Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6)
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Escuchad niños…
—Escuchad niños… —susurró el cuentacuentos.
La hoguera respiraba como un viejo animal. El humo subía en columnas encorvadas y el fuego pintaba de rojo los pequeños rostros que formaban el corro. Decenas de niños se arremolinaban a su alrededor, con los hombros cubiertos con mantas, los ojos bien abiertos y las manos siempre sucias.
El cuentacuentos se sentó despacio. Tenía la barba chamuscada y una cicatriz que le cruzaba la ceja. Clavó su bastón en la tierra, acercó las manos al fuego y dejó que el silencio cayera sobre ellos.
—Nos encontramos aún atravesando el Bosque Sagrado —empezó al fin—. Este es un lugar donde los árboles cobran vida y la tierra recuerda batallas antiguas y recientes. Pero antes de todo esto… Antes de llegar a este cruel reino de Arresia, hubo un camino.
Uno de los niños levantó la mano.
—¿Siempre hemos sido un éxodo?
El viejo sonrió y mostró una boca sin dientes.
—No. Antes fuimos un pueblo encadenado. —El fuego crujió—.
Éramos belurios esclavizados bajo el peso de Alonia —siguió el cuentacuentos—.
Hombres y mujeres de toda condición, nacidos para obedecer.
Soldados, taberneras, sacerdotes secretos, carceleros, sepultureros, verdugos, exploradores…
Pero un día… —alzó un dedo—, un día alguien dijo «basta».
Los niños se inclinaron hacia él, atentos.
—Shuraz, el legendario guerrero —continuó tras un silencio calculado—, levantó su espada contra el mejor de los luchadores alonios, lo venció y encendió la llama de la rebelión.
Anara, que aún era tabernera, cayó en manos de los traidores, que la castigaron por ayudar a los suyos, pero lo que todos desconocían era que por sus venas corría sangre real y Bel-Hur tenía algo muy especial preparado para ella.
Rayhem, el sacerdote que hablaba con los muertos, empezó a hacer preguntas que los dioses no querían oír.
Jarben, el sepulturero albino, dejó las tumbas y su biblioteca secreta para unirse a la causa, aportando al grupo su sabiduría.
Edoz, que se había criado en Jersia como aprendiz de un maestro artesano y acabó de verdugo en la torre que sangraba, para después ser un gran intérprete ante los jersas, cuando más se necesitó, además de aportar el filo de sus dagas cuando se necesitaba…
algunos dicen que también es espía del príncipe de Beluria.
Y el sexto fue un esclavo llamado Mushan, que en su otra vida fue nómada y fue quien guio a nuestros Embajadores de Beluria por tierras que nadie quería pisar, en busca del rey jersa.
El bastón del cuentacuentos dibujó un camino en la tierra del suelo.
—Marcharon hacia Jersia. Vencieron a sombras oscuras en bosques de tierra caliente, acabaron con gusanos gigantes y se enfrentaron a los caníbales encadenados de la Ciudad de la Locura, aquella que solo aparece de vez en cuando, entre la niebla.
Pactaron con el rey de Jersia que liberaría al pueblo belurio cuando conquistase Alonia, pero fueron traicionados y apresados en la torre que sangraba.
Sin embargo, cuando estaban a punto de morir, fueron liberados por Zarhel, el carcelero de la barba de fuego, justo, justo, justo cuando Alonia caía a manos de los jersas.
Mushan, experimentado explorador y guía, murió atravesado por decenas de lanzas jersas…
Pero entonces, gracias al pacto que los Embajadores de Beluria habían firmado con el rey jersa, el mundo se abrió para nuestro pueblo y fuimos libres al fin.
Una niña apretó la mano de su hermano.
—¿La historia se acaba ahí?
—Ahí empezó todo —susurró el cuentacuentos.
El viejo acercó el rostro al fuego.
—Los dioses habían despertado. Bel-Hur bajó como un martillo y aplastó la traición dentro de nuestro pueblo, convirtiendo en polvo a Suezoj, el Sumo Sacerdote corrompido por el poder.
Kudram dejaba de ser un dios olvidado y prohibido para volver a ser rezado; incluso el rey alonio, en el destierro, juró que era el propio Kudram en carne y hueso antes de morir a manos de los Embajadores de Beluria.
Las reliquias que una vez nos fueron arrebatadas, volvieron a los belurios y la fe se volvió peligrosa, como un cuchillo demasiado afilado.
Anara fue marcada como la voz divina de Bel-Hur y nombrada Suma Sacerdotisa, segunda al mando de todos nosotros.
Shuraz reunió un ejército con los mejores hombres y fue nombrado Comandante de la Guardia del Éxodo.
Rayhem, que podía ver el más allá, incluso el lugar donde moran los muertos, dudó de todo al ser nombrado Embajador del reino de Beluria, pero lo afrontó con valentía y sin dejar de ser clérigo de nuestro dios.
Edoz se perdió en las sombras, mientras Jarben mostró su otra piel, la de un gran hombre lobo violeta que combatía siempre por defender a sus amigos, los Embajadores de Beluria.
Pero el príncipe Belbarozh, futuro rey de Beluria, seguía creyendo en sus embajadores.
El fuego lanzó una chispa que saltó entre los niños.
—Entonces comprendimos que debíamos regresar a nuestro hogar, y salimos de Alonia. Marchamos todos, viejos, madres, soldados, niños… Miles de almas, todas de regreso a Nela-Shur.
Se oyó un murmullo entre los niños.
—¿Y por qué no volvemos a Alonia?
El viejo respiró hondo.
