18 Puerto Bocas Abiertas #3
El ron volvió a correr de mano en mano, pero las voces bajaron un tono. Algunos evitaban mirar hacia la orilla donde el agua seguía borrando los rastros de sangre.
Ahora eran uno menos.
Después de hacer justicia en la playa, Gorham regresó a la taberna cuando el ruido ya se había roto en murmullos cansados y vasos vacíos.
El suelo seguía pegajoso bajo las botas y el aire olía a humo y a ron.
La furia de hacía un rato se había apagado; solo quedaban una carcajada aislada al fondo y el golpe lento de una jarra contra la madera.
Buscó una mesa apartada, junto a una pared torcida donde la luz de las antorchas apenas alcanzaba.
Allí había alguien.
El viejo arreshim ocupaba el banco con las piernas colgando sin tocar el suelo.
No levantaba más de la mitad de un hombre, pero llenaba el rincón con su presencia.
Su piel verde oscura absorbía la luz como si estuviera mojada, y sus ojos rojos permanecían inmóviles, atentos a todo cuanto ocurría en la taberna.
Las orejas largas y afiladas se movían con cada voz, cada paso y cada respiración.
No levantó la vista del vaso.
—Te esperaba —dijo el duende.
Gorham se detuvo un instante antes de sentarse frente a él. Arrastró el banco despacio y apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—No te conozco —susurró el capitán.
El arreshim giró el vaso entre las manos.
—No hace falta. —Alzó los ojos rojos hacia él—. Preguntas por Aish.
Gorham no negó. Su mirada se mantuvo fija.
—Habla —ordenó sin paciencia.
Una sonrisa pequeña curvó la boca del duende. Sus dientes finos y afilados asomaron un instante.
—Quiero protección. Aquí no viven mucho los que saben demasiado.
Gorham dejó una moneda sobre la mesa. El metal sonó seco. Después dejó otra.
—Habla —repitió.
El arreshim apartó las monedas con un dedo huesudo.
—No hablaré por oro. —No apartó la mirada—. Lo haré por tu palabra.
Entre ambos se coló el ruido apagado de la taberna: una tos ronca, un banco arrastrándose, alguien discutiendo demasiado borracho para recordar por qué.
Gorham permaneció inmóvil.
—La tienes.
El arreshim asintió lentamente.
—La bruja vive. Pero no en un puerto conocido ni en rutas normales. Vive en una isla que no aparece en los mapas. El agua cambia para llegar allí. Las corrientes se doblan sobre sí mismas y las voces… —sus ojos se estrecharon— nunca se callan.
Gorham inclinó un poco la cabeza. Las cicatrices de sus muñecas cosquillearon contra la madera.
—Ya que estás tan generoso, ¿qué sabes de una guardiana beluria que sacaron del mar?
El arreshim golpeó la mesa con la uña, marcando un ritmo corto y seco.
—Hace meses, un barco jersa recogió a una mujer en el mar. —Hizo una pausa—. Era beluria, morena, tenía algunas canas, no era vieja, pero sí curtida. Llegó medio muerta y cubierta de heridas, aunque sobrevivió, así que debía de ser fuerte. Hablaba poco, demasiado poco.
El pulso de Gorham golpeó con fuerza en sus sienes.
Valcara.
Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa hasta hacer crujir la madera.
El arreshim observó aquel gesto y ladeó despacio la cabeza.
—Te importa mucho, ¿verdad?
Gorham no respondió.
Sus ojos permanecieron clavados en el duende.
—¿Hacia dónde fueron?
El arreshim miró un instante hacia la puerta entreabierta, donde la noche respiraba junto al rumor lejano del puerto.
—El Mundo Antiguo es grande, y la Costa Perdida todavía más.
Gigasul, Beluria, Senicia, Arresia, Jersia, Adiria, las islas Zaregas…
Todos compran. Todos venden. —Volvió a mirarlo—.
Una mujer así vale más que un cofre lleno de oro.
Los belurios siguen siendo buenos esclavos, incluso después de la caída de Alonia.
La mandíbula de Gorham se tensó.
—¿Aish sabrá dónde está?
El arreshim movió una oreja, atento a un sonido que nadie más pareció escuchar.
—No lo sé. —Sus labios se curvaron—. Pero seguro que sabrá cómo encontrarla.
Gorham se inclinó sobre la mesa.
—Dime dónde está esa isla.
Esta vez el arreshim no dudó.
—En las rutas muertas. Donde el agua pierde el fondo y las brújulas dejan de señalar el norte.
El banco raspó el suelo cuando Gorham se puso en pie.
—Si mientes…
—No lo hago. —El arreshim lo interrumpió sin elevar la voz—. Yo también oigo cosas en el agua.
Sus ojos descendieron hacia las cicatrices de las muñecas del capitán.
Las orejas se tensaron lentamente.
—Y esa isla no quiere visitas.
Una ráfaga de aire entró por la puerta y dobló la llama de las antorchas. Las sombras se retorcieron sobre las paredes de la taberna como figuras ahogadas.
