Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 10 Las Voces del Bosque
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10 Las Voces del Bosque

El Bosque Sagrado de Arresia se abría frente al éxodo como una herida que no terminaba de cerrarse.

Los árboles se inclinaban hacia el camino, deformados por fuerzas inexplicables para los hombres comunes.

Cada rama, cada sombra, parecía observarlos mientras el viento arrastraba murmullos de criaturas que se mantenían a distancia.

Anara caminaba en silencio, con la capa blanca manchada por el barro y los días de vigilia.

A su lado, su yegua Bela avanzaba despacio entre los carros, esquivando belurios cubiertos con sus mantos.

La Suma Sacerdotisa había pasado la noche junto a Jarben, aún inmóvil, que todavía se encontraba con la piel fría y el pulso débil tras la batalla.

Alzó la vista y encontró a Rayhem al frente de la columna. Su capa verde ondeaba y tenía el rostro marcado por el cansancio.

Anara se acercó a él.

—Rayhem… —lo llamó al verle.

—Anara. —Él le devolvió la sonrisa.

Rayhem acarició a Bela, recordando a su abuela, una amante de los caballos.

Un niño se aferraba a la mano de su madre al pasar junto a ellos. Anara siguió ese gesto con la mirada. Se inclinó un poco, rozó el cabello del pequeño y le dedicó una sonrisa breve a la mujer. Cuando se alejaron, tomó aire.

—Las Ratas de Edoz han muerto.

La voz le cayó hacia el suelo.

Rayhem frunció el ceño.

—¿Los niños de Zarhel? ¿Los que usaba para conseguir información?

Anara asintió despacio.

—Los mismos.

El silencio pesó un instante entre ambos.

—Eran niños… —Rayhem apretó la mandíbula—. No debían acabar así.

Anara clavó la vista en el suelo.

—Él los usaba para ver sin ser visto. Ellos aceptaron. Lucharon… y murieron como hombres.

Alzó la mirada hacia el camino.

—Ahora solo queda lo que hicieron en vida y sus recuerdos.

Rayhem la observó.

—¿Crees que Edoz volverá?

Anara no dudó.

—Está atrapado en un capullo, pero parece que respira. No aire, pero lo hace. Lo he visto.

Rayhem asintió, pensativo.

—Ya le vimos en ese estado cuando Liraela, la bruja Eterna, lo atrapó en uno parecido.

Anara giró la cabeza hacia él.

—¿Crees que tiene relación?

Rayhem tardó en responder. Miró sus manos, como si aún recordaran algo.

—Edoz arrastra demasiadas sombras. Cuando Liraela lo tocó, dejó algo en él.

Anara sostuvo su mirada.

—¿Una maldición?

Rayhem no negó.

—Algo que no se fue con la muerte de ella.

Durante un instante, ambos callaron.

El recuerdo de aquella noche volvió: la telaraña, los gritos, la figura de la Eterna… y la luz de Bel-Hur cayendo sobre ellos.

Anara desvió la vista.

—Entonces, esto no ha terminado.

—No —admitió Rayhem—. Solo ha cambiado de forma.

Caminaron juntos un trecho más. Bajo los cascos de Bela, las raíces parecían latir, como si la tierra respirara bajo sus pies. Anara llevaba las riendas desde el suelo, caminando a su lado.

Rayhem rompió el silencio.

—Tengo algo para ti.

Sacó del interior de su capa una carta sellada con cera azul. El símbolo real de Senicia relucía bajo la tenue luz.

Anara arqueó una ceja.

—¿Costó mucho conseguirla?

—Más vidas de las que debía —respondió él con un hilo de voz—. Pero la tenemos, es una alianza. El rey de Senicia promete no cerrarnos el paso ni negar ayuda a nuestro pueblo.

Ella se detuvo y midió el peso de sus palabras.

—La última vez que alguien trajo una promesa parecida acabamos en guerra contra los arreshim. Shuraz y Edoz aprendieron la lección.

Rayhem se encogió de hombros.

—En este viaje he aprendido a reconocer cuándo una promesa lleva un puñal oculto, y esta no lo lleva, o al menos no aún.

La sacerdotisa esbozó una sonrisa leve.

—Tampoco podemos estar seguros. Nos mantendremos cautos ¿Y qué más has aprendido en tu viaje?

Rayhem guardó la carta, bajando la mirada hacia su mano izquierda, temblorosa.

—Que los reyes también tienen fantasmas. El de Senicia estaba poseído por uno. Lo percibí rápido y tuve que expulsarlo.

—¿Tú solo?

—Con ayuda y un precio.

Tosió y se llevó la mano al estómago. Su piel estaba pálida.

Anara lo observó con inquietud.

—Rayhem, ¿estás bien?

—Bel-Hur me mostró lo que debía hacer, pero el poder me consume —dijo, casi sin voz—. Cada vez que lo uso, algo dentro de mí se apaga…

—Me ocurre igual. ¿Cuánto hace que lo sabes? —preguntó Anara con sus ojos verdes muy abiertos.

—No mucho. Nos lo contó un hechicero de fuego llamado Maltherion antes de llegar a la frontera con Senicia, en Piedras Oscuras, un lugar peculiar venido a menos tras viejas guerras contra duendes y trols.

Rayhem respiró hondo antes de seguir. El bosque crujía a su alrededor, como si escuchara.

—Maltherion nos habló de las guerras que barrieron Piedras Oscuras —murmuró—. No nos habló como un hechicero… si no como un hombre cansado.

Anara mantuvo el paso de Bela lento, muy atenta, y acarició su crin.

—¿Qué os dijo?

—Que el poder no es un don. Es un intercambio. Siempre lo es, nos guste o no. Que nada sobrenatural nace sin arrancar algo a cambio.

