Capítulo 30Al otro lado del puente
Al otro lado del puente
M i madre solía decir que las promesas no se hacen para cumplirlas, sino para sostenernos mientras creemos que lo haremos.
Nunca supe si era un pensamiento sabio o una excusa elegante para no decepcionarse demasiado.
Hoy, después del puente, creo que empiezo a entender el verdadero peso de nuestras palabras…
y de lo que dejamos de hacer. Especialmente cuando se trata de alguien a quien quieres.
No puedo imaginar lo que debieron sentir Dominick y Edriek al descubrir que sus padres rompieron una promesa que parecía inquebrantable.
El eco de esa idea me acompañó mientras nos alejábamos del puente.
El aire era denso, cargado con una mezcla de silencio y respiraciones contenidas.
Ni Dominick ni Edriek decían nada, pero podía sentir cómo cada paso que dábamos era un recordatorio de lo que habíamos dejado atrás…
y de lo que todavía nos esperaba delante.
No sabía si era miedo o resignación lo que pesaba en sus miradas cuando, de reojo, los buscaba.
Dominick caminaba unos pasos más adelante, con los hombros tensos y las manos apretadas como si en cualquier momento fueran a romperse.
Edriek, en cambio, parecía más distante; no por falta de emoción, sino porque todo su cuerpo estaba en guardia, como si no pudiera permitirse bajar la vigilancia ni siquiera por un segundo.
—No deberíamos haber venido —murmuró al fin Dominick, con un tono tan bajo que apenas lo escuché.
Edriek no respondió enseguida. Su silencio fue más brutal que cualquier palabra.
—Ya estamos acá —dijo por fin, sin mirarlo—. Lo único que podemos hacer ahora es seguir.
Esa palabra, seguir , se me clavó en el pecho. ¿Seguir hacia dónde? ¿Hacia quién? El puente había dejado al descubierto heridas que no iban a cerrarse fácilmente, y yo no estaba segura de si Dominick o Edriek estaban listos para enfrentarlas.
Quise decir algo, romper la distancia invisible que crecía entre nosotros, pero un sonido me interrumpió. Fue apenas un crujido, como ramas partiéndose en la espesura. Mi corazón se aceleró al instante.
Dominick se detuvo en seco. Edriek me empujó ligeramente detrás de él, su energía vibrando en el aire, tan tangible que casi podía sentirla recorrerme los dedos.
—Chicos, tranquilos, era solo una liebre —dijo Spencer, entre cansada por la tensión y relajada porque no había nada de lo que preocuparse.
Salí de mi escondite detrás de la espalda de Edriek y le agarré la mano para seguir caminando hacia nuestro destino. Recién después de unos segundos de mi contacto, se relajó y me miró por primera vez desde lo del puente a los ojos.
La profundidad de su mirada me hizo perderme por completo; por un instante, nada de lo que estaba pasando importaba.
Nuestras miradas no tardaron en separarse, pero nuestras manos seguían unidas.
Y yo, con mi gran talento para arruinar momentos, pensé: “Genial, si el puente no me tiró abajo, lo hará la intensidad de este hombre.”
—¿Estamos muy lejos? —preguntó Spencer, sacándome de mis pensamientos.
—En realidad, creo que llegamos.
Y así era: a lo lejos se alzaba un castillo bastante alto, construido con enormes piedras oscuras que parecían absorber la luz del atardecer.
Sus torres puntiagudas se recortaban contra el cielo gris, algunas coronadas por almenas que daban la impresión de estar siempre vigilantes.
Las ventanas, estrechas y altas, brillaban con un reflejo frío, como si ocultaran secretos que nadie debía descubrir.
Un puente levadizo sobre un foso profundo era la única entrada visible, y la vegetación que se aferraba a los muros le daba un aire de abandono mezclado con una solemne imponencia que obligaba a mirarlo con respeto… y un poco de temor