Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 2 Amanecer entre cenizas
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2 Amanecer entre cenizas

El amanecer no trajo calma. El cielo ardía aún con los rescoldos de la batalla y el humo levantaba columnas que teñían el horizonte de gris. Dentro del Carro Rojo, el aire estaba cargado de miedo.

Un gemido rompió el silencio.

Anara abrió sus ojos verdes con dificultad.

Cada respiración era una punzada de dolor en el pecho.

Despertó envuelta en su manto blanco de bordados dorados, ahora manchado de polvo y sangre seca.

La corona de laureles torcía su frente pálida.

Aún llevaba el medallón de Bel-Hur, regalo de Rayhem, que pesaba sobre su pecho.

La oscuridad del carro la envolvía, interrumpida solo por la luz temblorosa de un candil que Perin mantenía en alto. A su lado había varias personas acurrucadas en las sombras.

—Tranquila, ya ha pasado todo —susurró él, ofreciéndole un cuenco de agua.

Perin Pies Raudos llevaba un gorro de cuero que le caía sobre los ojos.

Empapado en sudor, respiraba despacio con los pies descalzos, cubiertos de sangre seca.

Su lanza corta descansaba a su lado, torcida, olvidada.

Tenía las manos apoyadas en las rodillas, aún temblorosas, rígidas e incapaces de soltarse del todo.

En la penumbra, ya no era el guardián de nada.

Solo era un hombre cansado, encogido dentro de un carro, intentando que el mundo dejara de temblar.

El agua sabía a hierro, pero Anara la bebió sin fuerzas para agradecérselo. Intentó incorporarse. Frente a ella, las jaulas seguían cerradas. En su interior, los presos asustados y en silencio la observaban con estupefacción.

—¿Dónde estamos? —preguntó ella con un hilo de voz.

Perin se encogió de hombros, mirando hacia la puerta del carro.

—En el Carro Rojo, mi señora, los cuernos han sonado hace un rato, pero no tenemos claro si es la victoria o un aviso…

Un ruido afuera los hizo alertarse. El carro se estremeció. Nadie respiró durante un instante. Luego, el viento arrastró un grito que se perdió entre los árboles.

En la oscuridad del carro apenas se distinguían las formas, solo sombras respirando.

Kalthis estaba sentado contra un lateral del carro, con el laúd al hombro y la piel de zorro cruzándole el pecho. Su cabello castaño le caía en mechones enredados sobre los ojos oscuros, aún alerta. Tenía los dedos manchados de barro seco, aferrados al instrumento.

—Yo juraría que la guerra seguía cuando entré aquí.

Tras el bardo, su grupo de músicos se apelotonaba en una bola de nervios. A su lado, Gurn sostenía su tambor como un escudo. Los dedos gruesos rodeaban el parche tensado, inmóviles y rígidos.

Vayra permanecía encogida, con la flauta apoyada en el pecho. Sonreía de forma nerviosa, con los labios tensos y los ojos muy abiertos, como si aún viera al arreshim que los había atacado saltando entre las sombras.

Y el chiquillo abrazaba un violín demasiado grande para su cuerpo. Uno de los bordes estaba astillado, roto por el golpe con el que se había defendido del ataque del duende. Lo apretaba con fuerza con la cara hundida en la madera mientras intentaba no llorar.

—Pensaba que estaba muerta —murmuró Anara incorporándose y recolocando su pelo en una coleta para estar más cómoda.

Narel, el fantasma del carro, invisible para los mortales, miró a Anara. Su luz azul apenas rozó la cara de la suma sacerdotisa.

—No todo lo que muere se desvanece —murmuró sin que nadie más que Perin le escuchara.

Anara sintió la piel de su cuello erizarse, pero no se asustó.

Empujó la puerta y la luz del amanecer la cegó por un momento. El aire afuera era espeso, cargado de humo. Los cuerpos yacían dispersos entre carromatos quemados, lanzas rotas y caballos perdidos sin jinete.

Perin bajó detrás de ella con la lanza entre sus manos.

—¿Estás segura de que quieres ver esto?

Anara asintió, tragó saliva y caminó entre los restos del campo de batalla.

Las huellas del combate cubrían cada rincón.

Un grupo de soldados belurios rezaba en torno a los restos de una pequeña hoguera.

En el suelo, las insignias ennegrecidas del enemigo, un zarpazo sobre fondo verde, se confundían con las suyas, con el sol radiante de beluria.

No muy lejos, un hombre permanecía de rodillas junto a un cuerpo. Su piel estaba cubierta de sangre seca. Entre los dedos apretaba una cadena rota.

Era Vael, uno de los gemelos luchadores.

Tenía el torso desnudo y temblaba con cada respiración entrecortada.

La sangre, ajena y propia, le empapaba la piel y convertía los tatuajes tribales negros en surcos oscuros que le cruzaban el pecho y los brazos.

El barro se le pegaba a las costillas, marcando su cuerpo delgado y fibroso como un mapa de golpes.

El cabello largo y blanco le caía suelto, en mechones pesados y sucios adheridos al rostro y a la espalda. Tenía la mirada vacía, fija en el cuerpo frente a él, no podía entender lo que veía. Tenía la mandíbula rígida y los labios entreabiertos, sin voz.

No lloraba, no gritaba, solo permanecía allí, de rodillas, aferrado a la cadena rota, aunque parecía estar aún atado a algo que la batalla no había terminado de romper.

—Vael —susurró Perin entristecido— es uno de los gemelos luchadores. Les llamaban los Lobos Blancos y siempre iban juntos.

