17 El tercer paso
La niebla se cerró sobre la calle y la torre negra quedó atrás mientras Edoz avanzaba unos pasos. A su lado, el soldado gigasulo se detuvo en seco. Bajó la cabeza y se quedó inmóvil. Parecía escuchar algo bajo las piedras del suelo.
—¿Qué pasa ahora? —murmuró Edoz, sin apartar la vista de él.
El soldado no contestó. Clavó la lanza en la piedra con un golpe seco y llevó la mano al talismán de su cuello. El metal azul vibró, leve al principio, luego con un pulso más claro.
Edoz entrecerró los ojos.
—Lo estás oyendo…
El aire cambió. La niebla se contrajo sobre sí misma y la calle empezó a deshacerse bajo sus pies. La piedra perdió forma, se abrió en grietas finas y se convirtió en arena.
El viento trajo un humo denso y amargo.
El soldado salió del polvo con el escudo alzado. La batalla rugía a su alrededor. Las lanzas chocaban contra las armaduras, los caballos heridos relinchaban entre las filas rotas y el sol caía rojo sobre un campo cubierto de cuerpos. El soldado avanzó sin vacilar.
Un hachazo cayó contra su escudo con un golpe que lo habría partido por la mitad.
El metal resonó como un trueno. La lanza respondió al instante y su punta penetró entre las costillas del atacante, que cayó y otro saltó sobre él desde un lado.
El gigasulo giró el escudo, empujó al enemigo hacia atrás y sacó la espada de la cadera.
El filo brilló bajo la sangre del atardecer.
Un tajo limpio y el cuello del hombre se abrió como un manantial carmesí.
El talismán azul golpeó su pecho cuando volvió a moverse.
—¡Por el Emperador! —rugió un guerrero a su izquierda.
El gigasulo, exaltado, levantó el escudo.
—¡Solo la muerte es el final!
Las filas enemigas chocaron contra ellos.
Un carro ardía más adelante. Las llamas arrojaban humo negro sobre los cadáveres. El soldado caminó hacia aquel fuego.
Del humo emergió un enemigo con una maza en alto.
El arma cayó como una roca contra el escudo del gigasulo y el metal crujió bajo el impacto.
El soldado bajó el cuerpo, empujó con el hombro y antes de que el hombre pudiera recuperar el equilibrio, hundió la espada en su vientre, y la sangre brotó caliente sobre su brazo.
Un cuerno sonó en la distancia.
El gigasulo alzó la cabeza. Sus compañeros retrocedían entre el humo y los cuerpos caídos. La línea se había roto.
Miró a su alrededor y el campo se abrió ante sus ojos: cuerpos desmembrados, esparcidos sobre la arena, armas clavadas en el barro y fuego devorando los restos de carros destrozados. Apretó los dientes, alzó la lanza y cargó otra vez contra el enemigo.
Entonces, la tierra tembló bajo sus pies.
Un estruendo recorrió el campo de batalla y el cielo se abrió con un relámpago azul que rasgó las nubes. El talismán del dios Emperador ardió sobre su pecho.
El soldado, asustado, se detuvo.
Bajó la vista hacia el metal que colgaba de su cuello. La luz creció entre sus dedos y el brillo azul iluminó su rostro, cubierto de polvo y sangre.
—¿Mi señor?
Entre el humo y los gritos apareció otra figura que avanzaba contra la marea de enemigos con dos espadas curvas de oro girando en sus manos.
Un hombre cargó contra él con una lanza de dos puntas, pero el desconocido giró sobre su eje con destreza animal: una hoja apartó la lanza y la otra abrió el pecho del atacante. El cuerpo cayó a la arena antes de que pudiera gritar.
Otro enemigo saltó desde un carro volcado. Las dos espadas trazaron un arco de luz y el hombre perdió la cabeza.
El guerrero siguió caminando entre los cadáveres. Sus pasos no se detenían y las hojas doradas subían y bajaban con un ritmo imposible de seguir; cada movimiento encontraba carne y cada giro dejaba otro cuerpo abatido en el suelo.
Un grupo de soldados enemigos le cerró el paso.
El polvo se levantaba bajo sus sandalias y las lanzas formaron un círculo apretado alrededor del guerrero.
Nadie se atrevía a avanzar primero, hasta que uno de ellos tomó la iniciativa y cargó hacia el guerrero.
La primera espada dorada se movió lo justo para abrirle el vientre.
El hombre cayó doblado sobre sí mismo, intentando sostener sus entrañas.
La segunda hoja describió un arco corto.
Una garganta se abrió y la sangre brotó caliente sobre la arena.
Un escudo chocó contra el filo dorado y se partió en dos como madera húmeda.
Un brazo amputado rodó por el suelo. Los dedos aún se cerraban sobre una empuñadura que ya no estaba allí. Nadie era capaz de prever los movimientos mortales del guerrero de las dos hojas de oro.
El círculo se rompió.
Cuando el guerrero salió de entre ellos, cinco cuerpos yacían a su espalda y el polvo comenzaba a tapar su sangre.
Más allá, entre el humo de un carro en llamas, un soldado gigasulo lo vio acercarse. Avanzó entre el humo y los cadáveres. Vestía una armadura imperial labrada en oro oscuro. Las espadas doradas chorreaban de sangre enemiga cuando el guerrero se detuvo frente a él.
Durante un instante ninguno habló.
El hombre alzó las manos hacia su casco y se lo quitó despacio. El metal raspó contra la armadura y cayó a la arena.
La luz del cielo descendió sobre su rostro.
