12 Cómo escapé del Infierno
Valcara, ya te conté cómo desperté. Te hablé del agua salada y del aire que volvió a mis pulmones. Ahora te contaré qué pasó entre la última vez que me viste y mi primera bocanada de vida.
No morí en la cubierta de aquel barco encallado, o eso creo.
El dolor me mantuvo despierto. Empezó en la espalda, donde las aves clavaron sus picos, y bajó hasta las costillas. Cada golpe arrancaba carne, y aun así mis manos seguían cerradas intentando defenderse. Intenté girarme, buscarte, pero mi cuerpo ya no obedecía.
Las ratas enormes llegaron antes de que el cielo se oscureciera del todo.
Al principio fueron unas pocas. Sombras rápidas entre mis piernas, sus dientes rozaban mi piel sin morderme. Luego vinieron más, muchas más. El suelo empezó a moverse bajo mi pecho, un oleaje de cuerpos calientes que me empujaban en todas direcciones.
Una de ellas, la más grande, trepó hasta mi cuello.
No me atacó. Hundió los dientes en la carne que quedaba en mi hombro, que ya no me dolía, tiró con fuerza y me arrastró.
Las aves seguían bajando para atacarme. Sentí sus picos abrirme la espalda y plumas que golpeaban mi cara, pero el tirón del hombro no cesó. Otras ratas se unieron, sus dientes puntiagudos se clavaron en mi ropa, en mis brazos, y tiraron en la misma dirección.
No me protegían por compasión. Me reclamaban como a uno de los suyos.
El pergamino latía contra mi pecho.
Cada latido coincidía con un tirón de los enormes roedores. Cada tirón me alejaba un poco más del centro de la matanza. El ruido del batir de alas se volvió más lejano, más confuso, hasta que dejó de ser lo único que llenaba el mundo.
Recuerdo el olor, tan intenso.
Sangre, plumas mojadas y pedazos de mí sobre la cubierta de aquel viejo cascarón… y ese olor agrio de las ratas, que se me metió en la garganta y no salió durante días. Aún puedo olerlo.
Es difícil explicar lo que ocurrió a continuación.
Intenté abrir los ojos. Y cuando al fin lo conseguí, vi dientes, bigotes y ojos pequeños y oscuros que no parpadeaban.
Y entonces… se hizo el silencio. No era un silencio real, era un silencio hueco.
El dolor se apagó de golpe. No porque hubiera sanado, sino porque dejó de importarme.
Caí.
No hacia la arena de la playa, sino hacia algo más profundo.
No hubo golpe, ni final, solo agua oscura y densa, sin superficie.
No sabía dónde estaba mi cuerpo. No sentía los brazos ni las piernas. Solo un peso que me empujaba hacia abajo y una presión que me envolvía el pecho.
Las Voces llegaron despacio.
Primero fueron corrientes que rozaban mis oídos. Luego, palabras que no entendí. Nombres que no conocía. Juramentos que jamás había hecho.
Quise apartarlas, pero no pude. Algo más estaba allí conmigo. No lo veía, pero su presencia lo llenaba todo. Me estaba mirando, pero no con los ojos, con algo más profundo.
—Vive.
La palabra no sonó como un sonido. Se clavó en mi pecho y se extendió por todo lo que quedaba de mí.
Intenté responder, pero no sabía cómo. Aun así, hablé.
—Khar… vel… nar…
Las sílabas salieron rotas, ásperas. No eran mías, yo no las había aprendido.
El agua se tensó a mi alrededor. Sentí que algo me recogía con cuidado. Algo me cuidaba y no me había dejado morir. Me había guardado de todo mal.
Después apareció la luz, el frío y el mundo real.
Desperté boca abajo sobre una superficie de madera.
El sabor a sal seguía en mi boca. Tosí y escupí agua y sangre. Alguien me tocó con el pie.
—Sigue vivo —dijo una voz.
—No lo toques —respondió otra—. Míralo.
Abrí los ojos.
Eran tres hombres de rostros curtidos, manos ásperas de usar la red y cuchillos en el cinto. Estaba en un pequeño barco pesquero, con redes húmedas, cajas abiertas y una vela remendada que golpeaba con el viento flojo.