El Lobo Blanco levantó la cabeza. Su mirada estaba vacía y parecía no reconocer a nadie.

Rayhem se acercó desde los restos del campamento, aún con la túnica verde rasgada y las manos manchadas de ceniza. Los miró a ambos, deduciendo su parentesco debido a su gran parecido.

—Tu hermano lucha ahora en los jardines de Bel-Hur —le dijo con voz suave.

Vael lo miró con los labios resecos y cortados.

—¿Y dónde estaba tu dios cuando el cielo se partió y nos llovieron bestias? —Alzó la cadena, todavía manchada de sangre—. ¿Dónde estaba Bel-Hur cuando me lo arrancaron de las manos?

El sacerdote no respondió, solo bajó la mirada.

Anara se quitó su manto blanco y lo colocó sobre los hombros desnudos del abatido luchador.

—Bel-Hur no mata, Vael. Pero la culpa sí —le dijo ella.

Él la miró, sin lágrimas y sin fe.

—No tengo nada más… ni cuerpo, ni alma…

—Entonces, vive —dijo ella—. Vive y que tu hermano no haya muerto por alguien que se rinde.

Vael se alejó cabizbajo mientras un silencio denso cubrió el campamento. Los cuernos dejaron de sonar. Solo el crepitar de las hogueras de los primeros funerales rompía la quietud.

Perin miró hacia el bosque, más allá de la línea de humo.

—No me gusta este silencio —murmuró.

Anara alzó la vista. El sol nacía entre los árboles, pero su luz parecía más fría que nunca. Un reflejo metálico brilló en su pecho cuando llegó ante Anara, era el símbolo del sol radiante de Beluria.

—Me alegro de verte sana y salva —susurró Rayhem acercándose a Anara y abrazándola con fuerza—. No te vi durante la batalla…

—No sé cómo he llegado hasta aquí —dijo ella confusa, mirando al Carro Rojo.

—Lo importante es que estás bien —dijo Rayhem volviéndola a abrazar.

—Echaba de menos esto —reconoció Anara, que cerró los ojos mientras correspondía al abrazo del embajador.

Rayhem permaneció inmóvil entre el caos tras la batalla. Su capa verde colgaba pesada sobre sus hombros. Tenía la túnica gris y verde, arrugada y manchada. Su rostro pálido estaba tenso y sus ojos oscuros fijos en la nada. No había gesto sagrado en él. Solo quietud y cansancio.

Anara cerró los ojos y dejó que el viento se llevara el olor a ceniza.

El amanecer se abría paso con un resplandor sucio, teñido de humo y sangre. El campo aún humeaba; las lanzas rotas sobresalían de la tierra como dientes de una bestia muerta. El viento arrastraba los estandartes desgarrados y, bajo ellos, los cuerpos esperaban su despedida.

Tras la batalla, Shuraz se mantenía erguido entre el humo y el eco de los gritos. Su armadura reflejaba la luz del crepúsculo, mientras su largo cabello rubio se mezclaba con la sangre de los arreshim caídos. Sus ojos azules observaban el horizonte, siempre calculadores.

El comandante de la Guardia del Éxodo caminó entre ellos. La batalla le había dejado un zumbido constante en los oídos y le dolía todo el cuerpo. Un soldado corrió hacia él, con la cara manchada y los ojos desorbitados.

—Mi comandante… El asesino… el espía… ha caído.

—¿Hablas de Edoz? —preguntó Shuraz, a quien ya le habían dado la fatídica noticia.

El soldado tragó saliva y asintió.

—Se dice que es un asesino criado por los jersas y pagado por el príncipe Belbarozh.

Shuraz frunció el ceño y una sombra de incredulidad cruzó su rostro.

—¿Asesino? —su voz estaba cargada de sorpresa y reproche—. ¿Sabes que estás hablando de uno de mis compañeros?

El soldado bajó la mirada y tragó saliva, ruborizado.

—No… no me he explicado bien, señor. No quería decir asesino como insulto, solo como ejecutor a sueldo del príncipe.

Shuraz negó con la cabeza y suspiró.

—¿Dónde está? —preguntó sin interés en reprender más a su hombre tras la dura batalla.

El soldado asintió y señaló más allá de un montón de cadáveres ennegrecidos. Shuraz avanzó a duras penas, ya que el suelo se pegaba a sus botas. Allí, en medio del círculo de cuerpos menudos, yacía Edoz.

El brazo izquierdo le había sido cercenado en la batalla. Las cicatrices del pecho, esas manos negras grabadas a fuego que le dejó de recuerdo Liraela, diosa y protectora de la tribu de los Zíngaros Dorados, habían desaparecido. La piel, antes marcada, parecía limpia, rejuvenecida.

Los sanadores se mantenían alejados. Uno de ellos sujetaba un cuenco de ungüento sin atreverse a usarlo.

—Intentamos cerrarle las heridas del muñón para que no se desangrara —murmuró el hombre—. Pero se ha cauterizado de alguna forma inexplicable, aunque eso no es lo más extraño…

Shuraz se acercó. El aire alrededor vibraba, pesado, como antes de una tormenta. Algo crecía sobre el cuerpo de Edoz: una capa gelatinosa, brillante, con hebras negras que se extendían desde el suelo. El capullo se cerraba poco a poco, pulsando al ritmo de un corazón oculto.

El comandante bajó la vista a su alrededor. Cuerpos pequeños rodeaban a Edoz. Por sus vestimentas chamuscadas y sus cuchillos mellados, eran los niños que lo seguían, los que llamaban ratas y antes habían servido a Zarhel. Sus ojos abiertos miraban al vacío.