16 Bosque de ocaso
El aire del amanecer traía aroma a flores silvestres. El final del Bosque Sagrado de Arresia se abría al fin ante ellos y la columna del éxodo avanzaba entre raíces negras y árboles que parecían susurrar despedidas.
Rayhem caminaba despacio, con una sonrisa leve en la cara. Los carros de los sanadores quedaban atrás. Dentro de uno de ellos, Jarben se incorporaba en su camastro, pálido pero vivo.
—Has dormido más que un borracho —le soltó Rayhem con cariño.
Jarben arqueó una ceja.
—¿Hemos ganado?
—¿Tú qué crees? —Preguntó, mirando a su alrededor—. Sí, Jarben, hemos ganado. Los arreshim han caído. Pero la victoria nos ha costado cara, demasiadas vidas perdidas. Pero al menos, ya hemos salido del bosque.
El sacerdote apoyó una mano sobre el hombro del sepulturero.
—Por primera vez en mucho tiempo, creo que Bel-Hur ha escuchado mis plegarias.
Jarben dejó escapar una risa breve que se quebró a mitad de camino.
—Bel-Hur escucha cuando quiere y calla cuando más lo necesitamos.
Rayhem observó cómo la luz se abría paso entre las copas de los árboles, cómo el bosque quedaba atrás como una herida que empezaba a cerrarse de una vez por todas.
—Hoy ha escuchado —murmuró al fin—. Mañana… ya veremos.
Un grupo de heridos pasó junto a ellos, sostenidos por dos muchachos que apenas podían con su propio peso. Más atrás, el humo de las piras seguía alzándose en columnas finas.
Jarben siguió esa estela con la mirada.
—¿Cuántos?
Rayhem apretó la mandíbula.
—Cerca de mil ochocientos civiles muertos. De la Guardia del Éxodo, casi la mitad de los que entraron, unos mil quinientos.
El sepulturero cerró los ojos un instante.
—Y aun así, avanzamos.
—No sabemos hacer otra cosa.
Un murmullo recorrió la columna. No era miedo, era decisión.
Rayhem alzó la vista hacia la cabeza del éxodo.
—Hemos tomado una nueva ruta.
Jarben frunció el ceño.
—Dirección Senicia hacia el norte, ¿verdad?
Rayhem negó.
—No. Hacia el sur.
El sepulturero abrió los ojos del todo.
—Eso nos lleva fuera de Arresia, hacia las tierras de los nómadas.
—Y lejos de Senicia.
Jarben guardó silencio y pensó si su viaje a Tyrio había sido de alguna utilidad.
Rayhem dio un paso más cerca del camastro.
—El príncipe ha hablado. Ha traído viejos mapas, de antes de que estas tierras se rompieran.
—¿Confiamos en esos pergaminos?
—No. —Rayhem esbozó una media sonrisa—. Confiamos en no repetir errores.
Jarben apoyó los codos sobre las rodillas, todavía débil.
—Senicia nos ofrecía paso.
—Los arreshim también —sentenció Rayhem.
Se miraron a los ojos y no hubo réplica por parte de Jarben.
El viento agitó las telas de los carros. Por delante, la línea del bosque se rompía al fin, y más allá se extendía una tierra abierta, desconocida.
—Los nómadas no sirven a reyes ni a dioses —añadió Rayhem—. Al menos, no a los nuestros.
—Entonces, tendremos que aprender su lengua.
—O su forma de sobrevivir.
Jarben respiró hondo, el aire era distinto fuera del bosque.
—¿Y después?
Rayhem miró hacia el sur, hacia un horizonte que apenas se insinuaba entre la bruma.
—Bordearemos Senicia sin pisarla. Cruzaremos esas tierras, y si seguimos vivos…
Se detuvo.
Jarben alzó la vista.
Rayhem clavó los ojos en la distancia.
—Volveremos a Beluria.
El nombre pesó entre ambos.
—La Costa Perdida —susurró Jarben.
Rayhem asintió.
—El Mar de las Voces.
Durante un instante, ninguno habló.
Detrás de ellos, el Bosque Sagrado quedó en silencio. Delante, el camino no prometía nada.
Y aun así, la columna siguió adelante.
Shuraz cabalgaba al frente. A su lado, los Sin Dios abrían la marcha. El sol rozaba el filo de su coraza y teñía de oro la melena que caía sobre su espalda. Su caballo negro avanzaba sin dudar.
—No mires atrás —gruñó sin girarse.
Zarya, detrás, entrecerró los ojos verdes mientras recorría la formación.
—Alguien tiene que hacerlo —replicó—. Si vuelven, seré la primera en verlos.
Shuraz dejó escapar una exhalación corta.
—No volverán.
—Eso es lo que dijiste antes de la batalla.
El comandante no contestó.
Ciento cuarenta y cinco decenas de hombres avanzaban en columnas irregulares. Ahora, los lanceros marchaban en silencio, con el arma al hombro, sin fuerzas para fingir orgullo.
Uno de ellos miró al suelo.
