14 El cazador de almas
La niebla se arrastraba entre las calles torcidas de esta Baja Alonia. Las casas parecían hundidas en la piedra y los balcones colgaban retorcidos sobre callejones sin salida. No había luces en las ventanas. Solo puertas abiertas que dejaban ver interiores vacíos.
Edoz avanzó despacio con la espada de plata en guardia. El manto negro rozaba los muros húmedos mientras caminaba. La sangre seca seguía en su mejilla, pero el arañazo de las criaturas de la torre ya se le había curado.
Se detuvo frente a una taberna sin puerta. Miró el interior. Dentro había una mesa volcada, una jarra rota y el suelo cubierto de polvo gris.
—Aquí bebí más de una noche… —murmuró.
Entró un paso en la taberna y el silencio pesó sobre la estancia. No había nadie dentro, ni siquiera ratas entre las mesas caídas. Edoz recorrió el lugar con la mirada durante unos segundos y volvió a salir a la calle para continuar su camino entre la niebla.
Entonces oyó un golpe seco de metal contra piedra que le hizo girar la cabeza.
Entre la bruma, una figura comenzó a tomar forma.
Era un soldado alto, cubierto por una armadura oscura. Un escudo redondo colgaba a su espalda y una lanza descansaba sobre su hombro. Al cinto llevaba una funda de espada corta vacía. La capa estaba rasgada y una mancha oscura le empapaba el muslo.
El hombre se detuvo en cuanto vio a Edoz.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.
La niebla cruzó entre ambos, y mientras el soldado alzaba la lanza con cautela, Edoz respondió sacando un poco la espada de plata del cinto, lo justo para que el brillo de su filo advirtiera a su contrincante de tomar una mala decisión.
—No tengo ganas de pelear —dijo Edoz.
El soldado frunció el ceño al oírlo. La lengua beluria le resultó extraña. Observó atentamente cada detalle de Edoz y asintió una vez, despacio.
Edoz señaló entonces el escudo que el hombre llevaba a la espalda.
—¿Gigasul?
El soldado se tocó el pecho y asintió con un gesto corto.
Después señaló la espada de plata en manos de Edoz.
—¿Bhar…?
—Ni idea de lo que dices —resopló Edoz.
El soldado bajó la lanza unos dedos y se llevó la mano hasta el cuello. De una cuerda le colgaba un pequeño símbolo de piedra. Lo apretó entre los dedos y murmuró algo en voz baja. Una oración.
Edoz ladeó la cabeza al ver cómo el hombre apretaba con fuerza el símbolo.
—Buen momento para rezar.
El soldado levantó la mirada. La niebla tembló a su alrededor.
Desde el callejón cercano llegó el sonido de un arrastre húmedo sobre la piedra.
Ambos se giraron al mismo tiempo.
Las figuras comenzaron a salir de la bruma. Cuerpos torcidos con los rostros abiertos y demasiados brazos que se agitaban en direcciones imposibles.
Las víctimas de la Torre Roja.
Edoz soltó el aire por la nariz.
—Otra vez vosotros.
El soldado gritó algo en su lengua y señaló con la lanza hacia un callejón lateral.
Edoz miró en esa dirección y entendió el gesto.
—¿Por ahí? —preguntó sin esperar respuesta.
El soldado asintió.
Las criaturas avanzaron hacia ellos entre chillidos desgarrados que se extendieron por toda la calle.
Edoz saltó hacia la primera. La espada trazó un arco corto y la hoja abrió el rostro del monstruo, su carne gris cayó al suelo.
Otra criatura saltó desde un balcón resquebrajado.
El escudo del soldado chocó con ella con un golpe seco y el cuerpo salió despedido contra la pared. Antes de que pudiera levantarse, la lanza atravesó su pecho y la criatura quedó clavada contra la piedra.
Edoz giró sobre sí mismo.
El brazo negro se desveló del manto con un chasquido orgánico y las garras se hundieron en el cráneo de otro ser. El hueso cedió bajo las escamas y el cuerpo se derrumbó a sus pies.
Entonces aparecieron más figuras entre la niebla. Eran demasiadas.
El soldado agarró a Edoz por el brazo.
—¡Shara! ¡Shara!
Señaló el callejón otra vez.
Edoz miró la calle, ahora bloqueada por aquellas cosas que avanzaban entre chillidos.
—Sí… correr suena mejor.
El soldado iba en cabeza cuando entraron en el callejón. Avanzó un par de pasos, alzó la lanza y golpeó una baldosa. La piedra cedió bajo el impacto y un chasquido seco sonó bajo tierra.
Edoz frunció el ceño.
No se detuvieron. Siguieron adelante y, detrás, otra criatura irrumpió en la calle estrecha, rozó las paredes y pisó la baldosa hundida al lanzarse tras ellos.
El suelo cedió, la piedra se abrió de golpe bajo su peso y el monstruo desapareció en la oscuridad con un tirón seco.
Su grito se quebró en la caída y murió bajo la losa al cerrarse.
—Bien jugado —soltó Edoz con una risa breve.
El soldado siguió guiándolo entre los callejones de la ciudad torcida.
Saltó un canal abierto en el suelo. Edoz lo imitó. Detrás de ellos otra criatura cayó al agua negra con un chapoteo pesado.
El callejón desembocó en una pequeña plaza y allí se detuvieron. El soldado apoyó la lanza en el suelo y respiró con dificultad. La sangre del muslo goteó al suelo.
Edoz lo observó unos segundos.
—Estás hecho polvo —susurró, negando con la cabeza.
El hombre no entendió, pero captó el tono.
