4 A la mujer que me dio por muerto
Lo primero que te preguntarás es cómo diablos sigo vivo si viste cómo decenas de aves me devoraban en aquella isla del infierno.
Escribo con una lámpara colgada sobre la mesa.
La luz oscila con cada golpe de mar y deja sombras que se alargan sobre la madera.
El casco cruje. A veces, cuando el barco se ladea, el agua golpea la amura y sube un rumor que no pertenece al viento.
Las voces no callan; aquí, en el mar de las Voces, no.
He esperado mucho tiempo para empezar esta carta. No por falta de palabras o de tiempo, sino porque cada vez que pensaba en aquella isla, la tinta se me secaba en la pluma.
Fueron un puñado de días, con sus respectivas noches, pero lo recuerdo como si hubieran sido años.
Recuerdo la arena negra pegada en mi cara.
La sentía entre los dientes, salada, cuando intenté gritar.
Cadenas invisibles me tiraban de los hombros y de la cadera.
El pergamino apretado en mi mano y contra el pecho, latía con pulso propio.
Cada latido del papel abría algo en mí. Se me tensaba la piel y los huesos me chirriaban.
No sabía dónde acababa mi carne y dónde empezaba la maldición.
Aquellas aves desgarbadas bajaron en oleadas.
Sus alas cortaban el aire con un silbido agudo.
Picoteaban con furia. Noté los picos abrirme la espalda y arrancarme trozos de piel.
El olor de la sal se mezcló con el de mi sangre.
Las plumas se me quedaron pegadas al cuerpo.
Intenté morder a una. Alcancé a romperle el ala, pero otra me arrancó un trozo de la mejilla.
Entonces te vi.
El bote se alejaba de la orilla. Remabas sin mirar atrás al principio.
Luego giraste la cabeza. Aún veo tus ojos desde aquí.
No sé si gritaste mi nombre. Si lo hiciste, el viento se lo llevó.
Yo quise decirte que no te culparía por marcharte.
Abrí la boca y salió un chillido que no era mío.
No sentía dolor, y ahí supe que el pergamino ya había tomado mi cuerpo.
Aun así, te disculpo, yo habría hecho lo mismo. Nadie se queda cuando la isla es el camino directo a la muerte.
Las aves me cubrieron por completo. El mundo se volvió un peso. Primero en el pecho, luego en los brazos y después en la cabeza. Las cadenas invisibles también dejaron de doler y el pergamino dejó de latir. Todo cayó en un silencio espeso, sin aire, sin luz…
Pensé que eso era la muerte.
No hubo nada durante un tiempo que no sabría medir. Ni frío, ni calor, ni hambre, ni sed, solo un fondo oscuro en el que mi nombre se borró.
Luego llegó el murmullo.
Al principio fue una vibración en los dientes.
Después, palabras. No eran nuestras palabras, las que conocemos.
Eran vocablos antiguos, sílabas ásperas, llenas de agua.
Las entendí sin haberlas oído antes. Dijeron mi nombre, pero de otra forma.
Dijeron que yo sería algo diferente. Dijeron a quién debía escuchar.
Entonces abrí los ojos.
El cielo era una losa gris sobre mí. Flotaba boca arriba. El mar me mecía con golpes cortos y a mi alrededor había restos de alas, plumas negras, espuma sucia de sangre. Tragué agua y tosí. El pecho me ardió y aun así, respiré.
Miré mis manos. No eran las mismas.
Las venas marcaban mi piel con un brillo azul verdoso cuando el agua me tocaba. Había líneas nuevas en los antebrazos, cicatrices finas que dibujaban signos que no recordaba haber visto nunca. Al pasar los dedos por ellas, sentí un pulso que no venía del corazón.
Me toqué la cara. La carne estaba cerrada donde antes había profundas heridas. Quedaban algunas marcas, trazos duros bajo la piel, pero no dolían, al menos no como antes.
Giré la cabeza y el mar respondió. No sé explicarlo mejor. No fue obediencia, fue reconocimiento. Algo en el fondo me llamó, y algo en mí contestó.
No hice nada de inmediato. Sentí una paz absoluta. No necesitaba nadar. Simplemente, flotaba sin peligro alguno. Me dejé llevar un rato, mecido por las aguas, flotaba cara al cielo.
Entonces pensé en ti.
Pensé en si habrías alcanzado otra costa.
En si tus manos, las que empujaban los remos, habrían dejado de sangrar.
En si habrías dormido o si te quedaste mirando la línea del agua hasta que amaneció.
Recordé tu última mirada y la guardé donde aún puedo encontrarla, junto al recuerdo de aquella noche en la cueva tras la cascada.
Te diré algo que no supe entonces y que no supe decir cuando aún podía decirlo sin miedo.
En aquel momento, te amé.
Te amé porque creí que sería la última vez que sentiría algo humano. Te amé en ese instante en el que el mundo se cerró y solo quedabas tú alejándote. No hubo promesas ni palabras, no hicieron falta.
Después de eso, el mar me dio un nombre que no es el mío: Thar-Morg, el Heraldo de las Voces. Me dio un lugar que no pedí.
Desde entonces, me dejó caminar sobre cubierta sin caer al agua, pero cada paso suena hueco si no escucho el rumor bajo las tablas.
Ahora estoy aquí. Es de noche. La lámpara se balancea y deja manchas de luz sobre estas líneas. A veces paro y levanto la cabeza porque creo oírte entre las voces del mar, pero no eres tú. Nunca eres tú. Pero aun así, sigo mirando al horizonte.
He sellado esta carta con cera. Tengo preparada la botella en la que la lanzaré por la borda. Cuando termine, la dejaré caer con mis palabras dentro y veré cómo la espuma la hace suya. Puede que nunca la leas. Puede que el mar se la trague antes de que llegue a ningún lugar.
Aun así, necesitaba escribirla.
Necesitaba fijar en palabras lo que fui antes de que el agua me nombrara de nuevo. Necesitaba decirte que sigo buscándote y que, a pesar del paso del tiempo, hay una parte de mí que aún te pertenece.
Si alguna vez esta botella llega a tus manos, sabrás que sigo entre dos orillas. Aunque sigan llamándome así, ya no soy Gorham, el viejo lobo de mar que cayó en aquella isla, pero tampoco soy solo lo que el mar reclama.
Y si no llega, al menos esta noche he conseguido algo que las voces no han podido quitarme.
Recordarte.