Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 2 Amanecer entre cenizas #2
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2 Amanecer entre cenizas #2

—Todos muertos —susurró uno de los sanadores—. Debió de ser él —y señaló el cuerpo menguado de Gogor tirado en el suelo. El Hechicero Negro arreshim parecía una cáscara de lo que fue.

Shuraz apretó los puños.

—Caídos en combate, murieron por él.

A su espalda, una sombra se movió. Sairah apareció entre los restos.

Caminaba erguida entre cenizas con la mitad de su vara rota en la mano derecha como testigo del cruento combate.

Sus tatuajes relucían entre la suciedad, y su cabello oscuro caía desordenado con las trenzas enredadas.

Sangraba de la cabeza y se tambaleaba enfocando la mirada con dificultad.

A sus pies, Sangre, su lobo rojo de ojos celeste, observaba imperturbable.

Al llegar junto a Shuraz, el animal gruñó, mostrando los colmillos.

—Apártate de él —dijo ella. Un ojo verde y otro amarillo miraban al guerrero con intensidad—. No deberías acercarte.

Shuraz la miró sin apartarse.

—¿Qué le ocurre?

—Parece que esto lo mantiene estable. —Sairah examinó el capullo.

—Por todos los dioses —dijo Shuraz mientras observaba con detenimiento cómo aquello negro recubría a Edoz.

—Los dioses no tienen que ver con esto. Eso no es obra de Bel-Hur ni de Kudram —contestó ella—. Parece brujería o algún tipo de maldición.

Shuraz recordó cómo Liraela, la bruja araña del Tabernáculo de las Estrellas Olvidadas lo había envuelto con un capullo semejante y que, justo antes, Edoz estuvo a punto de morir por el contacto venenoso de sus manos sobre su pecho, donde le había dejado unas feas cicatrices de sus zarpas.

Pero el comandante no le dijo nada a la mujer.

La tensión entre ambos era evidente, cómo también lo era el desprecio que ella tenía hacia él.

El capullo emitió un sonido, un suspiro profundo; parecía respirar. Shuraz dio un paso atrás.

—¿Lo mantiene estable? ¡Se lo está comiendo!

Sairah lo observó con una mueca.

—¿No lo entiendes? De no ser por eso, estaría muerto.

—¿Tú cómo sabes todo esto? —preguntó Shuraz a la guerrera.

—Los Sin Dios no seguimos a dioses, pero eso no quiere decir que no sepamos nada —escupió ella.

—No me has respondido —insistió Shuraz.

Ella lo ignoró y él empezó a perder la paciencia.

Sangre comenzó a olfatear el aire. Los pelos del lomo se le erizaron.

—Atrás —ordenó ella y el animal se apartó con un gruñido.

Uno de los soldados vomitó al ver lo que quedaba de Edoz y otro se santiguó con el signo de Bel-Hur, una gran B en el aire empezando por su frente.

Shuraz no apartó la vista.

—Si despierta, puede que ya no sea él.

—Seguirá siendo Edoz —susurró Sairah.

El comandante se agachó y posó una mano sobre la tierra cercana al capullo negro y la sintió cálida.

—Creo que Edoz ya no está con nosotros. Enterradlo si muere.

Sairah lo miró sin parpadear.

—No enterraré lo que aún no ha nacido.

Shuraz se levantó, negó con la cabeza y se fue, llevándose con él a los soldados que se arremolinaban cerca del lugar.

El capullo palpitó con más fuerza. El cuerpo de Edoz estaba desapareciendo en la masa negra que ya casi lo cubría por completo.

El amanecer lo bañó en tonos rojos y dorados. Tras él, se encontraban las llamas de los carros que aún ardían tras la batalla.

Y bajo aquella luz incierta, la envoltura negruzca y viscosa lo recubrió mientras seguía palpitando.

A la mañana siguiente, el humo aún se alzaba del campo de batalla en el interior del bosque cuando Sairah extendió un manto sobre el cuerpo de Edoz. La piel del asesino parecía de mármol oscuro, inmóvil, y sus venas ardían bajo la superficie. Nadie se atrevió a acercarse, solo ella.

—No respira —murmuró uno de los curanderos.

Sairah no lo miró.

—Sí lo hace. Solo que no igual que nosotros.

Ató los extremos del manto con un nudo ritual mientras Sangre observaba en silencio y se tumbó. El capullo se había secado durante la noche.

A unos pasos, los Sin Dios aguardaban. La mitad de ellos estaban heridos; la otra mitad estaban ocupados incinerando a los suyos. Todos iban rapados, y muy pocos de sus numerosos tatuajes se veían bien por el barro y la sangre tras la lucha.

—Tu padre ha muerto —le dijo uno de los ancianos a la guerrera.

—Lo sé —contestó ella, inmóvil.

—Entonces, ya no tenemos líder —añadió el viejo.

Sairah deslizó los dos fragmentos de la vara rota en su cinturón y caminó hacia el cuerpo de su padre, que reposaba sobre una pira improvisada, cubierto por un paño negro.

Su torso se había separado en el combate; los huesos astillados de sus costillas asomaban entre la carne, pero ella no apartó la mirada.

Dejó sobre él los dos pedazos de la vara con la que había vencido tantas veces. Toda su superficie estaba tallada como marcaban las viejas tradiciones.

—Ya no te debo obediencia —susurró—. Tú mismo te lo has buscado.

Encendió la antorcha y la arrojó a la pira.

El fuego tomó el cuerpo de inmediato. Las llamas se alzaron con un rugido fulminante y el humo se elevó hacia el amanecer, lento y pesado.

