13 El nuevo Consejo del Éxodo #2
—La Suma Sacerdotisa tiene razón —sentenció—. El poder es una herramienta, no un camino. Las puertas del cielo se cerraron por algo. Si Bel-Hur calla, no lo invocaremos a gritos.
Los rostros encendidos de los sacerdotes se enfriaron poco a poco. Uno tras otro, bajaron la vista. Anara sostuvo la mirada del Profeta un instante; él no apartó la suya, pero dejó de sonreír.
—Que así sea —concluyó ella—. El poder no será ley, solo lo emplearemos para emergencias. Sacerdote Mayor, encárgate de que nadie más lo invoque sin consentimiento. Si el cielo vuelve a abrirse, no será por nuestra culpa.
Un golpe de viento agitó la lona de la tienda y las llamas vacilaron.
Anara permaneció de pie, con la mirada fija en los mapas. Fuera, la voz del viento se mezclaba con el murmullo de las antorchas.
—A partir de ahora, los Sin Dios no quedarán al margen —dijo, mirando a Sairah—. Su ayuda en la batalla ha sido decisiva. No permitiré que sufran simplemente por no venerar a nuestros dioses. Siguen siendo parte del pueblo belurio.
Sairah, al fondo, levantó la cabeza y pegó su vara al cuerpo. Sangre, echado a sus pies, gruñó al percibir la inquietud de su dueña. Llevaba el rostro cubierto por una capucha, pero sus ojos brillaron al oír las palabras de Anara.
Uno de los sacerdotes se removió en su asiento.
—Suma Sacerdotisa, ellos no reconocen a Bel-Hur. ¿Pretende repartir las ofrendas sagradas entre impíos?
Anara giró despacio hacia él.
—Pretendo que ningún niño muera de hambre bajo mi mando. Si crees que Bel-Hur se ofende por eso, entonces has olvidado a quién servimos.
El silencio cayó como una losa. El Profeta observaba la escena con un interés perverso, tamborileando los dedos sobre la mesa.
—Shuraz —dijo Anara—, encarga a tus hombres que supervisen el traspaso de víveres y mantas. Quiero los carros de almacenaje abiertos antes del anochecer.
Shuraz cruzó los brazos.
—Mis hombres están agotados —dijo el comandante, sin entender bien su decisión—. Llevan quemando los cuerpos de los caídos desde el amanecer.
—Entonces, dales un motivo para seguir de pie —respondió Anara—. Que vean que luchamos por algo más que por nosotros mismos.
Shuraz inclinó la cabeza sin añadir palabra.
Sairah se levantó, se acercó hasta el centro del consejo y apoyó su vara sobre la mesa.
—Mis muertos no pedían dioses, solo justicia. Agradeceré lo que nos deis, pero no mendigaremos.
Anara la miró a los ojos.
—No necesitaréis hacerlo. Ningún belurio mendigará bajo mi mando, crea en dios o no.
Las palabras quedaron flotando en la penumbra, entre el humo de las lámparas. Por primera vez desde el inicio de la reunión del Consejo, incluso el Profeta guardó silencio.
Anara apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Shuraz, refuerza las guardias. No quiero más desapariciones. —Su voz sonó seca—. Llevamos semanas atrapados en este bosque, y esto parece no tener fin.
El comandante se enderezó y asintió.
—Doblaremos los turnos, pero los hombres están al límite. Muchos oyen cosas en la oscuridad y si los exprimo más, se romperán.
—Encuentra una forma para que aguanten, sé que lo harás. —Anara lo miró sin pestañear—. No pienso perder más tiempo ni más vidas aquí. Quiero planes, no excusas.
Se hizo un silencio pesado que se extendió por toda la tienda. Shuraz no estaba acostumbrado a que Anara fuera tan imperativa con él, pero dada su posición, lo entendió.
—Podemos dividir la columna —dijo Rayhem—. Los heridos y los niños podrían ir por el cauce seco del río. El terreno es más abierto y menos denso.
