Eco de los cuatro elementos Capítulo 28Cabalgata al destino
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Capítulo 28Cabalgata al destino

Cabalgata al destino

L a noche retrocedía lentamente ante los primeros destellos del alba mientras nos preparábamos para continuar el viaje.

—¿Están listos? —preguntó Anthony cuando ya estábamos todos abajo, con nuestras respectivas mochilas al hombro. Al ver que asentimos, añadió—: Genial, entonces acompáñenme.

Lo seguimos afuera, hasta un pequeño establo en el fondo de su patio. Allí nos esperaban tres caballos.

Spencer fue la primera en acercarse a uno y acariciarlo con suavidad. Edriek la imitó, pasándole la mano por el lomo al suyo, con la confianza de quien ya lo ha hecho antes. Dominick, en cambio, se detuvo en seco.

—¿Tenemos que... subirnos a eso ? —preguntó, señalando al caballo como si fuera una criatura salvaje.

—Es un caballo, Dominick —le respondió Spencer, sin mirarlo—. No un dragón.

—Sí, bueno, todavía . ¿Y si de repente se pone a galopar y me lanza por los aires como una bolsa de papas?

—Entonces al menos caerás con estilo —agregó Edriek, con una media sonrisa.

—Qué reconfortante —murmuró Dominick, cruzándose de brazos—. ¿No hay una opción menos… alta?

—Sí —dijo Anthony, conteniendo una sonrisa—. Caminar.

Dominick suspiró con resignación, dio un paso al frente y murmuró:

—Voy a morir.

—Sos un dramático, no te van a hacer nada —dije, acercándome al único caballo que quedaba. Era todo negro y un poco más alto que los otros dos.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, lo acaricié. Él respondió al instante, bajando la cabeza.

—¿Ya anduviste a caballo? —preguntó Anthony, genuinamente sorprendido al ver cómo el animal se relajaba con facilidad bajo mi mano.

—No, nunca. Esta sería la primera vez —respondí con naturalidad—. En mi mundo ya no es común usar caballos como transporte.

Anthony frunció el ceño, como si aún no terminara de creerme, pero no dijo nada al respecto.

—Bueno, igual te manejás bastante bien para ser tu primera vez —dijo, rodeando al animal y ajustando las riendas —Te explico lo básico, por las dudas.

Lo más importante es que estés firme, pero relajada.

Las riendas las tomás así, con suavidad, sin tironear.

Y tus piernas tienen que acompañar el movimiento, no bloquearlo. ¿Sí?

Asentí, prestando atención a cada palabra.

—Ahora —añadió Anthony mirando hacia atrás—, hay algo más. Tenemos tres caballos y cuatro personas, así que...

Dominick levantó la mano antes de que terminara la frase.

—Me ofrezco voluntario para cuidar el establo —dijo con una sonrisa tensa.

Spencer rodó los ojos.

—Vas a compartir caballo conmigo, cobarde.

—¿Qué? ¿Por qué yo?

—Porque si no lo hacés, vas a caminar todo el día. Y con esos zapatos, no llegás ni a la mitad del camino —le respondió, señalándole las suelas.

Dominick miró sus propias zapatillas con resignación.

—Esto es humillante —murmuró—. ¿Podemos al menos fingir que soy yo quien controla el caballo?

—Podés fingir lo que quieras —dijo Spencer, ya subiendo con agilidad al suyo—. Pero si llegás a hacer que nos caigamos, te entierro en el bosque.

Dominick palideció. Anthony solo negó con la cabeza y murmuró para sí:

—Esto va a ser un viaje largo.

Cuando todos estuvimos montados y listos para partir, miré a Anthony una última vez. Spencer y Edriek ya se habían alejado unos metros, dándonos un instante a solas.

—No sé cómo agradecerte por todo lo que hiciste por nosotros... por mí —le dije, sincera.

—Con que cuides a mis caballos con tu vida, estamos a mano —respondió con una sonrisa cálida.

Estaba a punto de girar las riendas para alcanzarlos, pero su voz me detuvo.

—Mucha suerte, Emily.

Le devolví un gesto con la cabeza, agradecida, y me acerqué al paso de Edriek.

Entonces, empezamos a andar.

El sonido de los cascos golpeando la tierra húmeda marcaba un ritmo constante, casi hipnótico.

A nuestro alrededor, el paisaje se desperezaba con el amanecer. Los árboles, aún cubiertos por una fina neblina, filtraban la luz dorada entre sus ramas, como si el bosque intentará despertar en silencio. El aire olía a tierra fresca, a promesa de algo nuevo.

A cada paso del caballo, mi cuerpo se mecía suavemente, pero dentro de mí todo era un torbellino.

No sabía si era la adrenalina por lo que habíamos dejado atrás, el miedo por lo que nos esperaba más adelante… o esa extraña paz que me daba estar en movimiento.

Después de tantos días de dudas y secretos, algo en mí empezaba a sentirse más claro. Más liviano.

Como sí, aunque todavía no entendiera todo, al menos estuviera cabalgando en la dirección correcta.

El sendero serpenteaba entre los árboles durante un buen tramo, pero poco a poco, la vegetación comenzó a abrirse.

Las copas se volvieron más espaciadas, la luz más intensa… y, en un momento, nos vimos cabalgando a campo abierto.

El horizonte se desplegaba como un lienzo interminable de pasto ondulado, salpicado de flores silvestres y suaves colinas que parecían tocar el cielo.

El aire era más seco allí, menos denso. Y con cada bocanada, sentía que podía respirar un poco más profundo.

Spencer, que iba unos metros más adelante con Dominick, estiró los brazos como si quisiera abrazar todo lo que la rodeaba. Su risa se perdió entre el viento.

Incluso Dominick, aún con sus nervios, parecía disfrutar la tregua del camino.

Edriek y yo manteníamos el paso a la par, en silencio. Pero era un silencio cómodo, de esos que no pesan. Solo el sonido de los cascos marcando el avance, el viento jugando con nuestras ropas, y los pensamientos que cada uno intentaba ordenar.

Miré el mapa para confirmar que estábamos yendo hacia el lugar correcto. Edriek, un poco preocupado, me preguntó:

—¿Estamos yendo bien, no?

—Sí. Solo lo quería confirmar. No nos queda mucho para llegar al puente.

Al fondo, casi imperceptible al principio, se empezó a escuchar cómo el agua golpeaba las rocas, y cómo el suelo se volvía de piedra bajo los cascos.

Cada vez estábamos más cerca de dejar el pasto atrás. Y entonces, llegamos.

Un puente angosto, de piedras antiguas, se alzaba por encima de un arroyo que se perdía entre las sombras de un nuevo bosque.

Más espeso. Más oscuro.

—Llegamos —dije, no tan feliz como esperaba. Había algo en el aire que no me gustaba.

Me bajé del caballo para leer mejor la advertencia que teníamos enfrente.

Tallada sobre una placa de piedra musgosa, la inscripción parecía más antigua que el mismo puente. Las letras, aunque desgastadas por el tiempo, aún podían leerse:

Quien cruce este puente deberá enfrentarse a su verdad más profunda.

No hay máscaras del otro lado.

Solo lo que eres… y lo que temes ser.

Sentí que el corazón se me detenía por un instante.