19 La que no respira y el huérfano
Durante la noche, el campamento apenas dormía, cerrado en círculos de carros y pequeños fuegos dispersos entre el barro.
El humo se pegaba a la tierra húmeda y avanzaba a ras de suelo.
Algún niño tosía bajo las mantas mientras un caballo golpeaba el terreno con el casco, nervioso por algo que los hombres no podían ver.
Nadie la vio.
Valcara se movía entre las sombras ajena al mundo de los vivos.
Su figura aparecía y desaparecía entre los troncos negros del Bosque Sagrado.
Los ojos verdes, inmóviles, recorrían el campamento sin un solo parpadeo.
El pelo oscuro, atravesado por vetas grises, caía sobre una coraza de cuero gastada por años de guerra a sus espaldas.
La capa rozaba la hierba mojada sin hacer ruido y sus manos descansaban cerca de las hojas ocultas bajo la tela.
Pero todo era distinto desde que se convirtió en una Eterna.
Se detuvo en lo alto de una loma. Desde allí contempló el éxodo extendido entre los árboles, las brasas ocultas, las siluetas cansadas.
—Sigues viva... —susurró.
Ni el viento recogió aquellas palabras.
En el centro del campamento, Anara dormía rodeada por las tiendas de mando y los carros de suministros. La corona de laureles descansaba junto a ella, apoyada sobre un cofre cerrado.
Valcara descendió la loma. Esquivar a los guardias no le costó nada. Ninguno percibió su presencia cuando atravesó el perímetro y apartó apenas la lona de la entrada de la tienda.
La observó en silencio.
Anara dormía con una mano cerca del pecho y el rostro agotado por el peso del éxodo. Incluso así, seguía pareciéndose a la niña que una vez entrenó con espadas de madera bajo el sol de Alonia.
Valcara bajó la mirada.
—Aún no entiendes lo que eres... —pensó mientras la observaba—. Y tampoco sabes lo que soy yo.
Un crujido sonó fuera.
Valcara giró la cabeza al instante.
Retrocedió un paso, abandonó la tienda y se fundió contra el tronco de un árbol cercano. La oscuridad se la tragó por completo.
Dos figuras cruzaron entre los carros. Una avanzaba con dificultad. El brazo le colgaba sujeto por una cuerda y tenía el rostro deformado por los golpes, parecía hecho de carne aplastada. Era Torbu. Caminaba erguido pese a la nariz rota y las costillas vendadas. Cada respiración sonaba húmeda.
—Más despacio —murmuró con la mandíbula rígida.
La otra figura no respondió.
Lyria caminaba envuelta en telas negras adornadas con detalles plateados.
El ala ancha del sombrero ocultaba casi todo su rostro salvo las cicatrices de los pómulos y unos ojos enrojecidos, hundidos por el cansancio.
La piel, pálida y cubierta de sudor frío, brillaba bajo la luz enferma de las antorchas.
En el cinto llevaba la daga rúnica y el látigo de Zarhel.
Uno de sus dedos, oculto bajo el guante negro, acariciaba el anillo quemado que él le regaló.
Valcara se tensó al verla.
El sombrero. La ropa oscura. El modo de caminar.
No necesitó más. Era ella.
La mujer que la asesinó a las puertas de Alonia.
Sus dedos se curvaron solos. Los huesos de la mano crujieron bajo la piel muerta y las uñas crecieron despacio, ennegrecidas, afiladas hasta convertirse en garras curvas capaces de abrir carne y hueso.
Desde allí escuchaba el latido de Lyria.
La rabia rugió dentro de su pecho vacío.
—Tú...
El susurro murió en su garganta.
Dio un paso al frente y las sombras temblaron a su alrededor. El aire se volvió pesado, cargado de algo ajeno al reino de la piel.
Miró de nuevo a Lyria. Estaba más cerca y parecía más débil.
La mercenaria apenas parecía consciente de dónde caminaba. Tenía los labios partidos, la mirada perdida y el cuerpo roto por el veneno y el cansancio. Valcara podía matarla de un solo golpe y después arrancarle la cabeza a aquel esperpento de sirviente de Kudram.
