7 Los tres umbrales #2
Rayhem no apartó la vista de Oscuria. El pulso del acero aún le recorría los dedos como un eco que no terminaba de apagarse. Cerró la mano despacio y alzó la mirada hacia Shuraz.
—Voy a intentarlo.
El comandante no preguntó. Se limitó a asentir y dio un paso atrás, dejando espacio.
El viento llegó de pronto. El murmullo del campamento quedó lejos, parecía que alguien lo hubiera cubierto con tierra.
Rayhem se inclinó, apoyó una rodilla en el suelo y cerró los ojos. Sus labios se movieron sin sonido al principio, tanteando palabras que no pertenecían del todo a ese mundo. Luego dejó que la voz saliera.
—Zarhel…
El nombre no resonó en el aire, sino que se hundió.
Rayhem inclinó la cabeza, escuchaba a través de la tierra y del aire.
—Zarhel, si aún caminas entre umbrales, acude.
El frío le rozó la nuca.
Shuraz no se movió, pero su mano encontró la empuñadura de la espada.
El sacerdote alzó la voz un poco más.
—No te llamo para atarte. Solo para saber.
El silencio respondió.
Rayhem apretó los dientes. Bajó más hondo, más allá del susurro de los muertos recientes, más allá de los ecos que aún recordaban su carne.
—Carcelero —insistió—. Tú que nos abriste puertas, responde.
No ocurrió nada.
Rayhem abrió los ojos de golpe y tomó aire.
El mundo volvió con el sonido del viento entre las tiendas.
Shuraz soltó el aire que no sabía que contenía.
—¿Y bien?
Rayhem se quedó en silencio un instante. Luego negó muy despacio.
—No está.
El comandante frunció el ceño.
—¿Se ha ido?
Rayhem se puso en pie.
—No está cerca. No está en ningún umbral.
Miró sus manos, aún tensas.
—Ha cruzado.
Shuraz le miró a los ojos.
—¿Seguro?
Rayhem asintió.
—Los que dudan dejan rastro. Los que temen, se aferran. Zarhel no ha dejado nada.
El viento agitó la capa del comandante.
—Entonces, eligió marcharse.
—O supo dónde no debía quedarse.
El silencio se asentó entre ambos.
Shuraz desvió la vista hacia el horizonte, hacia donde el sol ya se hundía.
—Bien.
La palabra salió seca.
Rayhem lo observó.
—Te quedas más tranquilo.
Shuraz no respondió al principio. Se ajustó el cinturón y comprobó la espada.
—No me gusta pelear con fantasmas —dijo al fin—. Prefiero enemigos que sangran.
Rayhem esbozó una leve sonrisa.
—En eso no te falta razón.
Shuraz le dedicó una última mirada.
—Si Zarhel hubiera estado ahí, lo habrías sabido.
—Sí.
El comandante asintió.
—Entonces, no volverá.
Rayhem no contestó.
El viento volvió a soplar entre ellos, arrastrando polvo y olor a humo.
Oscuria tintineó al chocar contra la vaina.
Y por un instante muy breve, Rayhem sintió que algo al otro lado había escuchado sus palabras pero había decidido no responder.
El humo de las hogueras del campamento se alzaba entre los troncos del Bosque Sagrado, donde los arreshim habían caído por fin.
Los cuerpos ya se habían retirado, las armas habían sido limpiadas, los muertos habían ardido y los heridos estaban acostados bajo mantas de lino.
Aun así, el aire tenía algo distinto aquella noche: un temblor leve, una calma que recordaba al principio del viaje, cuando salieron de Alonia. Aquel lugar tan cercano en los mapas y tan lejano ahora.
La hoguera central ardía en medio del claro. Era el símbolo de los Seguidores de Bel-Hur, siempre custodiada por Sacerdotes del Templo.
El resplandor iluminaba los rostros cansados y entre ellos avanzaba el príncipe Belbarozh. Su bastón se hundía en la tierra a cada paso. El brazo izquierdo colgaba inmóvil, pero su porte seguía siendo el de un heredero.
El Sacerdote Mayor caminaba junto a él, sosteniendo algo pequeño cubierto por un paño azul.
Cuando ambos llegaron al fuego, el murmullo del campamento se apagó.
Rayhem, Shuraz y Anara aguardaban detrás del príncipe.
El comandante lucía la armadura sin pulir, con los brazales abollados; Rayhem tenía las manos cruzadas y la mirada fija en las llamas; Anara vestía de blanco y llevaba el pelo suelto. Cada movimiento suyo parecía devolver el aliento a los agotados.
El Sacerdote Mayor destapó el paño azul bajo el que brillaba una de las dos reliquias belurias que quedaban, el Amuleto de la Unidad.
Una joya que el propio príncipe había llevado puesta en la contienda contra los arreshim, para proteger su destino.
La otra reliquia, La Corona de los Reyes de Beluria, estaba a buen recaudo en un lugar secreto y repartida en piezas.
El Amuleto de la Unidad, estaba hecho de metales preciosos, con una gema central en forma de trébol que reflejaba la luz de la hoguera en destellos verdes y dorados.
El murmullo del campamento se convirtió en un silencio reverente.
Cada rostro parecía contener la respiración, conscientes de que aquel objeto no era solo un símbolo, sino un mandato divino.
