Capítulo 26El primer paso
El primer paso
—Con todas las cosas que pasaron, no te pregunté… ¿Pasó algo la otra noche con Edriek?
Estábamos en la habitación preparándonos para salir. La mañana era silenciosa, hasta que Spencer decidió romper ese silencio.
—No pasó nada. Solo dormimos juntos.
—No sabía que ya se habían arreglado.
—Fue después de la discusión que tuve con Remus por el libro. Cuando fui a buscarlo, también discutí con él… hasta que me besó. Me llevó a mi casa para ver a mi familia y, bueno, creo que a partir de ahí ya sabés todo.
Me miró con expresión apenada.
—Em, estoy segura de que los vamos a encontrar.
Asentí, apenas. Y cambié de tema rápidamente.
—No me contaste qué pasa entre Dominick y vos. ¿Dormiste con él la otra noche, no?
Sus mejillas se ruborizaron. Y en ese instante, supe que algo había pasado.
—Contame ya qué pasó.
Empezó a reír.
—Bueno… Después de la pelea con Remus lo fui a buscar para que me diera explicaciones.
Yo también quería entender por qué lo había hecho.
Empezamos a hablar, me contó todo… y no sé cómo, terminamos hablando de su infancia, de su familia, y de cómo nos conocimos.
Cuando éramos chicos, él me gustaba… y me confesó que yo también le gustaba.
—¡Qué! ¡Pará! —me incorporé de golpe, con una sonrisa incrédula—. ¿Y qué hizo? ¿Te besó?
Spencer asintió, con las mejillas aún más encendidas.
—Sí. Pero no fue un beso cualquiera… fue como cerrar un ciclo. Como si, después de todos estos años, al fin estuviéramos en la misma página.
Me emocioné por ella. Porque la entendía.
—No puedo creerlo —dije, sonriendo—. Bueno, en realidad sí puedo. Se nota lo que tienen.
Ambas nos quedamos en silencio unos segundos, masticando en calma todo lo que significaban esos sentimientos.
Hasta que Spencer, con una media sonrisa, rompió el momento:
—¿Deberíamos intentar dormir un poco?
La miré, respiré hondo y asentí.
—Sí. Tenés razón.
Nos estábamos por acostar cuando me detuve un segundo.
—Spencer… gracias por todo, de verdad. Y estoy muy feliz por vos y por Dominick.
—No tenés nada que agradecer. Ahora andá a dormir que vas a necesitar fuerzas.
Y nos fuimos a dormir… o al menos, a intentarlo. Como era de esperarse, no pegué un ojo.
¿Cómo hacerlo, sabiendo que mi familia estaba en peligro? ¿Cómo cerrar los ojos cuando sabía que al día siguiente me lanzaría a un camino lleno de incógnitas y peligros?
Y no solo eso… otras tres personas iban a acompañarme a lo desconocido.
Cargaba no solo con la angustia por mi familia, sino también con el temor de que algo pudiera pasarles a ellos. Y eso tampoco me lo iba a perdonar.
Me quedé mirando el techo, como si entre las grietas de la oscuridad pudiera encontrar respuestas… o, al menos, algo de calma.
Pero no la había.
Cuando los primeros rayos de luz se colaron por la ventana, ya estaba vestida y lista.
Esperé a que Spencer terminara de prepararse, y juntas salimos hacia la entrada del colegio, donde nos encontraríamos con los demás.
En el camino, no hablamos.
Solo se escuchaban nuestras respiraciones… y el miedo que palpitaba en el aire.
Antes de llegar, vimos a Dominick y a Edriek esperándonos frente al puente. El mismo que crucé con tantas ansias el primer día, creyendo que iba a descubrir un poco más sobre mí.
Claramente, no sabía todo lo que me esperaba.
En la entrada, Evelyn nos aguardaba con gesto serio, pero sereno. Como si intentara transmitirnos la paz que a mí me faltaba.
—¿Listos? —preguntó.
No respondimos con palabras. Nos miramos. Y supimos que sí.
Listos o no, no había vuelta atrás.
Evelyn comenzó a explicarnos:
—Vamos a ir al pueblo del que hablamos ayer. Para eso, tenemos que cruzar el bosque. Una vez ahí, van a buscar a Anthony Blepster. Él los va a ayudar con el mapa del castillo y con el medio de transporte hacia allí. Caminando, está a unos veinte minutos.
Así que, si no tienen ninguna pregunta… arranquemos.
Estábamos por empezar a caminar cuando una duda me detuvo.
—¿Y vos? ¿Qué va a pasar con vos después del pueblo? —pregunté.
—Ya saben… Tengo que ir a buscar a viejos amigos que alguna vez juraron lealtad.
