5 Dibujos de Pesadilla
En el Tercer Umbral no hacía viento, pero aun así, la niebla se movía, deslizándose entre los restos de las armas clavadas en la tierra negra, mientras el lugar parecía respirar lentamente.
Edoz avanzaba con paso firme entre ruinas y árboles sin hojas, mientras sus botas de piel brillaban bajo una luz extraña que no provenía de ningún cielo visible.
Sobre sus hombros caía el manto oscuro del Velario y en su mano humana descansaba la espada de plata, cuyo filo devolvía destellos fríos cada vez que atravesaba un banco de niebla.
Se detuvo frente a un tronco muerto que sobresalía del suelo.
No era exactamente un árbol, o al menos, ya no lo era. La madera estaba abierta en espiral, retorcida. Parecía haber crecido mientras algo dentro de ella gritaba. Edoz observó la forma unos instantes y apoyó la punta de la espada en el suelo.
—Un lugar encantador —murmuró con ironía.
El silencio del Umbral fue la única respuesta.
Reanudó la marcha y, poco a poco, comenzaron a aparecer fragmentos flotando entre la niebla: trozos de cristal suspendidos en el aire, algunos girando lentamente sobre sí mismos, otros inmóviles como si hubieran quedado atrapados en el tiempo.
Edoz se acercó al primero.
Cuando su reflejo tocó la superficie, el cristal se oscureció y mostró una escena. Un hombre arrodillado en un patio de piedra. Tras él, un verdugo levantaba un hacha pesada. El filo descendió con un golpe seco y la cabeza rodó por el suelo.
El cristal se agrietó con un sonido fino y la imagen desapareció.
Edoz no pareció impresionado. Alargó la mano hacia otro fragmento.
Esta vez vio a una mujer en un río rojo que corría con violencia. Sus brazos se extendían desesperados mientras intentaba sujetar a un niño que el agua arrastraba corriente abajo.
—Recuerdos… Pero ¿de quién? —murmuró, apartando la mano.
El cristal volvió a quedar suspendido en silencio.
Edoz siguió caminando entre la niebla hasta encontrar, medio enterrado en el suelo, un trozo de hueso largo y plano. Lo recogió con calma y probó a rasparlo contra una roca cercana. La superficie se quedó marcada dejando una marca blanca.
—Perfecto.
Se acercó entonces a una pared de piedra ennegrecida que emergía del suelo como las ruinas de una antigua muralla. Se arrodilló frente a ella y comenzó a raspar la superficie con el hueso.
Primero trazó una línea, luego otra y poco a poco el dibujo empezó a tomar forma: la túnica oscura, la capucha profunda, los ojos vacíos escondidos en la sombra.
El Velario apareció dibujado en la roca.
Edoz inclinó ligeramente la cabeza mientras observaba su propio trabajo.
—No eras un mal guardián.
Dibujó algunos detalles más: la espada, los guanteletes, los pliegues de la tela. Finalmente, plasmó con precisión el punto exacto donde había abierto su garganta.
Se levantó con tranquilidad, sacudiendo el polvo del hueso. Fue entonces cuando escuchó algo. Era un murmullo que llegaba desde la niebla.
Edoz giró la cabeza, acariciando levemente la empuñadura de la espada.
—¡Sal! —exclamó Edoz.
El murmullo se transformó lentamente en una voz.
—No deberías dibujar eso —dijo.
Una figura apareció entre los restos de las armas clavadas en la tierra. Era un hombre delgado, de piel gris y ojos hundidos, que caminaba con pasos torpes, perecía llevar demasiado tiempo vagando por aquel lugar.
Edoz lo observó con calma.
—¿Eres otro guardián?
El hombre, dubitativo, negó con la cabeza.
—No… Yo solo estoy aquí.
Se detuvo a varios pasos de distancia y miró el dibujo grabado en la roca.
—Ese vigila este lugar.
—Vigilaba —corrigió Edoz con tranquilidad.
—¡No puedes matarlos! —exclamó el hombre frunciendo el ceño.
Edoz limpió la punta del hueso contra su bota.
—Díselo a uno de ellos, al mismo que me quiso matar. Ya no vigila nada.
El desconocido retrocedió un paso, inquieto.
—Entonces vendrán más.
Edoz caminó hacia otra parte de la pared.
—Eso espero, si no, esto sería muy aburrido —contestó rozando el pomo de su espada.
Edoz volvió a raspar la piedra con el hueso, emitiendo un sonido áspero. No le importó que el extraño le observara.
Esta vez el dibujo fue distinto.
Una figura alargada comenzó a aparecer bajo el trazo de sus dedos. Tenía las mandíbulas abiertas y un cuerpo cubierto de manos superpuestas que parecían surgir de la carne.
El hombre gris lo observaba con creciente inquietud.
—¿Eso existe?
Edoz señaló hacia la niebla sin dejar de dibujar.
—En el momento que yo lo dibujo, existe.
El murmullo regresó, y era más profundo esta vez.
Algo se movía entre las espadas rotas clavadas en la tierra.
La niebla se abrió lentamente y una criatura emergió arrastrando el cuerpo de algo que había sido humano. Su piel parecía formada por manos humanas superpuestas; decenas de dedos se retorcían sobre su espalda y su pecho como un enjambre vivo.
El hombre gris cayó de rodillas.
—No… no puede ser…
Edoz había terminado el último trazo del dibujo y, con calma, observó al ser que acababa de aparecer. La criatura levantó la cabeza. Durante un instante, Edoz comparó al monstruo real con la figura grabada en la roca.
