13 El nuevo Consejo del Éxodo
La luz de las lámparas vacilaba sobre las lonas de la tienda de mando mientras un tenue aroma a cera derretida flotaba en el aire.
En el centro, un mapa extendido mostraba el viaje del éxodo estancado en el Bosque Sagrado, en Arresia.
Tenía líneas marcadas con sangre seca y sobre él, múltiples listas con nombres de los muertos en batalla.
Todos aguardaban en silencio, con la impaciencia clavada en los gestos. Sabios, sacerdotes del Templo y oficiales de la Guardia ocupaban el espacio en torno a la mesa, sin apartar la vista del centro.
Anara se mantenía erguida frente al mapa extendido. Sus ojos verdes recorrían las líneas marcadas sobre la piel curtida; no parpadeaba, pero su mirada delataba el cansancio que sentía. A su lado se encontraba Rayhem, en calidad de embajador del reino de Beluria.
A su izquierda, el Sacerdote Mayor apoyaba ambas manos sobre su bastón tallado. La madera, pulida durante los años, brillaba bajo la luz de las lámparas. No hablaba, pero los observaba uno a uno con la cabeza levemente inclinada.
A la derecha, el Profeta de Kudram permanecía envuelto en negro. La tela caía hasta el suelo y ocultaba casi todo su cuerpo. Solo su boca se movía, dibujando una fina sonrisa.
Cerca de la entrada, apartada del resto, Sairah esperaba con los brazos cruzados.
Sangre permanecía a su lado, inmóvil, con la mirada fija en la sala.
No encajaban entre túnicas y armaduras limpias, pero nadie se atrevía a pedirles que se marcharan.
Anara los buscó un instante con la vista y asintió para sí.
Al otro lado, Shuraz hablaba en voz baja con un grupo de oficiales.
Zarya ocupaba el centro de ese pequeño círculo.
Más ancha de hombros que muchos de ellos, sostenía el martillo de guerra apoyado contra el suelo.
Sus ojos verdes iban de uno a otro sin perder detalle, y la cicatriz de su mejilla se marcaba cuando apretaba la mandíbula.
El cabello rubio, recogido en una trenza gruesa, descansaba sobre la armadura azul con remates dorados.
—No me gusta —murmuró uno de los oficiales de lanceros.
Zarya no apartó la vista del mapa que tenía entre manos.
—No tiene por qué gustarte —replicó—. Tiene que funcionar.
El murmullo se apagó.
Al fondo, los sabios y los sacerdotes del Templo cerraban el círculo. Algunos sostenían tablillas mientras otros pasaban los dedos por cuentas de oración. Nadie elevaba la voz. El aire pesaba sobre todos.
Anara apoyó ambas manos sobre la mesa.
El cuero del mapa se tensó bajo sus dedos.
—Empezamos —dijo al fin.
Y el silencio cayó de golpe en la tienda.
Shuraz fue el siguiente en hablar.
—Entre los civiles ha habido cerca de mil ochocientos muertos, según el recuento de los Sacerdotes del Templo.
De los tres mil hombres que formaban la Guardia del Éxodo, apenas mil cuatrocientos cincuenta siguen en pie.
Los demás ardieron en piras bajo los árboles, consumidos por el fuego que encendimos anoche.
Un murmullo recorrió la tienda. Nadie se atrevió a mirar al Profeta.
—¿Y los cuerpos? —preguntó Anara.
—Quemados —respondió Shuraz—. Ya no enterramos a nadie. El bosque no los quiere.
El Sacerdote Mayor bajó la cabeza. Se escuchaba el sonido de su bastón golpeando el suelo con un compás lento.
—El éxodo cuenta ahora con menos de catorce mil almas —dijo con voz grave—. Éramos diecisiete mil cuando dejamos Alonia.
Rayhem, de pie junto a Azniel, su escriba, dejó un pergamino sobre la mesa. La cera azul del sello aún brillaba.
—El rey de Senicia envía su palabra —anunció.
Anara tomó la carta, tocó el sello con dos dedos antes de romperlo y la leyó en silencio. El resplandor del fuego reflejaba en sus pupilas un fulgor dorado.
—«Por la gracia de Senith, diosa del comercio, las rutas entre nuestras tierras permanecerán abiertas. Que Bel-Hur bendiga este pacto». —Leyó después en alto.
—Azniel, registra esto —ordenó Rayhem.
El escriba asintió y movió la pluma sobre el pergamino con trazos firmes.
—Embajador —intervino el Profeta—, ¿qué garantía nos ofrece un rey que rinde culto a una diosa bañada en oro?
Rayhem levantó la vista.
—Ninguna. Pero ofrece trigo, sal y acero.
El Profeta inclinó la cabeza con una sonrisa leve.
—Entonces, el alma del éxodo se vende barata.
Sairah, apoyada en la lona, se apartó de ella, ofendida.
—El alma no se vende —dijo con voz que cortó el aire—. Se defiende. Y mientras discutís pactos, mi gente muere sin techo ni fuego.
El Profeta se giró hacia ella sin perder la sonrisa.
—Tu gente muere porque no creen en nada.
—No —replicó ella, apretando su vara de batalla—. Mueren porque hay quienes creen demasiado y consideran que no creer en dioses es algo peligroso.
Anara alzó una mano, deteniendo el intercambio de pullas.
—¡Basta! No estamos aquí para medir nuestras creencias, sino para salvar lo que queda del éxodo.
El silencio volvió. Solo se oían las brasas y el rasgar de la pluma de Azniel.
Anara caminó hasta Rayhem y le extendió la carta de Senicia.
—Has servido bien como embajador. A partir de hoy, serás miembro del consejo.
Rayhem inclinó la cabeza.
—Agradezco tu confianza.
