BOOM!

Las tablas vibraron bajo los pies de Gorham.

¡BOOM!

Las cadenas empezaron a sacudirse solas.

¡BOOM!

La escotilla explotó hacia arriba y un agua negra salió disparada desde la bodega junto a un hedor insoportable. No era agua limpia de mar. Era espesa, oscura, llena de trozos blancos que chocaban contra la cubierta.

Huesos.

Gorham alcanzó a ver a Knarf bajo el nivel de las tablas.

El hombre intentaba subir, pero algo lo sujetaba. No eran manos, ni cuerdas, sino unas sombras largas que se retorcían alrededor de sus piernas bajo el agua negra. Se movían despacio, pegadas a él, tirando hacia abajo mientras Knarf gritaba y arañaba la madera con sus uñas ensangrentadas.

—¡Sacadme de aquí!

Su lámpara cayó al agua y, por un instante, la luz iluminó el fondo de la bodega.

Había docenas de rostros allí abajo, bajo el agua oscura, con los ojos abiertos y sus bocas moviéndose sin aire.

Gorham dio un paso hacia la borda. Aish levantó el brazo delante de él.

—No.

El joven Gorham la miró sin entender.

—Capitana…

—Ya está muerto.

Otro golpe sacudió el barco maldito.

Las tablas del casco empezaron a abrirse hacia afuera. El agua entró de golpe por todas partes y el navío se inclinó lentamente.

—¡Ayudadme! —gritaba Knarf.

Una de las sombras le subió por el pecho. Otra le cubrió la boca y el grito se ahogó en seco.

Entonces, el barco empezó a hundirse muy despacio, sin dejar de crujir.

Las cadenas desaparecieron bajo el agua una tras otra mientras la tormenta rugía encima de ellos. El último fragmento en hundirse fue la proa negra, cubierta de símbolos borrados por la sal.

Y aun después de desaparecer bajo el mar, los gritos siguieron escuchándose debajo del agua, lejanos e interminables.

Gorham regresó al presente despacio.

Rurik seguía frente a él, esperando una respuesta que jamás debía escuchar.

—No recuerdo a tu padre —mintió.

El muchacho intentó ocultar la decepción, pero la tristeza cruzó su cara un instante.

Entonces, Gorham metió la mano bajo la camisa y sacó un anillo viejo de metal oscuro. Tenía una runa mareal casi borrada que rodeaba el borde interior. Lo observó un momento antes de dejarlo sobre la palma del chico.

Rurik parpadeó.

—Capitán…

—Si alguna vez encuentras a la capitana Aish —dijo Gorham—, dile que jamás olvidé su bandera.

El muchacho miró el anillo con los ojos muy abiertos.

—Sí, señor. Así lo haré —asintió emocionado.

Gorham cerró sus dedos sobre el metal.

—Y dile que uno de los cachorros de su jauría aún navega.

Rurik tragó saliva y asintió con fuerza.

—Lo haré. Lo juro.

Se colocó el anillo en el dedo gordo, demasiado grande para él, y volvió hacia la cubeta intentando disimular la sonrisa.

Gorham regresó a la borda. El mar seguía tranquilo, demasiado.

Apoyó ambas manos sobre la madera húmeda y observó el horizonte gris.

—Guíanos, vieja… —susurró con voz ronca—. Aún no he terminado contigo.

En ese momento el viento cambió; solo un poco, pero bastó para que las velas crujieran y para que las voces bajo el casco despertaran otra vez.