Capítulo 34Siempre me voy a preocupar por vos
Siempre me voy a preocupar por vos
E l corazón me latía a mil mientras corríamos por los pasillos del castillo. Cada sombra parecía moverse, cada crujido del suelo hacía que mis sentidos se dispararan. Sabía que no estábamos solos. Alguien nos seguía, decidido a no dejarnos escapar.
El viento susurraba entre las piedras, trayendo consigo un olor extraño: humo y metal. Lo sentí rozar mi piel, advirtiéndome que cada segundo contaba.
Un ruido en la escalera cercana nos obligó a escondernos a toda prisa. En la confusión nos separamos: yo quedé con Spencer, y Dominick con Edriek.
—¿Los chicos? ¿Dónde están? —pregunté con la garganta cerrada por el miedo.
Nos habíamos internado en un laberinto oscuro, puertas idénticas que parecían burlarse de nosotras. Cada elección podía decidir nuestro destino.
—¿Qué hacemos? ¿Cuál elegimos? ¡Y si a ellos les pasa algo! —Spencer empezaba a desbordarse, la voz quebrada.
—Tranquila, los vamos a encontrar —le aseguré, aunque mis manos también temblaban.
—¿Cómo podés estar tan segura? —sus ojos buscaban en los míos una certeza que apenas sostenía.
Cerré los ojos un instante y respiré hondo. La energía de la tierra, el aire y el agua vibraba en mí. El aire levantó mechones de mi cabello, gotas suspendidas giraban a nuestro alrededor. Era como si los elementos mismos me marcaran el camino.
—Confía en mí —susurré.
La puerta que elegí nos condujo a una sala enorme de dos pisos. Faroles de fuego iluminaban la planta baja, en cuyo centro había una mesa cubierta de papeles. En una silla, un hombre corpulento con la misma postura arrogante de Edriek. No necesitaba más para adivinarlo: era su padre.
Un golpe seco resonó en la entrada. Una mujer alta y rubia apareció. Bastó verla para reconocerla.
—¿Quién es? —murmuró Spencer.
—Los padres de Edriek —contesté con la voz en un hilo.
Tras ella aparecieron Dominick y Edriek, arrastrados con las manos atadas por cadenas que brillaban con un resplandor helado. La nariz de Edriek sangraba. Quise correr hacia él, pero Spencer me sujetó.
—¿Dónde están las otras dos? —preguntó el hombre, levantándose con pasos pesados.
—Si lo toca, lo mato —murmuré entre dientes.
El hombre lo agarró de la cara con brutalidad.
—¿Dónde están?
—Ni aunque lo supiera te lo diría —escupió Edriek, desafiante.
El golpe lo lanzó contra la pared. Cayó de rodillas, jadeando, pero sin bajar la mirada.
La mujer dio un paso al frente, con una sonrisa cruel.
—Puedes resistir todo lo que quieras, Edriek…
Sangre en sus labios, cadenas mordiéndole la piel. Y aun así resistía. Lo vi y algo en mí se quebró. La furia me inundó como un veneno ardiente.
—¡Basta! —grité, pero el padre giró hacia mí. Una presión helada me invadió la mente.
Entrégame tu poder… no eres nada.
Me tambaleé. Y entonces lo vi otra vez: Edriek, sangrando pero firme. Ese dolor se encendió en mí como brasas vivas.
—¡No lo toques! —rugí, y el fuego despertó.
El calor recorrió mis venas. Aire, tierra y agua se agitaron a mi alrededor, y de mis manos brotaron llamas ámbar que se enroscaron en las cadenas hasta fundirlas.
Edriek cayó en mis brazos, con los ojos abiertos de asombro.
—Emily…
Las llamas estallaron en filigranas, raíces surgieron del suelo y el aire rugió en un torbellino.
Los cuatro elementos giraban en torno a mí como un escudo, fue ahí cuando vi miedo en los ojos de sus padres.
—Se acabó —mi voz resonó grave, más allá de mí—. No van a volver a lastimarlo.
Los empujé hacia atrás con la fuerza de todos los elementos. El fuego me ardía en el pecho, domado y feroz, dispuesto a proteger lo que amaba.
El calor se desvaneció en la misma medida en que la amenaza se retiraba; las brazas se cerraron como una flor.