Gorham dejó un puñado de monedas sobre la mesa.
Esta vez, el arreshim no las apartó.
—Ahora sí quieres oro.
El duende apoyó la mano sobre las monedas y sonrió sin enseñar los dientes.
—Ahora sí.
Gorham se dio la vuelta y caminó hacia la salida sin mirar atrás.
Cuando cruzó el umbral, el rumor del mar le golpeó el rostro de lleno.
Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
La puerta se cerró a su espalda con un golpe seco y el ruido quedó atrapado dentro, ahogado entre el humo y la madera.
La playa había cambiado de nuevo.
Las hogueras se consumían en montones de brasas rojizas que respiraban bajo el viento nocturno.
La arena estaba marcada por surcos, manchas oscuras y restos de la fiesta: una jarra rota, huesos roídos, charcos de ron mezclados con sangre seca.
Dos hombres dormían abrazados a un barril volcado.
Más lejos, alguien intentaba cantar afónico.
El resto había desaparecido entre las sombras o había regresado a la seguridad del barco.
El aire sabía a sal.
Gorham caminó hacia la orilla mientras las olas borraban sus huellas casi al instante. Más allá de la bahía, el barco permanecía inmóvil sobre la oscuridad del agua, con las velas recogidas y el mascarón vuelto hacia tierra como un animal que vigilara a su dueño.
Se detuvo donde rompía el oleaje. El mar estaba en calma.
Demasiado en calma.
No soplaba el viento. No crujía ningún casco. Ni siquiera llegaba el golpe habitual del agua contra las rocas del puerto. Todo se movía con una suavidad antinatural, lenta, como si el mar respirara dormido.
Gorham bajó la mirada hacia sus manos.
Las tenía tensas.
Se agachó despacio y hundió los dedos en el agua negra. El frío le recorrió el brazo hasta el hombro.
Las cicatrices de sus muñecas despertaron bajo la superficie. Líneas antiguas, hundidas en la carne, comenzaron a emitir una luz pálida que se filtró entre sus dedos como humo atrapado en el agua.
Entonces, algo respondió.
No eran las presencias suaves que habían acompañado al Desgarrador durante la mañana. Aquello venía de mucho más abajo.
La superficie se tensó alrededor de su mano. El agua dejó de ondular y adquirió una densidad extraña, pesada, casi viva. Bajo sus dedos se movió algo sin forma clara, una presencia que no necesitaba cuerpo para existir.
Gorham no apartó la mano, apretó los dientes y la voz llegó.
No cruzó el aire ni nació del mar. Se abrió paso directamente dentro de su cabeza.
Una palabra y luego otra.
No pertenecía a ninguna lengua conocida, pero Gorham entendió cada sílaba como si siempre hubiera estado esperándolas.
El capitán retiró la mano de golpe.
El agua salpicó la orilla y la luz de las cicatrices murió al instante.
Respiró hondo. El pecho le pesaba.
—Al este... —murmuró.
El mar no respondió. O quizá sí.
Una vibración apenas perceptible recorrió la superficie, un pulso lento bajo el agua inmóvil. Una ola alcanzó sus botas y se retiró despacio, demasiado despacio, como si algo tirara de ella desde el fondo.
Gorham permaneció quieto, con la vista fija en la oscuridad abierta del horizonte.
Pensó en la isla sin nombre.
Pensó en Aish.
Y pensó en Valcara, saliendo viva del mar cuando podía haberse hundido para siempre.
La mandíbula se le tensó hasta dolerle.
Detrás de él, una voz.
—Capitán.
Selvis Dorn avanzó desde la penumbra hasta quedar bajo la luz apagada de una antorcha. Su chaqueta seguía limpia pese a la noche de sangre y ron, y sus ojos observaban todo con aquella calma precisa que nunca abandonaba.
—El botín está vendido. —Hizo una breve pausa antes de continuar—. Y he comprado rutas.
Gorham no se volvió.
—Mañana zarpamos. Pondremos proa al este.
Selvis guardó silencio unos segundos mientras miraba el mar.
—Eso no es una ruta —dijo—. Es solo una dirección.
Gorham cerró lentamente la mano aún húmeda.
—Es la dirección que necesito para encontrarla.
Selvis observó la espalda inmóvil del capitán. Después alzó la vista hacia el agua negra que se extendía más allá del puerto.
—Entonces, el oro no bastará.
El viento levantó el borde de su chaqueta.
—Habrá que pagar de otra forma.
Gorham asintió una sola vez.
—Prepáralo.
Selvis inclinó la cabeza y se alejó sin hacer ruido, perdiéndose entre las sombras de la playa en dirección al Desgarrador.
Gorham dio un paso atrás y abandonó la orilla.
Durante un instante, la superficie del mar tembló, no por una ola, sino por un pulso. Algo profundo, enorme y lento, moviéndose bajo el agua oscura.
Después, el mar recuperó su calma imposible.
Y todo volvió a parecer en orden.