—Son casi idénticos.
Dejó caer el hueso al suelo.
Su mano humana se cerró con fuerza alrededor de la espada de plata mientras avanzaba hacia la criatura.
—Pero no te he dibujado ojos…
El monstruo chilló.
Edoz levantó la hoja y el brillo del metal atravesó la niebla mientras el grito de la criatura se mezclaba con el sonido seco del acero.
El hombre gris retrocedió asustado dando traspiés mientras la criatura avanzaba un paso hacia él.
Las manos que formaban su piel se retorcían unas sobre otras como si intentaran escapar del cuerpo al que estaban pegadas; unos dedos huesudos se abrían y cerraban, arañando el aire, palpando la niebla, buscando carne.
El hombre gris se giró de pronto y echó a correr. Sus pies golpeaban el suelo embarrado del Umbral mientras jadeaba, con la respiración rota.
—¡No! ¡No! ¡No!
La criatura no corrió, se deslizó.
Su cuerpo se movió con una velocidad antinatural, impulsado por decenas de manos que se clavaban en el suelo como las patas de un insecto, avanzando con un movimiento húmedo y rápido. En apenas dos zancadas humanas lo alcanzó.
Una de aquellas manos se alargó desde su pecho y atrapó la pierna del hombre gris.
El hueso crujió, el hombre cayó de bruces y comenzó a arrastrarse desesperado mientras sus propios dedos rasgaban la tierra negra del Umbral intentando avanzar.
—¡Ayuda!
Otra mano emergió del lomo del monstruo. Luego otra y luego diez.
Todas se cerraron sobre su cuerpo. Lo sujetaron desde distintos ángulos y lo elevaron del suelo con una facilidad pasmosa. El grito se convirtió en un alarido desgarrador cuando las mandíbulas de la criatura comenzaron a abrirse.
No eran mandíbulas normales. Estaban formadas por dedos entrelazados que se separaron como pétalos de carne, revelando una garganta oscura que se agitaba lentamente.
El hombre gris pataleó. Sus uñas se clavaron en aquellas manos, pero no sirvió de nada.
La criatura lo acercó lentamente a su boca mientras él gritaba una última vez.
—¡Nooooo!
El crujido fue húmedo.
Las mandíbulas se cerraron sobre su torso y la mitad superior del hombre desapareció dentro de aquella boca imposible, mientras sus piernas seguían moviéndose convulsivamente en el aire. El monstruo mordió de nuevo y la sangre comenzó a derramarse entre las manos que formaban su pecho.
Las piernas cayeron al suelo y se hizo el silencio.
Edoz observaba la escena sin intervenir. Inclinó ligeramente la cabeza mientras evaluaba a la criatura con calma.
—No tengo claro si te he creado yo al dibujarte o si este lugar me ha inducido y te he dibujado antes de verte, pero una cosa es segura: tienes muy malos modales.
El monstruo levantó la cabeza y las manos de su cuerpo se giraron hacia él. Decenas de dedos lo señalaron al mismo tiempo antes de lanzar un chillido agudo que vibró en el aire muerto del Umbral.
Pero Edoz ya se había movido.
La criatura se abalanzó hacia delante con un enorme salto. Edoz rodó hacia un lado justo a tiempo y el cuerpo del monstruo se estrelló contra la piedra donde estaba grabado el dibujo, destrozando parte de la roca.
Edoz giró sobre una rodilla y atacó.
La espada de plata descendió en diagonal y la hoja atravesó varias de las manos que formaban el costado de la criatura. Un líquido oscuro brotó de las heridas, era espeso como la brea y olía a rayos.
El monstruo respondió al instante.
Cinco manos surgieron de su espalda como látigos. Una golpeó la espada, desviando el filo, mientras otra se cerraba sobre el hombro de Edoz y lo lanzaba hacia atrás con una fuerza descomunal.
Edoz rodó por el suelo, levantando barro y ceniza, pero se puso en pie de inmediato.
—Te huele la sangre a podrido, pero no se puede negar que eres fuerte —murmuró.
La criatura volvió a atacar, esta vez sin saltar. Las manos se alargaron desde su cuerpo como lanzas vivas que atravesaban la niebla.
Edoz desvió la primera con la espada, la segunda rozó su costado y la tercera se cerró sobre su antebrazo humano. Las uñas atravesaron la tela del manto del Velario y rasgaron la carne, haciendo que la sangre brotara al instante.
Edoz gruñó y su brazo demonio reaccionó.
Las garras negras se cerraron sobre la mano que lo sujetaba y apretaron con fuerza. Los dedos del monstruo crujieron bajo la presión, antes de que Edoz arrancara el miembro de un tirón y lo arrojara al suelo.
La criatura chilló de nuevo y se abalanzó sobre él con todo su peso demasiado rápido.
Edoz levantó la espada para bloquearlo y las mandíbulas de dedos chocaron contra la hoja de plata con un impacto brutal que lo empujó varios pasos hacia atrás. En medio del forcejeo, una de las manos logró atravesar la defensa y sus uñas se hundieron en el muslo de Edoz.
El dolor le estalló en la pierna y le dobló el pulso.
La criatura tiró de él, directa hacia la boca abierta.
Edoz clavó la bota en el suelo, tensó el cuerpo y alzó la mirada con una sonrisa rota.
—Has cometido un error —escupió entre dientes—. No los dibujé, pero siguen aquí.