Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 3 El cambio de Edoz #2
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3 El cambio de Edoz #2

Edoz no respondió y pensó en la bruja Araña.

—Y algo más… —Los ojos verdes se estrecharon—. Algo que no pertenece ni a la vida… ni a la muerte. Tampoco eres un Eterno —el aire pareció volverse más frío—. Eso altera el equilibrio del Umbral.

Edoz inclinó ligeramente la cabeza. Su mirada se volvió fría y calculadora.

—Entonces, supongo que estoy en problemas.

El Velario apoyó lentamente la mano en el pomo de la espada de plata.

—No —respondió, e hizo una pausa—. Es un problema de fácil solución.

La niebla alrededor comenzó a agitarse y se abrió como una herida.

El Velario desenvainó.

La espada de plata salió del cinto con un silbido limpio. No hubo amenaza ni aviso. El guardián avanzó con un paso largo y preciso. La túnica negra flotaba sobre la tierra muerta.

Atacó apuntando directamente al brazo. La hoja descendió en un arco perfecto, buscando la unión del hombro demonio.

Edoz lo vio venir y su mente ya estaba un movimiento por delante. Giró el torso y la espada cortó el aire donde había estado su brazo un segundo antes. El metal pasó tan cerca que Edoz sintió el frío de la hoja rozarle las escamas negras.

El Velario no se detuvo. Su segundo movimiento llegó con celeridad.

Un giro de muñeca y la espada cambió de ángulo.

Ahora subía desde abajo, rápida como una serpiente.

Edoz retrocedió medio paso, pero lo hizo demasiado tarde.

La punta de plata rozó las escamas de su antebrazo demonio.

Un chisporroteo oscuro saltó al contacto. El Umbral tembló.

—¿Lo ves? —preguntó el guardián.

La espada volvió a alzarse.

—El mal vive en ese brazo.

Edoz sonrió de forma peligrosa.

—Lo sospechaba, pero es mío.

El guardián atacó de nuevo, pero esta vez no buscó cortar el brazo.

Clavó en dirección al pecho, un ataque directo al corazón.

Edoz giró sobre sí mismo para evitar la punta y en el mismo movimiento desenvainó una de sus dagas.

La hoja salió como un relámpago y cruzó el pecho del Velario, pero no ocurrió nada. No hubo sangre ni herida alguna. La hoja pasó a través de él como si atravesara humo.

Edoz frunció el ceño, sacó la segunda daga y atacó otra vez. Dos cortes rápidos, uno al vientre y otro al cuello. Las hojas rasgaron la silueta del Velario, pero solo se abrió la niebla. Parecía haber acuchillado a una sombra.

—Mierda… —murmuró Edoz—. Puta mierda.

El Velario avanzó un paso, henchido e intacto.

—La carne no existe aquí como en el reino de la piel.

Entonces, el ser atacó y su espada plateada descendió otra vez.

Edoz se movió lo justo para esquivarlo. Giró sobre el pie derecho y atrapó la muñeca del Velario, con la que sostenía la espada, con su nueva mano escamosa.

El impacto fue brutal. El guantelete de metal crujió bajo la fuerza del poderoso brazo demonio. El Velario reaccionó con una velocidad sobrenatural. Soltó la espada al instante, dejó que la hoja cayera entre ambos y golpeó con el codo hacia el rostro de Edoz.

Edoz inclinó la cabeza y el codo pasó rozando su sien.

En el mismo movimiento, su brazo humano atrapó la empuñadura de la espada que caía.

Todo ocurrió en un instante. El Velario lo entendió, pero fue demasiado tarde.

Edoz ya tenía su espada empuñada. La hoja de plata subió desde abajo en un corte rápido, brutal y limpio.

El metal atravesó la garganta del guardián con un sonido seco.

La cabeza se separó del cuerpo con una precisión quirúrgica y cayó en la niebla sin un solo grito.

El cuerpo permaneció un segundo de pie y luego se derrumbó.

La espada goteaba una sustancia viscosa y gris oscura que se evaporó antes de tocar el suelo.

Edoz observó el cadáver con la respiración tranquila.

—No eras un mal guardián.

Se agachó y desprendió la túnica negra del cuerpo.

La tela era pesada y fría. Se puso su cinto y luego empuñó la espada de plata y la sostuvo frente a la niebla. Se la colocó sobre los hombros con naturalidad, como si siempre hubiese sido suya.

—Creo que este filo me va a ser útil por aquí.

Miró los guanteletes metálicos y levantó el derecho con el pie. Se lo probó, movió los dedos, vio que el metal restringía el movimiento de su mano humana y lo dejó caer.

—Demasiado incómodo —aseveró.

Se volvió hacia el bosque muerto. La niebla permanecía quieta entre los árboles retorcidos y parecía respirar.

Edoz comenzó a caminar sin rumbo fijo con la espada en la mano humana. El brazo demonio se movía con naturalidad bajo la túnica negra.

Mientras, en el mundo real, la tienda de cuero permanecía en silencio y el capullo negro latía de forma lenta y pesada.

El Sin Dios al que le tocaba vigilar se frotó los ojos. Había pasado la última hora inmóvil, mirando aquella cosa.

Entonces ocurrió algo: el capullo se estremeció con un espasmo y el hombre frunció el ceño.

—¿Qué demonios…?

La superficie negra se tensó. Dentro, el cuerpo de Edoz se sacudió con una convulsión breve. Un golpe seco vibró bajo la membrana, luego otro. El Sin Dios retrocedió medio paso.

—Maldita sea…

El capullo volvió a latir, esta vez más fuerte. Las hebras negras se tensaron como venas. Dentro, los dedos de la mano sana se cerraron lentamente, como si estuvieran empuñando una espada invisible.

El Sin Dios tragó saliva. Edoz, dentro del capullo, parecía estar teniendo una pesadilla.

—No, no me gusta esta mierda —escupió el vigilante.

El capullo volvió a quedarse inmóvil. El latido regresó a su ritmo lento mientras en lo profundo de la masa negra, el cuerpo de Edoz seguía peleando por vivir.

Mientras tanto, Sairah permanecía fuera de la tienda, con la mirada fija en el bastón de mando que descansaba sobre la lona. Aún no se creía capaz de asumir el liderazgo de su familia. Repasaba en silencio el camino que había llevado a Edoz, o a lo que quedaba de él, hasta sus manos.