10 Las Voces del Bosque #3
El campamento de los Sin Dios estaba iluminado bajo una luz enfermiza.
Las hogueras apenas alzaban la llama, teñidas de azul por el hollín del bosque.
Los tambores golpeaban sin orden alguno, un pulso grave que parecía subir desde la tierra.
Entre las sombras, figuras rapadas y tatuadas bebían de cuencos de barro, reían con un sonido ronco y lanzaban los huesos de su cena al fuego.
Rayhem avanzó por el sendero central. Las miradas lo siguieron, críticas, sin disimulo alguno. El olor a carne tostada le cerró el estómago y el humo de una hierba amarga le irritó los ojos.
De entre la penumbra surgió Sangre, el lobo de Sairah. Mostró los colmillos y dejó escapar un gruñido. Rayhem se detuvo.
—Busco a vuestro brujo.
No apartó la vista del animal al hablar.
Un anciano cercano escupió al suelo antes de contestar. Tenía la cabeza rapada y el rostro cubierto de cicatrices y tatuajes.
—Llegas tarde. Nadie lo ha visto desde la última luna.
Rayhem frunció el ceño.
—¿Se ha ido?
El anciano enseñó las encías en una mueca sin dientes.
—Eso dicen los rumores. Fue antes de la guerra con los demonios verdes esos. Dicen que se adentró en el bosque con un saco y un puñal, que iba a buscar sus ingredientes secretos entre los árboles y que el bosque se lo tragó. Aunque más bien creo que fueron los arreshim los que se lo zamparon.
Los que estaban cerca soltaron risas breves. Una mujer con los ojos pintados de negro y una gran coleta negra que nacía tras su calva levantó la jarra que estaba llenando de un arroyo cercano.
—El Profeta de Kudram nos lo advirtió. Dijo que quien profanara las raíces de este bosque no regresaría, y mira tú por dónde… —bajó la voz—, el viejo brujo creyó ser más listo que la voz de un dios.
Rayhem no contestó. Seguía sin entender cómo esta gente se negaba a seguir a ningún dios, pero continuaban creyendo en ellos.
Sintió un escalofrío recorrerle la nuca.
El bosque se extendía más allá del campamento, inmóvil y oscuro, sin un solo canto de ave.
Había algo que vigilaba desde allí, algo que respiraba despacio.
—¿Dónde está Sairah? —preguntó.
Le señalaron una tienda al fondo, apartada del fuego, donde el humo salía en espirales. Sangre no le quitaba ojo y le acompañó hasta la entrada.
Rayhem le echó valor y apartó el cuero de la entrada. Dentro hacía calor y olía a resina.
Sairah estaba inclinada sobre una mesa, afilando la hoja curva de un estilete que parecía beber la luz. Sus ojos de diferente color se alzaron al ver al embajador belurio. Su nueva vara de guerra estaba posada a su lado, esperando ser estrenada.
Detrás de ella, en un camastro improvisado, descansaba una masa oscura y pulsante en cuyo interior reposaba lo que parecía ser un cuerpo. Rayhem se acercó sin apartar la vista de aquella extraña forma viva.
—¡Edoz! —exclamó sorprendido—. ¿Aún respira?
—No lo sé. —Sairah limpió la hoja con un paño negro—. A veces se mueve y a veces sube la temperatura de toda la tienda.
Rayhem tragó saliva. El capullo emitía un sonido sordo, como un latido húmedo. Dentro, algo estaba cambiando a Edoz.
Rayhem dio un paso más dentro de la tienda. El calor lo envolvió.
—Gracias por quedarte con él —dijo en voz baja—. Por vigilarlo y por no abandonarlo.
Sairah no apartó la mirada del estilete.
—No lo hago por él.
Rayhem la observó.
—Podrías no hacerlo —respondió él—. Y aun así, lo haces.
Ella tensó la mandíbula un instante y luego volvió a limpiar la hoja.
—Edoz nunca me pidió lealtad —murmuró—. Pero me dio un lugar a su lado cuando no tenía ninguno.
Rayhem miró el capullo palpitante.
—Sea por lo que sea —siguió Rayhem—, te honra.
El latido húmedo volvió a escucharse y Sairah guardó el estilete.
—No sé lo que está sucediendo con él, pero no pienso dejarle solo.
Rayhem asintió despacio.
—Eso es más de lo que muchos dioses hacen por los suyos —añadió ella.
—He venido a hablarte del consejo del Éxodo.
Ella guardó el arma y se incorporó despacio.
—Aún no he decidido si asistiré.
—Por eso estoy aquí. Deberías hacerlo. Tu gente necesita una voz allí. Si no estás, otros decidirán por vosotros.
Sairah arqueó una ceja.
—¿Y crees que la mía vale algo entre los tuyos?
—Vale más de lo que imaginas. —Rayhem bajó la voz—. Si no hablas tú, solo oirán al Profeta y a los que juegan con su sombra.
Ella no respondió. Miró a Edoz, luego al suelo. Rayhem notó la rabia contenida en sus hombros tras el silencio.
—Lamento la muerte de tu padre —murmuró Rayhem.
Sairah levantó la mirada. En sus ojos no había lágrimas, ni gratitud, solo un brillo gélido en el momento que cogió la vara de batalla, acabada con las cenizas de su padre.
—Mi padre se enfrentó a algo que le quedaba grande y pagó el precio con su vida. No hay nada que lamentar. Tiene lo que se merece.
Rayhem asintió con un leve movimiento. No había más que decir.
Salió al exterior y el aire frío del bosque le golpeó la cara.
Los tambores sonaban, pero ahora parecían más lejanos, como enterrados bajo la tierra. Ese pulso apagado lo acompañó hasta dejar atrás el campamento de los Sin Dios y regresar a la quietud de las tiendas conocidas.