Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 15 El matasanos
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15 El matasanos

Me llamo Brann Garlik, aunque en cubierta nadie pierde el tiempo con nombres largos. Para ellos soy el matasanos. Y no les quito razón.

He cosido más carne de la que recuerdo y he cobrado por casi toda. A veces por cerrarla, otras por dejarla abierta y decirle al dueño que respire despacio hasta que deje de hacerlo.

Mi gente no se esconde de eso. Los gigasulos nacemos grandes, con los huesos duros y la piel curtida por el viento de los desiertos.

Cabello rojo, ojos amarillos, manos hechas para sujetar un arma o mantener un cuerpo quieto mientras otro le hurga dentro.

Rezamos a Azhor, dios emperador, guerrero de piel azul y armadura dorada.

Él es quien nos enseña a no temblar cuando la carne cede.

Esa noche, tras el abordaje al barco senicio, ni Azhor habría encontrado orden en la cubierta del Desgarrador.

La madera estaba negra de sangre. No de un solo bando, sino de todos. Senicios y los nuestros mezclados en montones. Un brazo aquí, una pierna más allá, y en medio, hombres que aún respiraban y pedían ayuda con la boca llena de sal y sangre.

¿Que por qué teníamos a algunos senicios? Los esclavos sirven para muchas cosas, y la más común es cambiarlos por monedas.

Me moví entre ellos con el saco de herramientas al hombro. No corrí. Nunca corro. El que corre, se equivoca.

—Tú, fuera —le dije a uno que se sujetaba el vientre.

El hombre negó y apretó los dientes.

Le aparté las manos. Las tripas le asomaban entre los dedos.

—No te voy a coser eso —añadí y seguí caminando.

No gritó ni lloriqueó; eso siempre me gusta.

A dos pasos, otro me agarró la muñeca.

—Brann… —susurró—. No me dejes.

Le miré el cuello abierto. Manaba sangre a golpes cortos.

—A ti, sí —dije, y me arrodillé ante él.

Trabajé rápido. Aguja, hilo y presión. El hombre me miró todo el rato, con los ojos muy abiertos. Cuando terminé, respiró hondo. Parecía haber vuelto de algún sitio poco amable.

Le di un trago de ron y le empujé contra el mástil.

—No te muevas —le ordené—. Si te mueres, me enfadaré.

Seguí avanzando.

El cocinero, Jorvan Buen Cuchillo, estaba sentado sobre un barril con un corte en la ceja y una sonrisa que no me gustó nada en absoluto.

—¿A cuántos vas a salvar hoy? —preguntó mientras limpiaba su hoja en la ropa de un senicio muerto.

—A los justos —respondí sin mirarle.

—¿Quieres que te ayude con alguno? —siguió con una sonrisa enorme, acariciando su cuchillo al cinto—. Ya sabes que se me da bien cortar carne.

Pasé de largo.

Selvis Dorn, el destilador, discutía con dos marineros, señalando cofres abiertos.

—Eso vale más si llega seco —decía—. Si lo mancháis, perdemos todos.

—Cierra la boca, senicio —le solté al pasar—. O te la coso sin anestesia.

Se calló. Siempre se calla cuando me oye.

La vi al fondo, junto a la borda. Alia-Murn. La gata blanca estaba sentada, inmóvil, con los ojos clavados en el mar oscuro. No parpadeaba. Nunca lo hace cuando mira así.

Me acerqué un instante.

—¿Qué oyes? —murmuré.

La gata giró la cabeza hacia mí y luego volvió a mirar el agua. No hizo falta más.

Seguí hasta el capitán.

Gorham estaba de pie. El abordaje exitoso no parecía haberle importado mucho. Tenía la espada aún en la mano y la hoja goteaba sangre senicia, lentamente. Una herida en el brazo izquierdo le sangraba desde el hombro hasta la mano.

—Si no te sientas, te coso de pie —le dije.

Me miró. Sus ojos no eran los de un hombre cansado.

—Haz lo que tengas que hacer —respondió.

Se sentó en una banqueta junto al palo mayor. Apoyó la espada a su lado. El hierro golpeó la madera con un sonido seco.

