20 El cosido #2
Cuando la criatura levantó la cabeza, su rostro cambió: primero un ojo, luego otro, después un tercero que se abrió entre la piel remendada.
El soldado gigasulo se quedó inmóvil y sus dedos se cerraron con fuerza sobre la lanza. Durante un instante no dijo nada; de su garganta salió al final una palabra rota.
—Vhar.
La criatura avanzó otro paso. Entonces comenzaron a salir voces de su boca. No era una sola. Eran muchas. Voces distintas que se superponían unas sobre otras: gritos de guerra, oraciones, cantos de batalla.
El soldado retrocedió un paso sin apartar la mirada del rostro del monstruo. Entre las costuras apareció la cara de un hombre joven atrapada bajo la piel remendada.
El soldado susurró algo en su lengua.
—Raal…
La cara cambió. La piel se tensó y otro rostro surgió bajo ella. Otro hermano. Otro soldado.
Edoz lo entendió al instante.
—Es tu guerra.
El gigasulo no lo miró.
La criatura levantó una espada torcida y todos los rostros cosidos gritaron al mismo tiempo. El soldado respondió con un rugido y cargó hacia ella. La lanza atravesó uno de los torsos, pero el ser no se detuvo. Un brazo atrapó el asta y otro golpeó el escudo.
El impacto lanzó al gigasulo contra el suelo, sin su lanza.
Edoz ya tenía la espada de plata en la mano.
—Bien… Peleemos.
La criatura avanzó hacia él con pasos pesados. Edoz esquivó el primer golpe y el acero plateado abrió una línea en el pecho cosido. De la herida no salió sangre, sino voces. Gritos.
Detrás de la criatura, el soldado volvió a levantarse.
Su respiración era entrecortada. Miró la espada, que acababa de desenfundar y apretaba en su mano, y después el cuello del monstruo.
Sus labios murmuraban palabras antiguas de su lengua mientras su pie trasero removía los huesos amarillentos del suelo.
Pegó la espada al cuerpo, su hombro bajó y dio un golpe haciendo fuerza desde sus caderas; la hoja trazó un arco corto y brutal y uno de los rostros cosidos cayó al suelo.
Durante un instante, el mundo cambió.
Ya no estaba en el campo de huesos. Se encontraba otra vez en el patio de entrenamiento. La arena crujía bajo sus pies mientras su maestro caminaba frente a él con un bastón bajo el brazo.
—Más cerca del cuerpo.
El bastón golpeó su costado.
—Otra vez —ordenó con voz severa.
El joven repitió el movimiento con la espada de madera.
—Gira el pie trasero —corrigió el maestro.
El bastón empujó su hombro, obligándolo a mantener el brazo pegado al cuerpo.
—Con todo el cuerpo.
El muchacho giró la cadera. El golpe bajó corto, brutal, apenas visible.
—Así.
El maestro asintió despacio.
—Mil veces.
El joven volvió a levantar la espada.
—Otra vez.
—Lento. Este es el camino —dijo el maestro mientras se movía a su alrededor—. Ahora duele para que en la batalla no duela.
El golpe salió otra vez desde las caderas.
—Golpea… y vuelve a cubrirte.
La visión se desvaneció.
El soldado estaba otra vez en el campo de huesos.
El monstruo seguía en pie.
Las costuras recién rajadas se cerraron ante sus ojos y las voces dentro de la criatura gritaron con más intensidad. Edoz agarró con fuerza la espada y miró al soldado.
—No funciona.
El gigasulo levantó el escudo cuando la criatura cargó otra vez. Edoz observó las costuras que recorrían el cuerpo, los rostros atrapados bajo la piel y las heridas que se cerraban ante sus ojos.
Entonces sonrió.
—Claro…
Retrocedió dos pasos y señaló al monstruo.
—No está vivo.
El soldado no entendió sus palabras.
Edoz golpeó una de las costuras con la punta de la espada.
—Está unido.
Luego señaló los rostros que se retorcían bajo la carne.
—Son recuerdos.
El soldado respiró hondo y ajustó el agarre de su espada.
Edoz levantó la hoja de plata.
—Tenemos que romper el hilo.
El monstruo rugió y se lanzó hacia ellos, y esta vez ambos avanzaron juntos a su encuentro.
Edoz levantó la espada.
—Vamos a descoser a este despojo —dijo sonriendo.
El primer golpe llegó como ejecutado por un ariete. Tres brazos distintos descendieron al mismo tiempo, cada uno empuñando un arma diferente.
El soldado levantó el escudo.
El impacto lo empujó medio paso atrás, pero sus pies se clavaron entre los huesos del suelo para aguantar.
Edoz ya estaba en acción.
La hoja de plata descendió con un silbido seco y trazó un corte diagonal sobre una de las costuras que cruzaban el torso de la criatura. El metal atravesó el hilo negro y la carne se abrió con un sonido húmedo.
Pero no salió sangre.
El aire se deformó frente a ellos. La niebla retrocedió de golpe y durante un instante el mundo desapareció.
Un campo de batalla surgió alrededor de Edoz.
Había arena roja, estandartes desgarrados y cadáveres aplastados bajo ruedas de carros ardiendo. El olor a hierro caliente le llenó los pulmones y un estruendo, de miles de voces, golpeó sus oídos al mismo tiempo.
Guerreros gigasulos avanzaban entre el humo con lanzas enormes y escudos azules cubiertos de grietas. Más allá, hombres envueltos en bronce chocaban contra ellos bajo una lluvia de flechas negras.
Entonces lo vio.
Un joven gigasulo luchaba entre los muertos.
