Capítulo 27La puerta hacia lo desconocido #2
—Porque cuando te empezó a conocer… como padre, no quiso exponerte al peligro que se están exponiendo, para protegerte.
Pero no se estaba dando cuenta de que lo estaba empeorando todo, es por eso que contacté con Evelyn y estuvo desaparecida estos meses, buscando la forma en la que no corran ningún riesgo… O al menos no unos grandes.
Hizo una pausa, como si dejara que las palabras se acomodaran en el aire.
—Lo que se viene no va a ser fácil. Pero todo esto —los mapas, los caminos, las advertencias— empezó con vos, Emily. Y así va a terminar… con vos.
Sus ojos brillaron detrás de los lentes.
—Y para eso estoy yo, para guiarlos en lo que queda de su camino.
Había algo en su forma de ser que me hacía sentir segura, como si lo conociera de toda la vida. Transmitía una tranquilidad que muy pocas personas logran darme.
Y tal vez, en ese momento, necesitaba eso más que respuestas: sentir que alguien sabía el camino antes de que lo recorriéramos.
—Ahora dejemos de hablar de mí, y empecemos con lo que realmente les importa.
Anthony se levantó del sillón y se fue unos segundos a otra habitación.
Cuando volvió tenía en las manos lo que yo creo que eran los mapas del castillo.
—Creo que se deben imaginar qué es esto —dijo apoyando unos pergaminos en la mesa ratona que nos separaba.
—Son los planos del castillo, ¿no? —Spencer habló después de un rato de estar en silencio, prestando atención a todos los detalles.
—Exactamente, estos planos los van a ayudar para ubicarse una vez que estén dentro —mientras hablaba iba abriendo los pergaminos que contenían los planos—. Además de tener la ayuda de Edriek.
Una vez que teníamos los planos enfrente nuestro y podíamos ver cada rincón del castillo plasmado en tinta, sentí que todo se volvía más real. Ya no era solo una idea, un rumor o una amenaza lejana: íbamos a entrar a ese lugar.
—Hay varios accesos —dijo Anthony, señalando distintos puntos en el mapa con un dedo firme—, pero la mayoría están vigilados o protegidos con barreras mágicas.
—¿Cómo sabremos cuál usar? —pregunté, sin apartar la vista del plano.
—Alaric los va a estar esperando del lado sur. Ese sector conecta con los jardines antiguos, casi nadie los usa desde que se cerraron. Hay un portón de hierro con una runa rota… es por ahí.
—¿Quién es Alaric? —pregunté confundida porque a nadie pareció llamarle la atención.
—Es mi padre —aclaró Dominick—. Él es el infiltrado que nos dijeron Remus y Evelyn.
—¿Tu padre? —repetí, sin poder evitar que mi voz sonara incrédula.
Mi mirada fue directa a la de Spencer, buscando una confirmación silenciosa de que esto era real y no una broma de mal gusto—.
¿Y se supone que tenemos que confiar en él porque…
? —dije de manera sarcástica, esperando a que termine de completar el porqué confiar en él y en su padre.
Hubo un silencio tenso. Nadie respondió de inmediato.
—Porque arriesgó su vida por esta misión mucho antes de que yo siquiera supiera lo que estaba pasando —dijo Dominick, serio.
Sentí una mezcla extraña entre alivio y temor. Parte de mí quería creerle, necesitaba hacerlo… pero la otra parte todavía recordaba todas las veces en que confiar en alguien había salido mal.
—¿Y cómo sabremos si es seguro ir por ese lado del castillo? —preguntó Spencer después de unos segundos en un incómodo silencio, volviendo al tema central: cómo íbamos a entrar al castillo.
—Porque Alaric la va a desactivar justo antes de que lleguen —respondió Anthony—. Solo tienen que asegurarse de estar en el punto exacto a la hora exacta.
Sus palabras se quedaron flotando en el aire. Todo sonaba ensayado, planificado… pero también frágil. Como si un error mínimo pudiera arruinarlo todo.
—¿Y qué pasa una vez que entremos? —pregunté finalmente.
—Ahí es donde estos planos les van a servir más.
El ala este, donde probablemente tengan a tu familia, está conectada por pasillos subterráneos que no todos conocen.
Alaric marcó en este pergamino las rutas más rápidas…
y también las más seguras —nos pasó otro mapa más pequeño, con caminos dibujados a mano.
—¿Y si alguien nos ve? —preguntó Spencer, cada vez más inquieta.
Anthony se tomó unos segundos antes de responder.
—Si alguien los ve… no lo duden. Corran. Ustedes tienen una misión: encontrar a la familia de Emily y salir. El resto… ya se acomodará.