Le aparté la camisa rota. La herida en el hombro era limpia. Un tajo profundo, de hoja bien afilada.

—Buen corte —murmuré—. ¿Quién te lo hizo?

Gorham escupió a un lado.

—Uno que ya no vive.

Asentí y no pregunté más.

Limpié la sangre con un paño empapado en ron. La piel no reaccionó como debía. No se tensó ni tembló.

—Esto va a doler —le avisé.

—He tenido días peores —contestó despreocupado.

Clavé la aguja.

El hilo atravesó la carne y sentí algo que no encajaba. No fue demasiada resistencia, tampoco lo contrario; parecía otra cosa. La aguja vibró un leve instante, fue casi un susurro en el metal.

Fruncí el ceño y acerqué la lámpara.

Las cicatrices que rodeaban la herida no eran normales. Se curvaban en líneas que no seguían la forma del cuerpo. Se cruzaban, se repetían. No eran solo un dibujo, eran signos.

—¿Te las hiciste tú? —pregunté.

Gorham negó.

—Vinieron solas.

—Eso no es posible —repliqué.

—Ya lo ves.

Pasé el dedo cerca de una de las marcas, pero no la toqué. El calor manaba de la piel, y no era de fiebre.

—Parecen… —empecé.

—No lo digas —me cortó él.

Le miré.

—Runas —terminé.

Guardó silencio. El mar golpeó el casco, lentamente.

—¿Desde cuándo las tienes? —pregunté.

—Desde la isla.

Até el primer nudo y tiré del hilo.

—No aparentas tu edad —comenté después—. Ni de lejos.

Gorham soltó una risilla seca.

—Eso dicen.

—¿Cuántos años tienes en realidad? —me atreví a preguntar.

—Más de los que aparento y menos de los que siento. ¿Me preguntas cuántos años tengo después de decirme que no aparento mi edad?

—Los rumores corren por todo el barco —contesté sin pensarlo y seguí cosiendo, puntada tras puntada.

—¿Qué más dicen esos rumores? —preguntó el capitán, desafiante.

—Que has cambiado —añadí.

—Lo sé.

—Antes habrías hecho un chiste.

Gorham miró al frente, hacia la oscuridad del mar.

—Antes no había muerto.

La aguja volvió a entrar.

Entonces lo oí.

No fue un sonido claro. No fue una palabra. Fue algo que subió por el metal de mi aguja, desde la carne hasta mis dedos. Un murmullo muy bajo, molesto.

Aparté la mano un instante.

—¿Lo has oído? —pregunté.

—Siempre lo oigo —respondió él sin mirarme.

Tragué saliva, apreté los labios y volví al trabajo.

No miré más las runas, no quise entenderlas y seguí cosiendo.

A mi alrededor, los hombres gritaban, reían o se apagaban y morían. El Desgarrador crujía bajo nuestros pies. El mascarón, ahí delante, en proa, abría la boca en su grito eterno hacia la noche.

Terminé el último punto.

Al tirar del hilo, una corriente fría subió por la aguja. Me recorrió la mano, el brazo y la espalda. No fue dolor, fue más bien un aviso.

Entonces solté la aguja asustado.

—Ya está —dije.

El capitán Gorham flexionó el hombro. La herida cerrada no sangró.

—Buen trabajo, matasanos.

Asentí, pero no respondí.

Me limpié las manos en un paño sucio, recogí la aguja del suelo de cubierta, la limpié con ron y levanté la vista hacia el mar.

La superficie estaba en calma, pero no la sentí quieta. Bajo el agua, algo se movía y no eran las olas.

Alia-Murn seguía mirando con sus ojos de gata. Era tan blanca como la luna.

Apreté los dientes y murmuré una oración baja a Azhor, mi dios emperador.

—Dame ojos para ver lo que es esto, y valor para no fallar cuando lo entienda.

Volví a mirar al capitán Gorham y no vi a un hombre sentado en una banqueta. Vi carne humana sobre algo que no era solo carne humana, y por primera vez desde que subí al barco, dudé. No sobre si podía salvarlo la próxima vez, sino sobre si debía hacerlo.