18 Puerto Bocas Abiertas #2
Las cicatrices de sus muñecas asomaban bajo las mangas, oscuras contra la piel.
Desde allí veía la puerta, la barra y, sobre todo, las manos de los jugadores: dedos nerviosos, uñas negras, cartas marcadas que cambiaban de mano con un gesto rápido.
Esperó.
El humo le rasgaba la garganta. El suelo vibraba con cada golpe de jarra, con cada caída. Nadie lo miraba dos veces. Eso, exactamente, era lo que él quería.
Se separó del pilar y echó a andar entre las mesas.
Caminó sin prisa, con la capa cerrada y la cabeza algo baja, lo justo para no cruzar miradas más de lo necesario.
A cada paso recogía fragmentos: nombres de puertos, rutas cortadas, barcos que no habían regresado.
Mentiras, muchas mentiras, pero entre ellas siempre había una verdad que se resistía a permanecer en silencio.
Pasó junto a una mujer con los ojos demasiado pintados y la voz rota por el tabaco. Ella le agarró la muñeca un instante.
—Cariño, invítame a un trago —dijo tambaleándose.
Gorham soltó el brazo de la mujer sin brusquedad.
—Tómate lo que quieras a mi salud —contestó el capitán, dejando una moneda en su mano.
La mujer sonrió sin ganas y lo dejó ir.
En otra mesa, dos contrabandistas discutían en voz baja sobre cargamentos perdidos. Uno tenía los dedos manchados de tinta, el otro llevaba un anillo demasiado caro para aquel lugar.
—… se hundió —decía el del anillo—. No hay más.
—Los barcos no se hunden sin más —respondió el otro—. Algo los hunde.
Gorham no se detuvo y siguió caminando sin prisa.
Llegó a una mesa donde dos hombres jugaban sin mirarse. Las cartas caían despacio, una tras otra, con un cuidado excesivo. Nadie hablaba. Solo se oía entre ellos el roce de cartón y madera.
Gorham apoyó dos dedos sobre la mesa.
—Busco a una mujer —dijo—. Capitana Aish.
Uno de los jugadores alzó la vista. Tenía un ojo nublado.
—Está muerta.
El otro negó sin apartar la mirada de las cartas.
—Retirada —dijo—. Más lejos de lo que marca cualquier mapa.
El primero resopló.
—Eso es lo mismo.
—No —replicó el segundo—. Los muertos no eligen dónde quedarse.
Gorham dejó una moneda entre las cartas. El metal brilló un instante antes de apagarse bajo la luz tenue.
—Hablad claro.
El del ojo nublado se inclinó hacia atrás en la silla.
—En lo más profundo del Mar de las Voces —escupió el nombre—, ¿has estado allí?
Gorham no respondió.
El otro levantó por fin la vista. Tenía la cara surcada de viejas cicatrices.
—Estamos en ese mar. Pero en lo más profundo, en esas aguas, nadie vuelve de ahí —dijo—. Allí, el mar cambia. Las corrientes te parten el rumbo y las voces… —calló un momento—. Las voces saben quién eres.
Gorham le miró a los ojos.
—Yo sí volveré —respondió.
Hubo un instante de silencio.
El del ojo nublado apartó la moneda con el dorso de la mano.
—Entonces, no estás buscando a esa mujer —dijo—. Estás buscando una tumba.
Gorham recogió la moneda sin discutir y la hizo desaparecer bajo la capa. Se apartó de la mesa y siguió su camino. Detrás, las cartas volvieron a caer sobre la madera, más lentas ahora.
Atravesó el local sin mirar atrás. A cada paso, el murmullo parecía cambiar, bajar un tono. Un nombre que no llegó a formarse del todo, una palabra que se rompió antes de nacer.
Al llegar a la puerta, se detuvo unos segundos.
El aire de fuera entraba en ráfagas cortas, cargado de sal y de algo más frío.
Gorham apoyó la mano sobre el marco de madera y notó un pulso leve bajo la piel, en las cicatrices de la muñeca. Notó un tirón hacia fuera.
Giró la cabeza hacia el interior, vio que nadie lo miraba, abrió la puerta y salió a la noche camino de la playa.
El ruido quedó atrás.
El mar, no.
La noche cayó sin aviso y la playa cambió de rostro.
Las antorchas clavadas en la arena escupían una luz amarilla que temblaba bajo el viento; las sombras crecieron entre los barriles, las cuerdas y los cuerpos que se empujaban con rudeza alrededor del fuego.
El ron pasó de mano en mano, las risas subieron de tono y las voces comenzaron a soltarse hasta adquirir ese filo peligroso que siempre precedía a la sangre.
Gorham permanecía lejos del agua, con las botas hundidas en la arena húmeda y los brazos cruzados sobre el pecho.
Vigilaba cada movimiento dentro y fuera del círculo de antorchas.
Allí se reunían los hombres que preferían beber bajo el cielo abierto antes que encerrarse en una taberna donde tarde o temprano acabarían expulsados a golpes.
Más allá de la bahía, el Desgarrador flotaba inmóvil sobre la oscuridad del mar. El mascarón observaba la costa como una bestia paciente, silenciosa, casi viva.
El acero apareció sin aviso.
Solo fue un destello entre dos hombres que discutían junto a un barril. El atacante salió de la sombra con el brazo ya en alto. El puñal buscó el cuello de Gorham y silbó a un dedo de su piel.
Pero Nairé ya estaba allí.
Nadie la vio llegar.
Su mano atrapó la muñeca del hombre en pleno movimiento.
