20 El cosido
La tienda de Sairah permanecía en silencio mientras fuera, el campamento de los Sin Dios murmuraba bajo el viento nocturno. Las antorchas clavadas en la tierra lanzaban una luz anaranjada sobre las lonas húmedas.
En el centro, el capullo negro ocupaba casi todo el espacio.
La superficie respiraba.
No era una ilusión. Se contraía despacio y luego volvía a hincharse, igual que el pecho de un hombre dormido. Las costuras oscuras temblaban con cada latido que sonaba desde dentro.
Rayhem permanecía arrodillado frente a él. La lámpara de aceite iluminaba su rostro cansado y los símbolos dorados de Bel-Hur que colgaban de su cuello.
Acercó la mano y se detuvo antes de tocar aquella piel negra.
—No estás muerto —susurró.
Detrás de él, Sangre levantó la cabeza. El lobo rojo observaba el capullo sin apartar los ojos, con el lomo rígido y las orejas hacia atrás.
Sairah seguía junto a la entrada de la tienda. El bastón descansaba sobre su hombro y la capucha ocultaba parte de su rostro.
—Te dije que no lo tocaras.
Rayhem no apartó la vista del capullo.
—No voy a hacerlo.
El capullo volvió a latir, esta vez con más fuerza. Un pulso recorrió la superficie negra y se perdió entre las costuras.
Sangre soltó un gruñido.
—Entonces, dime qué haces aquí, sacerdote —preguntó Sairah mientras avanzaba un paso.
Rayhem respiró hondo.
—Intento escucharlo.
—Pues escucha rápido. Lleva horas moviéndose así. —Sairah cruzó los brazos.
La lámpara osciló un poco cuando el viento golpeó la lona. Rayhem cerró los ojos un instante.
—Hay algo al otro lado —susurró.
Sairah soltó una risa seca.
—Claro que lo hay. Un hombre medio muerto.
—No. —Rayhem negó despacio—. La muerte no se siente así.
Abrió los ojos y miró el capullo otra vez.
—No está en el Primer Umbral.
Sairah apoyó el bastón contra el suelo.
—Eso ya lo sabemos. ¿Está soñando?
Rayhem volvió a negar.
—Tampoco está en el Segundo Umbral.
Sangre enseñó los dientes. El capullo latió otra vez.
Rayhem introdujo la mano entre los pliegues de la túnica y sacó una pequeña daga de plata.
Sairah se tensó al instante.
—¿Sabes lo que haces?
Rayhem observó el filo.
—No demasiado.
Rayhem colocó un cuenco de metal frente al capullo y vertió agua de una cantimplora hasta llenarlo. La superficie reflejó la luz temblorosa de la lámpara. Después, apoyó la palma de la mano sobre el filo de la daga y se abrió la piel.
La sangre cayó en el agua.
Sangre gruñó otra vez.
—Sacerdote… —murmuró Sairah.
—Solo un instante.
Rayhem dejó caer unas gotas más y luego trazó un símbolo sobre la tierra con el dedo manchado de sangre. El sol radiante de Bel-Hur apareció dibujado frente al cuenco.
La luz de la lámpara pareció apagarse un poco.
—¿Qué haces? —preguntó Sairah sin apartar la vista del ritual.
Rayhem alzó la cabeza.
—Buscarlo.
El viento golpeó la lona con fuerza. La lámpara osciló sobre el gancho y varias sombras cruzaron las paredes de la tienda.
Rayhem apoyó ambas manos a los lados del cuenco.
—Bel-Hur… abre la puerta.
El agua comenzó a oscurecerse. Primero se volvió gris y luego, negra.
La temperatura cayó de golpe. El aliento de Sairah se volvió visible durante un instante y Sangre retrocedió un paso, con el lomo erizado.
—¿Qué estás haciendo? —susurró ella incómoda.
Rayhem no respondió.
La superficie del agua se agitó. Una sombra cruzó el reflejo, parecía un soldado con una lanza. Luego otra con alas grandes y negras.
Rayhem frunció el ceño.
—¿Un… dragón?
El agua tembló. La tienda desapareció y la niebla lo envolvió al instante.
Rayhem dio un paso atrás y descubrió calles torcidas, tejados inclinados y muros deformes que no pertenecían al mundo de los hombres. El aire olía a ceniza húmeda.
Había cruzado.
El Tercer Umbral respiraba a su alrededor.
Rayhem avanzó entre las ruinas mientras el eco de pasos invisibles sonaba entre la niebla.
—¡Edoz! —gritó con todas sus fuerzas.
La voz se perdió y solo regresó un eco lejano.
Siguió caminando. Las sombras se movían entre los edificios derruidos y algo enorme cruzó sobre la niebla.
Rayhem alzó la vista. Entonces lo vio con claridad: un dragón negro.
Las alas brillaban bajo la bruma y el cuerpo desaparecía entre las nubes grises.
—Por Bel-Hur…
El suelo vibró bajo sus pies. Rayhem se detuvo.
Algo acababa de verlo.
El murmullo surgió entre la niebla, lejano al principio. Después aparecieron más voces, una detrás de otra, hasta rodearlo por completo.
—Vivo…
—No perteneces aquí…
—Vivo…
Rayhem retrocedió un paso mientras la niebla amenazante se cerraba a su alrededor. Las voces se acercaron más, sonaban cada vez más cerca de su oído.
—Regresa a tu mundo.
La niebla se cerró a su alrededor y el suelo desapareció bajo sus pies.
Muy lejos de allí, también en el Tercer Umbral, Edoz se llevó la mano a la cabeza cuando un dolor súbito le atravesó el cráneo.
Karath agitó las alas con inquietud sobre el vacío y el soldado gigasulo se aferró al lomo del dragón para no caer.