Se dejó caer contra una pared y volvió a apretar el símbolo de piedra entre los dedos. Sus labios murmuraron otra oración.
Edoz limpió la hoja en su manto.
—Tú también estás atrapado aquí, ¿verdad?
El soldado levantó la cabeza. Señaló el cielo gris del Umbral, luego señaló el fondo de la ciudad. Entre la niebla se alzaba una torre negra, alta y torcida, cuya punta parecía arrancada por algún golpe antiguo.
—Gigasul… Karath… —dijo el soldado en voz baja.
Edoz siguió la dirección de su dedo y observó la torre unos segundos.
—¿Vienes de allí?
El hombre asintió.
Edoz volvió a mirar la torre y luego al soldado herido.
—Bueno… supongo que ahora caminamos juntos.
El soldado se puso en pie con esfuerzo y volvió a señalar la torre. Edoz soltó un suspiro. No recordaba esa estructura en la Alonia real.
—Claro. ¿Por qué no?
Ambos echaron a andar entre la niebla.
No vieron la figura que los observaba desde un tejado hundido.
Era alta y demasiado delgada, y llevaba una máscara blanca que cubría su rostro.
El cazador cogió su arco hecho de huesos humanos de su espalda y lo agarró con fuerza, horizontal al suelo.
La niebla abrazaba las callejuelas de aquella Baja Alonia, pegándose a las piedras rotas de las paredes y a los balcones torcidos.
Edoz y el soldado giraron una esquina y una plaza se abrió ante ellos. Casas inclinadas se apoyaban unas en otras; los tejados parecían crujir bajo su propio peso. En el centro, un pozo de piedra cerraba su boca con barras de hierro retorcidas.
El soldado se detuvo. La lanza bajó un palmo y sus ojos recorrieron el espacio. Edoz percibió algo distinto, un silencio que no pertenecía al Umbral.
—¿Lo notas? —susurró.
El hombre alzó el escudo.
Un golpe seco retumbó sobre un tejado cercano. Ambos levantaron la vista.
Desde la cornisa descendió una figura. Cayó en medio de la plaza y el impacto hizo crujir la piedra a sus pies.
Era alto, huesudo, con brazos demasiado largos y las piernas dobladas hacia atrás.
La piel gris se tensaba sobre los huesos; fragmentos de armadura colgaban de su espalda.
Llevaba una máscara blanca atravesada por grietas negras que formaba una sonrisa vacía.
En la mano tenía un arco construido con costillas humanas y una flecha negra con punta de plata cargada.
El soldado retrocedió un paso y murmuró algo.
—No es amigo tuyo, ¿verdad? —preguntó Edoz.
La cabeza del cazador giró lentamente. La máscara miró al soldado.
—Gigasulo… —Salió una voz áspera bajo la máscara.
El hombre tensó la lanza.
—Eres un alma perdida —susurró la criatura con voz metálica—. Tu carne pertenece al reino de la piel y nadie del reino de Gigasul puede permanecer en el Tercer Umbral.
Edoz arqueó la ceja hacia el cazador.
—Así que sabes hablar.
Los ojos detrás de la máscara se fijaron en el brazo negro que emergía del manto negro de Edoz.
—Ese brazo no es de este lugar —dijo el cazador, e inclinó la cabeza.
Edoz sonrió.
—Ya me han dicho eso antes.
El cazador avanzó un paso.
—Entrégalo.
La palabra cayó en la plaza como una piedra en un pozo.
Edoz soltó una risita.
—¿Otra vez? ¿No podéis dejarnos en paz a mí y a mi brazo dragón?
La garra negra emergió con un chasquido orgánico. Las escamas se tensaron.
—Ven a buscarlo —provocó Edoz.
El arco se tensó. La flecha negra cruzó el aire. Edoz se movió; la punta de plata rozó su hombro y se clavó en la pared.
El soldado embistió. La lanza descendió hacia el pecho del monstruo. Este se apartó con un salto seco y la punta golpeó el suelo. Otra flecha salió disparada; el escudo la detuvo con un golpe metálico.
Edoz atacó con la espada de plata, que bajó hacia el cuello de la criatura. El arco de hueso bloqueó el golpe y las costillas humanas crujieron.
Una patada lanzó a Edoz contra el pozo. El cazador cayó sobre él y cerró sus manos huesudas sobre el brazo negro.
—Este poder no te pertenece.
—¡Que pesados estáis todos con eso! —gruñó Edoz.
La mano se abrió y las garras se clavaron en el pecho del cazador; la piel gris se rasgó. El soldado gritó algo en su idioma y embistió con la lanza. La punta atravesó el costado del monstruo.
Un chillido seco surgió de la máscara. La criatura se retorció y atrapó la lanza; su otra mano se posó en el pecho del soldado.
Algo oscuro salió del hombre, una sombra con forma humana que el cazador absorbió. El soldado cayó de rodillas; sus ojos se volvieron negros, sin blanco alguno.
—No me jodas… —dijo Edoz mientras observaba el cambio.
El soldado levantó la cabeza; respiraba con dificultad. Luego empujó con todas sus fuerzas la lanza clavada en el cazador. La punta atravesó la espalda de la criatura. Edoz aprovechó y hundió la espada hasta la empuñadura, en la grieta de la máscara.
El cazador quedó inmóvil. Luego su cuerpo se desplomó y la plaza quedó en silencio.
Edoz limpió la espada en el manto y miró al soldado. La sombra seguía en sus inquietantes ojos, ahora negros y sin blanco alguno.
Durante un momento, ninguno de los dos habló. Luego, Edoz suspiró.
—¿No hay nadie normal aquí? —Guardó la espada—. ¿Estás bien?