—Lo sé. Pero vas a ir sola. ¿No es peligroso?
—Emily, no te preocupes por mí. Voy a estar bien —suspiró, y después nos miró a todos—. Este viaje los va a cambiar. No sé cómo. No sé si para bien o para mal. Pero sé que lo hará. Recuerden lo que los une. Lo van a necesitar más de lo que creen.
Le respondimos con un gesto. Después de unos segundos, nos abrazamos.
Sin palabras, sin gestos innecesarios. Solo ese abrazo. Sincero.
Y entonces, comenzó.
El mapa nos guiaba con una línea de luz dorada que serpenteaba entre árboles y senderos.
El primer tramo fue silencioso mientras que el bosque se volvía cada vez más espeso, como si los árboles se cerraran detrás de nosotros.
Las ramas, altas y delgadas, parecían susurrar entre sí cuando el viento las rozaba.
La luz apenas se filtraba por entre las copas, cayendo en haces suaves y doradas que tocaban el suelo con timidez, como si no quisieran perturbar el silencio.
El aire tenía un aroma antiguo, a tierra húmeda y hojas secas.
Había algo en ese lugar que no se podía explicar con palabras…
como si estuviéramos atravesando un espacio suspendido entre el mundo real y otro más antiguo, más sabio.
Cada paso crujía contra el suelo cubierto de musgo, y hasta nuestras respiraciones parecían sonar demasiado fuerte.
Dominick caminaba adelante con Spencer. Más adelante iba Evelyn, guiándonos.
Y a mi lado, Edriek. En silencio. Como si supiera que eso era justo lo que necesitaba.
No podía evitar que mis pensamientos estuvieran con mi familia… pero también con Edriek, en lo que suponía para él enfrentarse a sus padres otra vez.
—¿En qué pensás? —preguntó, luego de unos minutos rompiendo el silencio.
—En ellos —contesté sin mirarlo—. En vos. En los chicos.
Frunció el ceño, curioso.
—¿En mí?
—Sí, en lo que significa todo esto para vos. En que no tenías que venir. Pero viniste igual. y no sabés lo que eso significa para mí.
Edriek se detuvo. Me tomó la mano, con esa firmeza que solo alguien seguro de lo que siente puede tener.
—Ya no hay un camino donde no vaya con vos.
Y, además… gran parte de esto es por mi culpa.
—Bueno, no mía. De mis padres —repitió, bajando la mirada un segundo antes de volver a levantarla con decisión—.
Pero eso no me hace querer estar menos acá.
Lo único que me importa es que salgas de todo esto con los tuyos a salvo.
Sentí un nudo en la garganta. No dije nada. Solo apreté su mano, dejando que el silencio dijera todo lo que no podía expresar.
Seguimos caminando. El bosque se volvía más denso, y el aire, más pesado. Como si la magia del lugar se condensara a cada paso.
La línea dorada del mapa seguía marcando el camino, vibrando levemente cada vez que nos desviábamos. Como un corazón latiendo al ritmo del destino.
—¿Falta mucho? —preguntó Dominick desde adelante, deteniéndose y mirando el entorno con desconfianza.
—Según el mapa, no. Deberíamos estar por llegar. Solo queda cruzar un río, y estaríamos a unos minutos del pueblo —respondí, observando el camino que teníamos por delante.
Luego de unos minutos más caminando se empezaba a escuchar como el murmullo del agua se volvía más claro, hasta que finalmente lo vimos.
Frente a nosotros se extendía un pequeño río, cristalino y sereno, como si no supiera que era la antesala de lo desconocido. El agua corría suavemente entre las piedras, dejando destellos azulados que danzaban bajo la luz del sol filtrada entre las copas de los árboles.
Me agaché un momento, dejé que el agua corriera entre mis dedos. Estaba helada, pero limpia. Pura. Como si hubiera estado ahí desde siempre, esperando que lo cruzamos.
—Es hermoso —susurró Spencer a mi lado.
Asentí. Pero también era extraño… porque algo en ese río parecía estar vivo.
No en un sentido literal, sino… como si custodiara el paso.
Sentir el agua correr por mis dedos, era una sensación que no tuve nunca, como si me llenara de algo antiguo, esencial.
Por un instante, sentí que el río y yo éramos parte de lo mismo.
Cruzamos por un sendero de piedras grandes que formaban una especie de pasarela natural. Cada paso se sentía como una elección. Una promesa.
Al cruzar el río, el paisaje empezó a abrirse lentamente.
Los árboles fueron quedando atrás y, entre claros de vegetación, comenzaron a asomar los primeros techos: empinados, de madera oscura, con chimeneas humeantes que dibujaban espirales en el cielo.
El pueblo estaba ahí, como salido de una postal antigua.