No me gustaba esa frase. No me gustaba que dijera “el resto”. No me gustaba pensar en lo que podía pasarle a Edriek. Pero asentí. Porque a veces, lo único que podés hacer es confiar.
—Para llegar hasta allá, creo que saben cómo hacerlo. Yo les recomiendo que salgan por la mañana, ya que se está haciendo tarde —dijo mientras se levantaba pero esta vez dándome los planos a mí—. Si gustan se pueden quedar a dormir acá, tengo dos habitaciones que pueden usar.
—Eso sería maravilloso, muchas gracias.
Me hizo un gesto con la cabeza y nos guió hacia las habitaciones.
Una vez que nos instalamos, con Spencer en silencio, necesitaba tomar aire, así que salí dispuesta a que el viento de la tarde despeje mis dudas y miedos.
No sé cuánto tiempo estuve, pero ya me sentía más tranquila solo con sentir la brisa.
—Sé que te dije que no confío en Dominick, pero no quiero que lo que yo crea influya en vos —Edriek me sacó de mis pensamientos.
—No es solo lo que vos me dijiste... o sea, sí, tiene algo que ver. Pero no sé si confío en Dominick y aunque Evelyn nos dijo que teníamos que confiar en todos, juro que lo estoy intentando, pero… no sé, hay algo que no me gusta —lo miré—. Actué mal hace un rato, ¿no? Cuando dudé de su padre.
—No actuaste mal —dijo Edriek, acercándose un poco más—. Actuaste como alguien que ya no se puede dar el lujo de confiar a ciegas. Y eso… no está mal.
Suspiré, con la culpa todavía dándome vueltas por el cuerpo.
—Solo que a veces siento que si dudo, si no creo... todo se puede venir abajo.
—Pero dudar no es lo mismo que fallar, Emily. Es solo parte de todo esto. Confiar no significa no tener miedo. Significa seguir adelante a pesar de él.
Sus ojos se clavaron en los míos. Sentí que me desarmaba sin necesidad de tocarme. Me hacía sentir más real.
—¿Siempre sos así de insoportablemente comprensivo? —pregunté, alzando una ceja para desviar lo que acababa de sentir.
—Solo con vos —respondió, sin perderme la mirada.
Me hizo sonreír, aunque intenté ocultarlo.
—Debería compensarte por soportarme estos días.
—Mhm… Puede ser, sí. Acepto.
—¿Aceptás qué?
—Una recompensa. Lo que vos quieras. No soy quisquilloso.
—¿Cualquier cosa? —le pregunté desafiante, mientras me acercaba más a él y le rodeaba el cuello con mis brazos.
—Cualquier cosa —repitió él en un susurro con voz ronca, acercándose más a mí.
Esta vez no había duda, ni confusión, ni primeras veces que detener. Ya sabíamos a qué sabíamos.
Su mano rozó mi cintura. Mi respiración se aceleró, al igual que su mirada sobre la mía. Nuestros labios estaban peligrosamente cerca otra vez.
—¿Incluso esto? —susurré con una sonrisa apenas curvada.
—Sobre todo esto —respondió él, casi sin voz.
Podría haberlo besado. Él estaba esperando que lo hiciera. Sin embargo, me detuve a un centímetro.
Me alejé de él, bostezando exageradamente y estirándome.
—Uf, qué sueño me agarró… me parece que me voy a ir a dormir —dije divertida, viendo su reacción.
—Ah, no. No me vas a dejar así —me contestó, aún más divertido, mientras yo me alejaba más de él.
—¿Querés ver cómo sí? —lo estaba desafiando.
Me levantó una ceja, se rió y empezó a correr hacia mí.
Parecíamos dos chicos correteando por el parque de la casa, yo intentando que no me atrape y él buscando todo lo contrario.
Después de unos minutos me atrapó por detrás, agarrándome de la cintura entre risas.
—Ya no tenés escapatoria —me susurró al oído, dándome vuelta para que quedara frente a él, otra vez.
Seguía riéndome, pero esta vez no me negué al beso. Todo lo contrario: lo deseaba más que nunca. Así que lo acerqué más a mí y lo besé.
Un beso húmedo, largo, cargado de todo el deseo que teníamos. Lleno de amor y ternura.
—Algún día de estos me vas a volver loco, ¿sabías? —me dijo, apoyando su frente contra la mía, todavía agitados.
—¿No sabías? Esa es la idea.
Lo estaba a punto de volver a besar, pero una voz de fondo nos interrumpió:
—Hey, tortolitos. No sé si se acuerdan, pero tenemos que ir a descansar —era Spencer desde la ventana de nuestra habitación.
Entre risas, nos fuimos para adentro de la cabaña, a descansar.
Mañana nos esperaba un largo día.