Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 26 La diosa del comercio #2
51%

26 La diosa del comercio #2

Sus ojos clavados en Edoz, que sintió el tirón otra vez.

El mundo regresó.

El extraño templo no había cambiado, pero el aire en él sí. Ahora pesaba más. Edoz no apartó la mirada de Senith. De rostro severo pero sereno, ahora llevaba una corona formada por monedas fusionadas, cada una con relieves de distintas tierras conocidas.

El brazo negro se agitó. Las garras se abrieron y se cerraron con un chasquido seco.

La voz regresó a su cabeza. Tenía un tono bajo y cercano. Edoz apretó los dientes.

—Hazlo… ¿quieres acabar conmigo? —gritó furioso.

El eco no se extendió y se quedó atrapado entre las columnas invertidas.

Senith esbozó una leve sonrisa.

—No estás aquí para eso.

Se acercó y apoyó los dedos sobre el pecho de Edoz, tranquilizándolo con su acercamiento. Recorrió el lugar donde tuvo las cicatrices de las manos de Liraela, la bruja Eterna, venerada por los Zíngaros Dorados. El contacto de la diosa le calentaba la piel, pero llegó a un lugar mucho más profundo.

Edoz no se movió.

—¿Vas a poder quitarme esto? —preguntó sin bajar la voz mirando a su brazo demonio—. Digo en el mundo real… o en el de los hombres, o como le quieras llamar.

Senith alzó la vista hacia él.

—No puedes —aseguró ella.

El brazo volvió a cerrarse con un tirón. Edoz tensó el cuello.

—Está vivo —añadió ella—. Lo has alimentado de tanto odio que no querrá irse jamás.

Edoz frunció el ceño.

—¡Yo no lo elegí! —exclamó malhumorado.

Senith inclinó la cabeza.

—El fuego maldito de Liraela dejó marcada tu alma. El orbe con el que forjaste tu daga te eligió a ti y no al revés, como crees.

Edoz bajó la mirada recordando.

—Ansia…

—No es una daga —apuntó ella—. Es una puerta. Hay más. Otros fragmentos. Otros orbes. Siguen en Mundo Antiguo. Esperan manos como las tuyas, ávidas de poder.

Edoz pensó en Oscuria, la espada de Shuraz.

El brazo negro se tensó. Una garra rozó el aire frente a su rostro. La apartó con la mano humana, con cierta dificultad.

—¿De verdad voy a tener esto en mi mundo? —preguntó desesperado.

Ella asintió con firmeza.

—Quiero que me lo quites —ordenó.

Senith negó lentamente. Le divertía la arrogancia del humano.

—No sin matarte —sentenció.

Edoz la miró pensativo.

—De acuerdo. Entonces, hazlo callar. No quiero volver a oír esas voces en mi cabeza, ¡vengan de donde vengan!

Ella lo observó durante un instante.

—Eso puedo hacerlo.

Dio un paso más cerca de él.

—Puedo callar las voces… para siempre, Edoz —susurró de forma sensual en su oído.

Edoz sintió un escalofrío, pero no se movió. Tomó aire.

—Vale. ¿Qué quieres a cambio?

Senith alzó la mano y la apoyó de nuevo sobre su pecho, manteniendo el contacto un instante más de lo necesario.

—Sentir.

Edoz entrecerró los ojos, sin apartarse.

—Eso no es un precio.

—Lo es para mí.

El mundo del Tercer Umbral tembló. El recuerdo entró de sopetón en su mente.

Fuego en una torre roja alzándose entre humo. Gritos y sangre en sus manos. Dos nombres: Mushan y Zarhel. Uno murió a su pesar y el otro por su culpa. De golpe volvió el silencio.

Edoz abrió los ojos con un jadeo y el aire le llegó de repente a los pulmones.

Senith seguía frente a él. A pesar de su distancia, Edoz sentía su presencia cada vez más cerca.

—Todo eso que me haces recordar… —susurró Edoz sin apartar los ojos de los suyos—. Eso es sentir, ¿no? ¿No basta con eso?

La diosa acercó el rostro a su oído.

—No.

La palabra apenas rozó el aire.

Edoz soltó una risita.

—Entonces, explícame algo. —La miró de arriba abajo—. ¿Por qué preguntas? Podrías tomar lo que quieres sin pedir permiso, y aun así sigues esperando a que acepte.

Los ojos de Senith permanecieron fijos en él. No había ira en ellos. Tampoco ternura. Solo aquella calma antigua que lo incomodaba más que cualquier amenaza.

—Porque los dioses podemos doblegar la carne —susurró ella—, pero no aquello que un hombre entrega por voluntad propia.

Edoz la miró unos segundos.

—Eso suena demasiado humano para una diosa.

Senith alzó una mano y le apartó un mechón oscuro de la frente, observándolo con una atención casi incómoda, igual que quien estudia algo raro antes de decidir qué hacer con ello.

—Y tú haces demasiadas preguntas para alguien que ya ha cruzado tantos límites.

Luego se inclinó hacia él y lo besó.

El mundo se dobló sobre sí mismo.

El calor ascendió desde el pecho de Edoz y el pulso le golpeó las sienes. El aliento de ambos se mezcló y, en su cabeza, cada recuerdo que Senith había tocado despertó con una fuerza que ya no pertenecía solo a él.

Edoz no se apartó.

Durante un instante, el templo desapareció.

Solo quedaron ellos dos.

La piel desnuda de la diosa rozó la suya y el cuerpo de Edoz se tensó bajo aquel calor imposible.

Respiraban al mismo ritmo, tan cerca que cada latido parecía pasar de uno al otro.

Las manos de Senith recorrieron despacio las cicatrices de su pecho, las viejas cicatrices de cuchillos, quemaduras y aventuras olvidadas, mientras Edoz le devolvía el contacto con una cautela extraña en él, casi temerosa.

No había prisa.

Los labios volvieron a encontrarse y el aire se quebró alrededor de ambos.

Cada beso arrastraba recuerdos, nombres y fragmentos de vidas que Edoz había intentado enterrar durante años.

Él sintió cómo la diosa los arrancaba de su interior uno a uno, sin violencia, igual que alguien aparta tierra húmeda para descubrir algo escondido debajo.

El calor de Senith no se parecía al de ningún cuerpo humano. Vibraba bajo la piel de forma antigua, profunda, y Edoz lo absorbió con vértigo.

Para ella también era distinto.

Hacía siglos que ningún mortal la tocaba sin miedo.

El templo giró sobre sí mismo. Las cadenas suspendidas sobre el vacío comenzaron a vibrar y la balanza de piedra descendió poco a poco hacia uno de sus lados. De las grietas brotó luz líquida, roja y dorada, igual que fuego derramado.

Entonces los recuerdos manaron desde Edoz.

Cada herida. Cada muerte. Cada nombre. Y Senith los tomó entre sus manos.