—Porque atrás solo estaba nuestro pasado de cadenas en las manos y penurias continuas. Nuestra tierra está en Beluria y nuestra capital es y será Nela-Shur. —Guardó silencio un instante—. Somos el segundo éxodo.
Se irguió un poco más.
—¿Y por qué no somos el primero? —preguntó un niño moreno, con los ojos brillantes, incapaz de contener la emoción.
El cuentacuentos tardó en responder. Miró el fuego y de nuevo a los niños.
—Porque el primer éxodo no fue una huida… fue una caída.
Se inclinó hacia él.
—Fue el camino que llevó a vuestros abuelos hasta Alonia, después de que Nela-Shur ardiera y fuera borrada del mapa del Mundo Antiguo.
No marcharon como un pueblo, los llevaron encadenados como esclavos, como ganado marcado.
—Dejó que las palabras calaran en su joven audiencia—.
Por eso este es el segundo éxodo. Pero esta vez caminamos para volver a casa.
Y fue aquí, de camino a Nela-Shur —continuó— donde Zarhel, el carcelero, murió de forma misteriosa y Edoz adoptó a sus Ratas, sus ojos en la oscuridad, sus pequeños espías.
Anara, la Suma Sacerdotisa de Bel-Hur, volvió del Tercer Umbral rescatada por Rayhem, pero ya no era la misma.
Shuraz, reconocido líder de la Guardia del Éxodo, cargaba con Oscuria, su letal espada negra.
Rayhem, como embajador de Beluria, marchó al peligroso reino de Senicia a buscar alianzas y halló viejos hechiceros y nuevas guerras.
Y el propio príncipe Belbarozh sobrevivió a un envenenamiento de alguien venido de allí mismo, del reino de Senicia.
El príncipe aún sufre las consecuencias con medio cuerpo paralizado.
Un niño levantó la mano con timidez, pero no esperó turno.
—¿Qué es el Tercer Umbral?
El cuentacuentos no respondió al instante. Removió las brasas con la punta del bastón y una nube de chispas subió hacia la noche.
—No es la muerte —murmuró al fin—. Y tampoco es el sueño.
Los niños se inclinaron hacia él. El viejo alzó la mirada, y el fuego se reflejó en sus ojos cansados.
—Es un lugar entre ambos.
El viento movió las llamas y, por un instante, pareció que algo respiraba dentro del fuego.
—Un sitio donde fueron arrojados los dioses cuando dejaron de caminar entre los hombres. Donde aún quedan sus ecos… y algo más.
Una niña se abrazó a su manta.
—¿Quién vive allí?
El cuentacuentos asintió despacio.
—Dicen que toda la magia nace en ese lugar. Que todo don, toda voz que no pertenece a este mundo, todo poder sobrenatural, viene de allí. El bastón golpeó la tierra una vez.
—Y no solo hay dioses. —Bajó la voz—. También viven criaturas que ya no pisan esta tierra. —Un murmullo recorrió el corro—. Bestias antiguas. Nombres que ya no se pronuncian. —Se inclinó un poco más hacia el fuego—. Dragones… —susurró— trols…
Las llamas se alzaron como si escucharan. Nadie habló durante unos segundos y el viejo dejó que el silencio creciera antes de continuar.
Un niño susurró con pena:
—Mi padre era un soldado de la Guardia del Éxodo, pero ha muerto en la batalla contra los arreshim…
El viejo asintió.
—Lo lamento, hijo. Muchos otros padres han muerto en este oscuro bosque.
La hoguera crepitó—. El reino de Arresia no quiere extraños —siguió con tono más bajo y apenado—.
El Bosque Sagrado. El Bosque de Ocaso. Donde el suelo escucha y el cielo apenas se ve.
Allí viven los arreshim. Duendes verdes de ojos rojos.
Hijos de Gundar; seres salvajes que no conocen la piedad y desean la guerra contra los hombres porque una vez fueron vencidos por ellos. La venganza es un camino amargo…
Los niños contuvieron el aliento.
—Gogor, el Hechicero Negro, abrió las puertas del abismo.
Kharzug, Señor de Guerra, alzó el Círculo Carmesí.
Llamaron a enormes monstruos surgidos de las entrañas de la tierra con rituales viejos como el mundo.
—Su bastón golpeó el suelo—. Y despertaron al Durmiente.
—Un murmullo recorrió el corro—. Un coloso de carne y piedra que podía borrar ejércitos de un solo golpe.
El ejército de la guardia del Éxodo, liderado por Shuraz y sus oficiales, defendía al pueblo belurio con uñas y dientes.
El viejo chocó su puño derecho contra la palma izquierda y, tras asustarlos, miró a cada niño.
—El campamento belurio cayó sumido en el caos.
Los arreshim atacaron como bestias hambrientas y el suelo se abrió.
El Durmiente de los duendes luchó contra un misterioso monstruo relleno de fuego rojo y cosido por el pecho para que su corazón de fuego, no se escapara.
Era otra misteriosa criatura que había aparecido y defendió al éxodo, nadie sabe quién lo invocó ni por qué lo hacía.
Eran dos horrores frente a frente, en medio de la batalla entre hombres y duendes.
Hizo un gesto con las manos, como si chocaran dos montañas.
—El bosque ardió mientras los dioses miraban.
Bel-Hur, Kudram, Gundar, Senith. Y nosotros, los hombres pagamos el precio.
Tras la batalla hubo silencio, el humo se disipó…
¡Ganamos! —exclamó con una gran sonrisa—.
Por los pelos. Con más bajas de las que nos hubiera gustado…