Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 9 Dientes de acero sobre casco senicio
17%

9 Dientes de acero sobre casco senicio

El amanecer abrió el cielo en un gris sucio sobre el Mar de las Voces. La luz llegó sin calor alguno. El agua respiraba despacio, con un murmullo bajo que se colaba entre las tablas del Desgarrador.

El barco cortaba el agua con un avance antinatural.

En la proa lucía una figura femenina agrietada que abría la boca en un grito mudo, sus grietas formaban signos antiguos.

Alzaba tres velas verticales y dos horizontales que lo frenaban contra el viento.

Veinte arpones por banda, ballestas enormes y un espolón reforzado lo convertían en un depredador del oleaje oscuro.

Lysa Farvian no apartó el ojo del horizonte.

—Velas —dijo la vigía desde el palo mayor—. Dos mástiles. Es senicio.

Lysa se recortaba en lo alto del mástil, ligera y firme.

Era joven, esbelta, de pelo rubio corto y piel curtida, y sus ojos leían el horizonte antes que nadie.

Sonreía demasiado, casi sin motivo, aunque medía cada palabra.

De manos duras y pulso preciso con la ballesta.

Confiaba en el mar, no en dioses, y ocultaba una ausencia que nunca nombraba.

Abajo, la cubierta despertó en un instante. Las botas golpearon la madera, las cuerdas se tensaron y los hombres acudieron a sus puestos sin necesidad de que les repitieran las órdenes.

Gorham salió a proa. Avanzaba con paso seguro.

Su aspecto era más joven que los recuerdos que lo perseguían.

Nadie diría que era un viejo lobo de mar.

Su espalda ancha sostenía cicatrices antiguas que ardían al roce del mar.

Tenía la barba veteada, la mirada dura y la mano siempre cerca de la espada o del puñal.

Reía poco, imponía mucho, y bajo esa piel renovada latía una culpa del pasado que ni el océano lograba callar del todo.

—Ángulo muerto —dijo sin alzar la voz—. Recortad trapo. Preparad las alas.

Las dos velas horizontales se desplegaron con un chasquido seco. Las lonas tensas parecían cuchillas bajas a ambos lados del mástil. El Desgarrador cambió el ritmo. Ya no corría hacia el mercante. Se deslizó lateralmente, fuera de la mirada directa del otro barco.

El mercante senicio avanzaba confiado. Tenía sus velas hinchadas de viento, su casco alto y guardias dispersos en cubierta. No esperaban nada especial en ese tramo de mar, se equivocaban.

Harok Piedraverde, maestro arponero, pasó la mano por el asta de su arpón. Las runas grabadas en el hierro rozaron sus dedos. Su boca se movió sin pronunciar palabra.

Harok ocupaba la cubierta como un muro vivo.

Era bajo, anchísimo. Tenía la barba trenzada con huesos de animales y las manos de piedra con las que adornaba cabrestantes y arpones.

Reía como dos montañas al chocar, y ese estruendo siempre levantaba los ánimos a bordo.

Era testarudo y leal, creía en la fuerza por encima de todo, aunque el mar y sus misterios empezaban a desafiarle más de lo esperado.

—Gundar, dame brazo certero —murmuró—. Guía mi golpe y muerde su carne.

Escupió al suelo y sonrió con los dientes manchados.

—Hoy abrimos madera senicia —dijo a nadie en concreto.

Nairé, la segunda de a bordo, se colocó a babor. Sus dos espadas curvas colgaban de su cinto, aún limpias. Movió la mano una vez con dos dedos al aire. Los hombres cercanos asintieron. Dos guardias se colocaron a su lado y nadie discutió su gesto.

Nairé se movía por cubierta sin hacer ruido.

Era alta, de piel oscura y ojos negros que lo veían todo.

Sus cicatrices en brazos y hombros hablaban por ella.

Nunca pronunciaba una palabra; ordenaba con gestos fríos como el acero.

Era la segunda al mando del Desgarrador, firme y precisa, sostenía la disciplina necesaria en cada momento.

Admiraba al capitán Gorham, pero en su silencio crecía la duda sobre lo que él llegaría a ser.

Gorham no miraba al mercante. Miraba el agua.

Apoyó la mano en la borda y cerró los ojos un instante.

El murmullo subió.

No fue un sonido que los demás pudieran nombrar, pero algunos giraron la cabeza. Sintieron algo bajo los pies, un pulso que no venía del casco del barco.

—Ul var… thren kael… dorum ash… ven —Gorham habló en voz baja. Eran palabras cortas, ásperas y antiguas.

El mar respondió.

