Eco de los cuatro elementos Capítulo 22El don y la condena
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Capítulo 22El don y la condena

El don y la condena

—Antes de contarte todo, necesito saber qué sabés —dijo Evelyn, todavía sosteniéndome las manos con suavidad—. Y antes de que me digas que no, sé que lo sabés. Edriek te quiere demasiado como para no haberte dicho nada.

Suspire. No voy a negar que, por un momento, quise hacerlo. Quise mentirle.

Quise escuchar su versión sin condicionarla con lo poco —o mucho— que yo ya sabía.

Siempre quise saber.

Siempre pedí la verdad.

Pero ahora que estaba a punto de escucharla, una parte de mí deseaba volver atrás y quedarme en la ignorancia.

Sabía que no era lo mejor, pero mis nervios me estaban matando. Las manos me temblaban. La garganta se sentía seca. Y el corazón me latía tan fuerte que no entendía cómo los demás no lo escuchaban.

—Realmente no se mucho, solo se algo de una leyenda—Dije en voz baja, mirando a Edriek, buscando validación. Él solo asintió.

Evelyn me acarició una vez más las manos antes de soltarlas lentamente. —Entonces vamos del principio —dijo. Su mirada se desvió hacia Remus, que asintió con los labios apretados.

Caminamos hasta una sala contigua, mucho más pequeña, con paredes cubiertas de estanterías y un fuego suave encendido en una chimenea de piedra.

Evelyn se sentó junto a mí, mientras Remus permanecía de pie, de brazos cruzados, con la vista clavada en las llamas.

Y Edriek estaba un poco más alejado de todos.

—Nuestra historia —empezó Evelyn— no es solo la tuya, Emily. Es la de dos mundos.

Su voz era pausada, cálida, cargada de emoción. Cada palabra parecía arrastrar años de silencio y culpa.

—Nuestra familia, y la de Edriek —agregó, lanzándole una breve mirada— fueron aliadas durante generaciones. Crecimos juntos, soñamos juntos. Compartimos el cuidado de esta escuela, protegimos a los nuestros… hasta que la ambición de uno de ellos lo arruinó todo.

Remus apretó los dientes, pero no interrumpió.

—Cuando tu abuelo murió, heredamos la escuela. Lo que no sabíamos era que la otra familia… ya no quería compartir. Querían poder. Querían salir del mundo oculto y tomar el de los humanos. Querían reconocimiento, fama, control.

—Y vos estabas en el medio —dijo Remus, por fin, con la voz tensa pero cargada de tristeza.

—¿Por qué? —susurré—. ¿Por qué yo?

Evelyn me miró como si su corazón se partiera en mil pedazos.

—Porque naciste diferente. El día en que llegaste al mundo, los cuatro elementos respondieron a tu llanto. El viento giró en espiral, el agua se acumuló en las ventanas, el fuego crepitó más alto… y la tierra tembló. No hacía falta ser sabio para entender que algo antiguo había despertado con vos.

—Y después de mucha búsqueda, encontramos el libro de la leyenda.

Su voz cambió. Se volvió más grave. Como si no hablara de algo real, sino de algo antiguo, casi sagrado.

—Cada mil años —recitó, como si las palabras hubieran vivido siempre en su memoria— nace un ser portador del equilibrio. El elegido por la madre naturaleza para custodiar el velo entre los mundos. El único capaz de romperlo... o de protegerlo.

Evelyn continuó:

—Ese ser es único. Su don no puede duplicarse, no puede heredarse. Solo aparece cuando ambos mundos están en peligro. Cuando el equilibrio se tambalea.

Me costaba respirar. Cuando miré a Edriek, su mirada tenía una mezcla de pena y dolor, como si también le doliera contar esta parte de la historia.

—Vos sos ese ser, Emily —dijo Evelyn con un susurro—. Y ellos lo sabían. Por eso te buscaron. Por eso intentaron matarte cuando eras apenas un bebé.

—¿Quién? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Mi madre, Victoria—respondió Edriek sin dudar— Ella tiene el poder de decidir entre la vida y la muerte. Pero sus decisiones tienen un precio. Y mientras vos existas, hay un límite que no puede cruzar. Vos sos su barrera natural. Su consecuencia.

—Intentó matarte varias veces —añadió Evelyn, con lágrimas en los ojos—. Cada noche que dormías sola, algo oscuro se metía en tus sueños. Por eso dormías conmigo. Porque mi poder te protegía como un escudo… pero cada noche me debilitaba un poco más.

