18 Puerto Bocas Abiertas
La isla apareció al amanecer sobre el horizonte, con la bahía erizada de mástiles torcidos. Era Puerto Bocas Abiertas.
El Desgarrador cruzó la línea de anclas y el mundo cambió.
El murmullo del Mar de las Voces quedó atrás, apagado bajo el ruido de la bahía. Allí dentro, el aire pesaba distinto. El agua traía olor a pescado pasado y desde tierra, el aire arrastraba gritos, risas y golpes.
Los barcos se apretaban unos contra otros, con los mástiles torcidos y las velas remendadas con telas de colores que no combinaban. Cuerdas tensas, cascos abiertos, hombres apoyados en las bordas con cuchillos en la mano y la mirada clavada en cada recién llegado.
El Desgarrador no aminoró más de lo justo.
Dargan sostuvo el timón con sus manos llenas de tatuajes.
—No me gusta este sitio —gruñó sin mirar a nadie—. Demasiadas bocas y pocos dientes rotos.
Nairé avanzó un paso hasta quedar a su lado. No habló. Alzó dos dedos, luego señaló a babor y a estribor. Tres hombres se movieron sin dudar. En cuestión de segundos, las ballestas estaban cargadas y los arpones listos. Nadie se relajó aunque llegaran a puerto.
Selvis, el maestro destilador, apareció cerca de la borda alisándose la chaqueta con gesto mecánico. Sus ojos recorrían los muelles, contaban guardias, evaluaban puestos, medían riqueza en cada sombra.
—Aquí nadie compra sin preguntar antes —dijo—. Y todos preguntan con el acero escondido bajo la chaqueta.
Karel se inclinó sobre la borda, con media sonrisa.
—Entonces, tendremos conversaciones interesantes —murmuró el ladrón zarego.
El barco entró en Bocas Abiertas sin pedir permiso, con las velas recogidas a medias. La madera crujió al girar hacia el puerto y el mascarón, con la boca abierta en su mueca tallada, pareció mirar a la ciudad costera.
Antes de cruzar la embocadura de la bahía, el mar cambió.
Algo subió desde el fondo, unas sombras largas, suaves y de piel clara que se deslizaron junto al casco, rozaron la madera y rompieron la superficie en trazos pálidos.
Sus ojos eran grandes y negros, y sus aletas devolvían destellos bajo el sol del amanecer.
No parecían violentas. Se mantuvieron cerca y se limitaron a acompañar al barco en silencio.
Un marinero tensó el brazo sobre el arpón.
—No las había visto nunca —murmuró, sin apartar la vista de ellas.
—Ni las volverás a ver —escupió otro—. No en puerto. Las llaman aminas, y nadie sabe qué son.
El hierro del arpón tembló un instante, sin soltarse.
El capitán Gorham apoyó los antebrazos en la borda. La sal tocó las cicatrices de sus muñecas y las marcas devolvieron un brillo breve, casi apagado. Las criaturas giraron la cabeza hacia él, todas a la vez, y el agua alrededor se quedó lisa, sin olas.
Gorham no apartó la mirada.
—Dejadlas —dijo—. No vienen a por nosotros.
El marinero bajó el arpón despacio.
Las sombras siguieron al barco hasta la línea de anclas. Allí se detuvieron un instante, inmóviles bajo la superficie, y luego se hundieron a la vez, sin ruido. El agua volvió a su color sucio, cargada de restos flotantes y aceite.
El Desgarrador seguía avanzando, lento, inevitable. Cruzó la entrada y la isla los engulló.
Dargan giró el timón un palmo. El barco respondió con ese desliz extraño que no seguía las leyes del viento. Se apartó de la línea principal de muelles y buscó una zona más abierta, entre dos cascos medio hundidos.
El barco redujo el avance hasta casi detenerse. Las cuerdas volaron. Los ganchos encontraron madera vieja y se clavaron con golpes secos.
El puerto los rodeó.
Junto al puerto, la playa era de barro oscuro, pisado hasta volverse una masa blanda donde las botas se hundían con un chasquido húmedo.
Tablones clavados al azar dibujaban un camino torcido hacia tierra firme, aunque muchos cedían bajo el peso y obligaban a buscar otro apoyo.
Más arriba, la ciudad se levantaba sin orden, un amontonamiento de casas arqueadas, pasarelas torcidas y telas sucias que hacían de techo y de pared. Nada encajaba, pero todo seguía en pie.
El ruido no se apagaba en ningún punto. Música de cuerda mal afinada, carcajadas, gritos que acababan en golpes, monedas que chocaban contra las mesas, vidrio roto. El ambiente estaba cargado de sal con un aroma a grasa quemada.
Selvis Dorn observó la orilla desde la borda un instante antes de bajar.
Se ajustó los puños de la chaqueta, estiró el cuello y retiró con dos dedos una mancha de sal que no había visto nadie más.
Sus manos, finas y limpias, contrastaban con la suciedad del lugar.
Sus ojos, en cambio, encajaban. No se detenían en lo que eran las cosas, sino en lo que valían.
Bajó el primero del barco y sus botas tocaron el tablón sin vacilar. Dio dos pasos, midió la distancia hasta tierra firme y siguió adelante sin mirar atrás. El guardia del puerto ya lo había visto. Por costumbre, se acercó con la mano apoyada en la empuñadura de un cuchillo corto.
Selvis sonrió antes de que hablara.
—Un placer volver a verte.
Dejó caer una bolsa pequeña en la mano del hombre. El peso hizo el resto.
El guardia no la abrió. Sus dedos la cerraron y la bolsa desapareció bajo su chaqueta.
