13 El nuevo Consejo del Éxodo #3
—Quizá deberíamos encender las antorchas sagradas. Si Bel-Hur no quiere que sigamos, el fuego lo mostrará.
Anara negó con firmeza.
—No más peticiones al cielo. Nos guiaremos con las nuestras.
Anara miró a cada uno de ellos.
—Al amanecer marcharemos. Si este maldito bosque pretende devorarnos, que se atragante con nosotros.
El Sacerdote Mayor dio un paso al frente y apoyó ambas manos sobre el bastón. La madera crujió bajo su peso.
—Suma Sacerdotisa… —empezó en voz baja—.
He caminado a tu lado desde que salimos de Alonia.
He visto lo que has visto. He perdido todo lo que tú has perdido.
—Alzó la mirada hacia ella con un peso antiguo en sus ojos—.
Y aun así, no es sabio dar la espalda a quien nos sostuvo cuando no teníamos nada.
Algunos sacerdotes asintieron en silencio.
Anara no se movió. Sus dedos seguían clavados en el borde de la mesa.
El anciano continuó.
—No hablo de suplicar. No hablo de arrodillarnos cada vez que el miedo nos muerda. —Golpeó el bastón una vez contra el suelo—. Hablo de recordar de dónde venimos.
Señaló el mapa, donde aún quedaban marcas de sangre seca.
—Cuando éramos esclavos, Bel-Hur fue un susurro en la oscuridad. Nos prohibieron su nombre, y aun así lo mantuvimos vivo. —Su voz ganó fuerza—. Cuando rompimos las cadenas, no lo hicimos solos.
Rayhem observó en silencio y asintió, atento a cada palabra.
—He visto su poder —prosiguió el Sacerdote Mayor—.
No en grandes gestos, sino en los momentos en los que un hombre decide no rendirse, en los que una madre protege a su hijo aun sabiendo que puede morir.
—Clavó el bastón junto a la mesa—. Si ahora lo apartamos por completo, si fingimos que no existe, no solo perdemos su ayuda. Perdemos parte de lo que somos.
Un murmullo leve recorrió a los sacerdotes.
Anara apretó la mandíbula, pero no lo interrumpió.
—No te pido que abras las puertas del cielo a la fuerza —añadió el anciano—. Te pido que no las cierres tú.
El fuego de las lámparas tembló.
El Sacerdote Mayor dio un paso más cerca, bajando la voz.
—Un pueblo sin fe puede caminar, pero cuando caiga, no tendrá a qué aferrarse. Y este camino, Anara… —miró hacia la lona, hacia el bosque—, nos va a hacer caer más de una vez.
El bastón golpeó el suelo una última vez, esta, más suave.
—Déjanos al menos sostener esa llama. No para guiar el rumbo, sino para que, cuando todo falle, no avancemos a oscuras.
El silencio volvió a caer en la tienda.
Todas las miradas se clavaron en Anara.
La luz de las lámparas temblaba sobre el mapa. Los dedos finos de Anara, aún apoyados en la mesa, dejaron de presionar poco a poco.
Cerró los ojos un breve momento y soltó el aire por la nariz.
—Tienes razón —murmuró al fin.
Algunos de los sacerdotes alzaron la cabeza.
Anara levantó la vista hacia el Sacerdote Mayor. Había cansancio en sus ojos, pero ya no era el mismo de antes.
—He visto lo que ocurre cuando abrimos esas puertas sin medida —continuó—.
Lo he sentido en mi propia carne. —Sus dedos se cerraron un instante, recordando.
Luego se apartó de la mesa y caminó despacio, rodeándola, sin perder de vista al anciano—.
No pienso volver a arrastrar a nuestro pueblo a eso.
Pero tampoco voy a negar lo que nos ha traído hasta aquí.
Se detuvo frente a él.
—No es orgullo —añadió en voz más baja—. Es miedo.
La palabra quedó en el aire.
Rayhem la observó sin intervenir.
—Miedo a perder el control. A que el cielo vuelva a responder y no sepamos pagar el precio.
El Sacerdote Mayor inclinó la cabeza, sin apartar la mirada.
Anara respiró hondo y asintió.
—Encended vuestras antorchas —dijo al fin—. Pero no para pedir camino ni para forzar respuestas.
Señaló el mapa con un gesto breve.
—Que sean luz para los nuestros. Que recuerden quiénes somos, no lo que podemos invocar.
El bastón del anciano golpeó el suelo con suavidad, en señal de acuerdo.
Anara le miró a los ojos.
—Y si el cielo decide hablar —añadió—, esta vez, escucharemos antes de actuar.
Un murmullo recorrió a los sacerdotes, más calmado, casi aliviado.
El Profeta, desde su lugar, observó la escena en silencio. Su sonrisa regresó, apenas era un trazo.
Anara volvió al centro de la mesa y apoyó las manos sobre el mapa.
—Marcharemos al amanecer —ordenó Anara—. El consejo se levanta.
Todos comenzaron a salir de la tienda ordenadamente.
—Tus hombres han luchado bien. Agradéceselo, deben saber que no me olvido de ellos —murmuró cuando Sairah pasó junto a ella.
Sairah miró con desprecio a Shuraz. Nunca le había caído bien, pero ahora estaban destinados a trabajar juntos.
Cuando la tienda quedó casi vacía, Azniel cerró su libro y observó a Anara.
—¿Qué quieres que anote sobre el Profeta?
Ella miró al fuego.
—Solo lo que has visto —respondió—. No lo que temes.
El escriba asintió, hizo una reverencia torpe y se fue con el libro entre los brazos.
Anara permaneció sola en la tienda. Las lámparas temblaban sobre el mapa extendido, donde el Bosque Sagrado se dibujaba como una herida sin fin.
—Por Bel-Hur, saldremos de este perverso Bosque de Ocaso —murmuró, con los dientes apretados y la mirada fija en el trazo oscuro que los mantenía prisioneros.