Capítulo 32El vuelo de las palabras
El vuelo de las palabras
T odavía podía sentir cómo la magia recorría cada rincón de mi cuerpo, como un escalofrío que se negaba a desvanecerse. No era dolor, tampoco alivio: era algo distinto, eléctrico, vivo.
Jamás imaginé que un poder así pudiera habitarme, y no dejaba de preguntarme hasta dónde sería capaz de llegar con él.
Por primera vez, no me sentí frágil ni pérdida. Me sentí poderosa. Me sentí yo. Y esa certeza ardía tanto que asustaba.
Estábamos cruzando el umbral de la puerta cuando Edriek se me acercó por detrás y me susurró, lo bastante bajo como para que solo yo lo escuchara:
—¿Estás segura de que estás bien?
Me giré para mirarlo. —Nunca estuve mejor.
Pareció dudar, pero al cabo de unos segundos asintió, confiando en que lo que le decía era verdad. Porque definitivamente lo era.
Caminamos por el jardín hasta llegar a la entrada de la casa, guiados por el mapa que Edriek llevaba entre sus manos.
Desde afuera, la fachada parecía vencida por el tiempo: las paredes cubiertas de grietas, las ventanas rotas y la madera de la puerta oscura y carcomida.
Nada en ella invitaba a entrar; más bien parecía que todo gritaba que nos marcháramos.
Pero apenas cruzamos el umbral, el mundo cambió.
El aire dejó de oler a humedad y polvo, reemplazado por un perfume cálido a flores y madera recién pulida.
El interior estaba inundado de luz dorada, como si el sol hubiera quedado atrapado entre los ventanales impecables.
Las paredes brillaban con detalles tallados, los candelabros resplandecían como joyas, y cada rincón desprendía una perfección costosa, casi irreal.
Lo que por fuera era una ruina, por dentro parecía un palacio escondido.
Entramos con cautela, cuidándonos de que nadie nos viera, y seguimos el mapa hasta una habitación apartada.
Pero al abrirla, comprendimos que no era un cuarto cualquiera: era la biblioteca más grande que había visto en mi vida.
Dos pisos de estanterías infinitas, escaleras en espiral, mesas repletas de pergaminos.
El único que no parecía sorprendido era Edriek.
Claro, él había crecido allí. Yo, en cambio, no podía dejar de mirar a todas partes, con los ojos abiertos de par en par, como si hubiera caído en un sueño.
Estaba cien por ciento segura de que, si pudiera, viviría en esa biblioteca, rodeada de historias ajenas, de aventuras y fantasías que me esperaban entre páginas olvidadas.
—¿Qué hacemos acá? —bufó Dominick, casi aburrido de estar rodeado de tantos libros.
—Eso mismo tenemos que averiguar —replicó Edriek, escaneando los estantes en busca de alguna pista sobre mi familia.
Spencer se apartó hacia una mesa, más callada que de costumbre, hojeando volúmenes con la frente fruncida. De repente, se detuvo en seco. Sus ojos brillaron como si hubiera visto algo imposible.
—Emily… mirá esto.
Los tres nos acercamos, pero antes de que pudiera ver qué señalaba, un libro se deslizó solo desde el estante más alto y flotó lentamente hacia mí.
No era cualquier libro, me di cuenta en el momento en que lo agarre, era el mismo que provocó una pelea con Remus, el mismo que me hablaba, el mismo que me hacía soñar cosas inexplicables.
Todo dentro mío me pedía que lo abra, y eso hice porque quién soy yo para prohibirme hacer algo que quiero.
En el instante que lo abrí, el libro cobró vida. Las hojas se movían solas de atrás hacia adelante, como si alguien invisible buscara con desesperación un punto exacto. Hasta que se detuvo.
El aire cambió. Una ráfaga recorrió la biblioteca, levantando polvo antiguo y moviendo las cortinas como si un viento interior hubiera despertado. El libro brillaba, y lo sentí vibrar en mis manos, ligero, como si no pesara nada.
De pronto, las palabras en la página se alzaron en espirales luminosas, girando alrededor mío. No eran letras inmóviles: se transformaban en susurros, en voces que se deshacían y recomponían como el viento.
—Emily… —una voz femenina se filtró entre las corrientes, tan clara que mi corazón se detuvo un segundo.
Vi un destello: una mujer de ojos idénticos a los míos, parada frente a un ventanal abierto, con el cabello agitado por la brisa. Quise alcanzarla, pero la imagen se desvaneció como humo.
El viento se hacía más fuerte mientras sostenía el libro. De pronto, un símbolo se desprendió de la página y quedó flotando frente a mí, muy parecido al que había visto antes, cambiaba detalles específicos de cada elemento.
—Emily, no… —me dijo Edriek, acercándose preocupado.
Pero Spencer lo detuvo. No supe en qué momento comencé a flotar con el viento, mientras las hojas giraban alrededor mío.
Miré a Edriek por última vez, con una certeza absoluta de lo que debía hacer. Acerqué mi mano hacia el símbolo flotante y, en cuanto lo toqué, su poder recorrió todo mi cuerpo.
Pude ver en el reflejo del ventanal cómo de mis manos brotaban pequeños tornados de hojas. Mis ojos cambiaron nuevamente de color, esta vez un gris claro mezclado con el verde del símbolo anterior.
Sentí un poder mucho mayor que antes. No solo había despertado un elemento: ahora tenía dos a mi favor.
Y entonces, con todo ese poder recorriéndome, caí desmayada, el libro aún abierto frente a mí. El murmullo del viento parecía advertirme de algo… aunque no podía abrir los ojos para entender qué.