Sus garras temblaron. Podía alcanzarla. Podía terminarlo aquí y ahora. Su cuerpo entero pedía avanzar, pero entonces cruzó un pensamiento fugaz por su mente: Anara.
La imagen de su ahijada la golpeó con más fuerza que cualquier espada: la niña, la alumna, la sangre azul que había jurado proteger incluso después de la morir.
Valcara apretó los dientes, pero el impulso no desapareció. Arañó su interior, clavó los colmillos en lo más profundo de su alma muerta y exigió venganza.
—No… —pensó.
Una brisa fría le acarició el rostro cadavérico.
Cerró la mano con fuerza. Las garras chirriaron entre sí antes de retroceder poco a poco hasta desaparecer. Sus uñas volvieron a ser humanas.
Un paso hacia atrás, luego otro y la sombra volvió a cubrirla.
—Hoy no —volvió a pensar.
Lyria siguió caminando junto a Torbu, ignorante de que acababa de pasar junto a su propia muerte.
Valcara permaneció inmóvil, con los dedos aún rígidos por el esfuerzo de contenerse.
Pensó en el error que cometió cuando dejó vivir a Lyria después del ataque del oso verde.
Tendría que haber acabado con ella, como con el resto de su banda, aquella misma noche.
Después de todo, habían intentado asesinar a Anara y a los Embajadores de Beluria cuando viajaban hacia Jersia, poco antes de la caída de Alonia.
Esta vez la venganza no ganó.
—Vamos —gruñó Torbu tras unos pasos—. El Profeta no espera.
Lyria soltó una risa seca.
—El Profeta no espera, pero sangra igual que todos.
Torbu dejó escapar una risita rota.
—Sigues rodeada de serpientes, niña, y no serás tú quien le haga sangrar.
Valcara observó cómo se alejaban.
Entonces el olor del aire cambió. Harina y ceniza.
Giró la cabeza hacia el extremo del campamento de los Sin Dios.
Allí, junto a un fuego cubierto por la ceniza para ocultar la luz, varias figuras amasaban pan sobre una piedra plana. Una mujer mayor golpeaba la masa con las manos desnudas mientras otra, más joven, removía agua turbia dentro de un cuenco de madera.
—Más fino —dijo la anciana—. Si queda grueso, se quema por fuera y sigue crudo por dentro.
—No queda más harina —contestó una muchacha joven—. Es esto o nada.
—Entonces, amasa mejor.
Valcara las observó desde la oscuridad.
La joven obedeció y hundió los dedos en la masa húmeda. La dobló una y otra vez mientras el fuego respiraba bajo la ceniza.
La luz rojiza iluminó su cabeza rapada.
—¿Crees que volverá a crecerme fuerte? —preguntó de pronto.
La mujer mayor soltó un resoplido.
—El pelo siempre vuelve a crecer.
—No hablo de eso.
La anciana alzó la vista. Tenía el cráneo afeitado hasta la raíz y pequeñas cicatrices antiguas repartidas por la piel curtida.
—Entonces, ¿de qué hablas?
La joven tragó saliva.
—Mi madre decía que el pelo guarda lo que prometes. Que los dioses reconocen a los suyos por las trenzas y por las hebras que nunca cortan.
La anciana escupió lejos del fuego.
—Tu madre rezaba a un altar.
—Sí.
—Y murió esperando que un dios la salvara.
La muchacha bajó la vista.
La mujer partió la masa en dos.
—Escucha bien. Dicen que el pelo guarda un linaje, un nombre, juramentos hechos a voces que jamás responden. —Le devolvió el trozo de masa—. Por eso nosotros nos lo cortamos.
—Hasta la raíz —murmuró la joven.
—Hasta la raíz.
La muchacha pasó la mano por el cuero cabelludo áspero.
—Cuando lo hice… sentí frío.
—Eso es bueno.
—¿Bueno?
—El frío te recuerda que sigues viva. Y que nadie puede agarrarte del pelo para arrastrarte ante un dios.
La joven apretó la masa con más fuerza.
—También evita los piojos —añadió la anciana—. Y las fiebres que corren entre los carros. El pelo largo trae mugre y la mugre trae muerte.
—Así sobrevivimos mejor.
—Eso es.
El fuego lanzó una chispa breve.