El Príncipe Belbarozh, que había pasado desapercibido para la mayoría de los presentes desde un rincón en penumbra, miró pensativo hacia el consejo.
Apoyó su bastón sobre la mesa y se levantó con dificultad.
Su rostro, envejecido por el veneno y la culpa, parecía tallado en piedra.
Se movió por la tienda sin decir nada, arrastrando la pierna muerta.
El Profeta lo siguió con la mirada.
—El futuro rey carga con el peso del acero —susurró.
—Y tú hablas con voz dulce, pero solo escupes veneno —replicó Shuraz—. ¿A qué viene ese comentario?
—Relájate, león de Beluria, no somos enemigos —dijo el Profeta, mirando a los ojos azules del comandante.
El aire se heló. La llama de una lámpara se extinguió sin que nadie la tocara.
Anara respiró hondo mientras uno de los sabios prendía la lámpara de nuevo. El bastón del príncipe golpeó la tierra antes de que nadie pudiera reaccionar.
Belbarozh se acercó al consejo.
Varios hombres iban tras él cargando tablillas, pergaminos y mapas enrollados. Entre ellos, dos ancianos de mirada cansada y manos manchadas de tinta; eruditos del éxodo que rara vez abandonaban sus carros.
El murmullo murió.
El príncipe avanzó hasta la mesa y desplegó un mapa nuevo sobre el anterior, apartando las listas de muertos sin mirarlas.
—Nos estáis enterrando en números —dijo con voz áspera mirando a Anara con una sonrisa—. He venido a sacarnos de aquí.
Clavó el bastón junto al Bosque Sagrado dibujado en el mapa.
—No iremos hacia el este.
Se hizo un silencio tenso.
—Marcharemos al sur.
Algunos intercambiaron miradas. El Sacerdote Mayor frunció el ceño.
Belbarozh señaló una ruta trazada con tinta oscura.
—Atravesaremos Arresia hasta sus tierras más bajas, atravesando el Desfiladero Rojo y pasando por la Montaña Roca Roja. Es un territorio inestable, sin ley y sin dioses que nos reclamen.
Uno de los eruditos dio un paso al frente, señalando las marcas en el mapa.
—Hemos recopilado rutas antiguas —explicó—. Caminos usados por pueblos nómadas. No están en los registros de los reinos.
El príncipe continuó:
—Los arreshim nos prometieron paso… y nos dieron guerra. Los senicios nos ofrecen comercio, pero gobiernan como tiranos.
Miró a Rayhem.
—No quiero poner en duda vuestro trabajo, embajador Rayhem, pero un rey poseído una vez, puede volver a serlo. Y ya sabemos quién susurra en su corte.
La mirada del Profeta no cambió, pero su sonrisa se tensó durante un instante.
—No entregaré a nuestro pueblo a otro trono —sentenció Belbarozh—. Ni aunque venga envuelto en promesas.
Golpeó el mapa más al sur.
—Bordearemos Senicia sin entrar en sus tierras. Nos moveremos entre los pueblos nómadas. Son duros y peligrosos, pero no esclavizan a quienes no pueden dominar.
Sairah asintió en silencio.
—Desde allí —prosiguió— alcanzaremos la antigua frontera de Beluria.
El nombre cayó como una losa.
—Y seguiremos hasta la Costa Perdida.
Anara alzó la vista.
—El Mar de las Voces…
—Sí —dijo Belbarozh—. Donde empezó todo… y donde puede terminar.
Uno de los eruditos desenrolló otro pergamino: rutas costeras, corrientes, anotaciones antiguas casi borradas.
—Si llegamos allí —añadió el príncipe— tendremos una salida. O una última defensa.
Shuraz cruzó los brazos.
—¿Y este maldito bosque? ¿Y lo que aún se mueve en él?
Belbarozh no dudó.
—No nos quedaremos lo suficiente para que nos alcance.
El silencio volvió a llenar la tienda.
El plan no era seguro, ni limpio, pero era un camino.
Anara observó el mapa, luego a los rostros cansados que la rodeaban.
—Al sur —dijo al fin.
Rayhem asintió despacio.
Shuraz no habló, pero su mano se cerró sobre Oscuria.
El Sacerdote Mayor asintió y apoyó su bastón.
—Entonces, que Bel-Hur juzgue este rumbo.
El Profeta sonrió de nuevo.
—O que otro dios lo haga primero.
Fuera, el viento del Bosque Sagrado cambió de dirección mientras el campamento se mantenía en un silencio expectante, todos aguardaban la voz de los que estaban dentro de la tienda de mando.
Dentro, Anara se levantó.
—No volveremos a usar el poder de Bel-Hur —anunció—. Fue fatídico en el pasado. Por algo nuestro pueblo dejó de invocarlo.
Un murmullo recorrió la mesa. Los Sacerdotes del Templo se miraron entre sí; algunos inclinaron la cabeza, otros se incorporaron indignados.
—Lo dejamos de usar porque éramos esclavos y nos prohibieron rezar a nuestro dios —replicó uno de ellos con mirada febril—. Sin ese poder, el éxodo habría terminado entre las fauces de los arreshim. ¿Acaso olvidáis que ahora somos libres?
—No lo olvido —respondió Anara, sin alzar la voz—.
Pero no pienso arrastrar a los nuestros a una nueva ruina.
Queremos llegar a Nela-Shur, y no lo lograremos sin sacerdotes vivos.
Vosotros debéis levantar el nuevo templo de Bel-Hur, y si morís por el poder que decís servir, no quedará nadie para hacerlo.
El Profeta, sentado a su derecha, la observaba en silencio, con una sonrisa apenas visible. Parecía disfrutar del enfrentamiento.
El Sacerdote Mayor apoyó las manos en su bastón. El crujido de la madera se oyó con claridad entre los murmullos.