10 Las Voces del Bosque #2
—Muy bien, la verdad —abrió la puerta de la jaula y el animal, muy animado, saltó a su palma.
Rayhem extendió la mano. En cuanto el roedor tocó su piel, una luz suave brotó desde su interior, recorriéndole el lomo como un carbón encendido.
El sacerdote rio por primera vez en días.
—Siempre supo reconocerme.
—Le gusta dormir entre mis escritos —dijo ella—. A veces, solo oírlo moverse me ayudaba a soportar las largas noches. He tenido que tomar decisiones demasiado duras.
Caminaron juntos un tramo, el ratón correteaba entre los dedos de Rayhem. El sonido de las ruedas y los cascos llenaban el aire.
Anara rompió el silencio:
—Pasaron muchas cosas mientras estuvisteis en Senicia.
—Me imagino.
Ella respiró hondo antes de seguir.
—Intentaron matarme.
Rayhem detuvo el paso.
—¿Cómo?
—En público. Durante una oración a Bel-Hur. Un fanático de Kudram se alzó entre la multitud con una hoja oculta. Falló, pero solo porque Sairah me salvó —dijo y la señaló a ella y a su lobo, que caminaban unos metros por detrás—. Ahora es la líder de los Sin Dios. Es una gran persona.
Rayhem escuchaba atentamente a Anara.
—¿Y qué ha sido del fanático que intentó matarte?
—Fue ejecutado. Fue todo muy rápido.
El sacerdote miró a los ojos a Anara, incrédulo. Se le cambió la cara, borrando su sonrisa al instante. No quiso preguntar más sobre la dura decisión que tuvo que tomar Anara. Su cara lo decía todo.
—¿Y después?
—Después envenenaron a Belbarozh.
El viento movió su capa blanca, manchada aún de barro.
—Nuestro príncipe…
—Sí. Logré traerlo de vuelta, pero no regresó igual. Algo dentro de él se rompió, y como has visto, su cuerpo no responde como antes, aunque va mejorando.
—¿Hay sospechosos?
—Lo investigué con ayuda de un par de sabios de confianza. Fue un comerciante senicio, un tal Neram. Murió antes de poder hablar. Lo encontramos colgado de un árbol, en la linde del bosque.
—Que oportuno… —comentó el embajador.
—Tenía la lengua negra y los ojos desencajados. Lo incineramos esa misma tarde.
Rayhem la miró, con pesar.
—Seguimos sin enterrar a los muertos.
—Es más limpio así —dijo Anara, sin apartar la vista del camino—. Los nuestros, los extranjeros, todos. El bosque los reclama si no los quemamos. Intentamos impactar lo menos posible durante nuestro paso.
El sacerdote guardó silencio un momento.
—Bel-Hur —susurró mirando al cielo entre las copas de los árboles—, cuando lleguemos a Nela-Shur, volveremos a enterrar a los nuestros, te lo prometo.
Ella asintió, aunque sus ojos no reflejaban esperanza.
—Ojalá quede algo de nosotros para enterrar.
Rayhem cogió la mano de Anara y la apretó levemente como muestra de apoyo.
El silencio los envolvió un instante más. A lo lejos se oían gritos de guardias organizando el avance. El embajador metió a Jarben en su zurrón. Estaba medio dormido y ya no emitía luz.
—¿Y las revueltas? —preguntó Rayhem—, algo he oído entre los demás sacerdotes.
—Hubo algunas. Corrían rumores sobre Shuraz, sobre su lealtad a Bel-Hur. Los apagué antes de que crecieran, pero costó vidas.
Rayhem la observó.
—Estoy orgulloso de ti, Anara. Has tenido que ser Suma Sacerdotisa, juez… y verdugo.
Ella no sonrió.
—No es algo de lo que presumir, pero alguien tenía que sostener al éxodo cuando todo empezaba a resquebrajarse.
Rayhem inclinó la cabeza con respeto.
—¿Y los Sacerdotes del Templo? ¿Siguen contigo a medias, como antes?
Anara respiró hondo.
—El Sacerdote Mayor se mantiene firme a nuestro lado. Su apoyo es lo único que impide que la orden se fracture. Pero los sacerdotes han vuelto a usar el poder de Bel-Hur. Nadie se atrevía desde hacía décadas.
—¿Lo ha permitido Belbarozh?
—Debo hablarlo con él y advertirle de las consecuencias —respondió ella—. Por algo dejaron de usarlo en su día. Supongo que justificará haberlo permitido por el bien del éxodo.
—A veces, el bien común es la excusa más peligrosa de todas —dijo en voz baja mientras Rayhem fruncía el ceño.
—Vi el poder de Bel-Hur en la batalla —continuó el embajador—, fue aterrador.
Amos se detuvieron.
—Entonces, Bel-Hur ha dejado de advertirnos del peligro.
Anara se giró hacia él.
—¿Qué quieres decir?
Rayhem la miró muy serio.