La joven guardó silencio unos segundos antes de hablar otra vez.
—Pero no fue solo por eso.
La anciana la miró fijamente.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
La muchacha alzó el mentón.
—Cuando me pasé la hoja por la cabeza, no fue por limpieza ni por rabia. Fue para que todos lo vieran.
—¿Vieran qué?
—Que no sirvo a ningún dios.
La anciana sostuvo su mirada durante unos segundos.
—¿Y a quién crees que servimos ahora?
La muchacha observó los carros, las brasas cubiertas, las figuras dormidas bajo mantas húmedas.
—A los que caminan a nuestro lado.
La anciana colocó uno de los discos de masa sobre la piedra caliente.
—Eso no es un pensamiento. Es un juramento.
—Lo sé.
—Entonces, no lo olvides cuando vuelvan a ofrecerte promesas vacías.
La joven negó despacio.
—No me queda nada que puedan reclamar.
La mujer mayor sonrió con dureza.
—Bienvenida, entonces.
El pan comenzó a inflarse por un lado y la muchacha lo giró con cuidado. Las dos siguieron trabajando sin mirar al cielo.
Cerca de ellas, un muchacho vigilaba el bosque con los ojos muy abiertos. También tenía la cabeza rapada y el rostro cubierto de suciedad.
Era Enen.
Valcara ladeó la cabeza al reconocerlo y continuó avanzando entre las sombras del campamento, invisible para todos los vivos.
El campamento de los Sin Dios respiraba entre fuegos bajos.
Las brasas dormían bajo capas de ceniza y el humo se pegaba a la ropa y al pelo.
Un tambor golpeaba un pulso grave en algún lugar de la oscuridad.
Más lejos, un cuerno lanzó una nota rota que arrancó carcajadas ásperas entre los carros. Olía mucho a grasa quemada.
Enen se detuvo en el límite del campamento.
En el bosque había dejado atrás la melena rubia.
Ahora, el cuero cabelludo le brillaba bajo la costra seca de la sangre.
Se había rapado a tientas, sin espejo, guiándose solo por los dedos y el filo.
Aún sentía el escozor en la piel abierta.
Además, la herida de la pierna le obligaba a apoyar mal el pie, aunque intentaba disimular la cojera ajustando el paso.
Nadie salió a recibirlo.
Un hombre rapado levantó la vista después de beber de un pellejo de vino.
—¿Eres nuevo? —preguntó.
Enen le miró sin responder.
El hombre carraspeó y se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Si comes, trabajas.
Enen siguió adelante sin pedir permiso. Los harapos le colgaban en tiras sucias. Las costillas se le marcaban bajo la piel y el pantalón, demasiado grande, apenas se sostenía sujeto por un cinturón de cuerda.
Varias mujeres amasaban pan sobre una piedra plana. Una de ellas le lanzó un cuenco de agua turbia.
—Limpia eso —ordenó.
Enen atrapó el cuenco antes de que tocara el suelo. Se arrodilló junto a la piedra y lo limpió sin hacer preguntas.
Un muchacho mayor señaló el cuero cabelludo rapado.
—Buen corte.
Enen pasó la mano por la superficie áspera y llena de magulladuras.
—El pelo estorba.
El otro soltó una risa breve.
—Aquí no estorba. Aquí sobra.
Enen no respondió. Bajó la vista hacia el cuenco y siguió limpiándolo en silencio.
Un perro flaco apareció entre las sombras y se acercó a olfatearlo. Enen rebuscó en el bolsillo y dejó caer un trozo de pan duro junto a sus patas. El animal lo atrapó con el hocico y se apartó enseguida con él.
Dos hombres observaron la escena junto a un carro cargado de sacos.
—Sabe repartir —murmuró uno.
—Sabe pensar —respondió el otro.
La noche avanzó y el tambor no dejó de sonar ni un instante.
Enen se movió entre las sombras del campamento escuchándolo todo. Nombres, rutas, quejas, disputas por comida y amenazas dichas en voz baja. Guardó cada palabra en la memoria.
Cuando un saco de grano cayó de un carro, él ya estaba allí para levantarlo antes de que nadie lo ordenara. Y cuando un niño rompió un cuenco contra una rueda, recogió los trozos antes de que alguien se cortara.