Quien lo portara no llevaba puesta una simple joya, llevaba sobre sí la responsabilidad de Beluria, de unir reinos, tribus y corazones desgarrados por la guerra.
Rayhem fijó los ojos en la gema, recordando los días de traición, de sangre y de sombras que habían hecho tambalear la esperanza de su pueblo.
Shuraz apretó la empuñadura de Oscuria. Anara dio un paso adelante, captó el resplandor del amuleto y por un instante pareció que incluso la noche contenía el aliento ante la solemnidad del momento.
El príncipe Belbarozh alzó la vista sobre todos ellos y su voz, firme a pesar del brazo inmóvil, resonó por el claro:
—Que este amuleto nos guíe y que recuerde que la unidad es más que un deseo; es un deber, es un sacrificio y vigilancia constante.
El Amuleto parecía palpitar bajo la luz temblorosa de la hoguera.
El príncipe lo tomó con la mano buena.
—¡Belurios! —su voz sonó grave, pero clara—, hemos caminado por el barro de Arresia, y ese barro se ha mezclado con la sangre de los caídos… y nos ha devuelto la vida. Mirad a vuestro alrededor. No somos los mismos que entramos en este bosque. Muchos quedaron atrás y por ellos seguimos en pie.
Los presentes agacharon la cabeza. Un niño comenzó a llorar en primera fila; su madre lo abrazó sin apartar la vista del príncipe.
—No hemos vencido por las armas —continuó Belbarozh—.
Hemos vencido porque nos negamos a olvidar quiénes somos.
El fuego de Bel-Hur no se apagó ni cuando los cielos nos cerraron sus puertas y nos expulsaron de nuestro hogar, Nela-Shur, para servir como esclavos en Alonia.
Y aunque este cuerpo me falle —siguió—, aunque esta pierna no responda, aún puedo levantarme ante vosotros.
Porque no se trata de fuerza, sino de propósito.
Un murmullo lo recorrió todo.
Rayhem alzó la vista hacia Anara, que lo observaba en silencio.
—Hoy —prosiguió el príncipe—, reafirmo ante todos que mi prima, la suma sacerdotisa de Bel-Hur, Anara, seguirá guiando al éxodo.
Ella ha sido nuestra voz en mi silencio.
Ha mantenido la fe incluso cuando los dioses no respondían.
Su juicio será el mío; su palabra, la de este pueblo. Ella nos conducirá hasta Nela-Shur.
El Sacerdote Mayor asintió, tomó la reliquia de las manos del príncipe con cuidado y la elevó en señal de bendición.
Las llamas de la hoguera parecieron inclinarse hacia el príncipe.
Rayhem sintió un escalofrío en la piel, algo invisible lo rodeaba.
En la periferia del claro, una figura observaba desde la penumbra: el Profeta de Kudram.
Sus ojos blancos, apenas visibles, centelleaban con una calma que no era humana.
Anara notó su mirada clavada en la nuca, pero no se dio la vuelta para ver al Profeta.
Shuraz dio un paso al frente, desenfundó a Oscuria y la clavó en el suelo ante el príncipe.
—Por los que nos faltan —dijo con voz ronca.
—Por los que vendrán —añadió Rayhem.
El fuego se elevó con un zumbido.
El Sacerdote Mayor levantó las manos.
—El bosque nos abre sus sendas. Mañana partiremos hacia el oeste. El camino de Senicia nos espera.
Anara miró al príncipe.
—Gracias por no rendirte —le dijo y le sonrió.
Belbarozh le devolvió la sonrisa, agotado.
—No puedo rendirme. No con vosotros luchando así.
El bastón se le escapó un instante y Shuraz lo sostuvo con agilidad.
Ambos se miraron. El príncipe asintió y la llama de la gran hoguera se elevó.
El Sacerdote Mayor se adelantó con pasos ceremoniosos, sosteniendo el Amuleto de la Unidad entre sus manos. El resplandor de la hoguera bailaba sobre la gema central, sus destellos verdes y dorados parecieran latir como un corazón vivo.
—Anara —dijo con voz grave y reverente—, recibe esta reliquia. No como premio, sino como compromiso. Que guíe tu voluntad, que sostenga tu fe y que recuerde a todos que la unidad requiere sacrificio, paciencia y coraje.
Anara inclinó la cabeza y tomó el amuleto. Sintió su peso, no solo físico, sino moral. Cada latido de su corazón resonó con la responsabilidad que ahora le pertenecía.
El príncipe Belbarozh alzó su bastón.
—Que este amuleto sea faro y escudo —dijo con voz firme a pesar del brazo herido—. Que quien lo porte no solo inspire esperanza, sino que actúe con justicia. Que recuerde a Beluria que, incluso en las sombras más densas, la unidad puede prevalecer.
Un silencio expectante siguió a sus palabras. Las llamas de la hoguera parecieron crecer por un instante.
Rayhem, Shuraz y Anara intercambiaron una mirada.
El Sacerdote Mayor se retiró, dejando que la joya descansara sobre el pecho de Anara.
Detrás de ellos, el Profeta se giró y desapareció entre las sombras del bosque.
El aire volvió a moverse y el campamento belurio volvió a respirar, y por primera vez desde hacía mucho, hubo esperanza.