7 Los tres umbrales
El olor del humo del incendio del bosque aún se pegaba a la ropa. Los cadáveres de los arreshim formaban sombras entre los troncos de los árboles calcinados.
El éxodo levantaba su campamento de nuevo, con los heridos alineados en improvisadas tiendas y los sanadores y curanderos trabajando sin descanso.
Rayhem caminaba entre ellos con la túnica manchada hasta las rodillas.
Se arrodilló entre los cuerpos y la ceniza. Sus labios murmuraban plegarias sin voz, pero sus ojos estaban lejos, fijos en algo que los demás no podían ver. Al final, el susurro tomó forma.
—Bel-Hur, escucha a los que ya no pueden hablar.
El viento arrastró ceniza y humo entre los cadáveres.
—No te pido triunfos, no te pido gloria, solo que no olvides a los caídos y los acojas en tu infinita bondad. Que sus nombres no se pierdan en la tierra ensangrentada de este bosque, y que sus pasos no se borren del camino del éxodo.
Apretó los dedos contra el suelo.
—Si has de tomar algo de nosotros, toma el miedo. Déjanos el valor, lo necesitamos para seguir adelante.
El silencio fue la única respuesta, y aun así, Rayhem siguió rezando.
Se levantó y continuó caminando entre la muerte. Detuvo el paso al ver a Oscuria entre las manos de Shuraz. Limpiaba el filo con un paño, pasando luego la piedra de afilar con movimientos lentos y metódicos.
Rayhem agudizó la mirada con la que era capaz de ver el otro lado y a los difuntos y escuchó el metal negro de la espada que parecía respirar, cuando la sombra de la espada se movió.
Rayhem contuvo el aliento mientras recordaba las siluetas de las almas deshaciéndose en la hoja, deslizándose por el acero, absorbidas una a una con un suspiro mudo. Lo había visto en la batalla, Oscuria se alimentaba de las almas de los que mataba.
Rayhem parpadeó y todo volvió a la normalidad.
Solo quedó Shuraz, afilando la espada, metal contra piedra con un sonido seco y movimientos precisos.
—Embajador, ¿te has perdido? —preguntó Shuraz.
Rayhem se giró del todo. El comandante tenía el rostro manchado, ojeras profundas, el brazo vendado y un fragmento de armadura colgando de la cadera.
—No me he perdido, Shuraz —respondió Rayhem, recuperando el aliento—. Solo buscaba certezas.
Shuraz sonrió sin alegría.
—Entonces, no las busques aquí.
Rayhem se acercó y lo abrazó sin previo aviso. El acero crujió entre ambos.
—Mis plegarias a Bel-Hur han hecho efecto —susurró el embajador—. Has vuelto.
—Me dijiste que no volvería —repuso Shuraz sonriendo y correspondiendo al abrazo de su compañero.
—¿Acaso me escuchabas? —preguntó Rayhem.
—Como para no oír tu voz. Hasta los muertos te escucharon.
Ambos rieron un momento. Luego, el sonido de la risa se perdió entre los gritos de los heridos.
—¿Cómo se te ocurre adentrarte en el bosque buscando venganza contra los arreshim por las bajas? —empezó a preguntar el embajador.
Shuraz lo miró sin responder, no hizo falta.
—Lamento la muerte de Brak —añadió Rayhem, cambiando de tono.
—Gracias. Murió matando. No todos lo logran —respondió Shuraz, con la vista fija en el horizonte.
—¿Encontraste lo que buscabas en el interior del bosque? —insistió Rayhem.
—Definitivamente, sí —contestó Shuraz mientras recordaba la cabeza del Señor de la Guerra enemigo, que ahora descansaba en una pica en la entrada del campamento belurio.
—¿Y nuestro sepulturero licántropo? —siguió Shuraz, cambiando de tema.
—¿Jarben? Está bien. —Rayhem sonrió—. Herido, pero se recuperará. Cada vez parece más fuerte.
