11 El carro rojo
La niebla cubría las calles. Edoz avanzó entre casas torcidas y balcones rotos; la ciudad tenía la forma de Alonia, pero algo estaba mal, no encajaba.
Las paredes parecían hundidas, las puertas abiertas mostraban interiores negros y en las ventanas no brillaba ninguna luz.
No había ruido alguno y por los callejones únicamente se movía la niebla.
Su manto negro se movía a su espalda mientras caminaba con la espada de plata en la mano. La sangre aún bajaba por su mejilla desde el arañazo que una de aquellas criaturas le había dejado. Cruzó bajo un arco de piedra y alzó la vista hacia la plaza, o lo que quedaba de ella.
—Baja Alonia… —susurró mientras recorría el lugar con la mirada.
Había trabajado allí, había bebido en esas tabernas y también había torturado a hombres de esas calles a los que habían arrastrado hasta las mazmorras de la Torre Roja. Ahora no quedaba nadie. Dio otro paso y algo apareció entre la niebla. Primero un brillo débil; luego la forma de unas ruedas.
Edoz se detuvo.
El carro estaba en mitad de la calle.
Grande, pesado, oscuro. Las ruedas de madera estaban reforzadas con bandas de hierro y la jaula se alzaba sobre la base del carro con barras negras torcidas en algunos puntos, bordes rugosos capaces de abrir la carne de quien los tocara.
Las puertas estaban cerradas con cerrojos de bronce y una lona manchada cubría el techo.
Edoz lo observó unos segundos.
—No…
Se acercó despacio. Su reflejo apareció deformado en el metal ennegrecido de las barras.
—Esto no debería estar aquí.
Apoyó la mano en una de ellas. Estaba fría, era real. Miró a su alrededor; la calle seguía vacía. Era parecido al Carro Rojo del mundo real, pero diferente.
—Claro que sí —dijo sonriendo—. El Umbral tiene sentido del humor.
Empujó la puerta y el cerrojo cedió con un golpe seco. La hoja se abrió y un brillo rojo iluminó el interior. Edoz, atraído por él, frunció el ceño y entró.
El olor a hierro le era familiar. Las cadenas colgaban del techo y el suelo estaba cubierto de marcas, surcos abiertos por botas, sangre y desesperación. En el centro flotaba una luz roja.
Un orbe negro, pequeño, del tamaño de un ojo.
Pulsaba despacio, con un latido suave. Edoz se quedó inmóvil.
—No…
La luz iluminó su rostro y el recuerdo lo golpeó de pronto: El Tabernáculo, Liraela, la Eterna, la Bruja Araña, y él recogiendo ese orbe disimuladamente, sin decir nada a los suyos.
Durante la pelea había estado en la cuenca del ojo de la bruja.
Y un tiempo después fue forjado en la daga de Edoz llamada Ansia.
—No puede ser…
El orbe giró despacio en el aire y durante un instante pareció un ojo de verdad, un ojo que lo observaba desde lo alto del carro.
Edoz dio un paso hacia fuera, pero la puerta se cerró de golpe tras de sí. El estruendo retumbó en la jaula y los cerrojos se deslizaron solos. Edoz giró hacia la salida, pero ya era tarde.
—¡Maldita sea! —exclamó—. He caído en la trampa como un ratón, seré imbécil.
El carro se sacudió. Un tirón brutal lo lanzó contra las barras y las ruedas comenzaron a rodar. Edoz agarró una cadena del techo mientras el carro avanzaba por una calle oscura.
—¿Quién tira de esto?
Miró por las rendijas, pero no vio nada. Solo niebla que corría a ambos lados. El carro tomó velocidad, las ruedas golpearon piedras invisibles y el interior se sacudió con violencia. El orbe comenzó a brillar más y la luz roja llenó la jaula.
Edoz alzó el brazo para cubrirse los ojos y entonces llegó la visión.
El cielo se abrió y el orbe colgó sobre él como un sol rojo. Bajo esa luz ardía la Torre Roja. Un cuchillo negro brillaba en la mano de Edoz; era Ansia. La hoja se hundía en la carne, arrancando un grito de alguien conocido.
¡Zarhel!
Edoz apartó la mirada y le pareció escuchar la risa de Mushan.
—¡Basta! —gritó a la nada.
La luz descendió y el ojo rojo volvió a observarlo desde el aire.
Entonces, su brazo reaccionó. La garra negra se tensó, las escamas se abrieron y los huesos crecieron bajo la piel. El brazo demonio se alargó y los dedos se curvaron en garras más largas.
Edoz gruñó.
—No… ¿qué pasa ahora?
La energía del brazo le tiraba de los músculos del pecho. El carro frenó de golpe y la puerta se abrió.
Edoz salió tambaleándose.
La niebla cubría la calle y en medio de ella había una figura.
Un hombre joven, con la ropa rota y los ojos vacíos, se detuvo al ver a Edoz y levantó una mano.
—¿Hola?
Edoz, confuso, dio un paso hacia él.
La garra negra se levantó sola y los músculos del brazo se tensaron.