—Creo que ahora lo entiendo. El poder de los dioses nos mata, nos consume poco a poco, también el de Bel-Hur. Por eso el templo dejó de usarlo. Muertes súbitas, corrupción extendida por el cuerpo, envejecimiento prematuro… Todo era una clara advertencia.
—¿Crees que del propio Bel-Hur? —preguntó ella.
—De su naturaleza. Lo divino no está hecho para los vivos.
Anara apretó el medallón que colgaba sobre su pecho.
—Entonces, no somos más que velas que Bel-Hur sopla y apaga cuando le place.
Rayhem reflexionó.
El ratoncillo blanco, dentro de su zurrón, se había despertado y volvió a iluminarse.
—¿Tienes hambre, Jarben? —preguntó acercando su mano a sus bigotes siempre en movimiento.
Caminaron hasta el final del claro, donde el bosque se abría en una lengua de luz. El éxodo avanzaba hacia ella con la esperanza de un amanecer.
Pero Anara, al mirar atrás, juraría que algo en las sombras del bosque les seguía observando.
El bosque seguía oliendo a quemado. Entre los árboles, la luz del sol se filtraba en hebras finas, quebradas por el humo de las hogueras que nunca terminaban de apagarse.
La columna de viaje se había detenido y el campamento se extendía como un cuerpo exhausto. Carpas inclinadas, hombres en silencio y miradas que evitaban encontrarse.
Anara caminaba despacio entre ellos, con su manto blanco ondeando a la altura de sus tobillos. No tenía buena cara y nadie la detenía, no se atrevían a hacerlo. Algo le ocurría, y el rumor de su paso bastaba para que se apartaran.
En el extremo del campamento, la tienda del príncipe se levantaba custodiada por dos lanceros que parecían tan tensos como las cuerdas de un arco.
Ella no pidió permiso, tan solo entró.
Dentro, Belbarozh estaba de pie junto a una mesa con escritos, apoyado en su bastón. Las llamas iluminaban su rostro. Había envejecido desde que entraron en el bosque, su barba era más gris y tenía los ojos más hundidos.
—¿Por qué lo has hecho? —Preguntó ella sin rodeos—. ¿Por qué has permitido a los Sacerdotes del Templo usar el poder de Bel-Hur?
El príncipe, pensativo, pasó el pulgar por el borde del bastón, buscando la respuesta en su madera.
—Porque era necesario.
—¿Necesario? —Anara avanzó un paso—. Sabes cuál es el precio. ¿Lo has olvidado o simplemente decidiste ignorarlo?
Belbarozh levantó la vista. Había cansancio en él, sí, pero también una firmeza que no cedía.
—El poder de Bel-Hur nos ha salvado de ser devorados por los horrores del bosque. Si no lo hubiera ordenado, hoy habría cientos de cadáveres más. Cientos ahora… —siguió con voz temblorosa— y miles después.
—Lo sabes tan bien como yo. Nos lo contaban los nuestros en todas sus historias de las guerras del pasado. Cada uso de su poder corrompe algo, dentro y fuera. El precio no es inmediato, pero llega.
El príncipe sonrió, nervioso.
—Tú también lo usas.
—Muy a mi pesar —replicó ella—. Asumo el coste que me toca. Pero ellos no deberían pagar por tu decisión.
Desde fuera llegaban los gritos distantes de los soldados entrenando, el martilleo de una armadura reparada y el llanto de un niño que no comprendía por qué el bosque no tenía fin.
Belbarozh dejó el bastón apoyado en la mesa y se incorporó con esfuerzo.
—Un rey —dijo en voz baja— debe asumir el coste de sus acciones. Igual que tú asumes el coste de las tuyas. No somos distintos, Anara.
Ella le miró a los ojos un instante eterno. En su interior bullía una rabia que no podía mostrar.
—Aun no eres rey. Y si continúas jugando con el fuego de nuestro dios, pronto no quedará nada que gobernar. La última vez que lo usamos, Nela-Shur fue destruida y nuestro pueblo masacrado y esclavizado.
—Lo usamos para defendernos, no fue la razón de nuestra fatalidad —se excusó el príncipe.
—Pregúntaselo a nuestros padres —recordó ella con lágrimas en los ojos.
Él no respondió. Solo asintió una vez, con una calma que parecía estudiada.
Anara respiró hondo, conteniéndose.
—Convocaré un consejo —amenazó enfadada.
—Hazlo. —Belbarozh recogió su bastón—. Pero no esperes que me disculpe por mantenernos con vida.
Anara se giró sin despedirse.
Al salir, el viento con olor a pino le golpeó la cara. Avanzó entre los hombres con la cabeza alta; por dentro, el pulso le martilleaba y un pitido fino le taladraba los oídos.
El bosque se estremecía en torno a ellos, escuchaba cada palabra.
A lo lejos, un cuervo graznó desde una rama.
Anara no se detuvo, pero sus ojos lo siguieron un instante.
—Espero que el precio no haya empezado a cobrarse —susurró, sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.
Y el cuervo, como si entendiera, alzó el vuelo hacia el sur.