Seguía sin preguntar por nadie.
Un anciano con la cabeza llena de cicatrices le señaló la pierna.
—Si no curas eso, acabarás cojo.
Enen se sentó frente a él sin protestar.
El viejo descorchó una botella de aguardiente y vertió el líquido sobre la herida. La carne se tensó al instante. El dolor subió como fuego por la pierna, pero Enen no apartó la mirada.
—¿De dónde vienes? —preguntó el anciano mientras vendaba la herida.
Enen guardó silencio.
El viejo terminó el nudo y gruñó.
—Da igual, pequeño. Aquí nadie viene de ningún sitio.
Enen asintió despacio.
Después se apartó hacia la última fila de carros, donde la luz apenas alcanzaba el barro. Se sentó sobre un tronco cortado y esperó hasta asegurarse de que nadie lo miraba. Entonces deslizó la mano bajo la camisa y sacó la daga envuelta en la tela gris.
Era Ansia.
El acero devolvió la luz de las brasas con un brillo oscuro. Apenas pesaba y encajaba en su mano como si hubiera nacido allí.
La hoja vibró.
Enen apretó los dientes.
—Calla —susurró.
El metal respondió con un pulso leve contra la palma. Algo parecido a un latido.
—Tengo sed.
La voz no sonó en el aire. Se abrió directamente dentro de su cabeza.
Enen clavó los ojos en el filo. Recordó a Edoz. Recordó la sangre. Recordó la forma en que aquella daga parecía respirar cada vez que mataba.
Ansia volvió a vibrar.
—Dame.
La palabra arañó sus oídos desde dentro.
En ese momento, un hombre borracho apareció tambaleándose entre los carros.
—Eh, crío, ¿qué escondes ahí?
Enen cubrió la daga con el antebrazo.
—Nada.
El hombre dio otro paso. Su aliento olía a vino agrio.
—Enséñamelo.
Ansia tiró de la muñeca del niño.
Enen sintió el impulso recorrerle el brazo hasta los dedos. La hoja buscaba carne viva.
—Ahora —ordenó la daga.
El hombre extendió la mano.
Enen giró la muñeca. El filo rozó la palma del borracho con un corte limpio.
El hombre se quedó inmóvil un instante. Después miró la sangre que empezaba a resbalar entre sus dedos.
—Maldito… ¿me has rajado?
La sangre bañó el acero negro.
Ansia absorbió el líquido al instante. El filo adquirió un tono carmesí que se extendió desde la punta hasta cubrir toda la hoja como una vena encendida.
El borracho retrocedió trastabillando.
—Ese cuchillo está maldito.
Se apretó la herida y huyó entre los carros.
Dos Sin Dios se acercaron alertados por los gritos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó uno.
—Nada —respondió Enen mientras limpiaba la hoja en sus harapos.
El hombre observó la sangre salpicada sobre el barro y luego miró al borracho que escapaba.
—¡No vuelvas a tocarle! —le gritó.
El otro masculló una maldición antes de desaparecer en la oscuridad.
El Sin Dios permaneció un instante frente al niño. Sus ojos descendieron hasta la daga negra.
—¿Sabes usar eso?
Enen levantó la mirada. Sus ojos brillaron bajo la luz roja de las brasas.
—Sí.
El hombre le observó unos segundos y luego asintió.
—Mañana saldremos antes del alba. Vigila el flanco oeste. Si ves algo, no grites. Vienes y me lo dices.
Enen guardó la daga bajo la ropa.
—¿Por qué yo?
El hombre señaló su cabeza rapada.
—Porque sabes usar un arma y no haces demasiadas preguntas.
Se alejó junto al otro Sin Dios, que no había pronunciado una sola palabra.
Enen volvió a sentarse sobre el tronco.
Ansia seguía latiendo, insatisfecha.
—Más.
La voz sonó húmeda dentro de su mente.
Enen envolvió con fuerza la daga en la tela gris y apretó el nudo con ahínco.
—No. Esta noche no.
La voz cesó.
A lo lejos, el tambor siguió golpeando su pulso lento e interminable.
Enen alzó la vista hacia el bosque que habían dejado atrás.
Y sonrió sin mostrar los dientes.