Su piel era azul como el mar profundo. Sus ojos verdes, brillantes como esmeraldas húmedas, se clavaron en los del soldado con una calma antigua y terrible.
El aire abandonó el pecho del gigasulo.
Sus rodillas tocaron la arena con un golpe seco. Bajó la cabeza hasta rozar el suelo.
—Mi señor… Azhor
El dios Emperador lo observó en silencio mientras las espadas doradas descansaban a ambos lados de su cuerpo.
El humo del carro ardía detrás de él.
—Levanta la cabeza, hijo del Imperio de Gigasul —dijo al fin. El soldado obedeció absorto—. Te he visto luchar —continuó el Emperador—. Cuando los tuyos huyeron, tú avanzaste.
El gigasulo apretó el puño contra la arena.
—Mi vida pertenece al Imperio.
El Emperador dio un paso hacia él. La sangre aún goteaba de las hojas doradas.
—Tu vida pertenece al deber.
El talismán azul del soldado brilló con más fuerza. El gigasulo inclinó la cabeza y apoyó la lanza en el suelo mientras cerraba el puño sobre el talismán.
—Entonces, lo juro otra vez. Ante vos, ante el trono y ante la muerte. —Alzó la mirada—. Mi lealtad es eterna.
El dios Emperador sostuvo sus ojos durante un momento y luego asintió.
—Levántate.
El soldado obedeció, pero cuando sus pies tocaron la arena, el campo de batalla comenzó a desvanecerse.
Azhor avanzó hasta el límite del mismo y se detuvo donde terminaban los cadáveres y comenzaban las filas enemigas. Miles de lanzas lo apuntaban. Miles de escudos cerraban el horizonte.
El viento arrastró el humo de los carros quemados y dejó al descubierto un campo negro cubierto de ruedas rotas, lanzas clavadas y cuerpos a medio enterrar en la arena. El calor subía desde el suelo y se pegaba a la piel.
Azhor apoyó una de sus espadas curvas sobre el hombro. La hoja dorada aún goteaba sangre. Alzó la vista hacia el ejército enemigo que se extendía frente a él y no parpadeó.
—Habéis venido a aplastar un imperio —dijo con voz baja, que aun así cruzó el campo—. Pero Gigasul no es un imperio cualquiera.
Levantó la segunda espada. La sangre resbaló por el filo y cayó sobre la arena en gotas espesas.
—Es un imperio que da sentido a mi voluntad.
Al otro lado, los generales enemigos alzaron los brazos. Las trompetas sonaron ásperas, cortaron el aire y un instante después, miles de sandalias golpearon la tierra al mismo tiempo. Las filas avanzaron sin huecos, escudos al frente, lanzas firmes, una marea de hierro que cerraba el espacio.
Un capitán gritó desde la primera línea:
—¡No es más que un hombre!
Las voces lo siguieron.
—¡Un hombre!
—¡Aplastadlo!
Azhor no retrocedió. Dio un paso.
La arena tembló bajo su pie. No fue un golpe seco; fue un latido que se extendió bajo las filas enemigas. Algunos soldados bajaron la mirada. Uno dejó caer la lanza sin darse cuenta.
—Sigue —ordenó un general desde atrás—. ¡No frenéis!
La masa empujó hacia delante.
Azhor avanzó de nuevo.
El segundo paso abrió grietas bajo las primeras filas. La tierra se partió en líneas negras que corrieron entre las sandalias. Un grupo de hombres perdió el equilibrio cuando el suelo cedió y se tragó sus pies hasta el tobillo. Las lanzas se inclinaron. Un escudo cayó y rodó por la arena.
—¡Mantened la formación! —gritó otro oficial.
El viento sopló entre los estandartes y los hizo crujir. Entonces, desde la retaguardia, una lluvia de flechas oscureció el cielo.
—¡Ahora! —rugió el general.
Las flechas descendieron en masa.
Azhor dio el tercer paso.
El viento murió y las telas de los estandartes quedaron inmóviles. El polvo se detuvo en el aire. Las flechas perdieron fuerza y cayeron antes de alcanzar su cuerpo, clavándose en la arena a pocos pasos de sus pies.
Un soldado alzó la vista con la boca abierta.
—¿Qué…?
Azhor levantó ambas espadas hacia el cielo. La sangre en las hojas doradas se deslizó despacio, marcando líneas oscuras sobre el metal.
Durante un instante, todo quedó en silencio. El estruendo de los pasos se apagó y hasta el hierro de las lanzas dejó de vibrar en las manos de los soldados. Solo había respiraciones contenidas.
Un tambor cayó al suelo sin que nadie lo tocara.
Entonces, la luz descendió.
No era un rayo, ni fuego. Fue un peso que cayó desde arriba y emergió desde abajo al mismo tiempo. La arena vibró. Las grietas se abrieron más. Algo antiguo despertó bajo la superficie.
El primer impacto no se vio, se sintió.
Las lanzas de la primera línea se doblaron hacia dentro, movidas por una mano invisible que las aplastaba. Los escudos estallaron en astillas. Los hombres que los sostenían se doblaron sobre sí mismos, rompiendo sus columnas vertebrales con un crujido seco.
El segundo golpe llegó después.
Una ola invisible cruzó el campo desde Azhor hacia el ejército contrario. No levantó una mota de polvo, tan solo lo empujó. Las filas se rompieron. Cuerpos enteros salieron despedidos hacia atrás. Algunos chocaron contra sus propios compañeros. Otros se alzaron en el aire y cayeron ya sin vida.
—¡Atrás! —gritó un general, con la voz rota—. ¡Atrás!
Nadie pudo obedecer.