Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 20 El cosido #3
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20 El cosido #3

El soldado giró un poco la cabeza hacia él sin entender una sola palabra.

La criatura lanzó una lluvia de brazos contra ambos. Algunos acababan en muñones abiertos; otros arrastraban cadenas clavadas en la carne y varios tenían dedos demasiado largos que se abrían y cerraban con espasmos.

El gigasulo levantó el escudo justo antes del impacto. Los golpes sonaron húmedos.

Uno de los brazos consiguió rodearle la pierna y tiró de él hacia la masa de cuerpos que formaba el torso del monstruo. Varias bocas se abrieron entre las costuras.

—Ven…

—Quédate…

—No sigas…

Edoz vio dientes humanos, pequeños y rotos, entre aquellas mandíbulas deformes.

El brazo negro le ardió hasta el hombro y corrió.

Saltó sobre un bloque de huesos y clavó la espada de plata entre dos torsos unidos por tendones negros. La hoja atravesó la costura y el recuerdo volvió a abrirse ante ellos.

Lluvia y oscuridad.

El joven gigasulo avanzaba entre cadáveres con media cara cubierta de sangre. A lo lejos, las murallas azules de Gigasul ardían bajo antorchas enemigas.

—¡No abras la puerta! —gritaba alguien desde lo alto de la muralla.

Un niño lloraba detrás del joven soldado.

El muchacho se volvió y la visión desapareció.

La costura estalló.

Media parte del cuerpo del monstruo cayó al suelo entre espasmos violentos. Decenas de voces comenzaron a gritar nombres al mismo tiempo.

Edoz retrocedió jadeando.

—¿Qué demonios eres?

La criatura levantó las cabezas cosidas hacia él. Algunas no tenían ojos. Otras seguían moviendo los labios rotos.

—Recuerdo…

—Castigo…

—Nosotros…

El soldado gigasulo permaneció inmóvil.

La espada le temblaba entre los dedos mientras observaba los rostros atrapados en aquella masa de carne.

Uno de ellos abrió los ojos y habló en la lengua antigua de Gigasul.

El soldado dio un paso atrás.

Otro rostro comenzó a hablarle también. Luego otro y otro más. Todos usaban la misma lengua. Todos parecían conocerlo.

El hombre negó con fuerza y golpeó el suelo con el escudo para acallar aquellas voces.

Edoz lo observó de reojo.

—Voy a asumir que eso significa algo malo.

La criatura rugió otra vez y el soldado se levantó. La sangre corría por su brazo, pero sus ojos ardían. Clavó el escudo contra el pecho del monstruo y empujó con todo su peso.

Edoz cayó delante de él y señaló una costura que le rodeaba el cuello.

—¡Ahí!

El gigasulo entendió y cargó.

El monstruo lanzó un puñetazo que habría partido un caballo.

El soldado lo recibió con el escudo y la madera azul se astilló, pero no cedió.

Edoz se deslizó por debajo del brazo del monstruo. La espada de plata subió, el hilo negro se tensó, se rompió y estalló con un sonido seco. La niebla tembló alrededor de ellos.

Entonces llegó otra visión.

Un campo cubierto de cadáveres apareció bajo sus pies.

El barro estaba negro por la sangre y decenas de estandartes ardían entre cuerpos aplastados. El aire olía a humo, mientras unos cuervos enormes arrancaban carne de los muertos y varios soldados heridos intentaban arrastrarse lejos de la matanza.

En mitad de aquel infierno caminaba Azhor.

El dios Emperador avanzaba despacio entre los cadáveres, con las dos espadas curvas cubiertas de sangre oscura. Su piel azul brillaba bajo el fuego y las hojas doradas dejaban un rastro rojo sobre el barro.

Nadie se atrevía a mirarlo. Los supervivientes bajaban la cabeza a su paso.

El joven gigasulo se arrodilló frente a él.

La armadura aparecía rota a la altura del costado y una venda ensangrentada cruzaba su torso. Aun así, mantenía la espalda recta.

Azhor se detuvo ante él.

Durante un instante solo se escuchó el crepitar lejano de los carros ardiendo y el sonido de la lluvia golpeando los cadáveres.

El dios Emperador apoyó una de las espadas sobre el hombro del muchacho.