No llevaba adornos imperiales, solo una armadura rota cubierta de arena. Su rostro estaba manchado de sangre seca y, aun así, sus ojos brillaban con una furia salvaje.
El hombre del casco de hierro apareció entre el humo. Corría directo hacia él con una lanza corta levantada sobre el hombro.
—¡Por Azhor! —gritó alguien desde la batalla.
El joven giró demasiado tarde y la lanza atravesó su costado. El impacto dobló su cuerpo y la sangre salpicó la arena.
Edoz vio el odio en aquellos ojos incluso antes de escuchar el rugido.
El joven gigasulo agarró el asta rota con ambas manos, arrancó la lanza de su carne y se lanzó sobre el atacante. La espada curva descendió una sola vez, certera sobre su cuello, y la cabeza del soldado cayó rodando entre el barro.
La visión vibró.
El cielo se agrietó sobre el campo de batalla y todas las voces empezaron a deformarse hasta convertirse en un murmullo imposible.
Entonces, el monstruo rugió delante de Edoz. Uno de sus brazos cayó al suelo con un golpe húmedo y la visión desapareció tan rápido como había llegado.
La niebla regresó y el olor a sangre desapareció. Solo quedó la criatura retorciéndose frente a ellos y el brazo amputado convulsionando sobre las piedras negras.
—¡Uno! —gruñó Edoz mientras retrocedía un paso sobre los huesos húmedos.
La criatura respondió con un rugido furioso. La espada torcida descendió hacia su cuello y el aire silbó ante la hoja oxidada.
Edoz se agachó a tiempo.
El acero pasó sobre su cabeza y le arrancó un mechón negro. El golpe chocó contra el suelo con un estruendo seco y abrió una grieta entre las piedras.
Detrás de él, el soldado gigasulo giró sobre el pie trasero. La armadura azul crujió bajo el movimiento y la espada corta describió un arco rápido hacia otra de las costuras negras que cruzaban el hombro del monstruo.
La hoja penetró. El hilo oscuro se abrió y otro recuerdo nació ante ellos.
La niebla desapareció.
Un patio de entrenamiento ocupó su lugar.
Arena amarilla bajo los pies. Escudos apoyados junto a un muro de piedra azul. Decenas de jóvenes gigasulos luchaban bajo el sol mientras el choque del metal llenaba el aire.
El muchacho volvió a aparecer. Era más joven esta vez y apenas tenía cicatrices. Sujetaba un escudo demasiado grande para él y respiraba con dificultad mientras intentaba mantener la guardia alta.
Frente a él caminaba un anciano de espalda recta y túnica blanca. Llevaba un bastón corto bajo el brazo y observaba cada movimiento con ojos fríos.
—Más rápido.
El bastón golpeó el borde del escudo y el muchacho trastabilló.
—Otra vez.
El joven lanzó un tajo torpe.
El anciano esquivó el golpe sin esfuerzo y volvió a golpearle el brazo con el bastón.
—Tu enemigo no espera a que aprendas.
Dio otro golpe.
—Otra vez.
El muchacho rugió y atacó con más fuerza.
Arena saltó bajo sus botas. El escudo chocó contra el maestro y esta vez logró empujarlo medio paso hacia atrás.
El anciano sonrió sorprendido.
—Ahora empiezas a parecer hijo de Gigasul.
La visión vibró.
La arena se tiñó de negro.
Los rostros de los soldados comenzaron a deformarse y cientos de voces se mezclaron en una sola garganta.
Entonces la costura terminó de romperse.
El hombro entero del monstruo se desprendió con un sonido húmedo y cayó entre los huesos del suelo. Los dedos muertos aún se movían sobre la piedra.
La criatura retrocedió un paso tambaleándose y todas las voces atrapadas dentro de su cuerpo gritaron al mismo tiempo.
No fue un rugido, fueron cientos de ellos. Hombres, mujeres, ancianos, niños…
Un coro de dolor atravesó la niebla y el suelo tembló bajo sus pies.
Edoz apretó la mandíbula.
—¿Qué demonios eres? —murmuró sin apartar la espada de plata.
En ese momento, el ser atacó con todo.
Una garra atravesó el escudo del gigasulo y lo lanzó contra el suelo de huesos. Otra mano golpeó a Edoz en el pecho.
El impacto le dejó sin aire.
Rodó entre lanzas oxidadas y se levantó escupiendo polvo.
—Bien… —murmuró con una mueca—. También sabe pegar.
El monstruo avanzó hacia el soldado caído.
Edoz ya cargaba hacia él espada en alto.
El monstruo rugió con todas sus bocas al mismo tiempo. El sonido sacudió la llanura de huesos y lanzó fragmentos de cráneo por el aire.
La espalda del ser se abrió de golpe y una lluvia de manos cosidas cayó sobre la niebla negra que cubría el suelo.
Edoz apenas tuvo tiempo de agarrarse.
Una de aquellas manos le atrapó el brazo demonio y otra intentó cerrarse sobre su garganta.
—Ya me estoy cansando —escupió Edoz mientras clavaba las garras negras en la carne cosida.
Arrancó la mano de un tirón y saltó hacia atrás antes de que la criatura se dejara caer contra los huesos para aplastarlo.
El impacto abrió grietas bajo sus pies.
El soldado gigasulo avanzó entre la niebla con la espada baja y la mirada fija en las costuras que cruzaban el cuerpo del monstruo. El talismán azul golpeaba su pecho a cada paso.
Edoz señaló una de las uniones negras del torso.
—¡Las costuras! ¡Corta ahí!