Una corriente lateral empujó al Desgarrador. No era ninguna ráfaga de viento. El barco se inclinó lo justo, luego avanzó con un ángulo imposible, fuera de la línea que cualquier capitán esperaría.

—Ahora —ordenó.

Las velas horizontales se tensaron de golpe.

El Desgarrador se clavó en el agua. La proa se detuvo en seco y el resto del casco giró sobre ese punto como si una mano gigante lo empujara desde abajo. La madera crujió, pero no cedió.

El mercante apareció de lado, a un suspiro de distancia.

—¡Arpones! —rugió Harok.

El aire se llenó de silbidos.

Las primeras lanzas volaron con puntas incendiarias e impactaron en la vela principal del barco senicio. La tela prendió en líneas rápidas, llamas cortas que treparon sin control.

Las siguientes salieron con cables tensos. Los ganchos mordieron la madera del casco enemigo. Los cabos se tensaron y los carros retráctiles chirriaron al activarse.

—¡Tirad! —gritó Harok.

Los cabrestantes giraron, el hierro se hundió más y la madera del senicio se abrió en grietas largas y el agua empezó a entrar. Un tablón saltó desde el barco atacante hacia la cubierta senicia.

—¡Nos abordan! —gritó alguien en el mercante.

Era demasiado tarde para ellos, tenían a los piratas encima.

Nairé fue la primera en saltar. Su cuerpo cruzó el hueco entre ambos barcos sin hacer ruido. Cayó entre dos guardias. Las espadas se movieron en arcos cortos. El cuello de uno se abrió y la lanza del otro cayó al suelo, ella siguió avanzando sin oposición y sin mirar atrás.

Karel Zarek apareció justo después. Caminaba ligero, pegado a la sombra del mástil senicio.

Se deslizaba con sigilo y ligereza felina.

Era delgado, joven, con unos ojos oscuros siempre alerta y una sonrisa fácil que ocultaba calculadamente.

Llevaba a Zergonia, la diosa de la suerte, tatuada en una muñeca, y a Avisha, la diosa del abismo, en la otra.

El robo corría por sus venas. Siempre hablaba más de la cuenta, y creía demasiado en los presagios y en las oportunidades.

Admiraba al capitán Gorham, aunque el miedo a lo que representaba nunca lo abandonaba.

Sus manos ya buscaban bolsas, cinturones y cajas pequeñas. Apartó un cadáver con el pie, levantó una tapa, vació el contenido en su chaqueta y desapareció entre dos guardias que aún no sabían que estaban muertos.

—¡Por Zergonia, que hoy nos sonríe! —murmuró, y echó a correr.

Jorvan Buen Cuchillo, el cocinero del Desgarrador, cruzó la brecha con una carcajada descarada. Sus cuchillos brillaron en ambas manos.

—Carne fresca —dijo en jersa.

Jorvan trabajaba en la cocina. De manos seguras y sonrisa inquietante, era robusto, de ojos pequeños siempre atentos y cuchillo fiel en cada gesto.

Reía con falsa cercanía mientras medía a todos como pedazos de carne.

En cubierta era útil; en las sombras, peligroso.

Su tic en el ojo traicionaba impulsos oscuros que ni el mar lograba diluir.

Se metió entre los guardias con pasos cortos. No buscaba duelos. Le cortó el tendón a uno y le abrió el vientre al otro; después, con enorme frialdad, empujó los cuerpos, aún con vida, por la borda. Su delantal lleno de sangre hacía mucho que no tenía su color original.

Un senicio levantó una flecha incendiaria y acercó la punta a una antorcha. El fuego estaba a un dedo de tocar la brea cuando el agua saltó.

Un chorro breve, limpio, subió desde el mar perfectamente dirigido, golpeó la llama y la apagó en un suspiro.

El hombre se quedó inmóvil con la flecha en alto mientras calculaba la maniobra imposible del agua.

—Brujo… —susurró, señalando al capitán del Desgarrador.

El capitán Gorham no había alzado la voz, tan solo había movido la mano.

Saltó entonces al otro barco.

Cayó sobre la cubierta y avanzó con paso firme. A su alrededor, los marinos del otro barco retrocedieron un paso, pero no todos.

El acero senicio rajó el hombro de Gorham poco después de haber pisado la cubierta enemiga. No fue un tajo limpio, sino un empujón torpe con filo suficiente para abrir carne. La hoja se quedó clavada un instante antes de salir y la sangre brotó caliente, tiñendo su camisa rápidamente.

Gorham no retrocedió.

Bajó la vista un segundo, vio la mancha oscura abrirse sobre su brazo, y luego alzó los ojos hacia el soldado.

El hombre dudó; fue lo último que hizo.