—¿Qué queda de ti? —preguntó con una voz profunda que parecía surgir de toda la llanura.

El joven levantó la cabeza despacio. Tenía sangre en la boca y orgullo en los ojos.

—Mi lealtad es eterna.

Azhor lo observó en silencio y después inclinó el rostro.

No fue una sonrisa, pero estuvo cerca.

La visión se quebró de golpe.

El cuello del monstruo se abrió ante Edoz y el soldado gigasulo. Las costuras comenzaron a deshacerse una tras otra igual que una cuerda consumida por el fuego. Los hilos negros se partieron sobre la carne húmeda y el cuerpo empezó a venirse abajo.

Primero cayeron los brazos, luego una de las piernas, y por último, las cabezas cosidas comenzaron a desprenderse del torso mientras gritaban con voces distintas, que sonaron al mismo tiempo por última vez. El ruido atravesó la niebla y se perdió en la inmensidad del Tercer Umbral.

Entonces llegó el silencio absoluto, tan profundo que Edoz escuchó su propia respiración bajo la capucha.

La criatura terminó de derrumbarse frente a ellos convertida en una masa informe de carne muerta, armaduras rotas y huesos ennegrecidos.

La niebla volvió a cubrir el lugar poco a poco.

Varios cascos aún rodaban sobre las piedras. Un brazo separado del cuerpo se movió un instante antes de quedar inmóvil.

Edoz observó los restos sin bajar la espada y esperó. Nada volvió a levantarse.

Solo entonces limpió la hoja de plata con un trozo de tela arrancado de uno de los cadáveres cosidos al monstruo.

Respiraba con fuerza. El brazo demonio le latía bajo las escamas y aún goteaba sangre oscura.

Miró al soldado gigasulo. El hombre seguía quieto entre la niebla, con el pecho subiendo y bajando bajo la armadura azul. El talismán colgado de su cuello emitía una luz débil.

Edoz señaló el montón de restos con la espada.

—Bueno… —Soltó aire y negó con una sonrisa cansada—. Eso ha sido la leche.

El gigasulo no entendió una sola palabra, pero vio la expresión de Edoz, miró los restos del monstruo y asintió despacio.

Por primera vez desde que lo había encontrado en aquel lugar imposible, el soldado dejó escapar una pequeña risa áspera bajo el casco roto.

Detrás de ellos, Karath gruñó mientras la niebla del Tercer Umbral seguía cerrándose lentamente sobre los restos del monstruo.

Edoz envainó la espada con un gesto cansado y giró la cabeza hacia el dragón.

Karath seguía inmóvil donde lo habían dejado.

Tenía las alas plegadas contra el cuerpo y la cabeza baja. Sus ojos plateados observaban el campo cubierto de huesos como si todo aquello hubiese sido poco más que un ruido lejano.

Edoz levantó una ceja.

—¿Y tú? —dijo mientras señalaba el montón de carne cosida—. Podrías haber ayudado.

Karath parpadeó lentamente. Su cola se movió una vez sobre los huesos.

Edoz caminó unos pasos hacia él y apoyó su mano humana en una de las escamas negras que brillaban bajo la niebla.

—Un zarpazo, una llamarada, incluso un mordisco dramático… —añadió con media sonrisa—. Nos habría venido muy bien. Por cierto, no sé si escupes fuego, ¿lo haces? —preguntó Edoz sin esperar respuesta. Bueno, ¡da igual! ¡Que no has ayudado una mierda! —le riñó al dragón.

El monstruo giró la cabeza y lo miró con un ojo plateado del tamaño de un escudo.

No había comprensión en aquella mirada. Solo una calma antigua, inmensa y completamente indiferente.

Karath resopló aire caliente a través de sus fosas nasales y agitó el manto de Edoz bajándole la capucha.

—Sí, ya veo que la conversación no es lo tuyo —suspiró.

El dragón cerró los ojos un instante. Edoz miró al soldado gigasulo y se encogió de hombros.

—Creo que, aunque entendiera lo que digo —murmuró— tampoco le importaría una mierda. Un encanto.

Karath dejó escapar un gruñido. El dragón era una criatura para la que la guerra de los hombres era algo muy pequeño.