Eco de los cuatro elementos Capítulo 27La puerta hacia lo desconocido
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Capítulo 27La puerta hacia lo desconocido

La puerta hacia lo desconocido

—Hasta acá llego yo —dijo, sin rodeos, girándose para mirarnos—. Lo que sigue ahora es solo de ustedes.

Nos detuvimos en seco a pocos metros de entrar en el pueblo. Nadie se animó a responder de inmediato, pero yo sentí cómo algo dentro mío se apretaba.

—Anthony los va a orientar. Confíen en él —agregó—. Pero, más importante aún… confíen en lo que no entienden todavía.

Fruncí el ceño, confundida. Ella nos miró a cada uno con intensidad.

—Hay cosas que no van a tener sentido al principio. Personas que van a decirles medias verdades. No se dejen engañar por las apariencias.

Se acercó a mí y bajó la voz, como si hablara solo para nosotros cuatro y para el viento.

—Y cuando estén frente al castillo... no se olviden de mirar hacia donde no hay nada. A veces, lo que no se ve… es justo lo que hay que encontrar.

La miré con el corazón latiendome en la garganta. Sabía que no iba a darnos más explicaciones. Y sabía, también, que ese era su modo de cuidarnos: no quitándonos las pruebas, sino preparándonos para enfrentarlas.

No entendía del todo lo que quería decir… pero sentí que, cuando llegara el momento, esa frase iba a volver a mí.

Nos abrazó, uno por uno. Apretado, corto, sin palabras.

Y luego, sin mirar atrás, se internó entre la niebla del sendero… hasta que ya no la vimos más.

—Bueno, aunque odie ser el que interrumpa el momento de nostalgia, tenemos que seguir —Dominick nos hizo unas señas para que avancemos al pueblo.

Nadie le contestó, pero todos empezamos a caminar hacia el pueblo hasta que llegamos a la entrada.

Las casas eran cabañas bajas, con muros de piedra cubierta de musgo y ventanas pequeñas con contraventanas de colores apagados. Se veían flores silvestres creciendo entre las grietas del empedrado y faroles de hierro colgando en las esquinas, aunque la luz del día todavía los mantenía apagados.

El aire olía a pan recién horneado y a leña, como si alguien siempre estuviera cocinando algo. Había algo cálido en el ambiente, pero también una sensación extraña... como si el tiempo en ese lugar transcurriera distinto, más lento, más viejo.

No había demasiada gente en las calles. Un par de niños cruzaron corriendo delante nuestro, riendo. Un anciano nos miró desde su banco, con una expresión que no supe descifrar. Todos parecían saber que no éramos de ahí.

El mapa vibró levemente, como guiándonos hacia una esquina. Allí, sobre una puerta de madera tallada con símbolos antiguos, colgaba un cartel:

“Anthony Blepster — Cartógrafo, Consejero y Heredero de Secretos.”

—Bueno… creo que llegamos —dije, bastante nerviosa. Oficialmente, arrancaba esta aventura.

—¿Estás bien? —Edriek se acercó un poco más a mí, casi susurrando, para que los otros no escucharan.

—Solo estoy nerviosa. No sé qué decir o qué hacer… ni siquiera estoy muy segura de lo que tenemos que buscar —le contesté, mirándolo a los ojos. Quería que viera todo lo que me pasaba.

—Ey —me acarició la mejilla con suavidad—. No tenés que estar segura ni entenderlo todo ahora, Em. Solo confiá en vos. Lo demás… lo resolvemos juntos, ¿sí?

Le asentí.

—Gracias por…

No me dejó terminar.

—No hace falta que me agradezcas nada.

Me dio un beso corto, apenas un roce cálido en los labios, y luego me miró con una leve sonrisa.

—¿Estás lista?

—Ahora sí.

Me giré hacia la puerta. No parecía distinta a las demás, salvo por los símbolos tallados y ese cartel extraño que colgaba sobre ella… pero había algo en el aire que me puso la piel de gallina. Como si al cruzarla, todo cambiara.

Edriek me tomó la mano.

—Vamos juntos.

Asentí. Respiré hondo y toqué la madera con los nudillos. Tres golpes suaves.

Por un momento, no pasó nada. Solo se escuchaba el canto lejano de un ave y el crujir del viento entre los árboles.

Entonces, la puerta se abrió con un chirrido pausado, pero lo que nos sorprendió era que nadie la había abierto desde adentro.

Apenas cruzamos la puerta, el olor a pergamino antiguo, madera húmeda y un leve rastro de incienso nos envolvió como una manta vieja pero familiar. El interior era cálido, iluminado solo por la luz tenue que entraba por unas pequeñas ventanas y por las brasas de una chimenea encendida al fondo.

Lo primero que vimos fue un mostrador de vidrio y madera desgastada, cubierto con mapas enrollados, brújulas antiguas, pequeños artilugios de exploración y una lupa apoyada sobre un manuscrito a medio desplegar.

Detrás, estanterías de distintos tamaños trepaban las paredes, repletas de libros envejecidos, frascos con etiquetas escritas a mano y objetos que parecían salidos de otro siglo.

Más allá del mostrador, se adivinaba un rincón más acogedor: un par de sillones mullidos, algo desparejados, estaban colocados frente a un hogar de piedra, donde chispeaba un fuego pequeño que lanzaba destellos anaranjados sobre las paredes.