—Ni cantos, ni gritos —murmuró uno de los soldados—. Esto parece un entierro.
—Lo es —respondió otro, sin alzar la vista—. Solo que seguimos caminando.
Zarya clavó la mirada en ellos.
—Guardad el aliento —ordenó—. Lo vais a necesitar.
El murmullo se apagó.
Tras ellos, Anara montaba sobre Bela, su yegua blanca. La corona de laureles de oro relucía bajo la luz temblorosa del amanecer. A su alrededor, los Sacerdotes del Templo caminaban con las túnicas rasgadas y el rostro ennegrecido por el humo.
—La tierra que muere, vuelve a nacer —entonó uno.
—La sangre derramada alimenta el camino —respondieron los demás al unísono.
Anara los escuchó sin girarse.
—Que nadie olvide a quién pertenece esa sangre —dijo, lo bastante alto para que la oyeran.
Uno de los sacerdotes alzó la vista.
—A los dioses, mi señora.
Anara tensó las riendas.
—A los que murieron.
El canto vaciló un instante antes de continuar, pero ahora más bajo.
Cerca de ella, Sairah, la líder de los Sin Dios, avanzaba con parte de los suyos detrás mientras los demás abrían la marcha con Shuraz. Sus pasos no seguían ningún ritmo sagrado; eran firmes, pero desordenados. Sangre, con el lomo erizado, olfateaba el suelo cubierto de hojas húmedas.
Edoz viajaba en el carro de Sairah, sujeto con cuerdas para que el traqueteo del camino no lo hiciera rodar.
Siempre había un curandero de los Sin Dios sentado junto a él, atento a cada latido de aquella membrana negra cubierta por una sustancia viscosa que nunca terminaba de secarse.
Durante la marcha, Sairah caminaba al frente de los suyos con la vara de mando entre las manos, pero cada cierto tiempo levantaba la lona del carro y echaba un vistazo al interior.
No decía una palabra. Solo comprobaba que el capullo seguía latiendo despacio bajo aquella costra oscura y que Edoz continuaba allí, oculto bajo la materia negra que lo mantenía con vida.
—Nunca me ha gustado este bosque —murmuró uno de los Sin Dios.
—A mí tampoco —añadió Sairah sin apartar la vista del frente.
El viento agitó las ramas altas levemente.
Uno de los suyos señaló hacia los sacerdotes.
—Siguen cantando.
—Que canten —respondió Sairah—. Mientras no decidan por nosotros.
El hombre dudó.
—¿Y si lo intentan?
Sairah acarició su vara de batalla.
—Entonces dejarán de cantar.
Sus hombres rieron a carcajadas que los sacerdotes escucharon, pero sin darle importancia.
Sangre alzó la cabeza y gruñó en dirección al bosque que quedaba atrás.
Anara giró levemente el rostro.
—¿Qué ocurre?
—El bosque nos ha dejado marchar —respondió Sairah.
Zarya, desde atrás, alzó la voz.
—¡Movimiento entre los árboles!
Las lanzas bajaron casi al unísono.
Shuraz tiró de las riendas y su caballo se encabritó un instante.
Hubo silencio. Las hojas se agitaron, y luego nada, solo el viento.
Shuraz miró a la oscuridad del bosque que quedaba a sus espaldas.
—Avanzamos —ordenó, mirando de reojo a Zarya, que retomó su lugar en la retaguardia.
Durante un largo trecho, nadie dejó de mirar atrás.
El príncipe Belbarozh viajaba en su carro, apoyado sobre almohadas y rodeado de sanadores y curanderos. Su rostro había perdido color, pero sus ojos seguían bien abiertos.
Cuando Anara pasó a su lado, él alzó la mano con esfuerzo.
—Aún seguimos en pie —dijo, con un hilo de voz.
Anara inclinó la cabeza desde la montura.
—Y seguiremos, mientras alguien recuerde por qué caminamos.
Belbarozh esbozó una leve sonrisa.
—No dejes que lo olviden.
El carro avanzó entre sacudidas. Uno de los sanadores ajustó las vendas del príncipe.
—Deberíais descansar —aconsejó el sanador preocupado.
—Descansaré cuando vea el mar —replicó él—. O si me entierran antes.
El hombre bajó la mirada y no insistió más.
Junto a la rueda, el Sacerdote Mayor caminaba sin detenerse. Su bastón golpeaba el barro con un ritmo constante: Tac. Tac. Tac.
Un novicio, cargado con sacos medio vacíos, se acercó a él.
—Señor, las reservas de grano no alcanzan para todos. Hoy solo podremos repartir una ración por familia.
El bastón no se detuvo.
—Entonces, que aprendan a compartir —respondió—. El hambre también enseña.
—Algunos ya se están quejando.
El anciano giró su rostro.
—¿Y tú?
El joven dudó.
—Yo… también tengo hambre.
El Sacerdote Mayor clavó el bastón en el suelo y lo miró.
—Bien. Así sabrás lo que pesa cada decisión.
Siguió caminando.