La giró con violencia y el hueso crujió como una rama seca.
El atacante cayó de rodillas con un gruñido ahogado mientras el cuchillo escapaba de sus dedos y se hundía en la arena.
Nairé no cambió el gesto. Sus ojos permanecieron clavados en él mientras doblaba el brazo en el ángulo exacto que precedía a una rotura.
Gorham lo observó un instante sin moverse.
—¿Acabas de intentar iniciar un motín? —preguntó en un susurro.
La pregunta cayó en voz baja, pero el murmullo de la playa murió al instante.
El hombre alzó la cabeza. Las cicatrices de antiguas quemaduras le deformaban media cara; marcas de los años que pasó encadenado a los jersas.
Escupió sangre a un lado.
—No eres un hombre.
Las jarras quedaron suspendidas en el aire. Unos dados rodaron sobre una tabla húmeda hasta perderse entre la arena.
Gorham no apartó la mirada. Levantó una mano y señaló el suelo.
—Círculo de sangre. Todos fuera.
La orden cayó como un ancla.
La tripulación se abrió poco a poco alrededor de ellos. Algunos aún sostenían la bebida; otros limpiaban sangre ajena de sus nudillos. El viento arrastró olor a sal. A lo lejos, el Desgarrador crujió sobre el agua negra, atento a lo que ocurría en tierra.
Nairé soltó al hombre con un empujón seco. Dos marineros lo arrastraron hasta el centro del círculo y lo obligaron a permanecer de rodillas.
Gorham avanzó un paso.
—Ha alzado el acero contra su capitán. —Su voz sonó firme, pesada—. En mi tripulación, eso solo tiene un castigo. Aquí, la sangre responde a la sangre.
Nadie habló.
El condenado levantó la voz, áspera y rota.
—¡Nos llevará al fondo! —escupió, nervioso—. Todos lo habéis visto. Lo habéis oído por las noches. El mar le habla, y él responde. —Sus ojos recorrieron los rostros del círculo—. No es uno de los nuestros. ¡Es un maldito brujo!
Varias miradas bajaron. Un hombre retrocedió medio paso. Otro apretó tanto la jarra que la madera crujió entre sus dedos.
Gorham avanzó despacio hasta quedar frente a él.
—¿Os llevaré al fondo del mar? —preguntó desafiante.
El hombre sostuvo su mirada pese al temblor de su mandíbula.
Gorham desenvainó.
El acero brilló bajo las antorchas como un relámpago frío.
—Tú irás primero.
La espada entró una sola vez, directa al vientre.
El golpe fue limpio.
El hombre abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella. El aire escapó en un jadeo húmedo. Después, cayó sobre la arena.
Nadie dentro del círculo se movió.
La sangre comenzó a extenderse lentamente hacia la orilla. El mar la alcanzó poco a poco con una lengua de espuma.
—Al mar —ordenó Gorham, sin alzar la voz.
Dos marineros arrastraron el cuerpo todavía vivo. Los talones dejaron surcos oscuros en la playa. Lo empujaron al agua sin ceremonia. El oleaje lo recibió con suavidad, como si lo hubiera estado esperando desde antes de nacer. El hombre desapareció entre las sombras de la marea sin un último grito.
Gorham limpió la hoja en su camisa. Después guardó la espada y se volvió hacia la tripulación.
Sus ojos recorrieron uno por uno los rostros iluminados por el fuego. Se detuvieron en quienes habían dudado. En quienes habían bajado la cabeza cuando escucharon la palabra brujo.
El viento agitó su abrigo.
—Escuchadme bien —dijo al fin—. El enemigo no siempre llega con velas negras ni enseña una bandera antes de atacar. A veces duerme a vuestro lado. Comparte vuestra mesa. Bebe vuestro ron. Y cuando llega la noche, os mete miedo en la cabeza para que olvidéis quiénes sois.
Nadie apartó la vista de él.
Gorham caminó despacio por el borde del círculo.
—Todos los hombres aquí presentes habéis sobrevivido a tormentas que habrían partido otros barcos en dos.
Habéis cruzado aguas donde ni los balleneros se atreven a entrar.
Habéis visto monstruos salir del fondo y regresar con más cicatrices que monedas en los bolsillos.
—Señaló el mar con un gesto seco—. Y aun así, seguís vivos.
Su voz se endureció.
—No permitiré que esta tripulación se pudra desde dentro por culpa del miedo. El miedo vuelve cobarde al hombre. Lo hace traicionar al compañero que le cubrió la espalda. Lo hace sacar un cuchillo por la espalda en lugar de mirar de frente.
El silencio pesó aún más que antes.
—No me importa lo que creáis haber oído por las noches. No me importa lo que el mar susurre cuando dormís borrachos sobre cubierta. Mientras yo sea el capitán del Desgarrador, este barco navegará unido. El que vuelva a alzar el acero contra uno de los nuestros, acabará alimentando peces junto a él.
El fuego crepitó bajo el viento. Una cuerda golpeó un mástil en la oscuridad del puerto.
Gorham señaló las jarras abandonadas sobre los barriles.
—Bebed. Mañana zarparemos, y os aseguro que el mar intentará matarnos antes que cualquier fantasma.
Esta vez, nadie reía al regresar a la fiesta.
Uno de los marineros se acercó a Gorham y le murmuró unas palabras al oído. El capitán respondió con un leve asentimiento antes de abandonar la playa con paso rápido. Las conversaciones murieron a su paso y las miradas de la tripulación lo siguieron hasta que la oscuridad terminó por tragárselo.