Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 8 El acusador
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8 El acusador

La niebla del Tercer Umbral se abrió ante Edoz.

Avanzó despacio, con la espada de plata apoyada sobre el hombro. Su manto negro se movía tras él y dejaba una estela oscura sobre el suelo negro. El muslo aún le dolía bajo la tela rasgada, aunque la herida ya no sangraba.

El lugar cambió.

Primero apareció el olor a hierro y a sangre; después, surgieron los cuervos.

Giraban sobre una torre oscura que se alzaba en medio de la niebla. Sus alas batían el aire muerto mientras graznaban con insistencia. Algunos descendían hasta las ventanas enrejadas y picoteaban los despojos que les dejaban para comer.

Edoz se detuvo y observó la torre.

—No…

El camino hasta la puerta estaba marcado por un reguero de sangre oscura que serpenteaba entre la piedra y la ceniza.

El barro se pegó a sus botas mientras avanzaba hacia aquella estructura que conocía demasiado bien.

La Torre Roja.

Las paredes estaban cubiertas por manchas negras que parecían haberse filtrado desde el interior de la piedra. Las rejas de las ventanas se abrían como bocas oxidadas y, desde dentro, le llegaron los gritos.

Un alarido breve y luego un golpe seco.

Edoz apoyó la mano en la puerta y la madera cedió con facilidad.

Dentro, el aire era más denso. El pasillo se extendía largo y estrecho, iluminado por antorchas que ardían con una llama roja. El suelo estaba cubierto por surcos oscuros donde la sangre había corrido durante años.

Edoz avanzó. Pasó frente a varias puertas de hierro. Detrás de una de ellas alguien golpeó los barrotes.

—¡Sácame de aquí!

Edoz ni siquiera miró. Siguió caminando. Un recuerdo cruzó su mente cuando vio el gancho de hierro clavado en una viga del techo.

—Ese lo puse yo.

Dio otro paso. Algo crujió detrás de él y Edoz se giró.

La niebla del Umbral se había filtrado dentro del pasillo, se arrastraba entre las piedras como un humo espeso y dentro de ella apareció una figura.

Primero se le vieron los pies descalzos, luego la túnica rota. Por fin, la barba larga y los ojos negros.

Edoz se quedó inmóvil.

—No puede ser.

Mushan avanzó un paso.

La lanza seguía atravesando su pecho. La madera sobresalía por la espalda y la punta oxidada asomaba por debajo de las costillas. No sangraba. La herida estaba abierta, seca, su cuerpo parecía haber olvidado cómo morir.

Los ojos del explorador se clavaron en los de Edoz.

—Claro que puede ser.

Edoz apretó la empuñadura de la espada.

—Te vi morir.

—Sí.

Mushan se detuvo frente a él.

—Fue rápido ¿verdad?

El silencio llenó el pasillo. Edoz observó la lanza.

—Los jersas.

Mushan asintió.

—Ya lo sabes. Entraron por la muralla cuando aún ardían las casas.

Un cuervo graznó fuera de la torre. Mushan alzó un poco la barbilla.

—Tú no estabas allí, conmigo.

Edoz soltó una risa breve.

—No suelo quedarme cuando empiezan a llover las lanzas.

Mushan no sonrió.

—No.

El explorador dio otro paso, la punta de la lanza raspó la piedra del suelo.

—Tú venías de aquí.

Edoz miró a su alrededor: las celdas, los ganchos y las mesas de hierro.

—Aquí trabajaba, sí —contestó nostálgico.

—Aquí torturabas —puntualizó Mushan.

Edoz se encogió de hombros.

—Había que sobrevivir.

Mushan lo observó durante unos segundos.

—Éramos un grupo. Los embajadores de Beluria.

Edoz apoyó la espada contra el suelo.

—Fuimos mercenarios de los jersas. Les ayudamos por interés.

—Éramos algo más —replicó Mushan.

—No —sentención Edoz.

El eco de la palabra recorrió el pasillo. Mushan inclinó la cabeza.

—Yo te llamé amigo.

Edoz no respondió. Los ojos negros del explorador bajaron hasta la espada de plata.

—También lo eras para Zarhel.

El nombre cayó como una piedra. Edoz apretó la mandíbula.

—No creo que nunca llegásemos a ser amigos.

—Lo mataste.

El eco de sus palabras se extendió por el pasillo de la torre y, de pronto, el arrastre de las cadenas tras las puertas de hierro cesó. Todo quedó en silencio. Edoz bajó la mirada hacia las piedras manchadas del suelo.