Más atrás, el Profeta de Kudram observaba desde la penumbra de su carro cerrado. La lona apenas dejaba pasar la luz, y dentro, su silueta permanecía inmóvil. Sus labios se movían sin descanso, murmurando palabras que nadie más alcanzaba a entender.
—Siempre susurras —se atrevió a decir Lyria desde fuera—. ¿Alguna vez hablas para que otros escuchen?
Hubo un breve silencio. Luego, la voz del Profeta emergió suave, casi amable.
—Quien necesita alzar la voz, es porque duda.
Torbu caminaba a un lado del carro. El brazo derecho le colgaba inmóvil, sujeto al cuello con una cuerda basta. Cada paso le arrancaba un gesto de dolor. La mandíbula, mal encajada, le obligaba a hablar entre dientes.
Se llevó la mano al brazo herido y apretó con cuidado.
—Algunos no dudan, solo obedecen —masculló.
El Profeta dejó escapar una leve risa desde el interior.
—Y aun así, fallan.
Torbu bajó la cabeza, avergonzado.
Los Ungidos Ciegos avanzaban cerca, con vendas cubriéndoles los ojos y las manos manchadas de ungüentos. Uno de ellos se acercó a Torbu y le tocó el brazo con delicadeza.
—Se está soldando —dijo en voz baja—. El hueso escucha.
Torbu tensó la mandíbula.
—Más le vale.
Lyria caminaba al otro lado, atenta a los márgenes del sendero. El ala de su sombrero ocultaba parte de su rostro, pero no el labio partido, cubierto por una costra oscura que se abría cada vez que respiraba hondo.
Escupió sangre seca a un lado.
—El bosque no ha terminado con nosotros —murmuró—. Aún nos mira.
—El bosque ya ha cumplido su parte —respondió el Profeta—. Ahora nos toca el turno a los hombres.
Lyria se detuvo un instante.
—Los hombres y las mujeres ya hemos hecho suficiente daño.
—Nunca es suficiente —susurró él.
El carro crujió al avanzar sobre una raíz. El Profeta apartó la lona y dejó ver uno de sus ojos blancos, brillante en la sombra.
—Dime, Lyria… —añadió—. ¿Aún sientes dolor?
Ella no le miró.
—Lo justo para recordar.
—Bien —dijo él—. El dolor mantiene despiertos los sentidos.
Torbu apretó los dientes.
—Y a veces, no se va y vagas como un perro.
El Profeta clavó la vista en él.
—Cuidado, Torbu. Un perro herido, o aprende a morder mejor, o acaba siendo sacrificado.
Torbu bajó la mirada amedrentado y continuó arrastrando los pies.
Lyria volvió a escupir, limpiándose la comisura del labio con el dorso de la mano.
—Seguid hablando —dijo—, mientras yo vigilo.
Y continuó caminando, con la mirada fija en las sombras del camino.
El Carro Rojo avanzaba con paso irregular. Perin sujetaba las riendas, tarareando una melodía triste. A su lado, Narel, el espectro, lo miraba con una paz que no era de este mundo.
—Nunca creí que volvería a ver el sol —susurró Perin.
El fantasma asintió, sin apartar los ojos del horizonte.
—Yo no siento su calor —respondió con voz frágil—. Lo echo de menos.
Kalthis tocó unas notas suaves en su laúd al cruzarse con ellos. Perin levantó la mano en forma de saludo. El bardo sonrió, pero sus ojos buscaban entre los rostros a los que ya no estaban.
Azniel, el escriba de Rayhem, a lomos de una mula vieja, escribía sin descanso, anotando cada detalle. Danna caminaba a su lado, sosteniendo el tintero y limpiándole las plumas.
—No te detengas, escriba, o perderás la letra —le recordó ella a modo de burla.
—No temo perderla, sino olvidarla —contestó él, sin alzar la vista y sin coger la ironía.
El éxodo avanzaba por la senda abierta, donde los árboles comenzaban a espaciarse. El viento traía olor a tierra abierta y un destello de luz del cielo. Nadie necesitó una orden para saberlo: por fin habían salido del bosque.
Shuraz levantó la espada y el sol golpeó el acero negro de Oscuria. Un clamor se extendió por la columna. Algunos no pudieron reprimir las lágrimas.
Anara alzó la vista y, que ella recordara, por primera vez desde que entraron en Arresia, sonrió.
Rayhem se volvió hacia ella.
—El Bosque de Ocaso queda atrás —murmuró.
Anara lo miró preocupada.
—Veamos qué nos depara el viaje —respondió.
El viento se llevó sus voces y el éxodo siguió su marcha hacia la luz.
Detrás, el Bosque Sagrado de Arresia cerró sus puertas. Nadie supo si fue el aire o los árboles quienes susurraron los nombres de los que allí quedaron: las ratas de Edoz, Holen, Brak, Torvak, Kael, el Rompehuesos, el líder de los Sin Dios, y todos los que nunca cruzarían esa frontera antinatural.
El cielo, al fin despejado, parecía prometer algo más que supervivencia.
Ofrecía un destino.