Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 3 El cambio de Edoz
7%

3 El cambio de Edoz

En la tienda de Sairah flotaba un aroma a cuero húmedo. Una lámpara de aceite colgaba de un poste torcido y su llama temblaba cada vez que el viento se colaba bajo la tela. Fuera se oían pasos arrastrados, voces cansadas y el crujir de los carros que se preparaban para la marcha.

En el centro de la tienda reposaba algo que ya no parecía un hombre.

La masa negra ocupaba casi toda la camilla. Era gruesa, brillante y húmeda, con unas hebras oscuras que recorrían la superficie como venas y una piel gelatinosa que se estiraba y contraía con un ritmo lento, pesado, como el latir de un corazón oculto.

Dentro de aquel capullo yacía Edoz, o lo que quedaba de él.

Su rostro aún podía verse bajo una capa translúcida. La piel de su cuerpo parecía pulida, lisa, sin rastro de las quemaduras negras en forma de palmas que antes habían marcado su pecho. Donde las manos negras de Liraela, la bruja araña, quedaron grabadas a fuego, ahora solo había carne limpia.

Demasiado limpia.

Sairah tenía un cuerpo esbelto, marcado por la batalla y cubierto de tatuajes que cruzaban su rostro. Llevaba las sienes rapadas, y mechones oscuros que caían en trenzas acabadas en abalorios. Sus ojos, uno verde claro y otro amarillo miel, no parpadeaban.

Se inclinó y apoyó la palma de la mano sobre la superficie del capullo. El contacto le devolvió un calor profundo que no provenía de Edoz, nacía desde la misma capa que lo cubría.

La envoltura tembló bajo su mano, pero Sairah no la retiró.

—Sigues aquí… —susurró.

La masa respondió con un sonido húmedo; un latido, y luego otro más fuerte.

En ese momento, la tela de la entrada se abrió con un golpe de viento y Sangre, el lobo rojo, se inclinó para entrar.

El animal llevaba el pelaje manchado de barro seco.

Miró al viejo curandero que se encontraba apartado mezclando ungüentos y continuó hacia Edoz.

El animal avanzó alrededor de la camilla con pasos lentos y olfateó la superficie negra del capullo.

El gruñido que salió de su garganta fue aterrador.

Sairah levantó la vista.

—No.

El lobo enseñó los colmillos.

—No —repitió ella sin moverse.

Sangre se apartó dos pasos, aunque no dejó de mirar la siniestra cápsula. Percibía algo antinatural y peligroso que emanaba de aquella cosa.

La masa volvió a agitarse y una ondulación lenta recorrió su superficie.

—¿Lo has visto? —preguntó la guerrera apretando la mandíbula.

El viejo curandero, rapado y cubierto de tatuajes tribales que serpenteaban por su cuero cabelludo y descendían por el cuello, estaba sentado junto a una mesa cubierta de raíces y hojas secas.

Sus ojos hundidos no buscaban a nadie. Sus manos, firmes y manchadas de sangre seca, trituraban una planta dentro de un mortero de piedra, sin prisa y sin pausa.

—Lo he visto —respondió con voz áspera sin levantar la mirada.

—Se mueve.

—Lo sé.

Sairah retiró la mano de la cápsula mientras la oscura superficie reflejaba la luz de la lámpara.

—Me aseguraste que moriría.

El mortero se detuvo. El anciano levantó los ojos y observó la forma que ocupaba la camilla.

—Me equivoqué, no está muerto aún. Algo lo retiene con vida.

Un grito llegó desde fuera.

—¡Sairah!

La tela se abrió de golpe y un joven Sin Dios irrumpió en el interior. Respiraba con dificultad y el frío de la noche salía en forma de vaho de su boca.

—Han preguntado por él.

Sairah no se movió.

—¿Quién?

—Soldados de la Guardia del Éxodo.

El muchacho miró el capullo y tragó saliva.

—Dicen que lo vieron caer en la batalla del bosque.

El latido húmedo volvió a llenar la tienda.

Sairah caminó hasta la entrada y apartó la tela lo justo para mirar fuera. El campamento dormía, había antorchas clavadas en el barro, carros cargados de suministros y sombras que pasaban entre las tiendas.

—¿Qué quieren?

—Saber si sigue vivo.

Sairah dejó caer la tela.

Detrás de ella, el capullo se estremeció con más fuerza y la superficie se abombó desde dentro.

Sangre se puso alerta y gruñó otra vez.

—Por los dioses… —dijo el joven, asustado. Retrocedió un paso y se echó la mano al cuchillo que tenía en el cinto.

—Aquí no hay dioses —le cortó Sairah—, y menos entre nosotros.

La masa negra se tensó.

Un crujido húmedo salió del interior y la membrana se abrió un poco. Fue solo un instante antes de volver a cerrarse por completo, pero algo oscuro asomó bajo la piel translúcida.

No era piel humana.

Sairah dio un paso hacia la camilla y el viejo se levantó despacio.

—No lo toques.

—Está cambiando.

—Ya lo veo.

El curandero observó el bulto que crecía donde antes estuvo el brazo izquierdo. La membrana vibró y debajo apareció una forma larga, segmentada, cubierta de escamas oscuras.

Sangre retrocedió hasta la entrada de la tienda sin apartar los ojos del capullo.

—Si preguntan otra vez… —empezó Sairah sin girarse. El joven aguardó la orden—. Diles que Edoz murió en el Bosque Sagrado.

El latido sonó más fuerte.

—De acuerdo.

El muchacho salió de la tienda y el anciano siguió mirando la masa negra.

—No tardarán en querer ver el cuerpo.