—No estaba en mis cabales.

Mushan levantó la mano despacio y señaló el pasillo, los ganchos, las celdas.

—Aquí nace tu sombra, tu mal.

Edoz negó con la cabeza.

—No fue eso, fue la maldición de aquella Eterna, la Bruja Araña.

—Fuiste tú —acusó Mushan.

—No fui yo —se excusó Edoz.

El explorador avanzó un paso más. La lanza que atravesaba su pecho cruzó la luz roja de las antorchas y proyectó una sombra retorcida sobre el muro.

—Apenas quedó un pedazo de cuerpo para honrar su muerte.

Edoz alzó la vista con brusquedad.

—¡No estabas allí! ¡No sabes lo que pasó!

—Sí, estaba.

Mushan se detuvo a un brazo de distancia. Sus ojos negros no parpadearon.

—Lo vi todo.

El explorador miró a los ojos a Edoz con una calma que pesaba más que un grito.

—Zarhel también gritó tu nombre cuando pasó al Primer Umbral, a la muerte.

El silencio volvió a caer sobre la Torre Roja. Edoz tomó aire por la nariz. Su garra negra se cerró con un crujido seco y los huesos se tensaron bajo la piel escamosa.

—Yo no pedí esa maldición.

—Pero empuñaste ese cuchillo negro, Ansia.

Edoz retrocedió un paso.

—No he venido aquí para discutir con fantasmas.

Mushan no se movió.

—No soy un fantasma.

—Entonces, ¿qué eres? —preguntó Edoz, alzando una ceja.

El explorador señaló el suelo oscuro de la torre.

—Esto es el Entre. El Tercer Umbral.

La palabra recorrió el pasillo como un golpe contra las paredes.

—Aquí no se olvida. —Luego levantó la mano y apuntó al pecho de Edoz—. Aquí se paga.

Edoz dejó escapar una risa seca.

—¿Vienes a cobrar?

Los ojos de Mushan brillaron bajo la luz rojiza.

—No.

Fuera, un cuervo graznó sobre la torre. Mushan se inclinó un poco hacia él.

—He venido a avisarte.

Edoz entrecerró los ojos.

—¿Avisarme de qué?

—El tiempo lo dirá —susurró Mushan.

El explorador dio un paso atrás. La niebla del umbral comenzó a envolver su cuerpo.

—Pero hoy… —Sus ojos no se apartaron de Edoz—. Hoy las tinieblas han ganado la batalla.

En ese momento, la torre tembló.

Las puertas de las celdas se abrieron una tras otra con golpes metálicos. Dentro, figuras deformadas comenzaron a incorporarse entre la oscuridad: sombras de prisioneros de cuerpos rotos y ojos vacíos que buscaban a Edoz.

Mushan desapareció dentro de la niebla. Su última voz llegó desde ningún lugar.

—Y ahora tú eres su siervo.

La primera celda se abrió por completo con un chirrido largo. Una mano huesuda salió de la oscuridad y se aferró a los barrotes.

Edoz levantó la espada de plata y apretó los dientes, expectante.

—Perfecto.

Las sombras empezaron a salir de las celdas.

Edoz sonrió.

—Entonces, que venga el castigo.

Las puertas de las celdas golpearon los muros con un estruendo metálico.

Las figuras salieron arrastrando los pies.

Eran hombres… o lo habían sido. Tenían la carne abierta, los huesos torcidos y los rostros deformados por los golpes. Algunos caminaban con las manos; otros arrastraban sus piernas partidas. En varios, la piel colgaba a tiras como trapos ensangrentados.

Todos miraban a Edoz.

La espada de plata bajó un poco en su mano.

—Así que sois vosotros…

La primera criatura avanzó. Tenía la cara hundida hacia dentro, como si alguien le hubiera golpeado el cráneo con un martillo. Un ojo le colgaba fuera de la cuenca y se balanceaba sin parar.

La boca se abrió y soltó un alarido seco. Luego, corrió hacia él.

Edoz dio un paso al frente y descargó un tajo lateral. La hoja de plata atravesó su cuello podrido y la cabeza salió despedida contra los barrotes de una celda.

El cuerpo siguió caminando dos pasos más antes de caer.

Pero los demás ya venían a por él.

Tres figuras saltaron sobre él desde los lados. Sus manos huesudas se cerraron sobre su manto negro. Una garra le arañó el hombro y otra se clavó en su muslo herido.

