Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 6 El ladrón de Zaregas
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6 El ladrón de Zaregas

Me llamo Karel Zarek, y si preguntas en las Islas Zaregas por mi familia, te dirán que no valgo para la diplomacia.

Lo dicen con la boca pequeña, porque allí todos nacemos con lengua fina y manos quietas…

salvo yo. A mí las manos se me iban solas hacia los bolsillos ajenos mientras otros discutían sobre tratados.

Crecí entre callejones y salas de embajadas.

Aprendí a leer sellos antes que rostros, y a mentir antes que a rezar.

Aun así, siempre le dejé algo a la diosa Avisha, no por fe, si no por miedo.

En Zaregas nadie vive mucho tiempo sin mirar al agua, y todos sabemos que la Madre del Abismo cuenta cada paso en falso.

Así acabé en este barco.

No fue por honor ni por gloria. Fue por una bolsa mal cerrada en un puerto que no debía pisar.

Me escondí entre sacos de sal, con la espalda sudada y la boca seca, mientras los hombres que me buscaban gritaban mi nombre en el muelle.

El barco soltó amarras sin aviso. Cuando salí de mi escondite, ya no había costa.

Uno de los marineros me vio primero. Me apuntó con un arpón corto y me enseñó los dientes.

—Has elegido mal escondite —dijo.

Le habría contestado con algo ingenioso, pero en ese momento apareció él.

El capitán Gorham cruzó la cubierta sin prisa. El resto se apartó sin que nadie diera una orden. No levantó la voz ni hizo gesto alguno para reclamar atención. Aun así, la tuvo. Yo lo miré y entendí por qué.

No era solo su tamaño o su espalda ancha; eran las marcas.

Las cicatrices no seguían el trazo de una espada ni el de un látigo.

Dibujaban líneas que se curvaban sobre los brazos y el cuello en formas que no supe leer.

Y los ojos… Cuando miró hacia el mar, algo se movió dentro de él.

No sabría decir qué. No era ninguna luz, ni una sombra, sino algo inexplicable.

—¿Qué haces en mi barco? —preguntó sin elevar la voz; no le hizo falta.

—Sobrevivir —respondí—. Y si hay suerte, enriquecerme un poco.

Algunos marineros se rieron, pero él no.

Se acercó un paso. El olor del mar le seguía, lo tenía pegado a la piel. No era solo sal, había algo más… No sé cómo explicarlo, algo profundo, antiguo.

—Sabe hablar —se burló un marinero a su espalda.

—Sabe mentir —añadió otro.

Gorham me miró a los ojos un instante que pareció eterno y luego desvió los suyos hacia la costa que ya se borraba.

—Se queda —decidió—. Si roba a la tripulación, lo tiráis por la borda.

No pidió opinión a nadie, me dio la espalda y siguió su camino. El mar golpeó el casco en ese mismo momento, y juro por Avisha que el sonido cambió cuando pasó junto a la borda.

Desde ese día, supe que había subido al barco correcto, o al peor de todos.

La cubierta tiene dos velas horizontales que no he visto en ningún otro lugar.

Se extienden como alas bajas a cada lado del mástil.

Cuando el viento entra de frente, los hombres las tensan con gritos cortos y el barco se clava en el agua.

He visto a mercantes quedarse quietos, sin entender nada, mientras nosotros giramos sobre ellos y los rodeamos. Es un truco sucio… ¡Me encanta!

Los arpones descansan alineados junto a la borda.

Son de hierro endurecido, tienen puntas anchas y cabos enrollados en los cabrestantes.

Parecen grandes dientes afilados. Cuando se lanzan, el aire silba y el impacto suena a hueso roto.

Luego tiramos. El casco enemigo cede, la madera cruje y ahí entro yo.

No me gustan las espadas largas, prefiero las manos y un buen cuchillo.

En los abordajes me cuelo por donde nadie mira.

Busco cofres pequeños, bolsas ocultas, anillos que nadie ha tenido tiempo de quitarse.

No me quedo hasta el final. El final es para los que creen en la gloria. Yo creo en salir vivo.

Por la noche, la tripulación se reúne bajo cubierta. El techo bajo guarda el calor y huele a ron mezclado con sudor. Tiramos dados sobre la mesa y alguno alza las manos hacia el techo antes de lanzar.

—¡Por Zergonia! —grita—. Que la diosa de la suerte me mire, aunque sea de reojo.

Se ríen. Yo también. Pero antes de lanzar, rozo con el pulgar el pequeño tatuaje de mi muñeca, el símbolo del agua. No cuesta nada tener contenta a Avisha.

—Otra ronda, zarego —me dijo una vez Torbo, un grandullón con media oreja—. A ver si tu diosa te mira.

—Mi diosa siempre mira —le contesté—. El problema es que a veces decide dar fortuna a los demás.