—Y entonces tomamos una decisión —dijo Remus, clavando sus ojos en los míos—. Te escondimos en el único lugar donde ella jamás podría encontrarte.

—El mundo humano —susurré.

—Exacto. Si ella no sabe dónde estás, no puede alcanzarte. Su poder necesita conexión. Ubicación. Presencia. Te dejamos en una iglesia, un 31 de octubre, el día de tu cumpleaños número cuatro. Fue el acto más difícil de nuestras vidas. Pero también el único que te salvó.

Un silencio denso cayó sobre la sala.

—Y planeaban venir a buscarme a los dieciséis —dije con la voz entrecortada.

—Sí —dijo Evelyn—. Porque según la leyenda, en tu cumpleaños número dieciséis el don despierta por completo. Y si es entrenado con amor y propósito… no hay oscuridad que pueda tocarte.

Me cubrí la boca con la mano. Todo encajaba. Las visiones. El caos. Las lágrimas. El fuego. El agua. El temblor. Todo.

—No queríamos esto para vos —dijo Evelyn, con el rostro hundido en la tristeza—. Queríamos una vida segura. Una vida normal. Pero no pudimos darte ninguna de las dos.

Remus se acercó un poco más.

—Pero sí podemos darte algo ahora. La verdad. El entrenamiento. Y la posibilidad de decidir. Porque lo que viene no va a ser fácil, Emily. Y no vamos a obligarte.

Los miré a los dos. A los dos que me habían dejado. A los dos que, de alguna forma, todavía querían protegerme.

—Entonces… ¿qué pasa ahora? —pregunté con un hilo de voz.

—Ahora —dijo Evelyn, levantando el mentón con una mezcla de dolor y determinación— te preparás. Porque si Victoria realmente ya sabe dónde estás y dónde encontrar a tu familia.. se acabó el tiempo de esperar.

—¿Qué va a pasar con mi familia?

—Estamos intentando localizarlos. Te prometo que, cuando sepamos algo, vas a ser la primera en saberlo —dijo con un tono tan sincero que me fue imposible no creerle.

Luego agregó—: Por eso estoy acá, Emily.

Mi tarea siempre fue protegerte con mi don.

Por eso, con la familia de Dominick, nos alejamos en busca de aliados.

De personas dispuestas a enfrentarse a una guerra, para que no sufras como lo hiciste una vez.

—Ya es bastante tarde y mañana tenés entrenamiento —intervino Remus, acercándose un poco más—. Será mejor que se vayan a dormir.

—¿Vos te vas a volver a ir? —le pregunté a Evelyn. No quería perder a la única persona que parecía entenderme.

Ella me sonrió con ternura.

—Ahora que te reencontré, no te voy a dejar ir otra vez.

Le asentí, un poco más emocionada de lo que quise mostrar.

—Remus tiene razón —agregó, poniéndose de pie—. Tienen que ir a descansar.

Estábamos por irnos cuando Evelyn se acercó a Edriek y lo abrazó. Fue un gesto tan tierno, tan humano, que a él le costó corresponder. Pero lo hizo. Ella solo quería agradecerle por todo lo que había hecho por mí.

—Ahora sí —dijo con suavidad—. Pueden irse. Que descansen.

Salimos del salón y no podía creer todo lo que había pasado.

Era demasiada información para procesar. Edriek seguía a mi lado, caminando en silencio, como si tampoco supiera muy bien qué hacer o decir.

—Perdón por la pelea con Remus —murmuró, después de un rato—. No sé qué me pasó... pero quiero que sepas que nunca fuiste un trofeo que tenemos que repartir a ver quién gana.

Sus palabras eran sinceras, tiernas. Y lo único que él tenía que saber era que nunca estuve realmente enojada por eso. Obvio que me molestaba que hablaran de mí como si no estuviera ahí. Pero estar enojada... era otra cosa.

—Ey —le dije, levantándole el rostro suavemente para que nuestros ojos se cruzaran—. No estoy enojada con vos. Me molesta que me traten como un objeto, sí... pero no podría enojarme con vos.

Lo besé. Corto, simple, pero cargado de todos las cosas que me hacían sentir querida. Él respondió enseguida, con ese alivio en los labios que se volvió palpable cuando me abrazó con fuerza.

—No sabés el alivio que me da escuchar eso —susurró contra mi frente.

Y mientras caminábamos por los pasillos oscuros de la escuela, con susurros de magia y secretos flotando en el aire, me di cuenta de algo: no todo estaba perdido.

No me sentía sola. No entendía todo, no sabía qué iba a pasar…

pero había alguien que caminaba a mi lado. Y, por ahora, eso era suficiente.