Ella apretó los dedos sobre las riendas.

—¿La salud?

—A veces. Otras, la memoria, o el espíritu, o la voluntad. Dijo que la magia no mata rápido. Consume despacio.

Anara pensó en las palabras del embajador.

—¿Qué más os contó?

—Que llega un punto donde ya no eliges usar el poder, el poder te elige a ti para que lo uses y no hay vuelta atrás.

Bela resopló. Las raíces bajo los cascos palpitaron.

—Nos habló de una bifurcación —siguió Rayhem—. Buscar más fuerza o resistirse a ella. No hay una tercera vía.

Anara alzó la vista hacia las copas deformadas del Bosque Sagrado.

—¿Y tú qué has elegido?

Rayhem miró su mano temblorosa.

—Aún no lo sé.

Caminaron unos pasos en silencio.

—Pero sé una cosa —añadió—. Los belurios no sobrevivimos por poder, sobrevivimos por lealtad.

Anara lo miró.

—Y por no cruzar límites que no tienen retorno.

Rayhem asintió.

—No todo lo que puede hacerse, debe hacerse —añadió Rayhem con la mirada perdida.

El bosque volvió a susurrar y el éxodo siguió su camino.

Ella dio un pequeño tirón de las riendas, detuvo a Bela, la acarició entre los ojos, se volvió a Rayhem y lo cogió del brazo.

—Entonces, dejaremos de usarlo.

—No podemos, Anara.

—Sí podemos.

El tono en su voz no admitía réplica. Rayhem bajó la mirada, sin atreverse a contradecirla.

—Prométeme que al menos limitarás su uso, y yo contigo. —Anara apretó el medallón que colgaba de su cuello, el regalo que él mismo le había hecho tiempo atrás—. No dejemos que nuestra fe se convierta en nuestra tumba.

—Prometo intentarlo —dijo él, sorprendido por lo bien que se lo había tomado ella.

El lamento de un cuerno interrumpió la conversación. Era una llamada de alerta. En el flanco derecho, la Guardia del Éxodo formó una línea mientras el bosque entero parecía desplazarse.

Pero no surgieron enemigos.

De los matorrales comenzaron a emerger criaturas del bosque que regresaban tras la batalla: Ciervos de astas blancas, aves de tres ojos, lobos translúcidos que cruzaron el camino sin mirar a nadie.

Lo hacían de una forma tranquila y en silencio. Alguno de ellos paraba, miraba a los hombres y continuaba su camino.

El éxodo se detuvo en calma, temían profanar aquella procesión imposible.

Era una peregrinación de la naturaleza.

Anara alzó la mano instintivamente, como si el gesto pudiera romper la visión.

—Es extraño —susurró—. No nos temen, no se apartan. Parece que el bosque vuelve a su lugar.

Rayhem observó las figuras avanzar entre los carros y los belurios.

—Mushan habría sabido explicarlo —dijo—. Como nómada y explorador, entendía estas señales y las conductas animales; sabía interpretar como nadie los presagios. Seguro que habría leído esto como un mensaje.

Anara no respondió.

Un cervatillo blanco, de ojos negros, se detuvo ante ella.

No había miedo en su mirada, solo curiosidad.

—Parece un milagro… —murmuró.

Y por un instante, incluso el Bosque Sagrado pareció menos amenazador.

El cervatillo dio un paso más y luego siguió su camino, perdiéndose entre los matorrales.

El bosque volvió a moverse despacio, como una apacible marea.

Anara bajó la mano.

—Echo de menos a Mushan —dijo en voz baja.

Rayhem pensó en él.

—Siempre parecía saber dónde estaba el norte —continuó ella—. Incluso cuando todo estaba perdido. Cuando no había mapas, incluso cuando no quedaba camino para continuar.

Rayhem asintió.

—Decía que el mundo hablaba —murmuró—. Que solo hay que aprender a escuchar sin miedo.

Continuaron abstraídos en recuerdos del pasado.

—Ojalá esté en paz —dijo Anara junto a Bela mientras miraba a Rayhem—. En el otro lado, donde no hay guerra ni éxodo.

Rayhem alzó la vista hacia las copas del bosque.

—Hay tanto que no conozco del más allá… Sé que hay tantos reinos como en Mundo Antiguo, y si hay uno donde se descanse en paz, Mushan está allí.

Anara respiró hondo y miró al embajador.

—Se lo merece.

Los tambores del éxodo sonaron a lo lejos. La columna reanudó la marcha con más prisa. Las ruedas crujieron y las bestias avanzaron.

El cielo se tiñó de un gris azulado. El viento cambió de dirección y trajo un olor a humo. El bosque, a sus espaldas, menguaba sus incendios.

La luz se filtraba entre los árboles y parecía notarse cómo el bosque respiraba.

El éxodo avanzaba despacio, con los carros hundiéndose en el barro. Algunos soldados miraban hacia las copas, temían lo que aún pudiera moverse tras ellos, en la espesura que dejaban a sus espaldas.

Anara salió de la columna principal. Había dejado a Bela atada junto al carro, tranquila, con el hocico hundido en el saco de grano, y tras recoger unas pocas cosas volvió en silencio. Buscaba a Rayhem. Aún repasaba la conversación que había tenido con él y había más preguntas que quería plantear.

Llevaba la capucha caída sobre la espalda.

El cansancio marcaba su rostro, pero su mirada se mantenía firme.

Entre las manos sostenía una pequeña jaula de mimbre.

Dentro, Jarben, el ratón blanco de ojos rojos, se había hecho un nido con retales y descansaba enroscado, ajeno al murmullo del campamento.

Cuando Rayhem la vio, frenó el paso.

—¿Qué tal se ha portado Jarben? —preguntó el embajador mirando al animalillo.

Anara sonrió.