Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 14 El cazador de almas #3
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14 El cazador de almas #3

Edoz atacó con furia. Su brazo oscuro se abalanzó hacia el rostro del hombre y las garras rasgaron el casco. El yelmo cayó al suelo con un golpe hueco, hecho pedazos y el rostro quedó al descubierto.

Edoz recordó su mirada.

—Ahora sí —dijo el verdugo con calma.

Edoz hundió la espada en su pecho. El cuerpo tembló y el mundo se rompió.

La casa desapareció. La sala de la torre volvió a formarse a su alrededor mientras el verdugo caía al suelo y su cuerpo se convertía en ceniza que el aire arrastró por las piedras.

Edoz respiró con fuerza mientras bajaba la espada. En ese momento, la puerta se abrió detrás de él.

El soldado gigasulo estaba allí, con su espada al fin recuperada en la mano. La hoja brillaba con un reflejo frío.

Edoz recuperó la compostura y lo miró.

—¿La has encontrado? —preguntó, moviendo su propia espada.

El guerrero asintió y luego señaló el suelo.

En el lugar donde había caído el verdugo había quedado algo grabado en la piedra.

Edoz lo vio y se agachó despacio. Era una marca, un símbolo tallado con líneas finas que la ceniza no había cubierto. Una estrella de ocho puntas con un ojo en el centro que parecía mirarle.

Frunció el ceño. No era el emblema de Alonia.

Edoz pasó un dedo por las líneas de la piedra.

Reconoció la forma en cuanto la tocó. Ya lo había visto antes, en los anillos de tantos enemigos en Alonia y en el Tabernáculo de las Estrellas Olvidadas, donde lucharon contra la maldita Eterna, la Bruja Araña.

Sus labios apenas se movieron. ¿Así que ella estaba detrás de la muerte de su familia?

—Entonces, no actuabas solo…

El viento atravesó la torre y el eco recorrió los pisos superiores. Algo metálico sonó en la oscuridad. Edoz alzó la cabeza, parecían pasos.

El sonido volvió a oírse. Un golpe seco y luego otro.

Edoz no apartó la mirada de la oscuridad que ascendía por el interior de la torre. El soldado gigasulo también lo oyó. Cerró la mano sobre la empuñadura de su espada.

Se oyó otro paso, esta vez más pesado y cercano.

De la escalera descendió un olor a humedad; algo enorme se arrastraba desde los pisos superiores.

Edoz se incorporó despacio.

—Esto no me gusta nada —dijo en voz baja.

El gigasulo señaló la escalera.

—No me parece una buena idea —Edoz negó con la cabeza.

Otro golpe sacudió la torre. La piedra vibró bajo sus botas y del techo cayó polvo negro.

El soldado avanzó un paso hacia la escalera. Edoz lo detuvo con la mano sobre su pecho.

—¿Qué haces? Ya tienes tu espada, el honor está salvado. Nos vamos —le ordenó Edoz.

El guerrero dudó.

Arriba resonó otro golpe, esta vez más rápido.

Edoz chasqueó la lengua.

—¿De verdad quieres ver qué demonios vive ahí arriba?

Un crujido recorrió la torre. Algo pesado se movió sobre sus cabezas y las piedras del techo temblaron. El gigasulo miró la escalera que subía y luego miró a Edoz.

—Nos vamos por donde hemos venido. —Edoz levantó la barbilla hacia las escaleras que descendían hasta la entrada.

El soldado asintió.

Ambos retrocedieron escaleras abajo, hacia la puerta abierta.

El viento cruzó la sala y por un instante apagó el murmullo de las sombras que vagaban por los pisos superiores.

Entonces llegó el rugido. No era un grito. Era un sonido profundo que sonaba como si la torre hubiera abierto una garganta de piedra.

Las paredes se agrietaron.

—¡Ahora sí que nos vamos! —gruñó Edoz.

El suelo tembló y una grieta corrió por la piedra entre ellos por la escalera.

El gigasulo bajó a saltos y ambos salieron a un pasillo circular. La escalera descendía en espiral hacia la planta baja. A su espalda, algo cayó dentro de la sala. Sonó un golpe bestial y la piedra se partió.

—¡Corre! —ordenó Edoz sin mirar atrás.

Bajaron los escalones de dos en dos. Sus pasos retumbaron por la torre mientras otro sonido descendía tras ellos.

Un golpe, luego otro. Algo enorme bajaba por la escalera superior y lo hacía demasiado rápido.

El gigasulo saltó un tramo de peldaños y cayó con un golpe seco. Edoz lo siguió. La torre volvió a sacudirse.

Más arriba, una parte de la pared se derrumbó y una lluvia de piedras cayó por el hueco central.

Edoz alzó el brazo oscuro. Las garras desviaron un bloque que habría partido el cráneo del soldado.

—Me debes una —gruñó.

Llegaron al piso inferior.

Las sombras que antes vagaban por el interior de la torre ahora se agitaban como humo en un vendaval.

El soldado empujó la puerta rota y la madera cedió con un crujido. La niebla gris del exterior los envolvió en cuanto salieron. Detrás de ellos, la torre rugió otra vez.

Edoz se alejó varios pasos antes de detenerse y se volvió.

La punta rota de la torre temblaba, algo intentaba abrirse paso desde dentro.

Una silueta enorme cruzó detrás de las ventanas vacías.

—Perfecto. Otro monstruo para mi lista.

El gigasulo observó la torre un momento y luego miró a Edoz, que se ajustó el manto sobre su brazo oscuro.

—Vámonos antes de que decida salir.

Se internaron en la niebla mientras el viento rugía entre los árboles. Detrás de ellos, en lo alto de la torre negra, algo golpeó la piedra con fuerza.

El eco los siguió durante mucho tiempo, como si la torre no quisiera dejarlos ir.