Eco de los cuatro elementos Capítulo 23El resto del mundo realmente puede esperar
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Capítulo 23El resto del mundo realmente puede esperar

El resto del mundo realmente puede esperar

E sa noche, después de todas las revelaciones, creí que no iba a poder dormir. Estaba convencida de que Spencer me iba a llenar de preguntas, dudas, silencios incómodos. Pero para mi sorpresa, cuando llegué a la habitación… ella no estaba.

No me costó tanto conciliar el sueño como esperaba. Pasaron tantas cosas en tan poco tiempo que sentía el cuerpo exhausto. Pero mi descanso no duró mucho…

Había gritos. Personas sufriendo.

El viento no me dejaba avanzar, como si intentara advertirme de algo.

Después, el fuego. El calor.

Las sombras de mi casa danzaban deformes, irreales. Y entre ellas vi a mi madre. A Alex. A Rose… Vi el miedo en sus rostros.

Pero lo que más me heló la sangre fue ver cómo intentaban hablarme y no podían. Como si el sueño los hubiera arrancado de mi realidad.

—Emily —dijo una voz.

No era de ellos, ni de nadie que conociera.

Era otra. Grave. Lejana.

—Emily, despertá. No todo es lo que parece.

Abrí los ojos de golpe, con el corazón a mil. Estaba sudando, temblando.

No podía quedarme ahí.

Me puse un abrigo encima del pijama, sin importarme el frío del pasillo. Fui a buscarlo. La única persona que me escucha sin juzgarme. A la única capaz de ver lo mismo que yo.

Crucé el pasillo casi corriendo. Sabía exactamente adónde iba, pero mis pies iban antes que mi cabeza.

Hasta que doblé una esquina… y lo vi.

Edriek venía caminando en mi dirección. Descalzo, despeinado, con la misma expresión que tenía yo.

Nos miramos. Y él vino corriendo a mi encuentro para abrazarme.

—¿Vos también? —pregunté apenas, sin aire.

Él asintió.

—Soñé con tu familia —dijo.

Yo también .

Y el miedo que me subió por el pecho fue uno que nunca había sentido. Porque, dentro mío, sabía que si dos personas soñaban lo mismo al mismo tiempo… entonces la posibilidad de que fuera real era mucho más grande.

Y solo pensar que mi familia podía estar en peligro por mi culpa… me aterraba.

Él debió notar lo que estaba pensando, porque enseguida me volvió a abrazar.

—Tranquila. Los vamos a encontrar. Va a estar todo bien.

Realmente quise creerle. Pero me era imposible pensar que todo iba a estar bien. Que ellos iban a estar bien.

—Tenemos que ir a buscarlos —dije, decidida.

—Em, son las tres de la mañana. Aunque quisieras, no vas a poder encontrar nada ahora. Esperemos a la mañana, y te prometo que vamos a buscarlos —me hizo mirarlo a los ojos, como si me suplicara con la mirada que no hiciera nada de lo que pudiera arrepentirme—. ¿Sí?

Asentí en silencio. Y él suspiró, más calmado.

—¿Podemos pasar lo que queda de la noche juntos? —pregunté de golpe—. No quiero dormir sola después de ese sueño…

Vi su cara de sorpresa, y agregué rápido:

—N-no quiero que me malinterpretes. No hace falta que pase nada… O sea, no quiero decir que no quiero que pase nada, pero no sé si es el mejor momento. O bueno… capaz dije una estupidez. No me hagas caso. No hace falta que vengas conmigo.

Él se empezó a reír. Literalmente se estaba muriendo de la risa.

—¿Dije algo gracioso? —Ya me empezaba a molestar que se riera tanto.

—No, no. No dijiste nada gracioso. Solo… tu cara —contestó, todavía riendo, mientras intentaba recomponerse.

—¿Ahora mi cara es graciosa?

—Para nada. Solo que me da mucha ternura cuando te ponés nerviosa y empezás a hablar rápido.

Lo miré entrecerrando los ojos. Él me respondió con un beso corto en los labios y una sonrisa traviesa. Estaba claro que todavía le causaba gracia la situación.

—Obvio que podemos pasar lo que queda de la noche juntos. Y no hace falta que pase nada, ¿sí? —Le asentí, devolviéndole el beso—. A menos que quieras, claro.

Lo dijo con ese tono gracioso que le estaba empezando a conocer y me encantaba tanto. Le pegué suave en el brazo, y él levantó las manos como si se rindiera.

Nos fuimos a mi habitación. Entre risas, besos y caricias.

Lo único bueno que encontraba en todo este caos era él.

La manera en que me hacía sentir querida, protegida.

Perfecta, incluso con mis miles de defectos.

Y aunque no teníamos ningún título que dijera lo que éramos, estar con él era una de las pocas cosas que agradecía de esta nueva vida.

Pasamos lo que quedaba de la noche juntos. Todavía no me acostumbraba a lo adictivo que era estar cerca suyo. Su presencia me calmaba y me encendía al mismo tiempo, despertando algo que ni siquiera sabía que existía dentro de mí.

Su respiración contra mi cuello, sus manos recorriéndome con una delicadeza que contrastaba con el deseo que cargaba la habitación… todo hacía que quisiera quedarme ahí, suspendida en ese instante.

No necesitábamos hablar, solo estar.

Sentir el peso de su cuerpo contra el mío, su calor, su piel… Era real.

Y estando con él, hoy más que nunca, me sentía entera

Me giré apenas para mirarlo, nuestras piernas entrelazadas, y él bajó la mirada hacia mí como si yo fuera algo sagrado. Algo que no se animaba a romper.

—No entiendo cómo hacés eso —murmuré.

—¿Qué cosa?

—Hacerme sentir así… como si el resto del mundo pudiera esperar.

Él sonrió apenas, esa sonrisa ladeada que me derrite un poco cada vez.

—Porque con vos... el resto del mundo realmente puede esperar.

Me acarició la mejilla con el dorso de la mano, lento, casi temeroso de romper algo. Cerré los ojos, porque a veces el cuerpo entiende más que las palabras.

Su mano bajó hasta mi cintura, sus dedos quedaron ahí, quietos, pero con una intención que hablaba más que cualquier frase bien dicha.

No necesitábamos apurarnos. No había prisa, pero tampoco huida.

—No vamos a dormir, ¿no? —susurró con la voz un poco más ronca.

—No si seguís mirándome así —le respondí sin pensarlo, abriendo los ojos.

Él se rió bajo, esa risa que me vibra por dentro. Se acercó a besarme despacio, sin apuro. Como si supiera que todavía teníamos mucho por descubrir.

Y nos quedamos ahí.

Sin certezas, sin títulos, sin un plan…

Pero con una conexión que ardía en silencio, y que por fin empezaba a decir algo que los dos necesitábamos escuchar.