17 El tercer paso #2
El tercer impacto barrió lo que quedaba en pie. La arena se alzó en una cresta baja y avanzó como un muro. Allí donde pasó, los huesos se partieron, las armaduras se hundieron hacia dentro y filas enteras quedaron aplastadas contra el suelo.
Un soldado intentó levantarse. Apoyó la mano, la arena se cerró sobre su brazo y lo arrastró hacia abajo.
Los gritos duraron poco.
Cuando el estruendo cesó, el campo de batalla quedó cubierto de polvo suspendido. Tardó en caer. Cuando lo hizo, ya no había formación.
Donde antes había un ejército, solo quedaban cuerpos torcidos y armas rotas clavadas en la arena.
Azhor bajó las espadas despacio. Su pecho subía y bajaba sin esfuerzo.
A su espalda, los soldados de Gigasul permanecían inmóviles. Uno de ellos dejó caer la rodela sin darse cuenta.
—¿Habéis visto eso? —susurró alguien con la voz seca.
Azhor no se giró. Miró el horizonte vacío.
—Volved con vuestros reyes —dijo al viento—. Decidles que hoy habéis visto al dios Emperador defender su tierra.
El viento regresó. Arrastró el polvo y movió los estandartes caídos.
Azhor se giró hacia los suyos. Bajó una de las espadas y la apoyó en la arena.
—Volvemos a casa.
Un soldado dio un paso al frente. Aún tenía arena pegada a la cara.
—Mi señor… —dijo, y dudó—. ¿Y si regresan?
Azhor lo miró.
—Que regresen.
No dijo más.
El hombre tragó saliva y asintió.
Entonces, el suelo bajo sus pies cambió.
La arena se deshizo en silencio. El campo se borró, como si alguien hubiera pasado la mano sobre él. Los cuerpos desaparecieron primero, luego las armas y después el cielo.
El soldado alzó las manos, desorientado.
Azhor ya no estaba. Solo quedaba el vacío, y un eco bajo la piel del mundo, como un latido que no pertenecía a la tierra.
Edoz lo agarró del hombro y lo sacudió con fuerza.
—Eh. ¡Eh!
El soldado volvió a respirar con un sobresalto. Sus ojos lo delataban; regresaba de muy lejos.
La calle de piedra volvió con él. La niebla de aquella Baja Alonia irreal encerró de nuevo el mundo a su alrededor.
El hombre miró a Edoz con los ojos muy abiertos, tardando un momento en reconocer dónde estaba.
Edoz señaló el talismán que colgaba de su pecho.
—Eso brilla cuando te quedas mirando al vacío.
El soldado bajó la vista y lo miró.
El metal azul aún vibraba, temblando al recordar algo que el aire no podía oír.
Se tocó el pecho y murmuró unas palabras en su lengua.
—Gigasul… Azhor… Karath…
Edoz frunció el ceño y se encogió de hombros.
—Sí, sí. Lo que tú digas.
Entonces sonó un golpe seco en algún lugar de la ciudad y ambos giraron la cabeza al mismo tiempo.
La niebla se apartó un poco entre los tejados hundidos y las paredes torcidas de aquella peculiar Baja Alonia. La torre negra seguía allí… pero ya no estaba sola.
Otra estructura se alzaba detrás de las casas rotas.
Más alta y más antigua. Una aguja de piedra quebrada que parecía atravesar el cielo gris del Umbral.
El soldado levantó la mano y la señaló.
—Karath.
Edoz siguió la dirección de su dedo y observó aquella nueva torre durante unos segundos. Luego volvió la mirada hacia él.
—¿Karath significa problemas?
El hombre no entendió su palabra, pero su rostro dejó claro que sí, que estaban en problemas.
Entonces, algo se movió en lo alto de la aguja.
Una gigantesca criatura emergió entre la niebla que envolvía la cima de la torre. Sus alas se desplegaron lentamente, enormes, oscuras como la noche sin luna.
Era un dragón.
Su piel negra brillaba como la obsidiana húmeda.
Los ojos, plateados, reflejaban la luz gris del Umbral como dos lunas frías.
Sus garras relucían como mismo metal recién pulido, largas y curvadas.
Entre sus fauces, los dientes plateados asomaban como cuchillas.
Dos cuernos del mismo color frío brillaban y se alzaban sobre su cráneo.
—Karath —susurró el soldado, con la voz rota.
Edoz entrecerró los ojos.
—Perfecto… —murmuró—. Ahora también tenemos un dragón.
La bestia inclinó la cabeza sobre el borde de la torre y saltó.