—Atracad donde queráis.
Selvis inclinó un poco la cabeza y pasó a su lado.
—Descargad lo valioso primero —ordenó sin alzar la voz—. Y lo que sangre, lejos de la vista.
Los hombres empezaron a moverse sin discutir. Bajaron cajas con cuerdas, arrastraron sacos, pasaron armas de mano en mano. El golpe de la madera contra los tablones se mezcló con el ruido del puerto.
Entre la carga, bajaron también a los senicios apresados en el abordaje. Tenían las manos atadas y la mirada perdida. Algunos tropezaron al tocar tierra. Nadie los ayudó. Su destino estaba sellado.
Uno de los tripulantes escupió cerca de ellos.
—¿Para qué los queremos?
Selvis no se detuvo. Siguió caminando hacia la ciudad, esquivó a un borracho que cayó de rodillas frente a él.
—Para lo mismo que todo —dijo por encima del hombro.
El tripulante frunció el ceño.
—Para venderlos —concluyó Selvis mientras giraba la cabeza lo justo.
El hombre asintió, aunque no parecía satisfecho y dio un empujón a uno de los cautivos para que avanzara.
Selvis ya no miraba atrás. Sus ojos recorrían la subida, las caras, los puestos improvisados, los cuchillos visibles y los ocultos. Cada gesto, cada voz, cada rincón, quedaba registrado en su memoria.
Al llegar al primer cruce de pasarelas, un hombre le salió al paso con una sonrisa perturbadora.
—Hace tiempo que no se veía al Desgarrador por aquí.
Selvis no se detuvo.
—Eso significa que hoy todos ganamos.
El hombre rio y se apartó.
Selvis siguió avanzando hacia el corazón de la isla con la sonrisa aún en los labios. A cada paso, sus cálculos cambiaban.
La taberna más cercana rugía antes incluso de que cruzaran la puerta.
El suelo estaba cubierto de ron derramado, cerveza agria y manchas de sangre seca que se pegaban a las botas con un chasquido húmedo y desagradable.
El techo bajo atrapaba el humo de las pipas bajo las vigas negras, y el aire sabía a sal. Al fondo, alguien vomitaba entre risas.
Un grupo de marineros golpeaba la mesa con sus con jarras desportilladas al ritmo de una canción obscena. Más allá, dos hombres discutían sobre una partida de cartas mientras las monedas corrían de mano en mano con velocidad.
—¡Zergonia! —bramó uno al lanzar los dados—. ¡Hoy me debes una victoria!
Los cubos de hueso rebotaron sobre la mesa y se detuvieron junto a un cuchillo clavado en la madera.
—Te debe la vida entera —respondió otro, y soltó una estruendosa carcajada.
El nombre de la diosa de la suerte viajaba por toda la sala. Algunos lo pronunciaban entre dientes antes de apostar. Otros tocaban madera o besaban los dados. Nadie quería tentar al azar sin nombrarla.
Karel, el joven ladrón del Desgarrador, sonrió al escucharlo.
—¿Lo ves? —dijo mientras avanzaba entre las mesas—. Hasta los borrachos saben rezar cuando hay monedas delante.
Selvis, el maestro destilador, se apartó de un marinero que dormía abrazado a un barril vacío.
—No rezan. Suplican.
Jorvan Buen Cuchillo ya estaba en el centro del local. Tenía la camisa abierta, el pecho salpicado de ron y una inquietante sonrisa bajo el tic inquieto de su ojo.
Un hombre enorme, con la cara roja de alcohol y furia, lo empujó en el pecho.
—¡Me has robado la bolsa, perro jersa!
Jorvan lo miró un instante, sonrió, le enseñó los dientes y lo tumbó de un cabezazo.
El golpe sonó seco.
El grandullón retrocedió tambaleándose, con sangre entre los dientes, pero Jorvan no le dio tiempo a respirar. Lo agarró del cuello, lo levantó medio palmo del suelo y lo lanzó sobre una mesa.
La madera estalló bajo el impacto. Las jarras saltaron. El ron corrió entre las cartas marcadas.
Durante un segundo nadie habló.
Entonces alguien empezó a reír.
—¡Buen Cuchillo, peleas mejor de lo que cocinas! —gritó un marinero del Desgarrador.
—Eso no dice mucho de él —respondió otro entre carcajadas.
Jorvan agarró una jarra que no era suya y bebió hasta vaciarla. Después, señaló al tabernero con dos dedos.
—Otra.
El tabernero obedeció sin protestar. Tenía un ojo hinchado y las manos llenas de cicatrices viejas. Sabía reconocer cuándo una discusión ya tenía dueño.
El hombre del suelo intentó incorporarse.
Jorvan lo vio y le dio una patada corta en las costillas.
—Quieto ahí —le ordenó.
El tipo volvió a caer entre restos de madera rota y nadie se acercó a ayudarlo.
En una mesa cercana, tres jugadores recogieron sus cartas con calma. Uno de ellos observó a Jorvan y negó despacio.
—Hoy no juego más. La suerte anda hambrienta.
—La suerte nunca tiene hambre —replicó su compañero mientras hacía girar una moneda sobre los dedos—. Somos nosotros los que corremos detrás de ella como si fuera una buena moza.
Karel soltó una risita.
—Ese sí sabe hablar.
Al fondo, en la sombra, donde la luz no llegaba, una figura observaba sin participar.
El capitán Gorham permanecía en silencio, con la espalda apoyada contra un pilar torcido, y dejó que el ruido lo desconcentrara.
La luz gris del puerto apenas rozaba su rostro.