5 Dibujos de Pesadilla #2
El brazo negro reaccionó. Salió disparado y se hundió en la cara del monstruo. Las garras atravesaron carne blanda, se abrieron paso entre las manos que se retorcían y buscaban agarrarlo. Edoz apretó más, hundió el brazo hasta el codo, tanteó entre la masa viva…
Y encontró dos ojos que palpitaban.
Las garras se clavaron dentro. Apretó y los reventó.
La criatura se sacudió con violencia, soltó la pierna de Edoz y se echó atrás. El chillido se partió en un rugido ciego que se extendió por la niebla, rebotó en la llanura y volvió más alto, más salvaje.
Edoz sacó el brazo de la carne, cubierto de sangre oscura y retrocedió un paso.
—Eso es… —murmuró—. Ahora sí.
Edoz aprovechó el instante. Giró sobre la pierna herida, levantó la espada por encima de su cabeza y respiró hondo. La hoja de plata cayó en un rápido corte vertical. Entró por la boca abierta del monstruo y descendió atravesando dedos, carne y hueso mientras la criatura se retorcía.
El cuerpo se partió casi hasta el pecho.
Las manos comenzaron a soltarse una tras otra, perdiendo fuerza, hasta que el monstruo se desplomó lentamente sobre la tierra negra del Umbral.
El silencio regresó y la niebla volvió a cerrarse sobre el lugar.
Edoz permaneció inmóvil unos segundos. Respiraba con calma mientras la sangre corría por su muslo y su brazo humano. Observó el cadáver, y luego miró el dibujo grabado en la roca. Edoz lo contempló un instante y esbozó una ligera sonrisa.
—Si lo sé, no lo dibujo —dijo apretando los dientes—. Este bestiario va a ser interesante.
Limpió la hoja de plata contra la túnica negra del Velario y volvió a caminar hacia la niebla.
Cojeaba ligeramente, pero aun así, sonreía.
Permaneció unos instantes inmóvil tras la caída del monstruo.
La niebla volvió a cerrarse lentamente alrededor del cadáver y el silencio del Tercer Umbral regresó como si nada hubiera ocurrido.
Apoyó un momento la espada en el suelo mientras respiraba despacio.
El dolor era demasiado real para ser un simple sueño.
Miró la herida del muslo. La carne estaba abierta y la sangre seguía brotando con cada latido.
—Si esto es un sueño —murmuró con una mueca— es jodidamente real.
Se inclinó ligeramente para observar ha herida cuando, de pronto, sintió algo extraño. Un calor suave. Primero en el muslo y luego en el brazo.
Frunció el ceño extrañado.
La sangre dejó de correr poco a poco y la piel comenzó a cerrarse lentamente. La herida parecía estar siendo cosida por manos invisibles. No desapareció del todo, pero el corte se redujo hasta quedar en una cicatriz fresca y húmeda con un tono rosáceo.
Edoz se quedó quieto unos segundos, observando su propia pierna con expresión curiosa.
Flexionó la rodilla. El dolor seguía allí, pero era menor.
Luego miró su brazo humano. Las laceraciones donde las uñas del monstruo habían rasgado la carne estaban cerrándose también, dejando líneas rojizas que ya no sangraban.
—Conveniente —murmuró y alzó una ceja.
Sacudió un poco la mano para comprobar el movimiento y luego volvió a tomar la espada.
—Supongo que así funcionan las cosas aquí.
Miró la niebla, pensativo.
Si esto era un sueño, todo tenía una extraña lógica, salvo por el hecho de que dolía demasiado.
En el mundo real, el capullo negro volvió a estremecerse.
El curandero que lo vigilaba llevaba un rato observándolo desde un taburete. Tenía las manos manchadas de ungüentos y sangre seca de otros heridos del campamento de los Sin Dios.
Cuando el cuerpo de Edoz se convulsionó de nuevo dentro de la membrana oscura, el hombre frunció el ceño.
—Otra vez…
La superficie del capullo se tensó mientras algo dentro parecía luchar por su vida.
El curandero se levantó despacio y apoyó la mano sobre aquella mucosa negra. Estaba caliente.
—Esto no me gusta nada.
Con un cuchillo pequeño cortó la superficie del capullo. La membrana se abrió con un chasquido húmedo, separándose como lo haría la carne viva.
Dentro estaba Edoz, inmóvil y cubierto por una película oscura que se retiraba lentamente de su piel.
El curandero apartó los restos de mucosa y examinó el cuerpo. Entonces vio mejor la herida del muslo.
—Parece reciente —murmuró.
El corte era profundo, parecía un zarpazo. La sangre se había acumulado en la piel del capullo.
—¿Cómo demonios…?
Sacudió la cabeza y fue a buscar aguja e hilo. No tenía tiempo para hacerse preguntas.
Trabajó rápido. Limpió la herida con alcohol fuerte mientras Edoz se estremecía ligeramente, aunque seguía inconsciente. Después comenzó a coser la carne con puntadas firmes, cerrando el corte del muslo.
—Resiste, maldito desagradecido.
Cuando terminó, aplicó un ungüento espeso de color rosáceo sobre la sutura. Luego tomó la mano humana de Edoz.
Las laceraciones cruzaban la piel desde la muñeca hasta los dedos.
—Esto parece hecho por un animal.
Volvió a trabajar con cuidado, limpiando las heridas y vendándolas con tiras de tela empapadas en resina medicinal.
Finalmente, retrocedió un paso para observar su trabajo.
El cuerpo de Edoz estaba quieto. Tenía la respiración lenta.
El curandero suspiró.
—Esto debería bastar.
Entonces ocurrió. La membrana negra comenzó a moverse sola.
El curandero dio un paso atrás cuando la mucosa del capullo empezó a deslizarse sobre el cuerpo de Edoz como si estuviera viva. Las paredes del capullo se cerraron lentamente sobre él, sellando la abertura que el curandero había hecho.
En pocos segundos volvió a ser una masa negra, intacta, como si nunca hubiera sido abierta.
El curandero tragó saliva.
—Sairah no me va a creer.
Dentro del capullo, el cuerpo de Edoz volvió a quedarse completamente inmóvil. Mientras, en el Tercer Umbral, volvía a caminar otra vez entre la niebla.