Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 1 #2
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y ahora, vencedores, nos dirigimos hacia la salida del Bosque Sagrado de Arresia, pero algo de nosotros se queda aquí, con esos salvajes arreshim de Gundar.

Un niño preguntó en voz baja:

—Entonces, cuando salgamos del bosque ¿ya estaremos a salvo?

El cuentacuentos negó muy despacio.

—No, pequeño. Solo seguiremos vivos. —Se levantó con esfuerzo—. Y eso… eso ya es otra historia.

La hoguera ardió más alta y los niños no apartaron los ojos del audaz narrador. El silencio se extendió entre los pequeños como una manta pesada. El fuego respiró hondo, una brasa estalló y saltó por el aire.

El cuentacuentos apoyó el bastón en la tierra.

—Volver a casa no siempre significa llegar a un lugar —dijo—. A veces significa no rendirse ante lo que te hizo huir. El hogar está en vuestro interior, no solo en Nela-Shur.

Una niña frunció el ceño.

—¿Nela-Shur existe de verdad?

El viejo sonrió con ternura.

—Existió una vez. Fue una próspera capital de un gran reino, y volverá a existir si Bel-Hur quiere. Algunos niños se miraron entre sí.

—¿Y si los dioses no nos dejan entrar? —preguntó otro.

El cuentacuentos alzó la vista al cielo oscuro.

—Nos dejarán. Los dioses no construyen casas. Construyen guerras.

Bajó la mirada.

—Las casas las levantan los pueblos que deciden no odiar más.

El fuego chasqueó.

—Eso es lo que ahora sois —continuó—. No sois hijos de soldados, ni hijos de siervos; no sois hijos de esclavos.

Señaló el corro.

—Sois lo único que los alonios no pudieron destruir: esperanza y futuro.

Una niña pequeña de ojos negros, con la cara manchada, alzó la voz:

—¿Y si vienen más monstruos?

El viejo se encogió de hombros.

—Vendrán. Tendremos que defendernos de nuevo… ¡y los venceremos!

Algunos niños se removieron.

—¿Y si vienen más dioses? —preguntó asustado otro más pequeño.

—También vendrán, y solo podemos rezar para que nuestros héroes nos protejan.

Hizo una pausa dramática.

—Pero mientras haya alguien que recuerde quiénes somos, no podrán convertirnos en lo que ellos deseen. —El cuentacuentos se sentó de nuevo, esta vez más cerca del fuego—. Por eso se cuentan las historias, para que el miedo no sea lo único que pase de padres a hijos.

El campamento dormía a su alrededor, herido pero vivo. El viento pasó entre las tiendas y los carros y movió las lonas como velas cansadas. A lo lejos, un martillo golpeaba un yunque. El campamento seguía despierto, aunque la noche cerrada ya imperaba.

El cuentacuentos se frotó las manos.

—Hubo un tiempo —continuó— en que los niños belurios no podían sentarse así, como estáis vosotros ahora, a escuchar historias, sin cadenas, sin miedo a que alguien los vendiera como mercancía.

Un niño tragó saliva.

—Mi madre dice que nací para andar el camino.

El viejo asintió.

—Muchos nacisteis para caminar en este éxodo.

Eso os hace especiales. No pertenecéis a una ciudad.

Pertenecéis a una marcha; una marcha por la libertad.

—El fuego iluminó su rostro—. Vuestros abuelos fueron esclavos.

Vuestros padres nacieron oprimidos por Alonia, pero vosotros…

Vosotros podéis ser libres y construir el futuro de Beluria.

Un murmullo recorrió el corro.

—¿De verdad? —preguntó una niña.

—Pero no debéis olvidar lo sucedido en Alonia —respondió él—.

No debéis olvidar todo lo que está pasando en este viaje.

Cuando lleguemos a Nela-Shur, tendréis opción de poder elegir cómo ayudar al príncipe Belbarozh a ser rey de Beluria, y convertir Nela-Shur de nuevo en la capital de un próspero reino.

Se oyó el sonido del campamento de fondo apagado por la noche y la Guardia del Éxodo entrenando para defenderlo.

—Shuraz, nuestro comandante, lidera la Guardia del Éxodo para que tengáis un hogar —continuó—.

Anara, la Suma Sacerdotisa de Bel-Hur, reza para que tengáis fe sin peligro a morir.

Rayhem, nuestro embajador, camina para que tengáis palabras.

Jarben, su consejero, guarda la memoria.

Incluso Edoz, desde su oscuridad, intenta que nadie os cace en las sombras.

El viejo bajó la voz al recordar el rumor de que Edoz había caído en la batalla contra los arreshim, pero no quiso darles la fatídica noticia a los niños, no era el lugar ni el momento. Aún tenía la esperanza de que no fuera más que una mentira.

—Pero ninguno de ellos, ninguno de los Embajadores de Beluria, puede hacer lo más importante.

—¿Qué es? —preguntaron varios a la vez.

—Que no odiéis como odiaron ellos.

Se hizo el silencio. Los niños estaban confusos.

—Porque cuando un pueblo aprende a odiar, ya no necesita dioses para destruirse. —Una ráfaga de viento avivó el fuego de la hoguera—. Nela-Shur no será una ciudad de odio y oscuridad —añadió—. Será una ciudad llena de amor, de esperanza y de luz. Gracias a vosotros.

—¿Y si no llegamos? —preguntó uno de los niños.

El cuentacuentos sonrió con tristeza.

—Entonces, al menos habremos caminado como un pueblo, y no como ganado.

Se levantó con esfuerzo.

—Dormid. Mañana seguiremos el camino, y algún día… —Miró hacia la oscuridad del horizonte— algún día, seréis vosotros los que contéis esta historia.

Apoyó el bastón en el suelo, se dio la vuelta y se perdió entre las sombras del campamento.

La hoguera siguió viva mientras los niños regresaban uno a uno con sus familias y el segundo éxodo continuó respirando en la noche, como un animal herido que aún se negaba a morir.