Intenté incorporarme, pero un dolor seco me atravesó el torso.
—Quieto —me ordenó el mayor—. No sabemos quién eres.
Me llevé la mano al pecho.
Las heridas ya no estaban.
En su lugar tenía líneas hundidas en la piel. Curvas y ángulos que no recordaba cómo habían llegado hasta ahí. Algunas brillaban cuando el agua salpicaba desde la borda.
—Agua —pedí, y me la dieron.
Bebí despacio. Sentí cómo volvía el peso a los brazos y a las piernas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el más joven.
—Gorham —respondí tras un pequeño silencio.
Se miraron entre ellos y el mayor asintió.
Me dejaron en cubierta. No se fiaban. No me ataron, pero tampoco apartaron la vista de mí.
El mar estaba en calma, hasta que dejó de estarlo.
El viento paró de repente, las nubes desaparecieron. El agua empezó a oscurecerse bajo el casco y a girar lentamente en círculos. Las cuerdas crujieron y las redes se tensaron solas.
—¿Lo veis? —dijo uno.
—Sí…
Las Voces volvieron.
Esta vez no estaban dentro, sino fuera. En el agua, en la madera, en el aire que pasaba entre ellos.
—Daro… —susurró la voz.
El hombre del remo se giró.
—¿Quién ha dicho eso? —preguntó asustado al oír su nombre.
—Lian… —siguió la voz.
El más joven retrocedió.
—¡Basta! —exclamó nervioso.
Las olas golpearon el casco con un ritmo lento, igual al de un latido, el mismo que sentí en el abismo.
Me levanté con las piernas temblorosas, pero aguanté. Di un paso hacia la borda.
—No —dijo el viejo—. Quédate ahí.
No le obedecí.
El agua se arremolinó bajo mis dedos mientras las palabras subieron sin aviso.
—Vel… nar… esh…
El mar respondió.
El giro del agua paró, las olas se aplanaron y el ruido cesó en seco.
Nadie habló durante un rato.
—¿Qué has hecho? —preguntó el joven.
Miré mis manos.
—No lo sé…
No era cierto del todo. Sabía lo suficiente para temer lo que me ocurría.
Esa noche no dormí. Me senté contra el mástil y escuché. El agua susurraba. A veces decía sus nombres, a veces decía otros y a veces decía el mío.
Al amanecer, el viejo se acercó y se sentó a mi lado sin mirarme.
—Podríamos haberte tirado por la borda —dijo.
—Aún podéis hacerlo —respondí.
Negó con la cabeza.
—No. El mar ya te ha marcado.
Guardamos silencio.
—¿Qué te ha hecho? —preguntó al final.
Tardé en responder.
—No lo tengo claro… aún.
No le hablé de aquella isla maldita, ni de las enormes ratas que antes fueron hombres; tampoco de cómo tiraron de mí, de cómo me sacaron de las garras de las aves humanoides, ni de cómo me rodearon sin morder hasta que la luz del mundo se apagó.
Me guardé ese secreto para mí, porque no sabía si aquello me había salvado la vida o si era una prueba de mi maldición.
Llegamos a puerto días después. Pisé tierra y sentí que no pertenecía a ella. Era demasiado firme, demasiado muda.
Desde entonces, navego.
No por oro ni por gloria. Por una razón que no me deja dormir.
Encontrarte.
Quiero que me mires. Que veas lo que quedó de aquel viejo lobo de mar al que dejaste en aquella isla. Que seas tú la que decidas si aún respira algo humano bajo estas marcas, porque yo no lo sé.
No parezco el mismo. Soy más joven, más fuerte y menos… alegre. Perdí la mayoría de mi felicidad en aquella isla.
Y hay algo más. El mar no solo susurra nombres de hombres.
A veces, susurra el tuyo. Valcara…
Lo oí una noche, claro, bajo el casco.
No sé por qué.
No sé si el mar te busca a ti, o si lo que quiere es decirme que descansas para siempre bajo el Mar de Voces.
Pero cada vez que lo dice, las aguas se mueven hacia el mismo rumbo.
Y yo sigo ese rumbo.
Aunque me lleve al fondo del abismo.
Soy Gorham, el que no murió.