—Ese albino siempre encuentra la forma de engañar a la muerte —asintió Shuraz.
—Y eso que nada le haría más feliz que saber al fin qué hay en el más allá —añadió Rayhem.
—Tú ya lo sabes, ¿verdad? —preguntó el comandante, mirándolo a los ojos.
—Sí, y no es agradable —concluyó el embajador tocándose la nuca.
Shuraz sostuvo su mirada un instante más.
—Hablas convencido de que la muerte no es el final.
Rayhem respiró hondo. La mano seguía en su nuca.
—Porque no lo es.
El metal de Oscuria raspó contra la piedra de afilar, con un sonido lento y constante.
—Entonces explícame qué es —pidió Shuraz—. Se supone que Bel-Hur nos espera al otro lado, ¿no?
Rayhem avanzó un paso, con cuidado, como si entrara en terreno prohibido.
—Es mucho más complejo que eso. La vida no es un umbral —dijo—. Nunca lo ha sido. La vida no se cruza. Se habita. Es el estado natural. El único lugar donde el alma y el cuerpo aún son uno.
Shuraz escuchaba atentamente y siguió afilando.
—El primer umbral es la muerte —continuó Rayhem—. No como final, sino como ruptura. Cuando la carne se abre y se libera el alma. Ahí no hay juicio, no hay visiones, solo separación.
Shuraz se detuvo un segundo.
—El segundo umbral es el sueño —siguió Rayhem—. La conciencia sin cuerpo, las visiones, las voces. El lugar donde los dioses no pueden influir. Donde no estás vivo… pero tampoco estás muerto.
Shuraz levantó la vista. Aquí todo es posible.
—¿Y el tercero?
Rayhem dudó.
—El tercero no debería existir.
El silencio cayó entre ambos.
—Está entre el sueño y la muerte —añadió—. No es un tránsito ni un cruce. Es algo permanente. Un lugar donde el alma no avanza ni se disuelve. Donde se queda durante un tiempo.
—Eso suena a castigo —murmuró Shuraz.
—Suena a error —corrigió Rayhem—. A fractura del orden. Una herida en la realidad.
Rayhem respiró hondo antes de continuar.
—Yo estuve allí —dijo.
Shuraz alzó la cabeza lentamente.
—¿Dónde?
—En el tercer umbral.
El viento levantó ceniza entre ambos.
—Fui a buscar a Anara cuando estaba al borde de la muerte —continuó Rayhem—. Cuando su alma ya no pertenecía a la carne, pero tampoco había cruzado del todo. No estaba viva, pero tampoco estaba muerta: estaba retenida.
El metal de Oscuria quedó inmóvil.
—Allí encontré al traidor de Suezoj —añadió—. Al antiguo sumo sacerdote de Bel-Hur. El que vendió el templo, la fe… y a los suyos. Por eso Bel-Hur lo castigó.
Los ojos de Rayhem se endurecieron.
—Allí lo vencí.
Apareció un silencio espeso.
—Antes de eso, Suezoj, en forma de espectro, destruyó a mi abuela Neela —le contó en voz baja—. No era humana, era un espíritu. Se mantenía anclada en el primer umbral.
Shuraz frunció el ceño.
—¿La muerte?
Confirmó Rayhem.
—Eso es. El borde de la muerte. El lugar donde las almas recién separadas aún no han cruzado. La ruptura de la carne sin juicio ni destino. Ahí permanecía, y de algún modo la atrajo al Tercer Umbral y la borró para siempre.
El comandante apretó la empuñadura de Oscuria.
—Menudo bastardo —masculló con voz grave.
Rayhem asintió recordando lo que Suezoj le dijo en el tercer umbral, que era su abuelo, pero no se lo contó a Shuraz.
—Y el tercer umbral fue el lugar donde lo vencí.
Shuraz guardó silencio unos segundos.