Lo único que quedó fue el resplandor en mis ojos: ahora un brillo ámbar que se mezclaba con el azul, el gris y el verde que ya tenían.
Sentí la nueva energía como un rumor poderoso en la sangre, un juramento de llamas.
La mujer me miró con desprecio, aunque su voz temblaba.
—¿Y si lo hago otra vez? ¿Quién me va a detener? ¿Vos? —se burló—. Si apenas sos una nena que no entiende lo que tiene.
La rabia me atravesó. Me levanté, dejando a Edriek a un lado. Spencer seguía en el umbral, paralizada. Con un movimiento del viento la atraje hacia mí, y con un impulso los empujé a los tres fuera de la sala.
—¡Emily, no! —gritaron al unísono, pero la puerta se cerró tras ellos. Ya estaban a salvo.
La mujer me observaba, todavía sonriendo.
—Estás muy equivocada —dije, con los elementos latiendo en mi piel—. Sé lo que soy y lo que valgo. Y ahora… —raíces gruesas se arrastraron por el suelo hasta sujetarla de pies y manos— …me vas a decir dónde está mi familia.
El hombre intentó lanzarse contra mí, su voz como un eco venenoso en mi cabeza, tratando de doblegar mi voluntad.
—¿Eso es todo lo que sabés hacer? —me burlé, avanzando hacia él—. Manipular a los demás.
Con un movimiento lo levanté del suelo y lo estampé contra la pared más lejana. Ramas
emergieron de las piedras y lo sujetaron con fuerza.
—¿Dónde están? —Mi voz retumbó en la sala.
La mujer, atrapada, intentó sonar conciliadora.
—Te juro que están bien. Podemos hablar, Emily. Tu poder es único. Juntos podríamos destruir la barrera. Imagina: vivir con tu familia sin ocultarte, sin límites. Confía en mí.
—No me interesa destruir nada —escupí—. Esa barrera se construyó por una razón, y pretendo mantenerla así.
Su sonrisa se quebró, y entendí que no diría nada útil. Me giré hacia la puerta, decidida a seguir mi propio camino. Entonces la escuché susurrar, apenas audible:
—No sos la única que tiene una conexión con la tierra.
Me detuve un segundo, helada, pero no le di el gusto de una respuesta. Abrí la puerta y la cerré tras de mí, asegurándola con un hechizo que salió de mis manos sin que supiera cómo. Solo lo sentí fluir.
No sabía cuánto duraría esa protección, pero necesitábamos movernos rápido. Al reunirme con los chicos, me encontré con sus miradas cargadas de enojo.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miran así? —intenté apaciguar, aunque sabía la respuesta.
—Vinimos hasta acá todos juntos, nos enfrentamos a todo juntos… ¡y lo primero que hacés es alejarnos! —Spencer me gritó, con la furia contenida al límite.
—Lo sé. Y les agradezco todo lo que hicieron, pero tenía que protegerlos —dije, bajando la voz.
—Emily, vos también necesitás protección. Para eso estamos nosotros —intervino
Dominick, mucho más sereno. Puso una mano en el hombro de Spencer para calmarla.
Tragué saliva, sintiendo la culpa arder junto al fuego en mi pecho.
—Perdón. En ese momento no lo pensé.
Edriek dio un paso hacia mí, con la sangre seca en su rostro, mirándome con una intensidad que me heló la piel.
—Prométeme que no nos vas a volver a alejar en una pelea. En especial a mí
Sus ojos eran un abismo de dolor y determinación.
—Te lo prometo —susurré.
Me abrazó. Fue un abrazo largo, cargado de todo lo que no nos habíamos dicho, de toda la tensión acumulada.
—¿Cómo estás? —pregunté, apartándome apenas para ver sus heridas.
—Estoy bien. No te preocupes por mí.
—Siempre me voy a preocupar por vos —respondí, besándole la mejilla y tomando su mano.
Los cuatro nos internamos de nuevo en los pasillos. Atrás quedaba el olor a metal caliente y a madera quemada. Adelante, solo incertidumbre. Pero en mi interior, el fuego ya no era amenaza ni secreto. Era mío: domado, feroz, dispuesto a arder por lo que amaba.