Gorham aprovechó ese titubeo para atacar. Su espada subió desde abajo, corta, directa, y encontró el vientre del senicio. El golpe fue preciso; el acero del capitán entró, giró y salió.

El soldado soltó el arma y sus manos buscaron la herida sin poder hacer nada más que mancharse de sangre caliente.

Gorham dio un paso más, lo agarró por la chaqueta a la altura del cuello y lo empujó hacia atrás. El hombre tropezó con la borda, abrió la boca para pedir aire y el capitán lo sentenció con un empujón seco.

El cuerpo cayó al mar con un golpe hueco.

Gorham no miró cómo se hundía.

Se llevó la mano al hombro. La sangre seguía manando lentamente. Apretó la mandíbula, escupió a un lado y volvió a alzar la espada.

—Siguiente —gruñó, y avanzó entre los gritos y el choque de barcos.

Otro marinero senicio avanzó hacia él con una espada larga en la mano.

—¡Por Senicia! —gritó.

Gorham dio un paso a un lado, la espada pasó de largo, agarró la muñeca del hombre, la torció, y el hueso crujió. El grito se apagó cuando el acero del capitán le cortó el cuello.

La sangre corrió por la madera, bajó por la regala y cayó al mar.

Un murmullo subió desde el agua.

—Rendíos —gruñó Gorham, y avanzó entre los gritos y el choque de espadas.

Los pocos guardias que quedaban en pie dejaron caer las armas. Uno de ellos se arrodilló, mientras otro miró el agua y negó con la cabeza.

—Brujo del mar —dijo en senicio.

Nadie lo contradijo.

El combate se apagó rápido. Los hombres del Desgarrador aseguraron la cubierta, ataron a los supervivientes, apagaron las llamas y taparon las vías de agua antes de que el mercante se perdiera del todo.

Harok clavó su arpón en la cubierta y apoyó el peso sobre él.

—Gundar ha comido bien hoy —dijo, satisfecho.

Nairé, la segunda de a bordo, limpió de sangre una de sus espadas con un trozo de tela, miró al capitán Gorham y se dio dos golpes suaves con el puño sobre el pecho. Todo estaba controlado.

Karel apareció con una caja abierta y los bolsillos más pesados que antes.

—Capitán —dijo el joven—. Mapas, monedas y joyas, no está nada mal para un amanecer gris.

Gorham asintió.

El capitán senicio salió al paso entre humo y tablones rotos.

Llevaba una túnica corta con bordes teñidos de púrpura y un pectoral de bronce abollado.

Su barba, recortada con cuidado, estaba manchada de sangre.

Sostenía la mirada pese al temblor en la mano.

Dio un paso al frente, solo, y no se arrodilló.

Gorham se acercó, lo agarró por la pechera contra el mástil y lo levantó un poco del suelo.

—Habla —ordenó—. Busco una isla fuera de ruta. Una bruja beluria lejos del litoral que no quiere que la encuentren.

El capitán senicio escupió sangre a un lado.

—No sé de qué me hablas.

Gorham apretó un poco más y le puso un puñal en la garganta. El hombre tragó saliva y dejó de resistirse.

—He oído una historia en el puerto de Tyrio —empezó—. Una capitana que dejó el mar y ahora vive en una isla sin nombre. Nadie sabe dónde está.

Gorham no parpadeó.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó.

El capitán senicio negó.

—Solo… es un sonido —dijo—. Aish. Lo dicen los marinos veteranos cuando están borrachos y quieren asustar a los novatos.

El murmullo del mar subió bajo el casco. Esta vez se escuchaba más claro, más cercano.

Gorham soltó al hombre.

—Atadlos —ordenó—. El resto, cargad lo más útil y hundid lo que no sirva.

Se giró hacia la borda.

La sangre seguía cayendo al agua en hilos finos. El mar la tomaba y la rompía en manchas carmesí que se expandían y desaparecían.

Gorham, ya de vuelta en su barco, junto a los suyos, apoyó la mano en la madera y cerró los ojos.

La Voz volvió.

No fue un susurro lejano, fue un nombre, limpio, dicho desde abajo: Aish.

Abrió los ojos.

El horizonte seguía vacío, pero algo en él había cambiado de lugar.

—Pon rumbo al este —ordenó al timonel.

Así se hizo.

Detrás, el mercante senicio crujió al partirse por la brecha abierta. El agua entró con fuerza, el casco se inclinó y empezó a hundirse.

El Desgarrador se apartó despacio, con las velas tensas.

El mar guardó el resto del barco senicio y todas sus almas bajo su casco, y más voces se sumaron al mar en ese coro interminable.