El dragón cayó desde la torre en picado como una lanza negra. El aire rugió alrededor de sus alas al abrirse a mitad del descenso y la criatura planeó entre las casas rotas del Umbral.
El suelo tembló cuando aterrizó frente a ellos.
Las garras plateadas arañaron la piedra y levantaron chispas. Las alas se desplegaron un instante, enormes, como muros de oscuridad. Después se plegaron lentamente.
El paso quedó cerrado y los ojos plateados del dragón se clavaron en ellos.
Edoz tragó saliva.
—Ah… claro.
La bestia avanzó un paso. Sus dientes plateados brillaron entre la niebla.
El soldado retrocedió.
—Karath… Karath… —murmuró con la voz quebrada.
Edoz alzó las manos.
—Sí, sí. Karath. Problemas en forma de dragón. Lo entiendo.
El dragón rugió.
No fue un grito animal, sino un sonido profundo, como la respiración de una caverna.
En ese momento, atacó.
La cabeza descendió como un martillo. Edoz rodó hacia un lado mientras las fauces se cerraban donde había estado un instante antes. La piedra estalló bajo los dientes plateados de la bestia.
—¡Corre! —gritó Edoz, aunque el soldado ya corría.
Las alas golpearon el aire y levantaron una tormenta de polvo. La cola del dragón barrió la calle y derribó un muro medio caído.
Edoz saltó sobre un carro volcado.
—¡Esto es ridículo! —protestó mientras la bestia volvía a lanzarse.
Las garras descendieron en su dirección.
Edoz se deslizó bajo ellas y corrió entre las columnas caídas de un viejo pórtico.
El soldado gritaba algo detrás de él en su lengua.
—¡No entiendo nada! —respondió Edoz.
El dragón los persiguió.
Cada paso hacía vibrar la calle. Las alas rozaban los tejados hundidos y lanzaban tejas rotas al aire.
Edoz tropezó con una losa levantada y cayó de rodillas.
—Genial —gruñó.
Cuando levantó la cabeza, el dragón ya estaba encima. La criatura estiró el cuello hacia abajo y abrió las fauces despacio. Los dientes plateados brillaron a un palmo de su rostro.
Edoz suspiró.
—Bueno… ha sido un viaje interesante.
Entonces ocurrió algo extraño.
El dragón se detuvo y sus ojos plateados bajaron hasta el brazo de Edoz; el brazo demonio.
La piel negra, igual que la del dragón, comenzó a arder con un brillo oscuro.
El dragón inclinó la cabeza muy despacio y la apoyó frente a él.
Edoz parpadeó.
—¿Qué significa esto? —masculló atónito.
La mano demonio reaccionó. Los dedos se estiraron solos, como despertando. La carne oscura vibró y se extendió hacia el cuello del dragón, tirando de Edoz.
Cuando lo tocó, la piel negra de ambos se reconoció. La carne demoníaca se fusionó con las escamas del cuello del animal. No fue nada violento, más bien fue algo natural, como dos piezas perdidas de un mismo puzle que volvían a encontrarse.
Edoz fue arrastrado hacia arriba.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Un momento! —exclamó sin poder hacer nada.
Su cuerpo quedó sobre el cuello del animal mientras la mano demonio se aferraba como parte del dragón.
De pronto, estaba sentado como un jinete.
El dragón levantó la cabeza. Detrás de él, el soldado permanecía inmóvil, con la boca abierta.
—Gigasul… emper… Karath… —balbuceó.
Luego cayó de rodillas.
Edoz lo miró por encima del hombro.
—Oye, tú.
El hombre no se movió.
—¡Eh! —insistió Edoz moviendo las manos para que subiera—. ¿Te vienes o prefieres quedarte aquí para cuando vuelva a tener hambre?
El soldado dudó, vio el ademán de Edoz para que subiera detrás, miró al dragón, de nuevo a Edoz y el cielo gris del Umbral. Luego se levantó despacio, con cuidado, y subió detrás del animal.
El dragón extendió las alas y el viento volvió.
Con un solo batir, se elevaron sobre las calles rotas de aquella peculiar Baja Alonia. Las torres hundidas pasaron bajo ellos mientras el Tercer Umbral se abría como un mar de ruinas y niebla.
El soldado se agarró con fuerza donde pudo.
Edoz miró al horizonte.
—Bueno —dijo mientras el dragón ascendía entre las nubes grises—. He tenido transportes peores. Me recuerdas a Sable un caballo que tuve… ¡Te llamaré Sable!