Capítulo 35El final
El final
E l fuego todavía ardía en mi interior, un rumor constante bajo la piel. No era como el agua, que me abrazaba; ni como el aire, que me liberaba; ni como la tierra, que me sostenía. El fuego quemaba, exigía, pedía más de mí de lo que yo estaba segura de poder darle.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el momento en que Edriek sangraba bajo las manos de su padre. El recuerdo me atravesaba como una llama viva, y con él volvía el miedo: la certeza de que, si no hubiera reaccionado, lo habría perdido.
Apoyé la mano en la pared húmeda del pasillo. El calor me respondió desde dentro, como un corazón nuevo latiendo en paralelo al mío. No sabía si debía sentirme poderosa o aterrada. Quizás las dos cosas.
El deseo de encontrar a mi familia era tan grande que el pasillo se empezó a iluminar por las antorchas que nos iban mostrando el camino. No necesitaba pensar, solo seguirlo.
—Emily… ¿estás bien? —preguntó Spencer, con la voz temblorosa, mirándome como si dudara de mis pasos.
—Sí… —murmuré—. Es el fuego. Confíen en él.
Dominick y Spencer intercambiaron miradas de incertidumbre, pero no me detuvieron.
Avancé con decisión, dejando que la llama interior me empujara hacia adelante.
El aire se volvía más pesado, cargado de humo y un sabor metálico en la boca.
Al final del pasillo, una puerta inmensa nos esperaba, oscura, con marcas antiguas talladas en su superficie.
Lo supe incluso antes de tocarla. Del otro lado estaba lo que buscaba.
Empujé con ambas manos. La puerta se abrió con un grave quejido, pero la sala estaba vacía… salvo por ella.
Alta, elegante. Su cabello rubio caía sobre sus hombros con un aire casi angelical, pero sus ojos… eran dos pozos helados de crueldad. La madre de Edriek.
Sonrió apenas al verme entrar.
—Así que lograste llegar. —Su voz era tan suave que helaba más que un grito—. ¿De verdad pensaste que iba a ser tan fácil, niña?
—¿Dónde está mi familia? —mi voz resonó con un filo que no me pertenecía.
Ella inclinó la cabeza, como quien contempla un juguete. Levantó una mano y mi familia apareció detrás de ella. Con la otra palma, una pequeña flor blanca surgió de la nada… y un segundo después se marchitó, ennegreciéndose hasta caer en polvo.
—Mi don es simple —susurró—. Puedo arrancar la vida de lo que elija.
Su mirada se clavó en Edriek. Él se estremeció, y lo vi palidecer de golpe, tambaleándose.
—¡No! —corrí hacia él, la desesperación me rompía por dentro—. ¡Déjalo en paz!
Edriek se llevó una mano al pecho, su respiración se hizo irregular y sangre volvió a brotar de su nariz.
—Su vida es tan frágil —dijo ella, deleitándose—. Apenas con pensarlo… puedo deshacerlo.
La furia me incendió las venas. El fuego dentro de mí rugió, buscando salida.
—¡Déjalo! —rugí, y la sala entera tembló con mi grito.
El aire estalló a mi alrededor. El agua vibró en mi piel, la tierra se quebró bajo mis pies, y el fuego rugió como un animal liberado. Los cuatro elementos respondieron a mi llamado. Giraron a mi alrededor en un torbellino luminoso, envolviéndome, protegiéndome.
Y entonces los vi.
La tierra, firme y vasta como una montaña.
El aire, ligero, translúcido, con alas de viento.
El agua, serena, con ojos que reflejaban mares infinitos.
El fuego, ardiente, con una mirada de brasas vivas.
Sus voces eran apenas ecos en mi mente:
“Mantente firme. Fluye. Enraíza. Arde.”
No necesitaban más. Se fundieron en mí como si siempre hubieran estado esperando este instante. Sentí una fuerza tan grande que el miedo desapareció.
La madre de Edriek retrocedió apenas, sorprendida, pero enseguida levantó el mentón, desafiante.
—¿Creés que ellos te van a salvar? —su voz goteaba veneno—. Todavía no sabés lo que sos capaz de perder.
Avancé un paso, con las llamas en mis manos, raíces surgiendo bajo mis pies, agua girando en círculos y aire arremolinándose en torno a mi cuerpo.
—No voy a perderlo. —Mi voz salió grave, un eco de los cuatro elementos.
El choque fue brutal. Su energía oscura contra mí torbellino de vida. El suelo se resquebrajó, las paredes vibraron, la sala entera se estremeció con el impacto. Cada vez que su poder intentaba arrancarme algo, los cuatro elementos lo repelían con más fuerza.
Y entonces, la vencí. La luz de los elementos la envolvió y su figura se quebró en fragmentos de sombra. Con un último grito, desapareció.
Todo quedó en silencio.
Caí de rodillas, agotada, el resplandor desvaneciéndose lentamente.
Pero aunque no sentía fuerzas para nada, sabía que todo había valido la pena. Mi familia estaba sana, ella ya no podía hacerles daño… hasta que recordé a Edriek y todo se me vino abajo.
—Edriek… —susurré, buscando su mirada.
Él estaba de pie, pero apenas. Su cuerpo temblaba, los labios entreabiertos, como si algo invisible le arrancara la vida.
Lo abracé con todas mis fuerzas, el corazón destrozándome.
—Gracias por quedarte conmigo… —alcancé a decir antes de que mis fuerzas me abandonaran.
Sentí que me sostenía, que me suplicaba que me quedara, que reaccionara. Pero era imposible. Ya no sentía nada dentro de mí.
El silencio llegó de golpe, como si el mundo hubiera decidido contener la respiración. El calor de las llamas seguía quemándome la piel, los gritos temblaban aún en mis oídos… y, sin embargo, ya no había nadie. Ni Spencer. Ni Edriek. Ni siquiera yo.
La oscuridad me arrancó de ese instante y comprendí —demasiado tarde— que esa era la historia que había estado escribiendo: la historia de cómo los dejé solos.