Edoz gruñó y golpeó con el codo. Partió un cráneo contra la pared.

—¡Apartaos!

Giró sobre sí mismo y trazó un arco con la espada. La hoja abrió vientres y cortó brazos llenos de cicatrices. Dos cuerpos cayeron en pedazos sobre el suelo de piedra roja.

Otro le saltó a la espalda. Los dedos se hundieron en su cuello.

Edoz sintió el aliento podrido sobre la oreja.

—Te recuerdo… —escupió una voz húmeda.

Edoz rugió y se dejó caer hacia atrás. El peso aplastó a la criatura contra el suelo. Luego clavó la espada hacia atrás sin mirar y la hoja atravesó un pecho blando. La criatura convulsionó y quedó inmóvil.

Pero el pasillo ya estaba lleno, salían de todas las celdas. Eran docenas.

Un hombre sin mandíbula caminó hacia él con los brazos extendidos. Una mujer con el vientre abierto arrastraba las entrañas por el suelo. Otro tenía los ojos cosidos y avanzaba guiado por el sonido de su respiración.

Edoz apretó los dientes.

—¿Solo vosotros?

Levantó la espada.

—Pues venid.

El primero llegó corriendo. Edoz lo atravesó de frente y usó el cuerpo como escudo cuando otras dos criaturas se lanzaron sobre él. Una le mordió el costado. El dolor le sacudió el pecho.

Edoz golpeó con la garra negra. El impacto partió la cara de la criatura y la lanzó contra una puerta de hierro.

Otra mano se cerró sobre su pelo y lo tiró hacia atrás.

La espada se le cayó al suelo y un puño le golpeó la mandíbula. Luego otro, y otro.

Las figuras se amontonaron sobre él, buscando su carne con uñas y dientes.

Edoz escupió sangre y entonces recordó la voz de Mushan.

Zarhel también gritó tu nombre…

Un gruñido salió de su garganta mientras la garra negra se cerraba sobre el cuello de una de las criaturas. Los huesos crujieron. Edoz la arrancó de encima y la lanzó contra los demás. Rodó por el suelo, recuperó la espada y se levantó de un salto.

La hoja de plata silbó en el aire y primero cayó un brazo, luego una cabeza y después dos cuerpos abiertos por la mitad.

Edoz avanzó a espadazos. Con cada golpe, empujaba a las criaturas hacia atrás.

—¡Apartaos! —gritaba atormentado.

Otra se lanzó desde un lateral y le arañó la cara. La sangre resbaló por su mejilla.

Edoz respondió con un corte ascendente que le abrió el pecho hasta el cuello.

El pasillo quedó cubierto de cuerpos, pero seguían llegando, de celdas de todos los rincones.

Edoz retrocedió paso a paso mientras cortaba y golpeaba. La puerta de la torre, hecha de madera oscura, apareció detrás de él.

Miró al exterior, que estaba cubierto por la niebla.

Una criatura intentó agarrarle de la pierna desde dentro. Edoz la atravesó con la espada y la apartó de una patada. Otra saltó hacia su garganta. La garra negra lo atrapó en el aire y lo estampó contra el marco.

Edoz dio el último paso atrás y cruzó el umbral, momento en el que las criaturas frenaron. Una de ellas intentó salir, pero su piel comenzó a desgarrarse. Chilló y retrocedió.

Edoz bajó la espada.

Las figuras se agolparon en la puerta, pero ninguna más cruzó el umbral. Decenas de ojos muertos lo observaban desde la oscuridad del interior.

Edoz escupió sangre al suelo.

—Quedaos ahí, hijos de perra.

Dio media vuelta mientras la niebla del umbral se extendía ante él y poco a poco surgieron edificios, calles, arcos y torreones.

Edoz se detuvo. Reconoció la forma de las murallas, los puentes de piedra y las plazas, pero todo estaba torcido. Las casas estaban inclinadas como huesos rotos; las calles desaparecían en bancos de niebla y las ventanas estaban abiertas mostrando la negrura en el interior de las casas.

No había luz alguna, ni voces, solo silencio.

Edoz, herido y magullado por todo el cuerpo, caminó unos pasos.

Una bandera roja rasgada colgaba de un balcón.

La reconoció: era de Alonia.

Levantó la mirada hacia la tenebrosa ciudad.

—Así que esto es lo que hay al otro lado.

La niebla se movió entre las calles.

Algo se intuía en ella…