Sairah apoyó ambas manos sobre el capullo y el calor atravesó la piel gelatinosa. Desde dentro, algo respondió con un golpe seco, luego otro, y la superficie vibró bajo sus dedos.

Sairah inclinó la cabeza.

—Entonces, tendremos que ocultárselo.

El anciano frunció el ceño.

—¿Ocultar… eso?

Sairah observó el rostro dormido bajo la membrana.

El antiguo verdugo de la Torre Roja aún parecía un príncipe caído de piel perfecta, cabello oscuro y rostro tranquilo; la muerte parecía haberlo tocado. Pero el latido seguía allí.

—Si lo encuentran —murmuró Sairah— lo quemarán.

El capullo se tensó otra vez. Un chasquido seco resonó desde dentro y algo empujó la membrana.

Una garra negra, cubierta de escamas, marcó la superficie.

Sairah retiró la mano.

El capullo quedó inmóvil y el latido regresó a su ritmo lento.

—Eso ya no es Edoz —dijo el anciano en voz baja.

Sairah le miró a los ojos.

—No lo sabes.

En ese momento, un cuerno de vigilancia sonó en el campamento. Un aviso corto y luego otro. Sangre erizó el lomo mientras Sairah caminó hasta la entrada y apartó la tela.

—No le quites ojo. Y si no eres tú, que haya siempre alguien vigilándolo —le recordó ella al curandero, que hizo un gesto de aprobación, y salió de la tienda.

La masa negra respondió con un latido más fuerte que los anteriores; algo dentro parecía haberlo escuchado.

La oscuridad se aclaró sin previo aviso. No hubo caída ni despertar, solo abrió los ojos.

Edoz estaba de pie. Ante él se extendía una llanura cubierta por una niebla gris, espesa como la ceniza húmeda.

Entre las brumas emergían restos de árboles torcidos y fragmentos de ruinas antiguas.

Espadas rotas sobresalían de la tierra ennegrecida.

Había cascos partidos y escudos carcomidos esparcidos por todos lados. Era un campo de batalla olvidado.

El aire no tenía viento y el silencio se hacía eterno.

Edoz avanzó un paso. El suelo no crujió, ni tampoco dejó huella.

—¿Estoy muerto? —preguntó y frunció el ceño; sin embargo, su voz no resonó. El sonido pareció disolverse antes de viajar por el aire enrarecido.

Bajó la mirada. Su pecho estaba desnudo bajo la camisa abierta y las cicatrices no estaban.

Los surcos negros que la bruja Liraela, la Eterna, había dejado en su carne habían desaparecido.

No tenía ninguna marca, ningún rastro del veneno antiguo que una vez lo había consumido dentro de un capullo de oscuridad.

Su respiración se volvió lenta.

—No…

Movió el hombro izquierdo y el brazo que le habían amputado en batalla respondió.

Edoz, atónito, lo levantó lentamente. El miembro era largo, negro, cubierto de escamas opacas.

Los músculos se tensaban bajo la piel como los de un reptil.

Las garras emergieron de las puntas de los dedos con un leve chasquido orgánico y luego se retrajeron de nuevo.

Tenía más fuerza que antes, lo sentía al apretar el puño.

El aire pareció vibrar un instante.

—Interesante.

La voz no era suya. Edoz giró la cabeza y descubrió una figura. No caminaba, tampoco había llegado. Simplemente, estaba a su lado.

Era una silueta alta envuelta en una túnica negra que se confundía con la niebla.

Tenía una capucha que le ocultaba el rostro, salvo por dos ojos verdes que brillaban en la oscuridad como brasas frías.

Sus manos estaban cubiertas por guanteletes de metal oscuro y llevaba una espada de plata colgada del cinto.

La hoja reflejaba una luz que no existía.

Edoz no retrocedió. Lo observó como quien estudia un tablero de juego.

—Si vienes a matarme —dijo— deberías haberlo hecho antes de anunciarte.

Los ojos verdes luminosos lo analizaron en silencio.

—No estás vivo —respondió la figura con una voz metálica, e hizo una pausa—, pero tampoco has muerto.

Edoz inclinó ligeramente la cabeza.

—Siempre sospeché que acabaría en un lugar así.

La figura dio un paso, pero la niebla no se movió a su alrededor.

—Este lugar no es un destino.

—¿Es un sueño?

—No.

—Entonces, es una trampa.

—Tampoco.

Se hizo el silencio.

—Estás en el Entre.

La palabra quedó suspendida en el aire.

Edoz miró a su alrededor. El bosque muerto, las armas oxidadas, la tierra que parecía recordar demasiadas guerras.

—¿El Tercer Umbral? —preguntó Edoz, dubitativo.

Los ojos verdes del ser brillaron con mayor intensidad.

—Pocos lo reconocen.

Edoz se encogió de hombros.

—He tenido peores despertares. Por no mencionar que últimamente es un lugar con cierta fama en mi mundo.

La figura inclinó levemente la cabeza.

—Soy un Velario. —Su mano descansó cerca de la espada de plata—. Vigilamos este lugar.

—¿Sois guardias de un cementerio?

—Somos guardianes de una herida.

Edoz sonrió levemente.

—Suena peor.

El Velario dio otro paso y la distancia entre ambos se redujo.

Los ojos verdes descendieron hacia el brazo oscuro de Edoz, y permanecieron allí mucho tiempo, demasiado.

—Eso no debería existir aquí —dijo con la mirada clavada en el monstruoso brazo.

Edoz flexionó los dedos y las garras asomaron de nuevo.

—He escuchado esa frase demasiadas veces. Pero refiriéndose a mí, no a mi brazo.

El Velario lo observó con atención antinatural.

—Llevas en tu interior parte de la esencia de una Eterna.