—¿Y qué hacía Suezoj en el tercer umbral, si estaba muerto? ¿No debía estar en el primero, en el más allá, en la muerte?
—Buena pregunta. Veo que no solo eres músculo —bromeó Rayhem—. Seguramente descubrió la forma de atravesar de un umbral a otro. De hecho, fue capaz incluso de matar a mi abuela, que estaba en el primer umbral.
—Menudo lío —reconoció Shuraz, confuso—. Entonces, ¿dónde está Bel-Hur?
El nombre de Bel-Hur quedó suspendido entre ambos.
El viento arrastró ceniza por el campamento. Oscuria descansaba entre las manos de Shuraz y Rayhem tardó en responder.
—No lo sé.
El comandante frunció el ceño.
—¿En los umbrales?
—Tal vez en alguno de los reinos del primer umbral. Tal vez en algo que no tiene nombre. Tal vez fuera del orden mismo. Los dioses no habitan lugares como nosotros.
Shuraz alzó la vista.
—Pero los hemos visto.
—Sí. Cuando se materializan aquí. En carne prestada, en formas distintas y en cuerpos que no son suyos.
El silencio volvió a caer.
—Y cuando matas esa forma, esa cáscara terrenal —preguntó Shuraz—, ¿qué ocurre?
Rayhem miró el filo negro de Oscuria.
—Vuelven a donde sea que moren.
Un latido de silencio.
—Algún día, cuando crucemos la muerte, quizá lo sepamos.
Shuraz bajó la mirada a sus manos.
—Lo dudo —murmuró.
Rayhem sostuvo su mirada.
—Hay verdades que no están hechas para ser conocidas.
El viento volvió a pasar entre ambos y Bel-Hur, una vez más, no respondió.
Rayhem apartó la vista hacia Oscuria.
El filo devolvía un reflejo extraño, casi líquido.
—Tu espada —dijo en voz baja—. He visto algo en ella…
—No me sorprende —continuó el comandante—. Zorkel, el mejor de los maestros herreros belurios, la forjó con sus propias manos antes de morir. Él fue quien la llamó Oscuria. Usó mi espada anterior y una piedra pulida de metal que le dio Zarhel. Pesaba más que el oro.
—¿Sabes de dónde sacó Zarhel esa piedra?
Shuraz negó con la cabeza.
—Nunca se lo pregunté, creo que Zarhel la llevó una noche a los herreros. Quería deshacerse de ella. Dijo que era parte de su pasado, o algo así.
Rayhem frunció el ceño.
—Y ya no podemos saber más —reflexionó el embajador acariciándose la barbilla.
—Tú puedes hablar con los muertos, ¿no? —Shuraz le lanzó una mirada con los ojos bien abiertos.
—Algunos se quedan cerca del mundo de la piel —respondió Rayhem y bajó la voz—. Otros no. Los que tienen voluntad, atraviesan el primer umbral y continúan su camino. Zarhel debió continuar.
—¿Y si no lo hizo? —preguntó Shuraz.
El sacerdote no respondió.
El viento movió la capa roja del comandante y Oscuria pareció temblar bajo la luz del crepúsculo.
Rayhem se inclinó y pasó los dedos sobre el pomo. El acero lo rechazó con un pulso leve, casi un latido.
—Esta espada no debería existir —murmuró el embajador.
—Es la mejor espada que he empuñado nunca —replicó Shuraz—. Con ella me siento invencible.
Rayhem lo observó un momento más.
El aire a su alrededor se hizo más pesado, algo invisible parecía escucharlos.
Finalmente, apartó la mano.
—Ten cuidado con ella —le pidió.
Shuraz asintió.
—Siempre tengo cuidado.
El sacerdote sonrió sin humor.
—No hablaba de ti, sino del daño que puedes causar con ella.
Shuraz levantó la espada, la observó y la enfundó.
—Que tengan cuidado mis enemigos —concluyó, henchido de orgullo.