Edoz apretó los dientes. Durante un instante creyó escuchar algo en el aire. Era una voz muy lejana, y le resultaba familiar.
—¿Rayhem? —preguntó al viento.
La sensación desapareció igual que había llegado y la niebla volvió a tragarse el horizonte.
Edoz bajó la mano poco a poco. Entonces comprendió algo que le heló el pecho.
Nadie iba a venir a buscarlo.
En el mundo de los vivos, Rayhem salió despedido hacia atrás. El cuenco volcó sobre la tierra y el agua negra se derramó entre los símbolos de Bel-Hur. El sacerdote chocó contra las pieles de la tienda mientras le faltaba el aire.
Sangre ladró con furia.
Sairah se lanzó hacia él y lo agarró de la túnica.
—¡Sacerdote!
Rayhem tosió. Un hilo de sangre cayó desde su nariz y otro descendió por el cuello desde el oído.
Abrió los ojos y durante un instante miró el capullo negro que latía en el centro de la tienda. Luego miró a Sairah.
—Sigue vivo —dijo asintiendo.
—Eso ya lo sabía. —Sairah lo soltó con brusquedad.
Rayhem negó despacio mientras se limpiaba la sangre de la nariz que ya tenía en el labio.
—No lo entiendes… —alzó una mano temblorosa y señaló el capullo.
—No está en la muerte. Tampoco en los sueños.
El capullo volvió a latir. Un golpe seco sonó desde dentro. Sangre retrocedió con el lomo erizado.
—Está en otro lugar —continuó Rayhem con dificultad.
Sairah entrecerró los ojos y observó el capullo en silencio.
—¿Dónde?
Rayhem tardó en responder.
—En un lugar donde los vivos no deberían entrar.
El viento volvió a golpear la lona.
—Se llama el Tercer Umbral.
Sairah guardó silencio.
Rayhem respiró con dificultad y bajó la vista.
—De allí traje a Anara.
La mujer apretó el bastón.
—Entonces, tráelo también a él.
Rayhem dejó escapar una risa agotada.
—Lo haría… si pudiera.
El capullo volvió a latir, esta vez más fuerte.
—La otra vez recibí ayuda. Sin ella, jamás habría logrado regresar. —Rayhem levantó la vista hacia Sairah—. Fue vuestro brujo.
La mujer bajó la cabeza.
El brujo llevaba desaparecido desde que se adentró en lo más profundo del bosque.
El dragón atravesó la niebla baja del Tercer Umbral mientras sus alas negras abrían surcos en el aire gris. Bajo ellos, el terreno cambiaba sin cesar: ruinas hundidas, calles torcidas, llanuras de piedra rota que aparecían y desaparecían bajo velos de bruma.
Edoz estaba sujeto al cuello del dragón con su brazo demonio fusionado de forma que parecía ser una extensión del propio animal. Mientras, el viento golpeaba su manto negro y la espada de plata descansaba en su cinto.
Detrás de él, el soldado gigasulo permanecía erguido sobre el lomo del dragón, hacía equilibrios con la lanza apoyada contra las escamas negras y el escudo redondo atado a la espalda.
Su armadura estaba cubierta de polvo oscuro del Umbral, pero el talismán que colgaba de su cuello brillaba con un reflejo tenue.
El soldado golpeó dos veces con la base de la lanza el lomo del dragón.
—¡Karath! —exclamó.
El dragón respondió con un gruñido profundo y Edoz ladeó la cabeza.
—Karath, ¿qué?
El soldado señaló al dragón.
—Karath.
Luego golpeó su propio pecho con el puño y levantó la mirada hacia el cielo gris.
—Azhor.
Edoz alzó una ceja.
—¿Tu dios?
El soldado no entendió las palabras, pero asintió cuando Edoz señaló el talismán.
—Azhor —repitió.
Después se agachó de cuclillas y apoyó la palma en el lomo del dragón.
—Karath.
Edoz sonrió un poco.
—El dragón de tu dios.
El soldado no comprendió la frase, pero señaló el horizonte con la lanza.
El dragón descendió. Sus alas se plegaron cuando tocó el suelo con un golpe pesado, y la niebla se apartó a su alrededor.
Edoz saltó primero, el brazo demonio se separó del dragón de forma natural, sin dejar huella de haber estado en su cuello.
El terreno crujió bajo sus botas. No era tierra, tampoco piedra. Parecía una costra formada por capas de huesos.
El soldado gigasulo bajó después. Su lanza se clavó en el suelo con un crujido seco.
La incertidumbre del Umbral volvió a cerrarse sobre ellos. Edoz caminó unos pasos con cuidado y observó el lugar. En la distancia, fragmentos de murallas emergían de la niebla. A un lado, una fila de lanzas oxidadas sobresalía del suelo de huesos.
—Este sitio no me gusta —aseguró intranquilo.
El soldado no entendió sus palabras, pero levantó el escudo y agarró bien la lanza mientras sus ojos recorrían la niebla. Karath agitó la cabeza, olfateó el aire y dejó escapar un gruñido que vibró en el pecho de Edoz, que siguió la dirección de su mirada.
Entre las lanzas rotas algo se movió.
Primero fue una sombra que cruzó la bruma. Después apareció un brazo entre los hierros torcidos de las lanzas, luego otro, y al final, la figura entera salió de la niebla con pasos torpes, arrastrando los pies.
Edoz frunció el ceño.
Su cuerpo estaba cosido. Brazos de armaduras distintas colgaban de los hombros, cada uno marcado por golpes de batallas diferentes; las piernas iban cubiertas por placas de guerra desiguales y el torso mostraba cicatrices que no pertenecían a un solo hombre.
Costuras negras cruzaban la carne de lado a lado, gruesas y retorcidas, tiraban de los músculos.