—Y así dispersar al rebaño para que los lobos lo alcancen más fácilmente. Brillante —intervino el Profeta con un soplido.
Rayhem lo miró con serenidad.
—Los lobos ya están entre nosotros. Prefiero saber por dónde se mueven.
Sairah golpeó el suelo con su vara para llamar la atención.
—Si queréis avanzar, dejad que mis hombres vayan por delante. No temen a los espíritus ni a los árboles malditos. Si el bosque quiere tragarnos, que empiece por nosotros.
Anara la miró un instante y asintió.
—De acuerdo. Los Sin Dios abrirán la marcha.
El silencio aún pesaba en la tienda cuando el Profeta giró la cabeza hacia Sairah. La tela negra de su túnica rozó el suelo al moverse y su sonrisa volvió, fina y afilada.
—Curioso —dijo, dejando que la palabra cayera despacio—. A duras penas deseas estar aquí, entre nosotros. Siempre has dejado claro que no quieres que tu gente se mezcle con los que rezan, con los que creen… —alzó una ceja—. Y ahora pides abrir la marcha del éxodo.
Se inclinó un poco hacia ella.
—Explícamelo. Porque no lo entiendo.
Algunos de los presentes bajaron la mirada. Otros se quedaron quietos, atentos.
Sairah dio un paso al frente y apoyó la vara sobre la mesa. La madera golpeó el mapa con un sonido seco. Sangre alzó la cabeza a su lado, con un gruñido que recorrió la sala.
—No lo entiendes —repitió ella, clavando los ojos en el Profeta—. Claro que no.
Se quitó la capucha. Los tatuajes de su rostro quedaron a la vista bajo la luz de las lámparas.
—Mi gente no está aquí por vosotros —continuó—. No rezamos a vuestros dioses, no pedimos vuestro perdón ni buscamos vuestro favor. Estamos aquí porque caminamos en la misma dirección.
El Profeta entrecerró los ojos, pero no habló.
Sairah apoyó ambas manos sobre la mesa y se inclinó lo justo para que su voz no se perdiera.
—Ese bosque ya se ha cobrado suficiente sangre.
De los vuestros y de los míos. —Golpeó el mapa con dos dedos—.
Vosotros veis símbolos, castigos, señales.
Nosotros vemos caminos, trampas y muerte.
—Se incorporó despacio—. Si queréis salir de aquí, alguien tiene que avanzar sin esperar respuestas del cielo.
—Un murmullo recorrió a los oficiales. Shuraz no apartó la vista de ella—.
Abriremos la marcha porque no dudamos —añadió—.
Porque cuando algo se mueve en la oscuridad, no nos arrodillamos, nos enfrentamos a ello sin dudar o esperar ayuda de ningún dios.
El Profeta ladeó la cabeza, con media sonrisa.
—¿Y eso no es fe? —preguntó en voz baja.
Sairah negó.
—Eso es supervivencia.
El silencio cayó otra vez.
Ella señaló con la barbilla hacia la lona de la tienda, en dirección al bosque que esperaba fuera.
—Mis Sin Dios irán delante porque no temen perder el alma. Vosotros sí. Y ese miedo os frena.
El Sacerdote Mayor apretó el bastón, pero no intervino.
Sairah dio un paso atrás, sin apartar la mirada del Profeta.
—No queremos vuestro mundo. Pero mientras caminemos juntos, evitaré que el bosque os devore, aunque no lo merezcáis.
Sangre enseñó los colmillos y selló sus palabras.
El Profeta la observó en silencio unos segundos. Luego, muy despacio, su sonrisa cambió.
—Ahora sí… —murmuró—. Ahora lo entiendo.
Anara no dijo nada, pero sus dedos dejaron de tensarse sobre el mapa.
Y fuera, entre los árboles, el viento sopló con un sonido distinto, más profundo, como si algo les hubiera escuchado.
El Sacerdote Mayor se inclinó hacia adelante.