Todo en ese lugar olía a historia. A secretos guardados con cuidado.

Esperamos unos minutos en silencio, mirándonos, buscando respuesta en los otros y en todo el lugar que cargaba aires de misterio y sabiduría.

—Perdonen por la tardanza, ¿en qué los puedo ayudar? —

Anthony Blepster se incorporó detrás del mostrador con una sonrisa serena, concentrado en uno de los manuscritos que tenía en la mano.

Era un hombre de avanzada edad, alto —rozando el metro ochenta—, con el cabello completamente canoso y la barba recortada con precisión.

Su piel estaba surcada por arrugas profundas, pero sus ojos, ocultos tras unos anteojos redondos de montura fina, brillaban con una chispa joven y lúcida, como si el tiempo no hubiera logrado apagar su curiosidad.

Llevaba un abrigo largo color tierra, con bolsillos llenos de plumas, lupas, cintas y objetos que parecían no tener nombre. Tenía algo de sabio viajero y algo de abuelo excéntrico, pero todo en él transmitía una sola cosa: era mucho más sabio de lo que aparentaba.

En el momento en que levantó la mirada y nos encontró del otro lado del mostrador, su rostro cambió a uno sorprendido y familiar.

—Wow, Emily, sos idéntica a tus padres —hubo un silencio incómodo, cargado de preguntas no dichas, hasta que él volvió en sí y sonrió—. Pasen, pasen. No los esperaba tan pronto.

Nos abrió una puertita del mostrador para pasar al rincón donde nos esperaba una chimenea prendida y unos sillones acogedores.

—¿Les apetece una taza de té? —preguntó con una amabilidad tan natural que me sorprendió.

—Sí, eso estaría bien, gracias —dijo Spencer.

Anthony nos sirvió el té con movimientos meticulosos, como si cada gesto tuviera un propósito. Luego se sentó en uno de los sillones, con un suspiro largo, y nos miró como si supiera exactamente por dónde empezar.

—Se preguntarán quién soy y por qué soy tan importante para rescatar a tu familia, Emily.

Al ver mi cara de sorpresa siguió hablando, contándonos un poco de su historia.

Tomó un sorbo de su taza y dejó que el silencio nos envolviera unos segundos, antes de arrancar.

—Mi don… o maldición, según el día, no funciona como el de otros.

No lo invoco, no lo elijo. Simplemente… aparece.

A veces con un roce. A veces, solo con estar cerca de alguien.

Son como visiones con fragmentos de futuros posibles.

No siempre exactos, pero lo suficientemente claros como para marcar un rumbo.

Apoyó la taza con cuidado en la mesa y se acomodó los lentes.

—Hace muchos años, trabajé para tu familia, Edriek —dijo mientras lo miraba fijamente

—¿Mi familia? —dijo Edriek asombrado. Sin embargo, Anthony siguió hablando, pero ahora parecía que le hablaba solo a Edriek.

—Yo fui su cartógrafo y consejero. Nada fuera de lo común…

hasta que naciste. Desde el primer momento en que te sostuve en brazos, las visiones empezaron a llegar.

Vi cosas terribles. Vi en lo que tus padres se convertirían.

Vi demasiada ambición y oscuridad hacia Emily —ahora me miraba fijo a mí—.

Y supe que, si me quedaba, íbamos a estar en peligro.

Así que me fui. Sin despedidas, ni aclaraciones, solo… desaparecí.

—¿Por qué no te recuerdo de nada? —preguntó Edriek, curioso.

—Eras tan solo un bebé la última vez que te vi y no creo que tus padres me hayan nombrado alguna vez.

Nos miró con pesar, como si aún llevara el peso de esa decisión.

—Después de un tiempo de instalarme en este pueblo, comencé a tener visiones otra vez pero sobre lo que te estaban haciendo a vos, Emily.

—Estoy un poco perdido, no dijiste que tus visiones eran solo del futuro. ¿Cómo pudiste ver lo que le estaban haciendo a Emily en ese momento? —Dominick lo interrumpió y sentí cómo la tensión se apretaba en mi pecho, la idea de que me estaban haciendo daño no era algo que asimilaba con facilidad.

—Porque, como dije, mis visiones no son lineales —aclaró—. A veces veo lo que vendrá… pero otras, lo que está ocurriendo en otro lugar, como si me llamara.

Dio un sorbo a su té y continuó.

—Victoria —dijo con un hilo de voz grave—.

Vi cómo comenzaba a buscarte con la intención de hacerte daño porque sabía lo que implicaba tu don.

Supe que tenía que intervenir, entonces me puse en contacto con Evelyn y Remus.

Les conté todo lo que sabía, todo lo que había visto…

y juntos tomamos la decisión más difícil: sacarte de este mundo y llevarte al humano.

Era la única forma de mantenerte a salvo.

Busqué la mirada de Edriek y cuando la encontré vi en sus ojos una mezcla de ternura y culpa.

—Te perdimos de vista por muchos años. Pero hace poco…

las visiones volvieron. De golpe. De forma más intensa.

Vi a tu familia en peligro y vi cómo tu don estaba despertando.

Por eso el día de tu cumpleaños te encontraste con Remus, yo mismo le conté lo que vi y ambos sabíamos que era momento de que descubras quién sos.

—Si Remus sabía todo y me fue a buscar para contarme quién soy, ¿por qué nunca lo hizo?