Los Sin Dios comenzaron a golpear el suelo con sus lanzas rotas, cuchillos y demás armas.

Mantenían un ritmo seco, fúnebre, que se extendió por todo el bosque.

Anara llegó poco después. Llevaba un manto blanco ennegrecido por el hollín que arrastraba restos de ceniza. Se detuvo ante la pira. La luz del fuego dibujaba sombras doradas sobre su rostro.

—Murió como un aliado —dijo—. Vuestro pueblo ha ayudado mucho en la lucha.

Sairah se giró hacia ella.

—No somos un pueblo. Somos una familia.

Anara no respondió. Solo dio un paso al frente y apoyó una mano en su hombro.

—Sé que tu familia ha perdido mucho, pero el éxodo no olvida. Os ofrezco un asiento en el Consejo.

Los murmullos se alzaron de inmediato. Los Sin Dios miraron a Anara con recelo y a Sairah con duda.

Sairah miró a su alrededor.

—Mi pueblo no obedece a Consejos ajenos.

—Entonces, guíalos tú —replicó Anara—. Si no obedecen a otros, entonces que te sigan a ti. Necesitan a alguien fuerte como tú. No tengo duda de que serás una gran líder.

Por un instante, el fuego reflejó en el ojo verde de Sairah una chispa diferente. Miró el cuerpo tapado de Edoz, aún sobre el suelo.

—Lo haré —dijo—. Pero él vendrá conmigo.

Anara no la detuvo. El recuerdo de su última conversación con Edoz le cruzó la mirada: su enfado, sus palabras, aquella insinuación sobre el trono cuando su primo cayera. Ahora no quedaba rastro de aquello.

—¿Y si está muerto? —preguntó la Suma Sacerdotisa.

Sairah la miró y dejó escapar una leve sonrisa.

—No lo está. Y si lo dejo aquí, lo quemaréis como a otro más.

Sangre se incorporó. Los Sin Dios abrieron paso sin pronunciar palabra. Sairah se inclinó junto al cuerpo y, con ayuda de dos de ellos, levantó a Edoz y lo acomodó sobre una litera improvisada.

Shuraz observó en silencio mientras el grupo se ponía en marcha. Luego dio un paso hacia Anara.

—La hija del tatuado… —murmuró—. ¿Qué crees que hará?

Anara no apartó los ojos del fuego.

—Lo mismo que cualquiera que ha perdido algo. Buscar respuestas.

Shuraz giró la cabeza hacia ella.

—¿Crees que esto acabará con Edoz?

Anara sostuvo su mirada un instante y curvó los labios.

—Mala hierba nunca muere.

El viento cambió y arrastró olor a metal.

Sairah avanzó al frente de los suyos. Sangre caminaba detrás. La litera crujía bajo el peso del belurio que había desafiado a la muerte… el hombre al que amaba.

Cuando desaparecieron entre los árboles, el sol terminó de alzarse.

La pira del padre de la guerrera aún ardía. El humo, oscuro y espeso, se elevó hacia el oeste.

Hacia Senicia.

Las brasas aún guardaban calor cuando Sairah regresó.

La pira se había hundido sobre sí misma. Maderos negros, huesos reducidos a polvo y un olor espeso que no se iba con el viento. Allí ya no quedaba nadie. Los demás habían vuelto al campamento tras las últimas oraciones.

Ella se arrodilló y metió la mano en las cenizas humeantes. El color gris le cubrió hasta las muñecas.

—Siempre decías que el fuego purifica —murmuró—. A ver si es verdad.

A un lado había dejado varias ramas que había cortado antes del amanecer. No valía cualquiera, las había probado una a una.

Tomó la primera, la apoyó en el suelo y cargó su peso sobre ella. La madera crujió y cedió.

La lanzó a las brasas sin mirarla.

Probó la segunda. La giró entre las manos. Era demasiado ligera, así que también la desechó.

La tercera le devolvió el golpe cuando la golpeó contra una roca. El impacto vibró en sus palmas.

Sus labios se tensaron.

—Ninguna vale.

Se levantó y caminó hacia el borde del claro. Allí crecían jóvenes fresnos, rectos, tercos, nacidos entre piedras. Pasó la mano por los troncos, los golpeó con los nudillos y acercó el oído a la corteza.

Cerró los ojos.

Un golpe seco con el cuchillo, y después otro. La savia asomó translúcida. Terminó el corte y el árbol joven fue mutilado con un susurro.

Arrastró el tronco hasta la pira y se sentó frente al fuego.

El cuchillo raspó la corteza mientras tiras largas caían a sus pies. El humo le irritaba los ojos, pero no parpadeó.

—No la agarres como un palo —oyó la voz de su padre en su memoria, la de antes de volverse un cabrón. Alzó la vara y la sostuvo en guardia—. Es una extensión de tu brazo.

Giró la muñeca. La madera silbó en el aire y sonrió.

—Lo sé.

Talló los nudos, igualó el grosor, rebajó un extremo hasta dejarlo más fino y probó el equilibrio sobre el dedo índice. Cayó hacia atrás, así que raspó un poco más y volvió a probar pero esta vez quedó horizontal.

El fuego lanzó una chispa que se posó sobre la madera desnuda. Sairah la apagó con los dedos.

Metió la vara entre las brasas sin dejar que prendiera. La giró despacio y el calor cerró los poros. La superficie tomó un tono más oscuro.

El olor a madera tostada se mezcló con el de la ceniza humana.