Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 14 El cazador de almas #2
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14 El cazador de almas #2

El soldado levantó la lanza y señaló la torre negra que sobresalía entre los tejados. Edoz siguió la dirección de la punta.

—Sí… Claro, no tienes ni idea de lo que te digo…

Miró al cadáver del cazador una última vez.

—Vamos a ver qué demonios hay allí, ¿por qué no?

Entre la niebla se alzaba una torre negra, alta y torcida, cuya punta parecía arrancada por algún antiguo golpe. Las piedras mostraban grietas abiertas y manchas oscuras que ni el tiempo ni la lluvia habían borrado, si es que aquí eso sucedía.

Varias ventanas sin marco miraban al vacío, como cuencas huecas. El viento cruzaba los huecos y hacía sonar algo metálico en lo alto con un tintineo irregular que se perdía entre la bruma.

Edoz se detuvo al pie de una colina entre las calles. La niebla rozó sus botas y el aire le trajo un olor familiar: sangre.

El soldado gigasulo siguió caminando a su lado.

Edoz alzó la mano.

—No.

El guerrero giró la cabeza. No comprendía la palabra, pero el gesto bastó. Aun así avanzó un paso más.

Edoz soltó un resoplido y golpeó la empuñadura de su espada contra una piedra.

—¿Para qué me traes hasta este agujero?

El soldado señaló la torre, luego tocó la vaina vacía que colgaba de su cadera.

—¿Me has traído hasta aquí por tu espada? —preguntó absorto Edoz.

El soldado se llevó el puño al pecho, junto al talismán de su dios Emperador.

Edoz irritado, ladeó la cabeza.

—Sí, sí… ya lo veo. Tu espada, tu honor, tu dios… ¡Tus muertos!

El viento agitó su manto negro. Bajo la tela, el brazo oscuro se tensó. Las escamas opacas reflejaron la luz gris del Umbral mientras las garras asomaban con un leve chasquido orgánico antes de ocultarse otra vez.

Edoz apretó el puño.

—Pues vamos. La verdad es que no tengo otra cosa mejor que hacer.

Subieron la pendiente y cruzaron el arco de la entrada. La puerta colgaba torcida de un solo gozne y el interior estaba sumido en una densa oscuridad.

El soldado entró primero y Edoz lo siguió.

Dentro no había muebles ni escaleras visibles, solo un amplio vestíbulo cubierto por sombras humanas que vagaban sin rumbo.

Algunas caminaban en círculos. Otras se quedaban quietas frente a las paredes, parecían mirar algo que nadie más podía ver.

Varias murmuraban palabras apagadas que se perdían en el aire.

Edoz frunció el ceño mientras atravesaba aquel lugar.

—Este sitio me huele mal.

El gigasulo avanzó entre las figuras sin vacilar. Las sombras no reaccionaban a su paso.

Subieron por las escaleras con cuidado, esquivando sombras.

Edoz pasó junto a una de ellas y su rostro cambió ante sus ojos. Primero vio a un anciano de piel arrugada, luego a un niño con la boca abierta en un llanto mudo y, un instante después, a una mujer sin ojos que parecía buscar algo en la oscuridad.

Edoz se detuvo.

—¿Qué mierda es esto?

Otra sombra cruzó ante él y también cambió. Durante un momento, fue un soldado con el casco abollado; después, un mendigo cubierto de harapos. Cuando volvió a transformarse, Edoz alzó la cabeza.

Ahora era un guerrero con armadura negra.

La figura caminaba entre las demás sin prisa. Sobre el peto brillaba el emblema de Alonia y el casco ocultaba el rostro.

El murmullo del lugar se apagó poco a poco hasta que solo quedó el sonido de sus propios pasos.

Edoz sintió que el aire se volvía pesado. El caballero negro se subió una visera oscura. Entonces un recuerdo se abrió paso en la mente de Edoz.

El verdugo alonio se volvió. En ese momento, la silueta giró un poco y el casco dejó ver el rostro bajo la visera.

Edoz se lo sabía de memoria: cada arruga, cada sombra bajo los ojos, cada pliegue de los labios. Aquel hombre estaba grabado en su memoria para siempre.

Edoz dio un paso hacia la figura, pero esta continuó caminando entre las sombras como si nada. Apretó la mandíbula y avanzó más rápido.

El aire salió de los pulmones de Edoz.

—Tú…

La figura no respondió y siguió caminando.

Edoz echó a correr hacia él.

—¡Tú!

La sombra se internó en una escalera rota que ascendía en espiral por el interior de la torre. Edoz la siguió sin pensar. Las paredes estaban cubiertas de manchas negras y el eco de sus pasos retumbó en la piedra mientras subía tras ella.

La figura llegó a una sala circular.

Edoz entró detrás.

La puerta se cerró a su espalda con un golpe seco que resonó en toda la estancia.

La figura se volvió y el rostro cambió ante sus ojos. Primero apareció el de un joven. Luego, el de un anciano. Después, el de un soldado que Edoz no había visto nunca.

Edoz alzó la espada.

—¡No te escondas, mal nacido!

La voz que respondió no salió de la boca de la figura. Parecía brotar de todas las paredes.

—¿A quién buscas?

Edoz dio un paso al frente.

—Al hombre que mató a mi familia —escupió con rabia.

El rostro volvió a transformarse.

—¿A este?

La piel se retorció hasta adoptar la forma del verdugo.

Edoz tensó el brazo.

—Sí… ese.

La figura inclinó un poco la cabeza, estudiaba la reacción de Edoz.

—Muchos creen que recuerdan, pero pocos saben lo que sucedió de verdad en el pasado.

Edoz mostró los dientes.

—Yo lo sé —continuó.

La sombra avanzó un paso.

—Entonces, muéstralo.

Edoz frunció el ceño.

—¿Qué te muestre qué?

—Este lugar no acepta mentiras —susurró la figura del verdugo.

El rostro del verdugo se deshizo como el humo.

—Si fue él, demuéstralo.

La sala desapareció y Edoz se encontró dentro de una casa.

La suya.

La puerta estaba abierta y las llamas trepaban por las vigas del techo. El humo llenaba el aire y un niño lloraba en algún rincón.

Edoz apretó la espada.

—No puede ser…

El verdugo entró por la puerta. La armadura reflejó el fuego mientras avanzaba por la estancia y su espada descendió en un golpe seco.

La sangre salpicó el suelo y el niño cayó de rodillas antes de desplomarse. El golpe del cuerpo contra las tablas resonó en la casa en llamas.

Edoz sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Ese niño era su hermano pequeño.

—No…

La figura del verdugo se volvió hacia él con calma, sin darle importancia a aquel grito.

—¿Lo recuerdas? —preguntó a Edoz con voz fría.

Edoz levantó la espada. Sus dedos apretaron la empuñadura hasta que los nudillos se tensaron.

—Sí.

El verdugo dio un paso hacia el cuerpo del niño, con la hoja aún manchada de sangre.

Edoz cargó contra el verdugo.

—¡Maldito bastardo!

Las espadas chocaron con un golpe brutal. El metal aulló y el impacto sacudió el brazo derecho de Edoz, el humano.

El verdugo sonrió bajo el casco.

—Prueba otra vez.