Las risas sonaron más elevadas y los dados rodaron. Perdí esa noche, pero gané la siguiente. Así se mantiene el equilibrio.

El capitán Gorham no se sienta nunca con nosotros. A veces baja, se queda en la sombra un momento y observa. Tampoco nadie le ofrece un sitio. Nadie le pide nunca que se quede. Cuando se marcha, las voces bajan un tono, aunque nadie lo quiera admitir.

He visto cosas en este barco que no encajan.

Los mapas no son simples rutas de saqueo. Hay marcas repetidas, puntos en mitad de la nada, donde no hay puerto ni isla conocida. Líneas que se cruzan sobre el mismo tramo de mar una y otra vez. Pregunté una vez a Nairé, la segunda de a bordo, la que lleva los registros.

—¿Por qué volvemos aquí? —señalé el punto en el pergamino.

Ella cerró el mapa con cuidado sin levantar la vista. A su lado, el asistente de navegación inclinó el cuerpo sobre la mesa y apoyó dos dedos cerca de la marca.

—Porque el capitán lo ordena.

—Eso ya lo sé —deslicé el dedo por la ruta—. Pregunto por qué.

El hombre levantó la mirada. La sostuvo un instante.

—No preguntes tanto, Karel… —murmuró—, o empezarás a oír cosas.

El techo crujió con el viento. Las cuerdas tensaron. Nadie más habló.

No supe si bromeaba y, si no lo hacía, tampoco supe qué quiso decir.

En los puertos, el capitán Gorham no busca solo oro. He ido con él a tabernas donde el suelo se pega a las botas y el humo no deja ver la puerta. Se sienta frente a gente que no mira a nadie a los ojos.

—Busco a una guardiana beluria —preguntó entonces en voz baja.

Otras veces, cambia la palabra.

—Brujas del litoral o islas que no salen en los mapas…

Siempre paga bien por la información. A veces sale sin decir nada. Otras, marca un punto en su mapa y ordena zarpar antes de que el sol se alce.

No es un capitán de botín. Es algo más…

Esta noche lo vi en proa.

El viento había caído y el mar parecía una lámina oscura. Me acerqué sin hacer ruido, con la costumbre de quien ha vivido de no ser visto. Soy bueno en el arte del sigilo. Él estaba de pie, con las manos apoyadas en la madera y la cabeza inclinada hacia el agua.

—Capitán —dije.

No respondió.

Di otro paso y la madera crujió bajo mi peso. Él alzó la mano sin girarse.

—No te acerques más —ordenó en voz baja, pero me clavó en el sitio.

Miré el agua.

Al principio no vi nada, pero luego lo noté. La superficie no estaba quieta. Subía en pequeñas ondas, no por el viento, sino atraídas hacia él. Cada vez que murmuraba algo, el agua respondía con un leve alzarse, como si le escuchara.

Tragué saliva.

—¿Qué le dices? —pregunté.

El silencio se alargó. Pensé que no iba a contestar, pero entonces giró la cabeza lo justo para ver uno de sus ojos, que parecía vibrar.

—Lo mismo que él me dice a mí —respondió muy serio.

—¿Y qué te dice? —insistí.

Se volvió un poco más. La luz de la luna tocó las marcas de su cuello y las líneas parecieron moverse un instante.

—Que aún no hemos llegado a nuestro destino —contestó—. Y que cuando lo hagamos, no habrá vuelta atrás.

El agua golpeó la proa con un sonido seco. Sentí el impulso de retroceder, pero me quedé donde estaba.

—Podríamos elegir otro rumbo —propuso—. Hay puertos llenos de oro que no exigen ese precio.

Sus dedos se cerraron sobre la madera.

—No.

Una sola palabra, pero fue suficiente.

Me miró a los ojos.

—Si te quedas, Karel Zarek, llegarás conmigo —añadió—. Si no, baja ahora mismo y pide un bote. No te detendré.

Pensé en las Islas Zaregas, en sus calles estrechas y sus puertas cerradas. Pensé en la bolsa mal cerrada, en los hombres del muelle. Pensé en el oro fácil y en el filo de la navaja donde siempre he vivido.

Luego miré el agua otra vez. Subió un poco más, rozó la madera de la proa y se retiró.

Toqué el tatuaje de mi muñeca.

—Avisha ya ha decidido por mí hace tiempo —dije—. Me quedo.

El capitán Gorham asintió y volvió la vista al mar.

No dijo nada más.

Me alejé despacio, con la sensación de haber firmado algo sin haber visto el contrato. Cuando llegué a la escotilla, miré atrás.

El capitán seguía en proa. El agua volvía a alzarse hacia él, obediente.

Y por primera vez desde que subí a este barco, entendí que no temía al mar.

Temía el lugar al que nos llevaba.