—No… —balbuceó el hombre retrocediendo— no quiero problemas.
La voz del orbe resonó en su mente.
Sangre.
Edoz alzó la garra.
—¿No se había acabado la mierda de las voces en mi cabeza?
El hombre levantó ambas manos.
—Por favor…
La garra descendió.
Ansia, en la mano humana, chocó contra su brazo demonio. Edoz apretó los dientes mientras empujaba la garra hacia atrás.
—No vas a tomar el control…
El monstruoso brazo se retorció con furia y la garra tembló a pocos centímetros del cuello del hombre. Edoz respiró con fuerza.
—¡Lárgate! —le gritó.
El hombre no dudó. Corrió hacia la niebla y desapareció entre las calles retorcidas.
Edoz bajó la daga y en ese momento se dio cuenta de que era la espada de plata la que había llevado todo el tiempo. Su brazo volvió poco a poco a su forma anterior. El carro rojo ya no estaba allí; la calle había quedado vacía.
Edoz alzó la vista hacia el cielo oscuro del Umbral.
—Ese maldito orbe… ¿Dónde estará Ansia? ——se preguntó.
En el reino de la piel, el capullo negro se agitó bajo la luz temblorosa de la lámpara. La tela de la tienda apenas contenía el aire cargado de sudor. Fuera, los tambores de los Sin Dios marcaban un pulso lejano.
El hombre se inclinó un poco más. La llama iluminó la superficie oscura que latía con un ritmo lento, profundo, ajeno al de cualquier corazón humano.
—Tranquilo… —murmuró, acercando la lámpara—. Nadie va a abrirte.
La membrana respondió. Un estremecimiento recorrió su piel negra, como si algo dentro hubiera oído la voz.
El Sin Dios entrecerró los ojos sin apartar la vista.
—Eso es… —susurró—. Escuchas.
Dejó el cuenco de agua sobre la superficie. Durante un instante no ocurrió nada. Luego, la materia viscosa cedió en silencio y se abrió en una hendidura fina. El agua desapareció dentro sin derramarse.
El hombre soltó una risita.
—Interesante…
Cogió un trozo de pan duro, lo observó un segundo y lo dejó caer sobre el capullo.
La reacción fue más lenta. La grieta volvió a abrirse y el pan se hundió poco a poco, como tragado por un barro espeso.
El Sin Dios cruzó los brazos.
—Así que también comes.
Dentro, algo se movió.
La superficie se tensó un instante y luego cedió. Bajo la capa negra, una forma empujó hacia fuera. El contorno de un pecho. Un latido y luego otro.
El hombre inclinó la cabeza, atento.
—Vamos —susurró—. Déjame verlo.
El capullo vibró con más fuerza. Un pulso recorrió toda su extensión, desde la base hasta la parte superior, donde una forma más definida empujaba ahora con insistencia.
La piel negra se estiró y, por un segundo, dejó ver lo que había debajo.
La cara de Edoz con los ojos cerrados.
El Sin Dios dejó escapar el aire por la nariz.
—Sigue así.
Dentro, el pecho de Edoz se alzó con una respiración más profunda. El movimiento resultó claro esta vez. No fue un espasmo, sino aire que entraba y salía.
El hombre acercó la lámpara un poco más.
Una herida en el brazo se cerró ante sus ojos. La piel se unió, selló, y dejó solo una marca pálida que también empezó a desvanecerse.
El Sin Dios sonrió, mostrando los dientes.
—Bien…
Apoyó la espalda contra el poste de la tienda y se dejó caer hasta quedar sentado. No apartó la mirada del capullo.
—Te están cosiendo desde dentro —murmuró—. No está mal.
El latido continuó más fuerte, más rápido.
El hombre apoyó la cabeza contra la madera.
—Sairah te ha traído hasta aquí —dijo en voz baja—. Debes importarle mucho.
El nombre pareció atravesar la membrana. Dentro, algo reaccionó. Un golpe seco desde el interior tensó la superficie.
El Sin Dios alzó una ceja.
—Eso es nuevo…
El capullo volvió a agitarse, esta vez con más violencia. La forma del cuerpo empujó hacia arriba, marcando los hombros, el pecho y la cabeza de Edoz.
Por un instante, la piel negra se volvió más fina.
El hombre se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
El ritmo descendió poco a poco hasta volver a ese latido profundo y constante. Observó en silencio durante un largo momento. Luego asintió para sí.
—Aún no vas a despertar, ¿verdad? —murmuró—. Te falta algo.
Se incorporó despacio y recogió la lámpara. Antes de marcharse, apoyó la mano sobre la superficie negra.
Esta vez, el capullo no se abrió, pero el pulso se aceleró bajo su palma.
El Sin Dios sonrió sin alegría.
—Sigue luchando ahí dentro —dijo—. Porque fuera, te están esperando.
Apartó la mano.
La llama osciló cuando salió de la tienda y el sonido de los tambores volvió a colarse desde el campamento de los Sin Dios.
La membrana negra continuó con un pulso continuo.